domingo, 15 de diciembre de 2013

Capitulo 21

Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien y de tirón. Se sentía bien, relajada y bastante descansada. Estiró su menudo cuerpo en la cama. Miró el reloj, quedaban cinco minutos para empezar el día, pero ella ya estaba despejada. Se giró en el colchón y comprobó entre las sombras de la habitación, que Pedro todavía seguía dormido y lo hacía de lado y no boca abajo como acostumbraba. Sonrió. Apagó, con mucho cuidado el despertador y volvió a colocarse frente a su chico. Tenía pensado despertarlo de otra manera, con pequeños besos llenando su rostro. Así que empezó por su frente, bajó por la mejilla, rodeó su nariz con esas caricias y embriagó sus labios con su sabor. Pedro respondió adormilado a esos besos que tanto le gustaban. 
-Buenos días, preciosa.
-Buenos días, guapísimo.
-Me encanta que seas lo primero que ven mis ojos al despertar. Quiero que siempre sea así-. Pedro le acarició la mejilla con los nudillos.
-¿Sabes qué me gustaría hacer?-. El la escuchaba con atención-. Me quedaría aquí, en la cama, contigo, todo el día y me emborracharía de hacerte el amor una y otra vez-. Paula se puso encima de su cuerpo y tomó sus labios en un ferviente beso. Deseaba encontrar su lengua y lamerla con la boca y eso fue lo que hizo. Los roces de la lengua de Pedro la estaban calentando y su entrepierna empezaba a humedecerse. Pedro la empujó hacia atrás y la tumbó sobre la cama.
 
-Para fiera-. La detuvo Pedro sentado a horcajadas sobre ella-. Te recuerdo que estás castigada y que tenemos que irnos.
 
-¡Mierda, llego tarde!
 
Paula se incorporó rápidamente y fue con prisas hasta el armario a buscar su ropa. Le prometió a Antonio que estaría en el despacho antes de hora. Las malditas notas. Pedro se quedó perplejo al ver la destreza con la que se deshizo de él y la impaciencia que tenía por llegar al trabajo.
 
-Paula, relájate, todavía es temprano-. Le dijo al acercarse a ella, que ya estaba completamente vestida.
-Tengo que estar antes en la oficina, no puedo demorarme.
-¿Porqué tienes que estar antes en el trabajo?-. Ante la pregunta de Pedro, Paula se quedó parada. Y esa reacción alertó a su chico-. Paula, ¿sucede algo?-. Pedro se plantó delante de ella y la agarró por los codos-. ¿Qué me estás ocultando?
Paula no le había contado nada acerca de las notas y de los mensajes que no había en ellas. No sabía cómo iba a responder si le contaba aquello. No quería volver a discutir con él, pero tampoco quería preocuparlo por algo que ni ella misma sabía qué era. Y tampoco quería ocultarle nada.
 
-Te lo cuento si me prometes que no vas a enfadarte conmigo-. Le dijo con cautela.
-¡Dios Paula! ¿Más secretos? ¡Joder, después de lo de ayer creí que había quedado todo claro! ¡Pero no, estaba equivocado!-. La crispación de Pedro hizo que subiera el tono de voz y Paula tembló temiendo un desencadenante fatal.
-Pedro, escúchame y deja que te explique.
-¡No quiero oír nada de lo que tengas que decirme!
El enfado de Pedro era monumental y Paula nunca lo había visto así. Estaba nervioso, se pasaba las manos por el pelo y no dejaba de dar vueltas por la habitación. Estaba completamente alterado, apretaba con fuerza la mandíbula y cuando dejó de pasearse por el dormitorio, la miró fríamente. Una punzada de dolor agarrotó el corazón de Paula. Ella se acercó temerosa hasta él. Acarició su pecho. Levantó la cabeza y lo miró a esos ojos fríos como el hielo.
-Pedro, hace una semana que recibo unas notas en blanco, sin haber nada escrito en ellas. Quiero saber quién es la persona que me las envía, por eso necesito irme antes. Quiero pillar al chico que me las deja.
-¿Porqué me lo cuentas ahora?-. La frialdad de su mirada se instaló en su voz-. ¡Ah, claro!, porqué he descubierto que me lo ocultabas. ¿Pensabas decírmelo sin que tuviera que sacártelo? No, no hace falta que contestes, ya sé la respuesta. Todo se reduce a eso, a que no eres capaz de confiar en mí-. Pedro apartó sus manos de su pecho.
-Sí confío en ti, pero no quería preocuparte por algo que ni yo misma sé que es.
-No te creo, ya no. Ya no puedo más-. Sentenció Pedro.
Paula creyó morir en aquel momento. Su corazón se quedó parado, su cuerpo estaba inmóvil y no sentía nada más que las gotas de las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.
 
-¿Qué quieres decir con eso?-. Preguntó con voz audible.
-Que será mejor que te vayas al trabajo-. Le habló Pedro secamente -. Márchate antes de que hagamos o digamos algo de lo que podamos arrepentirnos.
 
Él seguía con su mirada fría en la de ella y leyó en esa frialdad que aquello no iba a ser fácil de solucionar. Bajó la cabeza hasta sus pies, no quería que la viera llorar y abandonó la habitación, su casa y a él. Pedro escuchó el suave ruido al cerrarse la puerta y se desplomó en la cama cuando supo que se encontraba solo. Apoyó los codos en sus piernas y entre sus manos ocultó su rostro. ¿Qué era lo que estaba pasando entre ellos? ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Qué iba a hacer con Paula? ¡Dios, estaba hecho un lío! Otra vez, otra puñetera vez. Su mente vagaba por dos ideas, la primera era volver a hablar con ella, pero ¿para qué? Ella iba a seguir ocultándole cosas. Y la segunda…la segunda era dejar la relación. Dejar a Paula. Vivir sin ella. Intentar vivir sin ella. ¿Podría hacer eso? No era un buen momento para pensar en una solución, estaba en caliente y así no pensaba con claridad, así no tomaría la decisión correcta. Con los nervios apoderándose de su cuerpo, se levantó de la cama y fue a vestirse para enfrentar el peor día de su vida. Mucho peor que el de ayer, pero lo que no sabía era hasta qué punto iba a ser doloroso.
 

