Paula salió en silencio a la habitación de Pedro, aquella que habían
compartido tantas veces. Se cercioró de que estaba dormido antes de marcharse
de allí. La suave luz del amanecer se reflejaba en el dulce rostro de su chico.
Sonrió al verlo tan sereno y se entristeció al pensar que sería la última vez
que lo vería. En el salón, se colocó su abrigo y recogió su bolso. Pasó sus
ojos por esa estancia que había sido testigo del inicio de su relación con
Pedro. Las lágrimas no pidieron permiso para resbalar por su mejilla al
recordar ese y todos los momentos que había vivido en ese piso con su chico. Se
pasó la noche entera sentada en el sillón del salón, sin poder pegar ojo y,
tras dar muchas vueltas a lo que era mejor hacer, llegando a ese punto, tomó
una decisión. Dejó encima de la mesa la nota que le había escrito a Pedro y con
mucho sigilo abandonó, el que hasta el día de hoy, había sido su hogar. Eran las
seis de la mañana cuando Paula puso sus pies en la gélida calle y no solo el
aire era frío y te cortaba la respiración, su alma también estaba congelada y
derrotada. Y cómo decía Mafalda en una de sus viñetas, ¿cómo hace uno para
ponerse una tirita en el alma? Guió sus pasos por las despiertas calles de la
ciudad en dirección a su oficina. Tenía algo más de media hora caminando, pero
no le importaba, necesitaba que el viento le refrescara la cara y la hiciera
sentir viva. Momentos vividos con Pedro fueron apareciendo por su mente,
emborrachando todos sus sentidos de una agradable sensación que jamás volvería
a rozar su corazón. Había llegado sin apenas darse cuenta a su trabajo. Cuando
abrió la puerta del edificio, Antonio todavía no había llegado a su puesto. Así
que, sin miedo a que alguien la viera, tomó el ascensor y subió hasta su
planta. En el despacho tampoco había nadie, no llegarían hasta unas dos horas
después, tiempo suficiente para poder descargar todo su pesar. Dejó sus cosas
en recepción, arrastró su lánguido cuerpo por el pasillo del despacho hasta
llegar a la cocina. Allí, sentada en una silla y cubriéndose la cara con sus
manos, se dejó destruir por el vacío que, a partir de hoy, sería su vida.
Las noticias de una emisora de radio despertaron a Pedro a la hora de costumbre. Había cambiado el horroroso ruido del despertador por el sonido de los sucesos matinales, aunque mirándolo bien, no sabía que podía ser peor. El mundo estaba cargado de cosas horribles. Apagó la alarma con el botón off y se quedó unos segundos mirando la hora. Su cabeza comenzó a funcionar y recordó la conversación de la noche anterior con Paula. Rápidamente se giró en la cama, hacia el lado derecho que ella ocupaba, pero allí no estaba. Pasó una de sus manos por encima de las sábanas, pero solo notó una frialdad que le aterrorizó. Encendió la luz, se levantó de la cama y comprobó que Paula no había dormido esa noche con él. Sintió ansiedad al pensar que lo había abandonado. Por eso fue enseguida a mirar el armario donde estaba guardada su ropa. Suspiró con calma al ver que sus pertenencias seguían allí. Salió de la habitación para recorrer el resto de las estancias del piso y encontrar a su chica. Miró en el baño, pero no se encontraba allí. En el salón tampoco estaba y, es más, su abrigo y su bolso habían desaparecido. Empezó a impacientarse más de la cuenta. Solo le quedaba la cocina y la habitación del ordenador. Miró en ambas salas y nada, no había ni rastro de ella. Se pasó ambas manos por su cabellera, preocupado pues se había dormido y no la había escuchado marchar. Fue de nuevo hasta su habitación a buscar su móvil para llamarla. Marcó su número y escuchó tono tras tono, hasta que saltó el buzón de voz. Colgó. Mierda. “Joder Paula, ¿dónde estás?” Intranquilo y sin saber qué hacer, dio vueltas por la habitación, pensando dónde podría estar. Decidido a salir de casa y buscarla, se vistió a toda prisa con el objetivo de encontrarla en el único sitio que sabía que podía estar, su oficina. Necesitaba saber qué se le había pasado por esa cabecita loca como para largarse de esa manera, pero ante todo, necesitaba asegurarse de que estaba bien. Cogió su móvil, se aseó un poco en el baño y, cuando fue a coger su mochila al lado del sofá, divisó un papel encima de la mesa. No había deparado antes en él, pero juraría que anoche no estaba. Estaba doblado por la mitad y ponía su nombre en uno de los lados. Reconocía esa letra, era de Paula. Con manos temblorosas y con el corazón a mil por hora, pues esa nota no presagiaba nada bueno, la abrió y la leyó.
