martes, 17 de diciembre de 2013

Capitulo 22

Eran las once de la noche y hacía algo más de dos horas que había dejado a Paula con su padre. Dos horas horribles, interminables, las más desesperantes de toda su vida. No sabía nada y a cada minuto que pasaba, le atenazaba el terror de que algo no iba bien. Fue su hermano el que se acercó hasta él cuando se sentó en el suelo, derrotado y completamente roto. Lo abrazó, le decía palabras de ánimo, pero él estaba sumido en su dolor y apenas lo escuchaba. Ahora, sentado en una de las sillas de esa sala de espera tan fría, estaba rodeado de todos sus amigos, a los que agradeció que estuvieran allí, pero estaba agradecido por Paula. Todos ellos la querían mucho y estaban igual de preocupados por ella que él. Veía como Marc permanecía todo el tiempo abrazado a Alba, consolándola y sintió envidia. Quería, necesitaba estar así con Paula, tenerla entre sus brazos y no soltarla nunca. Era increíble la necesidad, la dependencia que tenía de Paula. No podía estarse quieto en es ese sitio, los nervios lo estaban consumiendo. Sentado en la silla, no dejaba de mover las piernas, se levantaba y daba vueltas alrededor de sus amigos, se mordía las uñas, no dejaba de tocarse el pelo y no podía fumar. Por dos motivos, uno era porque tenía que salir a la calle a pegarle caladas a un cigarro y no quería apartarse de esa sala y el segundo porque no los llevaba encima. 
-Pedro, intenta relajarte o acabarás tú también ahí dentro-. Le dijo David señalando la puerta de urgencias-. Vamos, ya verás como muy pronto estará dándonos la lata otra vez.
-Eso espero, David, eso espero.
En ese momento aparecieron en la sala los padres de Paula junto a la pequeña Carla. Alba se deshizo del abrazo eterno al que la tenía sometida Marc y corrió junto a ellos, a los que se abrazó.
 
-Alba, ¿qué es lo que ha ocurrido?-. Preguntó su padre con inmensa preocupación. Su madre la miraba con lágrimas en los ojos.
 
-Ha sido ese hombre. Víctor la volvió a encontrar-. Explicó su hija mirando tristemente a María.
La pequeña Carla no acababa de entender qué era lo que estaba pasando allí. Estaba en un hospital, su hermana Alba hablaba de un tal Víctor y allí había personas que ella conocía. Pero faltaba una. Fue directa hacia Pedro, que estaba de pie mirando hacia ellos. Le dio unos golpecitos en el brazo para que le prestara atención.
-Pepe, ¿dónde está mi hermana?
Pedro se arrodilló delante de ella y le acarició las mejillas. Le recordaba tanto a Paula, eran tan parecidas. Carla veía que Pedro estaba raro, que le sonreía de una manera triste y que no era capaz de contestarle. Entonces ella, se acercó más a él y lo abrazó. Pedro dejó que aquel cuerpecito le transmitiera un poco de calma y se dejó querer por él.
 
-A Paula le ha pasado algo malo, ¿a que sí?-. Le preguntó ella al oído.
 
-Tiene un poco de pupa pero podrás jugar con ella cuando se ponga bien-. Pedro le contestó de manera que pudiera entender. Agradeció la bonita sonrisa que Carla le regaló, así como el pequeño beso que le dio en la mejilla.
 
Las puertas de urgencias se abrieron justo en ese momento y apareció Nicolás con noticias sobre el estado de Paula.
-Nicolás, ¿cómo está mi hija?-. Se apresuró a preguntar María, que estaba hecha un manojo de nervios. Todos se acercaron al médico.
-Tranquilos, Paula se encuentra bien-. Dijo Nicolás, agarrando la mano de María-. Ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza y tiene una conmoción cerebral, por eso está inconsciente. Le he tenido que dar unos puntos en la herida que tenía, pero no tiene nada grave. Cuando esté lista, se despertará. También tiene unos golpes en la espalda y en el torso, pero nada que no se cure con unos días de descanso. Pronto estará recuperada.
 
-¡Dios mío!-. Exclamó María tapándose el rostro humedecido por las lágrimas. Ricardo la abrazó.
 
-¿Podemos verla?-. Preguntó el padre de Paula.
-Ya la han subido a la habitación, pueden verla, pero de uno en uno, por favor. Y si quieren, pueden quedaros con ella. Pero solo quiero en la habitación a una persona.
Nicolás les facilitó el número de habitación en la que descansaba Paula. Antes de marcharse, Nicolás observó a todos los que había allí. La preocupación era presente entre ellos y era capaz de sentir el dolor de los padres de Paula. Él también era padre y no podía soportar que alguien dañara a sus hijos. Sentía pena por ellos, pero más le producía Paula que era la que había pagado las consecuencias de ese hombre. Pero no había podido con ella. Nicolás le dio un beso a su mujer y se perdió dentro de urgencias.
 
-Pepe, si no te importa nosotros nos vamos. Helena tiene que descansar-. Le dijo David.
-Sí claro David, no pasa nada.                                                                                         -Cualquier cosa nos avisas, Pepe, por favor-. Le comentó Helena afligida.
 
-No se preocupen-. Pedro se despidió de la pareja.
Detrás de David y Helena, fueron desfilando los demás. Ahora que sabían que Paula no corría ningún peligro, decidieron dejar a su familia con ella, además, allí había demasiada gente y no podían estar todos con ella. Alba y Marc se fueron con Carla a su casa. Ricardo los acompañó, pues tenía las maletas en el coche y la pequeña quería que su padre durmiera con ella. Así que allí solo quedó María, Pedro y Natalia.
 