Paula cogió el metro para ir a trabajar. Desde que Pedro la llevaba a la oficina, no había vuelto a sumergirse en la vorágine de la hora punta del transporte público. Hacía tiempo que tampoco iba en su coche, pero presentía que eso pronto cambiaría. Le gustaba la sensación que le proporcionaba el ir en metro, el ser una más, de pasar desapercibida entre la gente, aunque hoy se sentía más sola que nunca. La había vuelto a cagar con Pedro. Tenía un don especialmente siniestro para estropearlo todo. Y se odiaba por ser así. Pero ¿qué podía haber hecho? Contárselo todo, pero ¿qué?, ¿que recibía unos mensajes en blanco? ¿Qué significaba aquello? Una cosa estaba clara, significara lo que significase, su relación con Pedro se estaba yendo a la mierda. Si no lo estaba ya. ¿Dónde quedaba todo lo dicho la noche anterior? ¿Dónde quedaba eso de envejecer juntos?
 
Con el vacío de no saber a dónde se encaminaba su vida, ya fuera con Pedro o sin él, llegó al despacho. Al entrar al edificio, se chocó con un chico que salía a toda prisa y vio que Antonio salía detrás de él.
 
-¡Paula es él, es el mensajero!-. Le gritó el conserje.
Paula se dio media vuelta y salió disparada a la calle. Vio por donde se dirigía el chico y corrió hacia él hasta darle alcance. Por suerte no se había puesto unos buenos tacones. Lo agarró del brazo y lo obligó a pararse y a mirarla a los ojos. Paula lo observó detenidamente, no lo había visto nunca, no le sonaba de nada. Era un chico joven, de unos veintitantos.
 
-Oye, ¿por qué me dejas esas notas?-. Le preguntó Paula cuando recobró el aliento.
 
-No sé de qué me hablas-. Le contestó el chico, intentando escapar de ella.
-No te hagas el listo conmigo. Te he visto salir del edificio donde me dejas las notas en blanco. ¿Qué quieres de mí? ¿Te conozco de algo?
-Yo solo me dedico a llevártelas, nada más-. Paula veía que el chico estaba asustado.
-¿Y quién te las da?
-No lo sé. Un hombre me paga por traértelas. Nunca le he visto. Me las deja en un apartado de correos y paso a buscarlas.
 
-¿Y cómo contacta contigo?-. Quiso saber Paula. Aquello era de lo más extraño.
-A través del buzón de mi casa. Recibo una carta dónde me indica el lugar al que tengo que ir a buscar las notas y hago la entrega.
-¿Y tienes esas cartas?
-No, siempre me dice que me deshaga de ellas. ¿Puedo irme ya?
Paula sabía que no iba a sacarle nada más al chico, así que lo dejó irse. Parecía bastante alterado y seguramente lo que le había contado era cierto, no tenía ni idea de quién era el responsable de esos mensajes. Él simplemente era el intermediario entre esa persona y ella. No entendía nada. Dio media vuelta y volvió al despacho. Al entrar, se encontró con Antonio y le dijo que no había sacado nada en claro hablando con el mensajero. Subió en el ascensor con esa última nota en la mano, dando vueltas, pensando quién podría ser ese hombre que le enviaba esos mensajes. Todo era muy extraño. Al abrir la puerta de la oficina, encontró que sus compañeros ya estaban allí, reunidos.
 
-Buenos días querida Julieta ¿qué tal terminaste la noche con tu amado Romeo?-. Preguntó gracioso Javi.
-La noche acabó muy bien, pero no puedo decir lo mismo de cómo ha comenzado hoy el día-. Paula dejó caer su pena en su silla.
-¿No me digas que han vuelto a discutir?-. Preguntó Helena. Paula afirmó con la cabeza-. ¿Qué ha pasado?
-Esto es lo que ha pasado-. Paula sacó de uno de los cajones de su escritorio las notas que había guardado y las echó encima de la mesa para que sus compañeros las vieran-. Llevo días recibiéndolas y no sé qué significan. Se lo oculté a Pedro y esta mañana lo ha sabido. Se ha enfadado muchísimo conmigo.
-Eres única haciendo añicos tu relación-. Le dijo Javi apenado.
 
-Lo sé y creo que esto ha sido la gota que colma el vaso.
 

Pedro estaba esa mañana de un humor agrio y era capaz de morder a cualquiera que se pasara de listo con él. No le mejoró el carácter cuando dio su primera clase, ni la segunda, ni la tercera. No lo pagó con sus alumnos, pero no estaba para bromas. Y mucho menos para aguantar las que salían de la boca de su infatigable amigo Fran.
 
-Si está aquí mi machote enamorado…- Fran iba a añadir algo más pero al ver la cara de pocos amigos de su compañero, decidió callar-. Ups, veo que te has levantado con el pie izquierdo. Que pasa, ¿no has tenido maratón de sexo con tu peque?
-Más bien he tenido maratón de discusiones-. Dijo bruscamente Pedro.
 
-¿Qué ha ocurrido? ¿No arreglaste nada ayer?-. Pedro le contó a Fran lo sucedido y cómo se sentía.
-No sé qué hacer Fran, de verdad que no lo sé. Lo único que sé es que estoy cansado de su desconfianza, de remar en una dirección y que ella vaya en la opuesta. Tengo la sensación de que esto no va a ningún sitio. Que estamos perdiendo el tiempo.
-¿Me estás diciendo que lo mejor que puedes hacer es dejarla?-. Fran miraba a Pedro con los ojos como platos.
-Llevo todo el día dándole vueltas al tema y creo que lo mejor será que lo dejemos, al menos durante un tiempo-. Pedro miró a Fran con tristeza.
-¿Sabes que a veces eso de “darse un tiempo” significa un adiós definitivo?
-Sé que puedo perder a Paula para siempre, pero ahora mismo no sé qué otra cosa hacer. No puedo seguir así, pensando que me oculta las cosas.
 