“Tarde o temprano tenía que llegar este momento y solo yo soy culpable de haber llegado tan lejos. No debí permitirlo, pero me fue imposible resistirme a que me quisieras y, es que es tan fácil dejarse llevar por ti, por tu mirada, por tu sonrisa, por tus besos, tus abrazos, que ahora sé que eres demasiado bueno para mí y que no te merezco. Y mucho menos tú te mereces a alguien como yo. Siento mucho haberte decepcionado, haberte humillado, haberte hecho daño, pero créeme cuando te digo que esa nunca ha sido mi intención. Solo quiero que sepas que el tiempo que he pasado contigo ha sido maravilloso y, que por primera vez, me he sentido afortunada de tener a alguien como tú a mi lado. Me he sentido como una verdadera mujer, jamás me ha dado nadie lo que tú me has ofrecido y creo que nunca encontraré a nadie como tú. Siempre estarás en mi corazón y te querré toda mi vida. Espero que encuentres a alguien que sea merecedora de tu amor y que te premie de la misma manera, sin ninguna oscuridad en su pasado. Esta tarde recojo mis cosas y te devuelvo las llaves de tu casa.
Cuídate mucho.
Sara.”
“¿¿¿¡¡¡¡¡QUÉÉÉÉ!!!!???”
Pedro se quedó con la cabeza dándole vueltas y se sentó de golpe en el sillón sin creer lo que decían esas letras. Volvió a leer las frases que Paula le había escrito, pero no había duda, lo había dejado. Se había quedado bloqueado. Lo había apartado de su lado sin tan siquiera hablar con él, ella lo había decidido. “Está loca si piensa que voy a dejar que salga de mi vida. Pero, ¿qué ha pasado? ” Sabía que lo ocurrido tenía que ver con la charla que tuvieron por la noche, pero en ningún momento creyó que se desataría esta circunstancia. Paula le fue sincera al explicarle todo lo que le había ocurrido en su pasado, así como también era cierto que él, se había quedado sin palabras y sin saber encajar todas esas piezas, pero de ahí, a que Paula hubiera decidido que la mejor opción era dejarla, era completamente descabellado y no iba a permitirlo. Sacó del bolsillo de su pantalón el teléfono y volvió a marcar el número de Paula. Al igual que la vez anterior, sonaron varios tonos y esta vez, al saltar el contestador, le dejó un mensaje. El tono de voz que utilizó Pedro en el mensaje era sereno y lleno de ternura. Quería que Paula le devolviera la llamada, así que no podía ser muy hosco con ella. Se le había hecho tarde y tenía el tiempo justo de llegar al cole y comenzar con la clase que tenía a primera hora. Llamó a Fran para decirle que llegaría un poco más tarde y para que le echara una mano con los niños hasta que él llegara. Su compañero no puso objeción pero quiso que le explicara el motivo de su retraso. Pedro salió a todo correr de casa con la nota en la mano.
A Paula ya no le quedaban más fuerzas ni más lágrimas para derramar, así que con los ojos irritados y con el cuerpo vencido, se durmió encima de la mesa de la cocina. No escuchó a sus compañeros llegar.
-Pau, despierta, corazón-. Helena se sentó a su lado y acariciando su espalda le habló bajito. Paula abrió los ojos pesadamente y despegó su cabeza de la mesa. Cuando sus compañeros, vieron su rostro desencajado, se alarmaron.
-Pau, por dios, ¿qué te ha pasado?-. Preguntó Javi. Paula notó que su barbilla comenzaba a temblar, síntoma de que otra lagrima venía de camino. Se abrazó a Helena.
-He dejado a Pedro-. Dijo mirando a sus amigos.
-¿¡Qué has hecho qué!?-. Gritaron a la vez los tres.- Paula, ¿qué ha pasado?-. Le preguntó David, acercándose a ella.
-Lo sabe todo.- Paula se limpió la nariz con un pañuelo de papel-. Le conté absolutamente todo, mi relación con Álvaro y mi trabajo en el club.