-Pepe, ¿qué es lo que ha pasado?-. Preguntó cariñosamente María cuando llegaron a la segunda planta del hospital, donde estaba Paula.
-Es culpa mía, María. Lo que le ha pasado a tu hija es solo culpa mía. No he sabido escucharla, ni protegerla.
Las palabras salieron de la boca de Pedro como un duro castigo, un castigo que lo martirizaría toda la vida. María y Natalia lo miraban boquiabiertas, esperando a que se explicara, pues no sabían dónde estaba la culpa de Pedro en todo lo ocurrido. Se sentó en un asiento que había en el pasillo que daba acceso a las habitaciones. Les explicó todo lo que sabía. María se quedó de piedra al comprobar cómo Víctor había vuelto otra vez a por ella, en que no cesó en su empeño de dañarla. Era mucho más cruel de lo que había imaginado.
-Pepe, cariño, nada de esto ha sido culpa tuya. No te atormentes. Era imposible que supieras que ese hombre era quien era-. Le dijo María intentando que sus palabras hicieran mella en él.
-Debí hacer algo, ese hombre nunca me gustó, había algo que me decía que no era de fiar, pero no hice caso. Al igual que hice con Paula cuando me contó lo de los mensajes. No debí permitir que se acercara a ella-. La voz de Pedro era apenas un susurro-. He estado a punto de perderla por mi estupidez.
-Pedro, deja ya de castigarte. Sabemos cómo es mi hija, cabezota, he de reconocerlo. Siempre ha sido así, se queda para sí las cosas malas que le pasan, pero lo hace porque, de esa manera, cree que protege a los que la queremos, lo hace para no preocuparnos. Es por eso Pedro por lo que no te contó lo de las notas, no porque no confíe en ti-. María se levantó de su asiento y lo miró a los ojos, exactamente igual que hacia Paula-. Mi hija te quiere muchísimo y jamás la había visto tan feliz. Intenten volver a estar juntos. Le haces mucho bien.
 
María se alejó de ellos y se fue a ver a su hija. Entró con mucho cuidado en la habitación y desapareció dentro de ella. Pedro recostó su cabeza en el hombro de su madre, como cuando era pequeño y necesitaba de sus dulces palabras, de su tierno abrazo.
 
-Ay, mamá, ¿qué voy a hacer?
-Creo que María te ha dado un buen consejo, tienes que volver con Paula. Es una chica estupenda y también te hace mucho bien a ti. Desde que estás con ella, estás diferente, irradias felicidad, siempre estás con la sonrisa en los labios y desde que murió la abuela, te había costado sonreír de esa manera-. Le dijo su madre con ternura-. Y deja de martirizarte con que eres el culpable. El único causante de lo ocurrido ha sido ese hombre, que por cierto, me ha dicho Lorena que está muerto.
-¿Está muerto?-. Preguntó Pedro con sorpresa, pues era un dato que desconocía y del que se había despreocupado por saber-. ¿No va a molestar más a Paula?
-No, mi niño, no va a volver a hacerle daño nunca más.
 
Pedro suspiró tranquilo. Se había acabado todo, el mal sueño de Paula se había terminado para siempre. Ese hombre, ahora sí, estaba muerto de verdad. Sintió un alivio tan grande, que el dolor que se había anclado en su alma, fue rompiéndose poco a poco. Pero sentía un alivio mucho mayor por su querida Paula. Ya no tenía que temer por nada. Ya no tenía que tener miedo de que regresara. Estaba algo más tranquilo, sentía que su corazón palpitaba a un ritmo algo más pausado y, allí, con su madre rodeándole el cuerpo con sus brazos, cerró sus cansados ojos y se dejó transportar al mundo de los sueños. “Unos minutos, solo serán unos minutos.”
Las voces de su madre y de María lo espabilaron de su ensueño. Había otra voz, que reconoció como la de su padre. Recordó donde estaba y abrió los ojos de golpe y se incorporó de la agradable sensación que le produjo quedarse dormido junto a su madre.
 
-¡Mierda, mamá!, ¿por qué has dejado que me durmiera?-. Le reprendió Pedro a su madre.
 
-A mi no me hables así, que soy tu madre-. Dijo Natalia aparentando enfadarse con él, pero no podía después del día que su hijo había tenido-. Estás agotado y necesitas dormir un poquito. Solo has dormido una hora, no hay para tanto.
-¿¡Qué me he dormido una hora!?-. Gritó Pedro desconcertado ¿Cómo está Paula?
-Paula está bien, sigue igual. Relájate hijo, por dios-. Le dijo Nicolás al ver a su hijo alterado.
-Quiero verla, quiero estar con ella.
-Ve hijo, ve, a ver si te quedas más tranquilo-. Suspiró Nicolás.
 
Pedro se fue directo a la habitación de Paula. Abrió la puerta despacio, intentando no hacer mucho ruido. Había un pequeño baño a la derecha, nada más entrar en la habitación. Al fondo, la ventana dejaba ver la oscuridad de la noche y la lluvia que caía débilmente. Desvió la vista hacia un lado y vio la cama en la que descansaba Paula. Seguía con los ojos cerrados. Cómo le hubiera gustado que estuviera despierta y poder ver la luz de esos ojos que tanto brillaban. Tenía la cabeza vendada para ocultar los puntos que su padre le había dado en la brecha que se había hecho en esa parte de su cuerpo. Era el segundo golpe que se llevaba en la sien en poco tiempo. Tenía puesto una de esas batas de hospital y estaba tapada con la ropa de cama, así que no pudo ver el golpe de las costillas. Lo que sí observó fue el morado que tenía en el pómulo. Seguía teniendo un color feo. Pero pese a todas las taras que ahora tenía su chica, se alegró muchísimo de verla. Y para él, seguía estando increíblemente hermosa. No podía verla de otra manera. Arrastró con cautela la butaca que había junto a su cama y se aproximó a ella. El asiento no era lo que se dice cómodo, pero no le importó demasiado, aunque pensó que el hospital podía estirarse un poquito y dejar que los familiares de los enfermos pudieran hacer noche junto a ellos en un sillón algo más confortable. Al volverla a tener así, tan cerca, todos sus sentidos volvieron a manifestarse. Sus manos acariciaron lentamente las suyas, tomándolas con delicadeza y besándolas con ternura. Acarició el dorso de una de sus manos con su cara, con esa barba que ya no era de dos días, sino de unos cuantos más. Sentirla de nuevo, aunque solo fuera así, con ese pequeño gesto, le recordaba lo duro que era estar sin ella y no quería volver a casa solo.
 