En ese momento el móvil de Pedro sonó. Lo cogió de encima de la mesa y vio el nombre de Paula aparecer en la pantalla. Se lo mostró a Fran y éste salió de la sala de profesores, dejándolo solo. Pedro se lo agradeció con la mirada.
 
-Hola Pedro.
-Hola Paula-. Contestó ásperamente.
-¿Estás ocupado?-. Preguntó tímidamente.
-No, tengo esta hora libre, ¿qué pasa?
-Solo quería decirte que siento mucho lo de esta mañana. No era mi intención no contártelo. Iba a hacerlo pero….
-Basta Paula, déjalo, por favor.- Pedro estaba cabreado y Paula lo notó en su voz-. No me cuentes más mentiras-. Tomó aire y lo expulsó lentamente. Ahora venía lo malo-. Paula, creo que necesitamos darnos un tiempo para reflexionar sobre lo que nos está pasando últimamente. Me ocultas cosas y no hacemos nada más que pelearnos. Esto no es bueno.
 
-¿Me estás dejando?-.Le tembló la voz al formular la pregunta y se le hizo un nudo en el estómago.
 
-Sí. Creo que sería bueno para los dos que dejáramos de vernos durante una temporada-. Pedro escuchó los sollozos de Paula al otro lado, pero se mantuvo firme en sus palabras.
-Pedro, yo te quiero-. Dijo Paula manteniendo un fino hilo de voz que se rompía por el llanto.
-Lo sé, pero no lo suficiente como para que confíes en mí al cien por cien. Te lo he entregado todo, absolutamente todo Paula y necesito a alguien a mi lado que me lo de todo por igual, que no me entregue solo un cincuenta por ciento.
 
-Bien, veo que lo tienes bastante claro y que ya has decidido tú solito lo que es mejor para los dos, así que no te preocupes, esta tarde recojo mis cosas de tu casa y me marcho.
Paula se tapó la boca con la mano para evitar que Pedro la escuchara ahogarse en su tristeza. Intentaba serenarse. Mientras lo conseguía, se hizo un silencio bastante incómodo entre los dos, ninguno sabía que decir, solo escuchaban sus respiraciones. Tras unos segundos angustiosos, Paula reunió fuerzas para transformar su pena en rabia. Iba a escucharla.
 
-Sabes Pedro, eres un maldito cobarde que no se atreve a mirarme a la cara para dejarme. Lo haces por teléfono-. Soltó una risita nerviosa-. Todo este tiempo te has llenado la boca diciéndome que me querías, que me protegerías, que pasarías toda la vida conmigo y ahora ¿quién es el mentiroso? Nunca has creído en mí, no has confiado nunca en que podía empezar de nuevo contigo. No tienes ni puñetera idea por lo que he pasado y piensas que diciendo confía en mí, todo se soluciona, todo se olvida. Pues no. Desde que estoy contigo-. Paula pensó en lo que acababa de decir-. Perdón, el tiempo que he estado contigo me ha servido para echar abajo muchas barreras y pienso seguir haciéndolo, contigo o sin ti. Eres tú el primero que ha tirado la toalla. Yo no pienso hacerlo, pero supongo que no te importa nada de lo que haga de ahora en adelante-. Pedro se había quedado muerto ante el tono tan cortante con el que le había hablado Paula-. Espero que encuentres a una persona que te dé el cien por cien de todo lo que necesitas. Adiós Pedro.
 

Paula dejó su teléfono al lado del teclado y se quedó mirándolo. Le temblaban hasta las pestañas. No sabía de dónde había sacado todo lo que le había dicho a Pedro, pero se merecía todo lo que había salido por su boca. Por cagueta. ¡Mira que dejarla por teléfono!, eso no es propio de un hombre que se viste por los pies. Cuando se calmó un poco, respiró con normalidad, pensó en el motivo por el cual le había soltado todo aquello. Su relación con Pedro se había roto. Se había acabado. Ahora seguirían caminos diferentes. Y el suyo se le hacía muy cuesta arriba sin tenerlo a él para ayudarla a subirlo. Entonces fue cuando sus ojos volvieron a saturarse de lamentos.
 
-Pau, corazón, te pasas el día llorando ¿De dónde sacas tantas lágrimas?-. Le habló Helena dulcemente cuando la vio derrotada sobre el escritorio.
 

Pedro tenía la mirada perdida en aquella sala de profesores. Recreaba una y otra vez las palabras de Paula, lo que él le había dicho. Sentía un dolor insufrible en el pecho, peor que el que sintió cuando leyó la nota de Paula. Esta vez era cierto. Se había hecho realidad. Él y Paula ya no estaban juntos, no eran pareja. No eran nada. Notó cierto sarcasmo en las últimas palabras de ella y la verdad, es que era cierto, había sido un cobarde al hacer lo que hizo por teléfono. Podía haber quedado en pasar a buscarla y hablar cara a cara, pero sabía que si hacía eso, no iba a tener valor para dejarla. Sentía una vergüenza espantosa por lo que había hecho. ¿Cómo iba a mirarla ahora a la cara?
-Eh, machote ¿Qué tal ha ido?-. Preguntó Fran al regresar junto a Pedro.
-Mal, la he dejado.
 
-¿¡Qué has dejado a Paula!?-. Su amigo estaba estupefacto, no se lo podía creer.
 