-¿Y se peleado?-. Volvió a preguntar David. Paula negó con la cabeza-. Entonces, ¿por qué le has dejado?
-Porque es lo mejor. Sé que no le ha gustado lo que le conté y menos enterarse de que su novia se vendió sexualmente.
-¿Eso te dijo? Perdona, pero no me creo que Pedro te dijera semejante cosa, además él es el menos indicado para juzgarte después de que ha sido -. Intervino Helena.
-Vaya, gracias cariño por llamarme bragueta suelta-. Le contestó David sintiéndose aludido.
-Es verdad, Pedro se ha tirado a todas las que ha querido y tú, Paula, no lo has condenado por ello, así que sé sincera ¿en serio te dijo eso?
-No exactamente, pero sé que cuando lo supo se sintió defraudado. Se quedó callado y se fue a la cama. Al final, la chica a la que quería resultó ser un asco-. Paula estaba abatida.
-Pau, no digas eso, no seas tan dura contigo ni con Pepe. Lo que tienes que hacer es hablar con él y arreglar esta estúpida tontería de no estar juntos-. Habló Javi, que abandonó la cocina para contestar a su teléfono.
-Javi tiene razón. Vamos, coge el móvil y llámalo, esto no puede seguir así-. David intentó llevarse a Paula hacia la recepción, pero ella lo cogió por ambas manos y lo paró.
-David, ¿tú saldrías conmigo sabiendo mi pasado?-. Paula lo miró fijamente.
-Claro que sí, eres una chica imponente y no lo digo por tu altura-. Sonrió-. Mira Paula, todos tenemos un pasado y, nos guste o no, no podemos borrarlo y tu pasado te ha hecho ser la mujer que eres ahora, una mujer encantadora. Y eso es lo que Pedro ha visto en ti, la persona que eres en el presente, la Paula de la que se ha enamorado.
-Eso lo dices porque eres mi amigo y quieres que me sienta mejor, pero mientes como un bellaco-. Paula dibujó una pequeña sonrisa en sus labios.
-No te miento, Paula. Tendrías que haber visto cómo te defendió de Álvaro. ¡Si hasta pensé que iba a partirle la cara!
-Venga Paula, esto no hay por donde pillarlo. Tienes que hablar con él. Así que ve y llámalo. Y no me lleves la contraria que estoy embarazada y muy susceptible-. Helena la cogió de un brazo y se la llevó a la recepción.
David y Helena esperaron a que Paula sacara su móvil del bolso. Al final, fue Helena la que le trasteó el bolso en busca del aparato telefónico. Paula se había quedado estática. ¿Qué podía decirle a Pedro? Seguro que estaba enfadadísimo con ella y tal vez, después de su nota, no querría saber nada de ella. Helena depositó el móvil de Paula sobre la mesa y la obligó a hacer la llamada.
-Vamos, Pau, ¿qué esperas?
Desbloqueó su teléfono y comprobó que tenía tres llamadas, dos mensajes de voz, tres Line y un mail. Todos eran de Pedro.
Escuchó primero los mensajes junto a sus amigos. Puso el altavoz.
“Pau, soy Pedro. He leído tu nota y estás completamente chiflada si piensas que puedes dejarme por lo que ocurrió anoche. No vas a tener esa suerte. Necesito que hablemos, pero por favor, llámame y dime que estás bien. Te amo.”
“Es la tercera vez que te llamo peque y sigues sin devolverme las llamadas. No sé si no me llamas porque piensas que estoy enfadado contigo o porque piensas, como dices en tu carta, que me has ofendido, pero te aseguro que no siento nada de eso. Solo quiero que hablemos y arreglemos esto. Necesito oír tu voz. Te echo de menos.”
A Paula se le hizo un nudo en el estómago al escuchar la susurrante y dulce voz de Pedro.
-Lee ahora los Line-. La animó Helena. Paula se los leyó.
“Pau, háblame, por favor. Te necesito”
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“Peque, me estoy volviendo loco sin saber nada de ti. No me olvides, por favor”
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“Utiliza el medio que quieras, pero dime algo, grítame si quieres, enfádate conmigo, pero dime que estas bien. Lo único que me importa eres tú. Eres lo más precioso de mi vida.”