-Te echo mucho de menos, peque-. Pedro le besaba la palma de la mano que tenía sujeta-. Sé que te he hecho daño, que al dejarte fue mi orgullo y mi egoísmo el que habló por mí y ahora, lo único que quiero es recuperarte. Cada vez que cierro los ojos te veo a ti, a mi lado y no quiero abrirlos porque sé que la realidad es diferente. Y quiero cambiar eso, necesito que eso cambie porque te necesito a ti. No debí dejarte, apartarte de mi lado. Eres una mujer fantástica, fuerte, preciosa y quiero que vuelvas a ser mía. Déjame que vuelva a quererte, a cuidarte y yo dejaré que me guíes por ese camino que emprendimos juntos y del que nunca debí tomar un atajo. Perdóname, Paula, por favor-. Se levantó de su asiento y se aproximó más a ella, hasta quedar sus labios sobre su mejilla dolorida y depositar en ella un beso-. Te amo.
 
Pedro se volvió a reposar en esa silla, sin soltar la mano de Paula y recostó la cabeza junto a la de ella. Notaba su respiración y ese sonido lo volvió a transportar al sueño.
 
-Pepe, cariño, despierta-. Oyó una voz que le hablaba susurrante. Pedro se despertó de golpe.
-María, ¿qué pasa?
-Nada, no pasa nada, solo que creo que debería irte a casa a descansar.
 
-No pienso irme de aquí-. Le contestó Pedro frotándose los ojos-. Márchate a casa María, estás cansada del viaje y tienes a Carla esperándote.
 
-Carla está en buenas manos, está con Marc, que me parece a mí que lo encuentra guapo-. Sonrió-. Sal un rato de aquí, Pepe, despéjate, tómate algo en la cafetería. Tu madre sigue fuera, ve con ella.
Pedro, haciendo caso de María, se levantó del aparatoso sillón y sintió que tenía todos los huesos rotos. ¡Dios, que incómodo era aquello! Tenía doloridas hasta las orejas. Fue a darle un beso a la madre de Paula, pero ella lo atrapó en un afectuoso abrazo. Y aceptó también el beso. Salió de la habitación y fue junto a su madre que hablaba con su padre. Cuando lo vieron aparecer dejaron de conversar y Pedro se sentó con ellos. Su padre volvió al trabajo y su madre se lo llevó a la cafetería del hospital, que habría las veinticuatro horas y lo obligó a que comiera algo. No se había dado cuenta, pero estaba hambriento. Todo el asunto de Paula le había hecho olvidar que su estómago necesitaba alimentarse. Se tomó un bocadillo frío junto con una bebida con cafeína. Al terminarlo, quiso tomar un café bien cargado, pues quería permanecer despierto para estar con Paula cuando ella volviera a la realidad. Estaba a punto de empezar a atacar su café cuando de pronto apareció María a hacerles compañía.
 
-Mi hija sigue dormida y yo voy por el mismo camino si no me meto algo en el cuerpo que me espabile un poco-. Dijo con voz cansada.
 
-Tómate mi café, yo voy a pedirme otro-. Le dijo Pedro ofreciéndole su bebida.
 
-Gracias cariño.
 
-Buenas noches, ¿puedo sentarme con ustedes?-. Lorena apareció en la cafetería y Natalia la invitó a que los acompañara.
 
-¿Qué haces aquí? Son las dos de la mañana-. Preguntó Pedro volviendo con su café.
-Sabía que María estaría aquí y quería hablar con ella. O mejor dicho, quería enseñarle algo-. Lorena le tendió a María un papel doblado por la mitad-. Pedro, ¿puedes pedirme un café, por favor?
-Puedes tomarte el mío-. Dijo resignado. Era la tercera vez que se levantaba a pedirse un dichoso café-. Mamá ¿tú quieres algo o también me quitarás mi próximo café?-. Ironizó Pedro.
-Hijo, pues ya que estás, tráeme uno a mí, anda.
Pedro volvió a la barra a pedir los cafés mientras que María desdoblaba el papel que Lorena le había entregado. Comenzó a leer. A cada palabra que leía, los músculos de la cara se le tensaban más, las manos le temblaban y la visión se le nublaba de la rabia y de las lágrimas que se abrían paso para salir y humedecer esas letras tan dolorosas que había escritas.
 
-¿Dónde la has encontrado?-. Le preguntó María a Lorena, una vez terminada la lectura y plegando la nota.
-Hemos descubierto dónde vivía Víctor. Tenía un pequeño piso alquilado en primera línea de playa. Una de las habitaciones estaba llena de cosas de Paula; fotos, itinerarios que hacía, listado de personas con las que se relacionaba, horarios, dónde trabajaba, dónde vivía. Paula estaba en lo cierto, fue él quien entró en su casa. La tenía controlada. Víctor no era obrero de la empresa que está llevando a cabo el colegio, sino que se adentraba en el centro para intentar sacar información a Pedro. Otro de los obreros le ayudaba a pasar desapercibido. No sabemos a qué se dedicaba laboralmente, no hemos descubierto nada de bancos, nóminas o similares. La nota que te he entregado estaba con todo el material de tu hija. Ese hombre estaba completamente obsesionado con ella.
-¿Puedo leer la nota?-. Le preguntó Pedro a María con delicadeza. Ella se la dio.
 
Pedro vio que era una nota con pocas palabras, pero contundentes y llenas de odio. No podía haber más ira. La leyó en voz alta.
“Yo te quería, María, lo sabías, pero preferiste abandonarme por ese puñetero bebé, una maldita niña que me quitó lo que tenía y que me arruinó la vida. Pues bien, ahora voy a hacerle pagar por todo lo malo que me ha hecho y tú, María, también lo sufrirás. Pienso quitarla de en medio y voy a disfrutar con ello”.
-¡Pedazo hijo de puta! Te dije que vinieras conmigo, que los dos podíamos criar a Paula, juntos, pero preferiste quedarte en el pueblo, más preocupado por los cuchicheos que por mí y por tu hija. Me obligaste a levantarla sola, a que no tuviera una figura paterna. Paula es lo único bueno que has hecho en tu puta vida y cada día me siento orgullosa de haberla tenido. Tú perdiste una hija y ella ha ganado mucho con ello. Ahora tiene una familia, un padre que la quiere de verdad, unas hermanas que la adoran, amigos que se preocupan por ella y un novio que daría la vida por ella. Por mí, puedes pudrirte en el infierno.
 