-Sí, la he dejado y encima va y lo hago por teléfono. Soy patético. Pero lo peor de todo es que ahora no se si he obrado bien. Antes de hablar con ella estaba convencido de que era lo que teníamos que hacer, teníamos que separarnos, pero ahora que se lo he dicho…no estoy tan convencido de que sea lo correcto. Me estoy imaginando mi vida sin ella y ¡joder! no me gusta, me asusta no tenerla a mi lado.
 
-Voy a decirte una cosa, Pepe y no te la tomes a mal-. Fran se sentó junto a él-. Paula lo ha pasado fatal y ninguno de nosotros puede hacerse una idea de todo el daño que ha sufrido. Es algo que la ha marcado y que llevará consigo. Pero eso no le ha impedido enamorarse de ti y querer empezar una nueva vida contigo. Ha tenido que ser muy difícil para ella contarte todo por lo que ha pasado, contarte sus miedos en voz alta, pero lo ha hecho y tú ¿qué haces? Vas y la dejas. Ella se ha apoyado en ti, ha confiado en ti, pero has sido tú el que no ha confiado en ella. Creo que te has comportado como un egoísta con Paula y ahora la has perdido. Eres un estúpido. Jamás encontrarás a una persona como ella.
Pedro escuchaba como Fran la reprendía contra él. Y quizás tenía razón. Quería que Paula confiara en él, pero sin obligarla a hacerlo. Y eso era lo que había pasado. Siempre que Paula le había hablado de algo desagradable de su vida, era porque él la había presionado para hacerlo. Tenía que haberla dejado y esperar a que ella se lo contara. Paula se había desnudado ante él y ahora se daba cuenta de ello. Ahora que ya no la tenía a su lado. Tenía que recuperarla a toda costa.

Hacía una hora que había vuelto de comer y no podía quitarse a Pedro de la cabeza. El día anterior fue ella quien lo dejó y se sintió triste, sola, como nunca antes lo había estado. Y hoy, cuando fue él quien la había apartado de su vida, la embargaba un sentimiento de desconfianza, de rabia por haber abierto de nuevo su corazón a alguien que ella creía que le quería. Se había equivocado otra vez. Era una tonta rematada.
 
-Hola Pau-. Dijo David al entrar en el despacho. Traía algo con él-. Toma, me ha dado este sobre Antonio para ti. ¿Es cómo los que nos has enseñado esta mañana?
Paula lo miró por encima y pudo comprobar que era exactamente igual que los recibidos. Lo abrió de manera automática y al sacar la hoja de su interior, el mundo la engulló.
 
-Pau, ¿qué pasa?-. David se asustó al ver la cara descompuesta de su compañera. Paula le tendió la nota, que sí estaba escrita-. “Te he vuelto a encontrar”, ¿qué significa?
Paula se levantó de su silla con el cuerpo tembloroso, la respiración agitada y con un miedo aterrador que le recorría las venas. Fue directa al despacho de Javi. Le dijo que tenía que irse enseguida, que le había surgido un imprevisto y que debía acudir a solucionarlo. No quiso contarle nada sobre esa nota porque sabía que si lo hacía, se preocuparían en exceso y ese problema tenía que ser resuelto por ella. Aunque con ello le fuera la vida. Abandonó a sus compañeros y cogiendo todos los mensajes bajó en el ascensor. Allí dentro, se recostó en una pared lateral e intentó controlar todos los sentimientos que se le agolpaban en su ser. Tenía la sensación de que esa era la última vez que la encontraría, que pronto acabaría todo. Estaba tan asustada que no pudo impedir ahogarse en su pena.
Llegó a la comisaría exhausta, le faltaba el aliento. Esperaba encontrar a Lorena y poder hablar con ella. Se dirigió a la chica que había en la recepción de la entrada y le preguntó por ella. La chica, muy amablemente, le dijo que aguardara un momento y se levantó para avisar a Lorena. La chica de recepción apareció con su ex cuñada y ésta se alarmó al verla allí.
-Hola Pau, no esperaba verte por aquí.
-Hola Lorena-. La saludó con dos besos en las mejillas-. ¿Podemos hablar?
-Sí claro, pero ¿ocurre algo?-. Le preguntó preocupada.
-Sí-. Fue la respuesta escueta de Paula.
 
Lorena se fijó en que estaba asustada y que no era capaz de dar un paso sin que le temblara todo el cuerpo. Tenía mala cara y eso era muy mala señal. Llegaron a su mesa y Lorena le indicó que se sentara en la silla.
 
-Pau, te veo muy nerviosa. Cuéntame, que pasa-. Paula soltó el aire que, sin darse cuenta había estado reteniendo en sus pulmones.
-Hace una semana que recibo estas notas-. Paula se las entregó todas, a excepción de la última, la de esa tarde-. Al principio no les di importancia, como ves no dicen nada. Pero hace un momento me ha llegado esta otra-. Le pasó la última. Miró con detenimiento la expresión en el rostro de Lorena, que parecía comprender aquello.
 
-Pau, ¿me estás diciendo que estas notas son de Víctor? Eso es imposible.
-Víctor está vivo y ha sido quien me las ha enviado. Estoy segura, lo conozco y sé que ha sido él-. Paula sonó muy contundente en su respuesta, cosa que alarmó a Lorena.
-No puede ser Paula, tengo los documentos que acreditan su muerte.
 
-Pues son falsos o no es ese Víctor. Lorena-. Paula se acercó a ella y le habló con miedo en la voz.-créeme cuando te digo que es él y que ha vuelto a por mí y yo no puedo más con esto, no puedo seguir así. Sé que cuando esté delante de mí, no le temblará el pulso y yo, lo dejaré hacer. Quiero que acabe de una vez por todas. No me quedan fuerzas para enfrentarme a él.
-Pau, te creo pero tengo que comprobarlo. Y por favor, no hables así, no te rindas. No va ha hacerte daño, te lo prometo, no voy a permitirlo-. Lorena intentó tranquilizarla-. Voy a llevarle las notas a mis compañeros para que las examinen por si hay huellas u otra cosa que pueda ayudarnos a identificar a la persona que te las remite-. Lorena se levantó de su asiento y rodeó con los brazos a Paula-. ¿Quieres que te acompañe a casa?
-No, no es necesario. Gracias Lorena-. Le dijo al separarse.
 
-¿Pedro sabe algo de esto?
 
-No y no creo que le importe demasiado lo que me pase-. Dijo con un tono apenado.
-¿Por qué dices eso? ¿Qué ha pasado?-. Paula no tenía fuerzas para ocultarle nada a Lorena. Tarde o temprano lo sabría.
 
-Pedro y yo ya no estamos juntos-. Lorena se quedó con la boca abierta-. Tengo que ir a su casa a recoger mis cosas. Adiós Lorena. Y otra vez, gracias por todo.
 
Paula salió de la comisaría con la sensación de haber hecho un bien alertando a la policía sobre la presencia de Víctor. Se adentró en la estación del metro y cogió el primero que llegaba, el que la conduciría a casa de Pedro. Al subir vio su rostro reflejado en el cristal de la ventana que tenía enfrente. Tenía un aspecto horrible, pero era el aspecto que le confería el haber pasado un día asquerosamente malo. Y todavía no había acabado. Y quizá, todavía lo malo no había llegado.
 
Metió su llave en la cerradura de la puerta del piso de Pedro, aquel piso que la había acogido gratamente y en el que tantas cosas hermosas había vivido. Con el paso decidido, se fue al dormitorio y en el armario, comenzó a sacar toda su ropa para meterla en la maleta que tiempo atrás, había llenado con esa misma ropa para inundar el espacio de su chico. Ahora era todo lo contrario, le volvía a dejar sitio libre. Mientras guardaba sus cosas, pensaba dónde podía ir. Su piso estaba vacío, los muebles quedaron destrozados tras el paso del ladrón, o de Víctor, del que seguía convencida que había sido él. Ni siquiera tenía una cama donde hacerse un ovillo y dejarse llevar por su soledad. Y a casa de sus padres no podía volver. Otra vez no, no lo soportaría, ni ella y, mucho menos ellos. Además, se habían ido a pasar cuatro días fuera, junto con Carla, así que no iba a meterse en su casa sin estar ellos presentes. A casa de su hermana Alba, tampoco. No tenía ganas de explicarle lo que había pasado. Al único sitio al que podía acudir era a casa de su amiga Raquel. Pero ahora vivía con Fran y tal vez no era buena idea. Pero sólo sería esta noche, prometido. Dejó de recoger sus prendas y con el móvil en la mano, llamó a su amiga. Respiró profundamente para calmarse antes de hablar con ella.
 
-Hola Pau, ¿qué tal estás?-. La saludó su amiga alegremente.
-Hola Raquel. Necesito pedirte un favor.
-¡Uy, que directa!-. Raquel conocía a su amiga demasiado bien como para saber que le pasaba algo-. Pau ¿qué te pasa?
 
-¿Puedo quedarme esta noche en tu casa? Te prometo que solo será una noche, mañana por la mañana me marcho.
-Claro que puedes quedarte, pero explícame el porqué. ¿Y Pepe?-. Preguntó Raquel con la mosca detrás de la oreja.
-Se acabó-. Le dijo Paula escuetamente-. Luego te cuento, he de acabar de recoger mis cosas. Muchas gracias Raquel, eres una buena amiga. Adiós-. Y colgó.
Paula se sentó en la cama y cerró los ojos. Tapó su rostro con sus manos, pensando en lo duro que era tener que volver a empezar de nuevo, pero era lo que tenía que hacer. Sacaría fuerzas de donde no las había para recomponer su corazón y su vida. Se levantó de la cama y siguió haciendo su maleta. Se dijo que no iba a llorar, no podía permitirse el lujo de que apareciera Pedro por casa y la viera en ese estado de desdicha. Y menos que le recordara que había vuelto a fracasar, porque eso era lo que había sido su relación con él, un nuevo revés que cargar a sus espaldas. Miró su reloj. Tenía que darse prisa antes de que Pedro apareciera y se la encontrara en su casa. No le apetecía toparse con él, no quería mirarlo a la cara. Se apresuró a guardar lo que le quedaba de ropa y fue hacia el baño a recoger sus cosas de higiene. Las guardó en el neceser y con él a cuestas y la maleta en la otra mano, tomó rumbo a la salida. Antes de desaparecer de ese piso para siempre, se detuvo un minuto en el comedor, a observarlo. Recordó la vez que Pedro la invitó a cenar a su casa, aquella primera vez que se hicieron confesiones y que hicieron el amor con los sentimientos asomando la cabeza. Pedro era lo mejor que le había pasado en la vida y siempre guardaría de él un grato recuerdo. Pero ahora tocaba pasar página.
 
En ese momento, escuchó el ruido de la puerta de la calle al abrirse. Se quedó parada, al pensar que se encontraría con Pedro, cara a cara. Se había demorado demasiado en recoger sus cosas y ahora pagaría las consecuencias. Tragó con dificultad e intentó calmar la tensión, pero la sorpresa fue mayor cuando vio a la persona que apareció detrás de la puerta. No era Pedro. Era un hombre que no conocía, no había visto nunca su rostro pero, aquellos ojos, eran inconfundibles. Los había visto antes. Y la sangre dejó de recorrerle el cuerpo.