Pedro, Lorena y Natalia se quedaron callados ante la confesión de María. Ninguno se atrevió a decir nada. María se había quedado mirando la nota y, como si allí estuviera Víctor, comenzó a hablar de lo que sentía. Ahora Pedro sabía de dónde había sacado Paula todo el repertorio de tacos que salían de su hermosa boca.
 
-Por favor, Pedro, no le cuentes nada a Paula acerca de esta nota-. Le rogó María.
Pedro le prometió que no contaría nada de eso. Era demasiado horrible para contárselo. Dejó en la cafetería a las mujeres y se encaminó hacia la habitación de Paula. Entró y la encontró de la misma manera que cuando la dejó hacía una hora, durmiendo, ajena a toda preocupación que sentían las personas que la querían. Tenía muchas ganas de que abriera los ojos, de poder hablar con ella, de escuchar su voz, de sentir sus caricias, pero no había nada que le dijera que eso se produciría enseguida. Tenía que seguir esperando. Le regaló un beso de buenas noches en la mejilla y se acomodó en el sillón extra cómodo que había junto a la cama de Paula y mirando su bonito rostro, volvió a quedarse dormido.
 
Sus oídos ya se habían despertado y captaban un sonido desconocido que lo desveló de su sueño nada apacible. Abrió los ojos y enseguida recordó donde estaba. Su mirada se posó en Paula. Todo igual. Suspiró resignado. Al alzarse de su asiento, comprobó como su cuerpo estaba dolorido, pero sobretodo su cuello. Se lo masajeó durante unos minutos, pensando en que si tenía que estar muchos días más así, necesitaría que lo ingresaran porque acabaría con todos los huesos rotos. Miró la hora en su reloj, eran las ocho de la mañana y el ruido que lo había despertado había sido el carro del desayuno de los pacientes. Se acercó a su chica y volvió a darle un beso, esta vez de buenos días. Acarició su pelo, su rostro, sus manos y un escalofrío le recorrió la espalda, el mismo escalofrío que sentía cada vez que Paula lo rozaba con sus dedos, con sus labios. Era el mismo estremecimiento que experimentó la primera vez que hizo el amor con ella, en la discoteca de su hermana. No tenía ni idea de lo que era enamorarse de alguien, pero en aquel momento supo que se había enamorado de Paula, que esa chica había calado muy hondo en él, que se había convertido en esa luz que iluminaba sus días. Aunque al principio lo negaba, se decía que eso no le podía pasar a él y, ahora, estaba completamente feliz por no dejarse engañar por sí mismo.
Se acercó hasta la ventana por donde entraba la luz del sol y se recostó en ella cruzando los brazos sobre su pecho. Desde luego que las vistas eran preciosas. Después de la lluvia de la noche, el día se presentaba radiante y despejado y con el astro rey brillando en el cielo. Al fondo se vislumbraba la playa. La ubicación del hospital era mucho mejor que la butaca donde había pasado la noche. Estaba en lo alto de una montaña y el mar se podía contemplar desde allí en todo su esplendor. Parecía calmado, con ese azul que siempre había hipnotizado a Pedro. Era uno de los pequeños placeres de los que podía disfrutar en la ciudad. El mar era su debilidad. Siempre había vivido en la ciudad, envuelto por el agua del mar y no podía imaginarse vivir lejos de allí, prescindir de esa infinidad, de sus paseos por la orilla, de su olor. Se ahogaría sin ella, sin la playa cerca. El mar era Paula.
 
-Pepe…-. Escuchó su nombre en la habitación y se giró hacia la voz.
-¡Paula!-.Exclamó aliviado y repentinamente se puso a su lado, acariciando su cabeza-. ¿Cómo te sientes?
-Como si me hubieran dado una paliza-. Y añadió una tímida sonrisa a sus palabras entrecortadas-¿Puedes darme agua, por favor?-. Pedro llenó de agua un vaso y se lo acerco a Paula para que bebiera dando sorbos por una cañita. Cuando terminó, volvió a dejarlo sobre la mesita-. Necesito ir al baño, ¿puedes llamar a una enfermera?
 
-Sí claro-. Pedro pulsó un botón que había al lado de la cama de Paula.
 
-Acabo de despertarme y no hago nada más que pedirte cosas-. Vuelve a sonreír.
 
-No me importa, estoy acostumbrado-. Le devuelve la sonrisa-. Puedes pedirme lo que quieras, sabes que te lo ofrezco encantado.
 
Sus miradas se cruzaron y quedaron fijas la una en la otra. En ambas había angustia, terror, arrepentimiento, pero sobretodo, había cariño, amor y una necesidad imperiosa de tenerse el uno al otro.
 
-Pepe, ¿qué haces aquí?-. La pregunta de Paula le cogió desprevenido y se sintió afligido al escucharla.
-Buenos días, hijo-. Saludó Nicolás al entrar a la habitación, seguido por Lorena-. ¡Oh, Paula, qué alegría verte despierta! ¿Cómo estás?
-Dolorida, cómo si me hubiera pasado por encima un tren de mercancías.
Llegó la enfermera para acompañar a Paula al baño, pero antes quiso comprobar sus constantes. Le tomó la temperatura y la tensión. Todo en orden. La ayudó a levantarse y con cada gesto, con cada movimiento de su cuerpo, Paula emitía gruñidos y gestos de dolor. Estaba peor de lo que pensaba cuando estaba tumbada. Consiguió levantarse con mucho esfuerzo y caminó al servicio. Al cabo de unos minutos salió del cuarto de baño y Nicolás la acompañó hasta la cama cuando le dijo a la enfermera que podía encargarse él. Ya recostada en el colchón, cerró los ojos y suspiró aliviada.
 
-Pau, ¿sabes por qué estás aquí, en el hospital?-Le preguntó Lorena.
-Sí, lo sé.
-No sé si es un buen momento, pero ¿puedes explicarme qué pasó?-. Le preguntó Lorena sin querer presionarla.
-Lo que recuerdo….-. Paula se quedó un instante perdida en su cabeza-. Recuerdo que fui a casa de Pedro a buscar mis cosas-. Paula lo miró a los ojos con tristeza.- y cuando me iba a marchar, escuché que alguien entraba. Pensé que era Pepe, pues había abierto la puerta con la llave, pero me equivoqué. Quien entró fue Víctor. Cuando lo vi allí, delante de mí supe a lo que había venido y supe que aquello acabaría allí, en ese momento, ese día-. Las lágrimas se agolpaban en los ojos de Paula. Pedro le cogió de la mano y se la besó para calmarla.-Me cogió del cuello y me lanzó hacia la pared. Caí al suelo y me golpeó la espalda y el estómago con el pie. Me quedé atontada en ese instante, sin fuerzas y él, me levantó del suelo y volvió a sujetarme, esta vez de los brazos y me tiró contra el mueble del comedor. Fue ahí donde me golpeé la cabeza y caí de nuevo. Lo último que recuerdo es que un dolor espantoso se apoderó de mí, que me caían gotas de sangre por la cara y que la foto cayó conmigo-. Paula miró a Pedro-.La rompí, lo siento-. Paula se refería a la foto que Pedro tenía de su abuela e intentó disculparse.
-No te preocupes por eso peque-. Paula no entendía por qué la seguía llamando peque. ¿Había soñado que ya no estaban juntos?
 
-¿Cuándo podré irme a… de aquí?-. Preguntó a Nicolás. Paula quiso decir a casa, pero ¿a qué casa? Una vez le dieran el alta, ¿a dónde iría?
-Tal vez mañana puedas regresar a casa-. Contestó el médico.
-¿Tengo que estar en el hospital hasta mañana?
 
-Estarás aquí el tiempo que haga falta, así que no intentes precipitar las cosas.
 
Paula hizo un mohín de disgusto. Quería salir de allí lo antes posible, no le gustaba permanecer tirada en una cama de hospital con el cuerpo dolorido y tener que ver a personas que seguramente no querían estar allí. ¿Por qué narices Pedro seguía en esa habitación? Necesitaba salir de aquellas cuatro paredes y sentir el cariño de la única persona que nunca le había fallado.
 
-¿Mi madre está aquí?
-Sí, está fuera con la mía. ¿Quieres que le diga que entre?-. Le dijo Pedro.
-Sí, por favor, quiero verla.
 
Los tres abandonaron la habitación, despidiéndose de ella. Pedro le dio un beso en la cara y acercándose a su oído le susurró bajito un te quiero para que solo ella lo oyera. Necesitaba decírselo y así lo hizo, a expensas de que Paula le arreara un buen bofetón. Pero eso no sucedió. Ella se quedó con expresión sorprendida en sus ojos, con un montón de preguntas ocultas tras ellos, preguntas que no formuló. Si en ese momento hubiera estado de pie, habría caído fulminada en el suelo. ¿Todavía la quería? ¿Cómo era eso posible? ¿Habían vuelto a estar juntos y ella no se había enterado? Pedro le sonrió y le acarició la mejilla antes de marcharse.
 
Una vez fuera, en el pasillo, se encontró a María junto con Ricardo y Carla. Éstos últimos habían llegado hacía unos minutos y estaban deseando ver a Paula, sobre todo la pequeña que, cuando vio aparecer a Pedro se le echó en los brazos. Se acercó a los padres de Paula y les dio un breve avance del estado de su hija. Dejó a Carla en el suelo y los tres fueron a verla.
-Hola Pau-. Gritó Carla al entrar en la habitación, que se subió rauda a la cama para abrazarla.
 
-¡Carla, bájate de ahí ahora mismo!-. La regañó su padre.
 
-No pasa nada, papá, estoy bien-. Dijo Paula, intentando ocultar el dolor que le había propiciado su hermana al subirse encima de ella como una loca.
La pequeña estaba abrazada a su hermana sin intención de soltarla durante un rato. Sus padres la besaron en el rostro, el único modo que tuvieron de saludarla ya que la pequeña la abarcaba por completo.
 
-¿Cómo estás, cariño?-. Le preguntó con preocupación su madre.
 
-Estoy bien mamá-. Le contestó aunque sabía que su madre no la creía-. Nicolás me ha dicho que mañana me dará el alta.
 
-Cuando salgas de aquí, te vendrás a casa y te cuidaremos-. Dijo su padre serio pues su mujer le había puesto al día de la no relación entre su hija y Pedro.
 
-Pedro me dijo que cuando estuvieras bien jugarías conmigo, pero no me dijo que volverías a vivir con nosotros. ¿Ya no vives con él? ¿Te ha hecho llorar?-. Soltó su hermana, dejando a todos sorprendidos. Paula la miró y no pudo hacer nada más que sonreír ante aquella niña que quería con locura. Esta vez fue ella la que la abrazó, con los ojos empañados.
-Mamá, ¿puedo hablar contigo un momento? A solas-. Paula miró a su padre, disculpándose por no hacerle partícipe de la conversación que quería mantener con su madre.
 
-Vámonos Carla, que no nos quieren-. Dijo su padre irónico, cogiendo a la pequeña en brazos.
 
-Papá está enfadado con Pedro?-. Dijo Paula a su madre cuando se quedaron solas.
-Pedro me contó lo que había pasado entre ustedes y yo, se lo dije a tu padre. Está algo molesto, ya sabes cómo es, se preocupa por ti, pero no tienes que darle mayor importancia.
 
-Mamá, ¿qué ha pasado? Necesito saberlo. Todo.
 
María observó a su hija detenidamente. En ese momento supo que había crecido, que era una mujer adulta y que tenía derecho a saber la verdad, pero tenía miedo de que si le contaba todo, ella se derrumbara y pensara que realmente tenía la culpa de todo lo que había pasado, del odio que su verdadero padre sentía por ella. Se prometió a ella misma y le hizo prometer a Pedro que no le contarían nada de la carta a Paula, pero ya daba igual. Ese hombre había desaparecido de su vida, no volvería a hacerle daño y se merecía conocer la historia. Así que María comenzó a relatarle todo lo que sabía, lo que Pedro le había contado horas atrás sobre cómo había ocurrido todo, de cómo Víctor dio, de nuevo, con ella, de cómo se las ingenió para acceder al colegio e intentar sacar información a través de Pedro, de cómo la arrastró hasta el coche e intentó secuestrarla y matarla hasta que su chico la encontró encerrada en el maletero, de cómo llegó hasta el centro hospitalario y la nota que dejó en su casa. Paula había escuchado con atención a su madre pero le costaba asimilar esas palabras.
-Entonces ¿está muerto?
-Sí, cariño, está muerto. Y esta vez de verdad-. Dijo su madre dibujando en sus labios una fina sonrisa.
 