-Mi futura mujer dice que eres un idiota, un gilipollas, un cabrón y que no te llama hijo de puta porque aprecia a tu madre-. Soltó Fran a Pedro cuando entró en el vestuario.
-Vaya, es bueno saber eso. Y anda que te ha faltado tiempo para contárselo a tu churri-. Le dijo Pedro molesto.
-¡Eh! Tranqui machote, que ha sido tu novia la que se lo ha dicho a Raquel.
-¿Raquel ha hablado con Paula? ¿Cómo está?-. Preguntó Pedro ansioso.
-Pues echa una mierda, ¿qué te esperabas? Está recogiendo sus cosas. Esta noche viene a dormir a casa.
-¿Está en casa?-. Fran afirmó-. Tengo que irme antes de que se vaya, he de hablar con ella.
 
Pedro guardó a toda prisa sus cosas en su mochila y se dispuso a irse a casa para hablar con Paula urgentemente. No quería pasar ni un minuto más sin verla y debía explicarle el porqué de su absurda actitud. Cuando iba a salir por la puerta del vestuario, se chocó con Lorena, que había llegado corriendo.
 
-Lorena, ¿qué haces aquí? ¿Les ha pasado algo a mi hermano, a mis padres?
-Que yo sepa están bien-. Le dijo recomponiendo el aliento-. Vengo por Paula.
 
-¡Joder tío, tu novia es la ostia! La dejas y ella te denuncia-. Dijo Fran con sarcasmo.
-No tiene gracia, Fran-. Intervino Lorena bastante seria-. Paula ha venido a la comisaría y me ha comentado el tema de las notas. ¿Sabías algo de eso Pedro?
-Bueno…esta mañana me ha comentado algo, pero no querido escucharla. Estaba enfadado con ella por habérmelo ocultado-. Pedro intentó justificarse. En vano.
-Me ha dicho que ya no están juntos y la verdad es que eres un cretino por dejarla, pero no he venido para echarte un sermón. He venido porque, no sé si te interesará o no, pero Paula está en peligro-. El semblante de Pedro se tensó cuando escuchó a su cuñada decir esa última frase.
 
-Explícate Lorena, ¿porqué Paula está en peligro?-. Preguntó Pedro alarmado.
-Ha venido a explicarme que recibía esas notas, todas en blanco. Pero esta tarde ha recibido una con un mensaje; “te he encontrado”. Me dice que es de Víctor, que ha sido él, que está segura. Cuando se marcha, lo compruebo. Y tiene razón, esas notas son de Víctor. Había huellas de él en todas las notas. No está muerto, Pepe. El documento que te enseñé, el certificado de defunción es real, pero el médico forense que lo tramitó lo hizo bajo la amenaza de ese hombre. Lo intimidó diciéndole que, si no lo hacía, mataría a su familia. Así que ese hombre sigue suelto y va a por Paula. ¡Dios Pepe! Si la hubieras visto, estaba tan asustada y me ha dicho unas cosas que me hacen pensar que esto no va a tener un buen final.
 
Pedro estaba desencajado. No podía consentir que ese hombre le arrebatara a Paula.
 
-Paula está en casa. Me voy hacia allá enseguida-. Dijo Pedro apresurado.
 
-Lorena, ¿tienes alguna foto de ese señor?-. Preguntó Fran, que se había quedado de pasta boniato al escucharla.
 
Mientras Lorena buscaba en su móvil la imagen de ese hombre que sus compañeros le habían pasado, Pedro buscaba el llavero donde tenía las llaves de su casa y del coche.
 
-¡Mierda, no encuentro mis llaves!-. Exclamó nervioso.
 
-Miren chicos, es este hombre.
Lorena les enseñó la foto de Víctor. Cuando éstos la vieron, los ojos se les iban a salir de las cuencas oculares de tan abiertos que los tenían. No se lo podían creer, no era posible.
 
-¡Es uno de los obreros del gimnasio!-. Gritó Fran-. ¡Estaba siempre detrás de Pedro, preguntándole por Paula!
Cuando Pedro vio esa foto y dejó de volverse loco buscando sus llaves, el corazón se le quedó parado y un escalofrío aterrador le anunció que algo no iba nada bien. Lo supo.
-¡Me ha robado las llaves! ¡Y Paula está en casa!-. Exclamó Pedro más nervioso aún y con las pulsaciones acelerándose.
Los tres salieron corriendo hacia el coche de Lorena, que conducía ella y Pedro iba de copiloto. Una vez dentro, ella pidió refuerzos y fue entonces cuando Pedro entendió todo. Ese hombre siempre aparecía cuando menos se lo esperaba, le preguntaba por él y por Paula. Nunca le había gustado ese tipo, pero no podía imaginar el porqué. Había estado tan cerca de él. Y ahora tenía a Paula.
 
-Es todo culpa mía-. Dijo en voz alta-. Ese señor no me dio buena espina, pero no quise darle mucha importancia y esta mañana con Paula…-. A Pedro se le quebró la voz al recordar cómo se había portado con ella.
-No es culpa tuya Pepe-. Le dijo Fran poniéndole una mano en su hombro izquierdo.
-¡Claro que lo es!-. Pedro estaba tan enfadado consigo mismo que no podía reprimir la rabia que sentía-. Si la hubiera escuchado cuando me contó lo de esas notas, si hubiera estado a su lado y no la hubiera apartado, esto no habría pasado. Y ahora ella está sola con ese hombre. Si le hace daño, yo…
-No va a hacerle nada, Pepe. Intenta tranquilizarte-. Le dijo Lorena con voz calmada, aunque ella realmente no lo estaba.
 
Los ojos de Pedro estaban llenos de miedo, de pánico por no saber lo que podía encontrarse. Miles de imágenes se le pasaban por la mente y solo una agradable; encontrar a Paula sana y salva. Pero sabía que esa era la menos probable. Ese malnacido era capaz de cualquier cosa y Pedro se ponía en lo peor. Esos minutos que pasó en el coche, fueron los peores de su vida, los más aterradores que jamás había vivido y la incertidumbre lo mataba. Si hallaba a Paula viva, iba a hacer todo lo posible para que lo perdonara, para que quisiera estar toda la vida con él. Y estaba decidido a colmarla de atenciones, de besos, de abrazos, de amor. De todo lo que ella le pidiera y quisiera. La quería y la querría todos los días de su vida. Porque ella era su vida.
 
Cuando llegaron al edificio de Pedro, los compañeros de Lorena ya estaban allí y habían entrado en su apartamento. Pedro se apresuró a salir del coche, pero Lorena fue más rápida que él y lo detuvo.
-¡Para Pepe!-. Le dijo cuando lo obstaculizó en la entrada-. Primero entro yo así que te quedas detrás de mí. Y no hagas ninguna tontería.
 
-¡Joder Lorena! ¡Es mi novia la que está ahí arriba!
 
-Lo sé, Pepe, pero en tu estado no eres de gran ayuda. O te tranquilizas, o te quedas aquí abajo con uno de mis compañeros.
 
-De acuerdo, perdona. Tú primero.
Pedro dejó que su cuñada subiera delante de él y que fuera ella la que marcara las pautas. Él no estaba en condiciones de pensar con lucidez. Estaba asustado, inquieto y a cada escalón que subía, que ascendía hasta su piso, su angustia aumentaba de manera considerable. No quería ver nada que no fuera otra cosa que a Paula con vida. No podría soportar una situación distinta.
 
Llegaron a su piso y la puerta estaba abierta y los compañeros de su cuñada entraban y salían de él. Fran, que había subido detrás de Pedro, lo cogió del brazo y éste se giró.
-Pepe, pase lo que pase ahí dentro, quiero que sepas que estoy contigo-. Pedro le agradeció ese gesto a su amigo.
Entraron. Lorena hablaba con otro policía que le decía algo que Pedro no pudo escuchar. Vio la maleta de Paula y el neceser en el comedor. Se acercó a ellos con el miedo dominando su cuerpo y, en el suelo, vio algo que no le gustó.
 
-¡Aquí hay sangre!-. Gritó alarmado.
 
-¡Pepe!-. Se acercó su cuñada hasta él y lo tomó de los brazos-. No están aquí.
 
-¿¡Dónde están!? ¿¡De quién es esa sangre!?-. Preguntó señalando hacia la mancha-. Tenemos que encontrarla, Lorena, por favor-. Lorena lo abrazó cuando vio que su cuñado no podía soportar todo aquello y finalmente se vino abajo.
 
-¡Chicos, creo que tenemos algo!-. Exclamó un hombre vestido de uniforme. Todos se giraron hacia él-. Una vecina nos ha comentado que ha visto a un hombre cargando con una mujer en el parking. Dice que la estaba metiendo en el maletero. Cree que la chica estaba muerta.
Al oír aquello, a Pedro se le tensaron todos los músculos y una sensación de desgarro le atenazó el alma. Se separó de su cuñada y salió corriendo dirección al parking. Mandó a tomar por culo las pautas, los protocolos y quien narices tenía que ir primero. Se trataba de Paula y él era quien tenía que ocuparse de ella.
 
-¡Pedro, espera! ¡No hagas ninguna tontería!-. Le gritó alterada su cuñada.
Lorena y Fran, seguidos por otros policías, bajaron hacia el parking detrás de Pedro. Ambos tenían miedo de que hiciera algo que pusiera en peligro su vida y la de Paula.
 
Pedro llegó al parking, que era solo de una planta. Con la respiración agitada por las prisas, miró a un lado, al otro, miró por todas partes y no veía nada raro. No había rastro de Paula. Mierda, no estaba allí. De pronto, escuchó el motor de un coche. Se giró al apreciar que el sonido provenía a sus espaldas. Vio un coche salir de su plaza de aparcamiento. Vio al conductor. Era Víctor, ese hombre que había estado en el colegio haciéndose pasar por obrero, cuando realmente lo que había hecho era reírse de ellos. Pedro se quedó allí parado mientras el coche avanzaba hacia él y ambos hombres se miraban fijamente a los ojos. Pero solo uno de ellos sonreía. Fran llegó justo a tiempo de apartar a su amigo y evitar que el coche lo arrollara.
-¿¡Pero estás loco!? ¿¡Quieres que te mate!?-. Le gritó Fran a Pedro cuando lo empotró contra uno de los vehículos que estaba aparcado.
 
-¡Paula está ahí dentro!-. Dijo Pedro señalando el coche.
-¿¡Y crees que poniéndote en peligro la ayudas!?
 
En ese momento oyeron un estruendo espantoso. Primero uno y luego un segundo. El primero se oyó como un disparo. El segundo sonó como si algo chocara contra algo. Los dos amigos se asustaron y fueron corriendo hacia donde provenía el ruido. Vieron que el coche que conducía Víctor estaba estampado contra una de las columnas del garaje. Y él estaba inclinado hacia adelante, con el pecho y la cabeza apoyados en el volante. Y la luna delantera presentaba un pequeño agujero del impacto de una bala. Pedro se abalanzó sobre el cuerpo sin vida de Víctor y arrancó las llaves del contacto. Fue a la parte trasera del vehículo, llegó al maletero y consiguió abrirlo. Y allí dentro la encontró. Estaba quieta, con las manos atadas a la espalda y amordazada, una brecha en la cabeza de la que salía sangre, una mejilla hinchada, de sus labios prendía un hilo de sangre.
 
-¡Paula!-. El grito de Pedro fue desgarrador cuando la vio con todos esos golpes.
 