-No lo entiendo, mamá, si te quería ¿Por qué no se fue contigo? ¿Por qué me culpaba a mí de su desdicha?
-Porque era un cobarde y necesitaba culpar a alguien de su infelicidad. Pero cariño, tú no tienes la culpa de nada, todo lo contrario, has sido la que has pagado las consecuencias de ese maniaco-. María acarició el rostro de su hija-. Tenerte ha sido lo mejor que he hecho en la vida y lo volvería a hacer una y mil veces más. No me arrepiento de nada de lo que he hecho y me siento orgullosa de tener una hija como tú.
-Oh, mamá…-. Exclamó Paula con lágrimas en los ojos, abrazándose a la mujer que le dio la vida.
-Y ahora, ¿qué pasa entre Pepe y tú?-. Preguntó María al separarse de su hija.
 

Pedro estaba en la sala de espera, sentado en una de las sillas que eran incluso más cómodas que la que había en la habitación. Sus padres se habían marchado, al igual que Lorena, que comenzaba a trabajar. Ricardo y Carla estaban desayunando en la cafetería. Se fijó en la sutil mirada que el padre de su chica le había dedicado antes de desaparecer con la pequeña. Con esa mirada, Ricardo le transmitió que estaba al corriente de lo que había sucedido entre su hija y él. Una vez le dijo que no iba a lastimarla, pero lo había hecho y estaba seguro de que su jefe jamás lo perdonaría. Pero realmente, lo único que le importaba era que Paula lo perdonara.
 
A los pocos minutos llegó Bruno. Tenía el turno de noche y acababa de salir del parque de bomberos.
 
-Vaya Pepe, tienes peor cara que yo-. Fue el saludo de su hermano-. ¿Qué tal está Paula?
-Se ha despertado hará un par de horas. Está bien, a pesar de los golpes que ha recibido.
-Es una chica muy fuerte. Y valiente. Me alegra saber que, por fin, ese desgraciado ha desaparecido.
-Así es, todo se ha acabado-. Dijo Pedro-. Bruno ¿puedes acercarme a casa? Papá ha dicho que Paula ha de pasar aquí la noche y he pensado en traerle algo de ropa.
Bruno no puso objeción alguna de llevar a su hermano hasta su piso. Pedro había dejado su coche aparcado al lado del colegio y la verdad es que no tenía ganas de conducir. Tenía todos sus sentidos mermados y su cabeza era un hervidero de pensamientos para recuperar a Paula, de sentimientos encontrados entre el horror que había vivido al ver que podía perderla y el alivio y el amor que le sacudieron cuando ella se despertó.
 
Bruno no le quitaba ojo a su hermano, que subió al coche sin decir nada más que un simple gracias con un tono de voz apagado y con los ojos tristes. Entendía como se sentía su hermano. Él estuvo en esa misma situación años atrás, cuando Lorena tuvo un accidente de coche. Aquella desazón que lo mantuvo en vilo hasta que pudo comprobar que su mujer estaba bien, fue lo peor que había sentido en la vida. Así que no podía juzgar el semblante tan serio que tenía su hermano. Solo podía intentar animarlo.
-Vamos, Pepe alegra esa cara. Paula está bien y volverán a estar juntos-. Bruno apretó el hombro de su hermano cariñosamente. Pedro se limitó a sonreírle sin ganas.
 
Llegaron al piso de Pedro. Sacó sus llaves del bolsillo, las llaves que le había entregado Lorena y que ese desgraciado le había robado de la taquilla del vestuario. Las miró por unos segundos, pensando en el daño que ese pequeño metal le había causado. Cuando entró en su casa, seguido por su hermano, apreció que todo estaba igual que cómo lo había dejado. Las maletas de Paula seguían en el comedor, pero a su lado ya no estaba la mancha de sangre. Pedro agradeció no ver aquella mancha. Le dolió recordar el motivo por el cual esas maletas estaban allí. Se acercó hasta ellas y acarició el asa lentamente, como si fuera a Paula a la que estaba rozando. Se la imaginó cargando con esas bolsas, despidiéndose de todo lo que había significado ese sitio, de su relación, de él. Se le hizo un nudo en la garganta que difícilmente pudo pasarse.
 
-La foto se ha roto-. Dijo Bruno al recogerla del suelo.
-Sí lo sé. Paula me lo dijo.
-Pepe, ya que estás aquí, podrías darte una ducha, afeitarte y cambiarte de ropa.
 
-No, solo he venido a recoger cosas de Paula. No quiero estar más tiempo del debido fuera de ese hospital-. Dijo tajante.
-Llevas más de veinticuatro horas sin descansar, con la misma ropa y sin asearte. Si quieres que Paula te perdone, como mínimo estate presentable, porque con las pintas que tienes dudo que sepa quién eres-. Bruno se acercó hasta él y puso sus manos en sus hombros-. Venga Pepe, ¿dónde está mi hermano, el que remueve cielo y tierra por aquello que quiere, el que nunca se da por vencido, el que es capaz de conseguir todo lo que se propone, el que está feliz de la vida porque está completamente enamorado de una mujer que le echa piropos al hermano de su novio?
-Ahora mismo, no sé dónde está-. Pedro bajó la cabeza,derrotado y cerró los ojos.
 
-Vas a ir a ducharte mientras yo cojo algo de ropa y de aseo para Paula. Y-. Bruno alzó su dedo índice en señal de silencio.- no vas a protestarme o me obligarás a meterte en el baño y lavarte las pelotas.
 
Pedro sonrió, esta vez con algo más de alegría y se abrazó a su hermano. Se metió en el baño, se pegó una relajante ducha que lo espabiló un poco, se afeitó y ya en su cuarto, cogió unos tejanos limpios y una sudadera. A los quince minutos, apareció en el salón, con un aspecto bastante mejorado.
-¡Uau! Ahora sí que Paula te perdona hasta lo que no le has hecho.
 
-¿Has recogido sus cosas?-. Bruno afirmó con la cabeza-. ¿Pijama?-.Si-. ¿Pantalones y camisa?-. Sí-. ¿Calzado?-. Sí-. ¿Toallas, cepillo de dientes, pasta dentífrica, gel, colonia, champú, peine?-. Bueno, quizás esto último no podría utilizarlo-. Sí.
-Lo ves, lo tengo todo.
 
-¿Ropa interior?-. Preguntó Pedro alzando las cejas- Bruno, afirmó de nuevo-. ¿Has visto la ropa interior de mi novia?-. Exclamó sarcástico. Su hermano tenía el gesto afirmativo pegado en la cabeza-. Sujetador y bragas, ¿verdad? ¿No te habrás olvidado las bragas?
 
-Pedro, está todo, ¡por dios! Sé que las mujeres utilizan dos prendas íntimas. ¿Por qué me has preguntado si me había olvidado las bragas y no el sujetador? ¿Tienes alguna clase de fetichismo con ellas?-. Preguntó irónico Bruno.
-Todo lo contrario, las bragas y yo no nos llevamos bien, pero a Paula parece que le gustan-. Apareció en los labios de Pedro una risa a la que su hermano acompañó.
 
Llegaron de nuevo al hospital. Justo en ese momento salía Javi y al entrar, vieron que tanto Fran como Raquel estaban en el pasillo hablando. Cuando los vieron llegar, Raquel se fue directamente hacia Pedro echando humo por la boca. Éste que la vio, intentó aplacar el golpe.
-¿¡De dónde vienes!? ¿¡Cómo te atreves a dejar sola a Paula!?
-¿Le ha pasado algo?-. Preguntó preocupado.
-¡Claro que le ha pasado algo! ¡Que la has dejado sola!-. Le recriminó. Raquel intentó serenarse.- ¿Dónde estabas?
-He ido a casa a buscar algo de ropa y cosas de aseo de Paula. Ha de pasar aquí la noche. Y no la he dejado sola, cuando me he marchado su madre estaba con ella-. Le contestó Pedro calmado-Raquel, ¿por qué estás tan enfadada conmigo?
-Joder Pedro, pues porque eres un completo idiota por dejar a Paula-. Raquel se lanzó al cuello de su amigo y lo abrazó. Pedro que no se esperaba aquello, dejó caer la bolsa que tenía en la mano y la estrechó en su cuerpo-. Quiero mucho a Paula y no me gusta verla así, tienes que volver con ella. Prométemelo Pepe, prométeme que vas a estar siempre a su lado-. Le dijo su amiga mirándole.
-Te lo prometo, siempre y cuando quiera perdonarme y volver conmigo-. Pedro besó la mejilla de Raquel-. Voy a pasar a verla.
Dejó allí a sus amigos y a su hermano, que también marchaba del hospital. Recogió la bolsa con los enseres de Paula y se dirigió con ella a la habitación de su chica. Picó a la puerta antes de entrar y se encontró con Paula que estaba de pie, avanzando despacito hacia el baño.
-Deja que te ayude-. Pedro se puso a su lado y rodeó con uno de sus brazos la cintura de ella.
 
-¡Joder! ¡Tengo un aspecto horrible!-. Exclamó Paula cuando se vio en el espejo del baño.
-Cuando te levantas por las mañanas tienes peor cara-. Dijo en tono divertido Pedro-. Estás igual que siempre, preciosa.
Pedro se había colocado detrás de ella y acarició suavemente sus brazos. La piel de Paula respondió temblorosa a ese roce. Sus miradas se encontraron en el espejo. Ambas reflejaban cansancio pero en la de Paula había algo más, preguntas, inquietudes, necesidad de saber qué era lo que estaba ocurriendo entre ellos. No acababa de definir el significado de esa mirada que Pedro le otorgaba, había algo que no sabía leer en sus ojos.
 
-¿Te apetece ducharte? Te he traído algo de ropa limpia y tu neceser-. Pedro puso la mochila sobre la cama y sacó un pijama, una toalla, una braguitas y el neceser. Volvió hacia el baño y dejó las cosas de Paula sobre el inodoro.
 
-¿Por qué estás aquí?-. Le preguntó Paula directamente-. Si no recuerdo mal, me dejaste-. El tono de voz era recriminatorio y cargado de tristeza.
-Tenía la esperanza que ese golpe en tu cabeza te hubiera hecho olvidar la estupidez que cometí-. Pedro se acercó a ella y tomó sus manos entre las suyas-. ¿Quieres que me vaya?
No, no quería que se marchara, pero no podía decírselo y exponerse a hacer el ridículo. No entendía nada y necesitaba aclarar la situación.
-Que importa lo que yo quiera, lo que no quiero es que estés aquí porque te de pena. No necesito tu compasión.
 
-¿Eso crees? ¿Crees que estoy aquí, contigo, porque me das pena?-. Paula se encogió de hombros-. Estoy aquí porque te quiero y necesito pedirte perdón.
 
- ¿Y qué tengo que perdonarte? ¿Qué me dejaras por teléfono? ¿Qué no confiaras en mí? ¿Qué me echaras de tu vida sin tan siquiera escucharme?-. Los ojos de Paula se estaban convirtiendo en pequeños lagos.
 