La sacó del maletero con mucho cuidado de no dañarla más y la depositó en el suelo con el mismo mimo. Le quitó las ataduras de las manos y la mordaza de sus labios. Se inclinó sobre ella, quedando su cuerpo inerte atrapado entre sus piernas. La preocupación podía leerse en los ojos de Pedro y quiso asegurarse de que su chica seguía con vida. Le tomó el pulso y comprobó que éste era débil, pero presente. Respiró algo más tranquilo. Tomó el rostro de Paula entre sus manos, que no dejaban de acariciarlo, sus labios besaban dulcemente los suyos con la intención de que ella respondiera. Pero no se despertaba.
-Paula, despierta, por favor. No me dejes, quédate conmigo. Te amo-. Le susurró Pedro mirando sus ojos cerrados.
 
-¡La madre que parió a ese hijo de puta!-. Dijo Fran al ver a Pau golpeada.
-No se despierta, no se despierta-. Sollozó Pedro que había apoyado su frente contra la de ella. No dejaba de acariciarla.
 
-Se va a poner bien, ya lo verás. Paula es una chica muy fuerte-. Le comentó su cuñada con cariño.
-Quédate conmigo, peque, te necesito, no puedo perderte, no quiero. Lo siento mucho Paula, lo siento todo, perdóname, por favor-. Las lágrimas que derramaban los ojos de Pedro humedecían el rostro de Paula.
 
-Pepe…- Un leve y cansado susurro salió de los labios de Paula.
-¡Pau!-. A Pedro le dio un vuelco el corazón al escuchar su nombre. La miró con una alegre sonrisa, mientras se limpiaba los ojos con la manga de su jersey.
-Estoy muerta-. Dijo Paula con voz cansada.
-No, preciosa, no estás muerta.
-Sí, lo estoy. Estás conmigo.
Aquellas palabras golpearon a Pedro en lo más profundo de su ser. Sabía que le había hecho daño y ella creía que solo estando en el otro mundo, él estaría con ella. Pero no era así, la quería en ese mundo, en el de la vida y no iba a permitir que pensara lo contrario. Volvió a inclinarse sobre ella, sin dejar de mirar sus ojos, que parecían vacíos, derrotados. Tomó sus labios con un delicado beso. Quería que ella lo notara, que notara que ese roce era real y que él estaba con ella. Cuando se separó de su boca, vio que su chica volvía a tener los ojos cerrados.
 
-Pepe, los chicos de la ambulancia están aquí. Han de llevarla al hospital-. Le dijo Lorena.
Pedro se apartó de Paula y dejó a los sanitarios que realizaran su trabajo. La subieron a la camilla y la introdujeron dentro de la ambulancia. Pedro acompañó a Paula dentro del vehículo, que no dejaba de abrazar una de sus manos y llenarla de besos. Le repetía una y otra vez que la quería, que estaba a su lado, que nunca volvería a dejarla. No apartaba sus ojos de su cara. Estaba magullada, tenía un vendaje en la cabeza para que la herida dejara de sangrar, la mejilla iba adquiriendo un color bastante feo, y tenía un fuerte golpe en el estómago que pudo ver cuando los sanitarios comprobaron su estado. Ahora solo pensaba en ella, en que saliera de ésa, pero le vino a la cabeza ese maldito cabrón. No sabía qué había pasado con él, lo había visto en el coche, sin moverse y ojalá estuviera muerto. Pero ahora eso no le importaba demasiado. Solo le importaba Paula.
 
La sirena y las luces de la ambulancia inundaban las calles de la ciudad, el vehículo circulaba a toda velocidad dirección al hospital donde trabajaba Nicolás y dónde él estaba de guardia. Llegaron al hospital y entraron por la puerta de urgencias. Allí estaba su padre, cosiendo unos puntos en una pierna de un chico joven que se había caído de su monopatín.
 
-¡Hijo! ¿Qué ha pasado?-. Preguntó Nicolás al verlo con los compañeros de la ambulancia y que acercaban la camilla a uno de los boxes.
 
-Es Paula, papa. Ese hombre ha vuelto a por ella.
-¿Ese hombre? ¿Te refieres a su padre biológico?-. Pedro afirmó con la cabeza. Nicolás miró a Paula -¿Esto se lo ha hecho él?-. Su hijo volvió a afirmar.
Nicolás se quedó sin palabras al mirar de nuevo a Paula y verla en ese estado. No podía creer que la gente fuera tan mala y capaz de hacer ese tipo de cosas. Estábamos volviéndonos todos locos.
 
-Pedro, tienes que salir de aquí y esperar en la sala. Tengo que examinarla. Cuando acabe, te aviso. No te preocupes, se va a poner bien.
 
-Prométemelo papá, prométeme que vas a devolvérmela, por favor-. Le suplicó Pedro asustado.
-Te lo prometo hijo-. Dijo su padre con sinceridad.
 
Pedro echó un último vistazo a la camilla donde estaba  Paula, inconsciente. No quería que ese lugar fuera el último en el que la viera. Joder, no podía pensar así. Su padre le había prometido que se la devolvería y él era un hombre que cumplía su palabra, aparte de ser un médico excelente. Caminaba cabizbajo por el pasillo de urgencias hasta que se topó con la puerta y salió de aquel sitio. Apareció en la sala de espera y al levantar la vista, vio que allí estaban todos; Fran y Raquel, Lorena y su hermano, David y Helena, Javi y Ana, Alba y Marc, su madre y los padres de Paula venían de camino. Al verlos a todos allí, no pudo más. Se recostó en la pared y se dejó caer hasta quedar sentado en el suelo. Con las piernas flexionadas junto a su pecho, ocultó su cabeza entre ellas y todos los nervios, la angustia, la ansiedad, el miedo, salieron a la superficie, inundando sus ojos con la furia de una tormenta descontrolada.
 

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Hola, hola!! Cada vez menos para el final. Queda un capitulo y el epilogo.

Espero que les guste, gracias por leer! :)

2 comentarios:

  1. Qué buen cap!!!! Espectacularrrrrrrrrrrr!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! NO tardes mucho en subir los 2 siguiente x favor

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  2. wow capitulo intenso pero buenísimo!!! ojala todo empiece a mejorar y sean felices...

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