-Paula entiendo que estés enfadada y….
-No estoy enfadada, estoy dolida. No entiendo nada, Pedro. Primero me tratas como si no te importara lo más mínimo y luego te presentas aquí y me dices que me quieres. No puedo más-. Paula se cubrió el rostro para ocultar su llanto.
-Shhh, no llores por favor.
Pedro la acogió entre sus brazos y besó con delicadeza su cabeza. Podía notar como temblaba todo su cuerpo, cómo se contraía con cada sollozo y lo peor era, que sabía que esas lágrimas las causaba él. Tuvo que cerrar los ojos para detener las suyas propias. Abrió los ojos y se abandonó a la caricia que su chica le regalaba con su cuerpo. Dejó que Paula llorara todo lo que necesitara, le vendría bien despojarse de todo lo que le había pasado los últimos días. No sabía cuantos minutos había estado ella en ese estado, pero en todo ese rato, ella se refugió en el abrazo cálido que él le ofrecía. Cuando ella dejó de llorar, Pedro le levantó el rostro y lo alzó hasta que pudo ver sus ojos, tan apenados como lo estaba su corazón. Le secó las lágrimas con los pulgares.
-Necesito que me perdones por todo lo que has dicho y por mucho más. Te dije muchas veces que cuidaría de ti, que te protegería, que no iba a permitir que nadie te hiciera daño y no he cumplido mi palabra. Yo he sido el primero en hacerte daño, te he lastimado y he dejado que ese hombre se acercara a ti. Nunca podré perdonarme lo que te he hecho, porque te quiero demasiado como para no darme cuenta de que he estado a punto de perderte. Y esta vez para siempre-. Pedro no pudo contenerse y besó sus labios, pero ella no le devolvió el beso. Se separó de ella al ver que su boca estaba cerrada-. Creí que la confianza era lo más importante en una relación, pero me equivoqué. El respeto es igual de valioso y yo no te tuve ese respeto. No respeté tu decisión de contarme o no tu vida, te lo impuse, te obligué a que me explicaras ciertas cosas, que, a lo mejor, no querías contarme. Te pedía explicaciones sin importarme cómo te sentías. Sólo pensaba en mí, en que quería conocer cada rincón de tu pasado, mientras yo, me callaba el mío. Y por eso te dejé, porque creí que no confiabas en mí cuando, justamente, ha sido lo único que has hecho-. Aguardó unos segundos para ver la reacción de Paula a sus palabras, pero su expresión era de vacío. No le estaba gustando nada lo que veía en ella. Pedro cogió su rostro con las manos-. Nunca me había enamorado. Pensé que lo que quería, lo que necesitaba era solo sexo y durante años me conformé con eso, porque no necesitaba nada más. Pero ahora si necesito más y te necesito a ti. No supe lo que era ese sentimiento de estar enamorado hasta que te conocí. Me lo has dado todo, Paula, absolutamente todo de ti y te echo de menos. Añoro tu risa, tus besos, tus bromas y necesito besarte a cada segundo, abrazarte cada hora, hacerte el amor cada día, porque eres cada minuto de mis días y te quiero con toda mi alma. Te has convertido en el motivo de mis sonrisas. Cada día que me levanto y te veo a mi lado, no puedo evitar pensar en lo afortunado que soy por tenerte junto a mí. No quiero perderte. Eres todo lo que tengo, todo lo que tiene significado para mí, eres lo que necesito para ser feliz y créeme cuando te digo que en ningún momento he querido hacerte daño, es lo último que deseo y sería capaz de quitarme la vida antes que verte sufrir por mi culpa.
 

Paula se quedó sin palabras al oír decir a Pedro que la seguía queriendo. Sintió un alivio inmenso en su interior, era como si todos sus miedos ya no existieran. Y era verdad, ya no sentía ningún temor por nada. Víctor había desaparecido, Pedro la amaba y ella se sentía poderosa, sentía que podía avanzar sin obstáculos.
 
Se puso de puntillas y acercó sus labios, ahora abiertos, hasta rozar, suavemente los de Pedro. Cuando se separó, Paula notó que el cuerpo de Pedro temblaba y enrolló sus brazos alrededor de su cuello. Pedro se fundió en ese abrazo.
-¿Esto significa que me perdonas?-. Preguntó tímido.
-¿Me quieres?
-Con todas mis fuerzas-. Le susurró al oído.
-Entonces, te perdono.
 
-¿En serio? ¿Me perdonas?-. Le preguntó nervioso, mirando sus ojos.
-Sí, te perdono, pero no pienses que soy una blandengue, mereces un castigo-. Paul utilizó las mismas palabras que Pedro dijo cuando éste la perdonó por haberlo dejado.
-¿Y cuál será la tortura a la que me someterás?-. Pedro estaba algo más tranquilo y su voz sonó igual pero con un tono socarrón.
 
-Creo que te ataré a la cama, desnudo y te seduciré de tal manera que me rogarás, me suplicarás, que te haga el amor, que te haga mío para siempre-. La voz de Paula tenía un sonido tan erótico, que Pedro sintió un placentero dolor en su entrepierna.
-Ummm, tomaré mi penitencia con agrado-. Pedro le mordió el labio inferior para luego acariciarlo con sus dedos. Ella gimió y él atrapó su rostro-. Pau ¿me sigues queriendo?
-Nunca he dejado de hacerlo.
 
Pedro volvió a besarla, pero esta vez tomó sus labios apasionadamente. Aquello era el verdadero paraíso, los labios de su chica, la boca de la persona que amaba con locura. Su lengua la invadió sin permiso y ambas se unieron en la fogosidad de aquel beso, se fundían entre sus labios, se habían vuelto inseparables y se embebían la una a la otra.                                                                                                                            -Necesito ayuda para ducharme-. Le insinuó Paula.
 
Pedro terminó de quitarle la bata y al observar su cuerpo, pudo ver, por primera vez, los moratones causados por los golpes. Tenía todo el costado izquierdo herido. Se quedó helado, sin aliento, como si ver esas contusiones en su cuerpo le doliera más que verlas en el suyo. Su cabeza no paraba de repetirle cómo había sido capaz de dejar que le ocurriera algo así. Tenía el gesto contraído, estaba furioso consigo mismo y Paula lo supo. Con sus dedos, le levantó la barbilla y le habló dulcemente.
-Pepe, tú no tienes la culpa de esto.
-Sí, sí que la tengo, no debí permitir que…-. Paula tapó sus labios con el dedo índice.
-Basta, Pepe, por favor. Estos golpes son los últimos que ese hombre me ha hecho y no va a volver a tocarme nunca más. No volverá a hacerme daño, jamás, así que no te atribuyas méritos que no son tuyos-. Dijo con una sonrisa.
Pedro la acompañó hasta la cama, para que descansara, pero ella prefirió sentarse en el sillón, en el regazo de Pedro. Con ella allí, ese asiento parecía algo más cómodo. Paula tenía la cabeza apoyada en el hombro de su chico y él, no dejaba de acariciarle una de sus manos, sus dedos, en especial uno de ellos. 
-Estás muy callado, ¿en qué piensas?-. Le preguntó Paula medio adormilada.
-Pensaba que en este dedo te quedaría muy bien un anillo.


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Hola, hola!! Bueno, mañana subo el epilogo, chan, chan!

Espero que les guste, GRACIAS por leer!

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Hasta mañana! 





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