-¿Lo ves? No está disgustado contigo, solo está preocupado. Lo que tienes que hacer es sentarse los dos y hablar-. Dijo David posando sus manos sobre los hombros de Paula.
-Bueno, ahora solo queda el mail. Ábrelo Paula-. Helena se había sentado junto a su amiga. Paula frente a su ordenador, entró en la página web de su correo electrónico, puso sus claves y encontró el mensaje de Pedro, con el asunto “tengo una novia cabezota”. Ese título la hizo sonreír.
“Seguro que ha aparecido una tímida sonrisa en tus suaves labios cuando has leído el encabezado de este mail, pero para mi desgracia es cierto. Eres muy testaruda y se me acaban las ideas para que hables conmigo. Paula, estoy enamorado de ti, te quiero más que a cualquier otra cosa en el mundo y no sé cómo hacer para que lo entiendas, para que me creas, para que de una vez confíes en mí. Te cierras en banda y no hay manera de que pueda volver a entrar. Pero si piensas que vas a desprenderte de mí, así, tan fácilmente y por una tontería como ésta, he de decirte que estás muy equivocada. Una vez te dije que lucho por lo que quiero y tú eres lo único que quiero, así que esto va a ser una batalla por averiguar quién de los dos es más cabezón. Y te aseguro que voy a ganar. Ayer no supe reaccionar cuando me contaste lo que habías pasado y nunca he pensado que fueras una zorra, como tú misma te llamaste. Es cierto que me quedé bloqueado, en blanco, pues no esperaba que me contaras algo así y quizás ese fue el problema, que no supe decirte que tu pasado no me importa. Yo también tengo el mío y estoy seguro de que no te gusta que me haya acostado con tantas mujeres y no me has catalogado como un mujeriego, simplemente te has dedicado a quererme. Y yo, he hecho lo mismo contigo. No te juzgo por lo que hiciste, te valoro por lo que eres ahora. Me importas tú, ahora y mañana y pasado mañana y todos los días que estés junto a mí. Te quiero a ti Paula, a la persona que me hace soñar, la que se levanta todas las mañanas conmigo, la que se mete en la cama junto a mí por las noches, la que me hace perder la cabeza por las locuras que hace. Te quiero, te necesito y te echo de menos. Espérame esta tarde, paso a buscarte por tu oficina y hablamos, pero por favor, no te vayas sin mí. Un beso.”
Pedro pulsó el botón enviar y mandó el correo a Paula. Se quedó mirando la pantalla de su portátil, viendo como sus palabras desaparecían con la esperanza de que su chica las leyera y quisiera hablar con él. Apagó el ordenador y dejó descansar la cabeza entre sus manos.
Había llegado a su trabajo con cinco minutos de retraso y Fran se había encargado de sus niños. No pudo contarle nada sobre la locura de su chica pues ambos tenían clase a primera hora. Esa hora con sus chicos le había proporcionado unos minutos de distracción del que era el tema que ocupaba su mente desde esa mañana. Había terminado la sesión con sus chicos, se había duchado y al volver al vestidor, cogió desesperadamente su teléfono para comprobar que Paula no le había contestado. “¿Por qué no me contesta? ¿Estará bien? ¿Le habrá pasado algo?” Su cabeza bullía y solo le quedaban dos opciones, o bien se presentaba en su trabajo y le arrancaba de cuajo una charla con él, o la llamaba a su despacho para, como mínimo, quedarse tranquilo al saber que estaba bien. La primera alternativa era la más tentadora pero a la vez la más imposible de realizar ya que no podía escaparse del colegio, así que la segunda era la mejor elección. Cogió su móvil, dispuesto a llamar al número de la centralita del despacho de Paula, cuando en ese momento apareció Fran en la sala de profesores.
-Ahora ya soy todo tuyo, machote, así que cuéntame por qué has llegado tarde.
Pedro sacó de uno de los bolsillos del maletín de su ordenador la nota que le había dejado Paula. Se la tendió a Fran encima de la mesa y éste la leyó. A medida que su cerebro iba asimilando las letras escritas, la cara de Fran iba aumentando de asombro a perplejidad. Cuando terminó de interpretar la nota, que releyó un par de veces, la soltó de sus manos y miró atónito a su compañero.
-Me cuentas qué ha pasado o empiezo a pensar que tu novia está como una cabra-. Dijo Fran mirando a Pedro.
-Puedes pensarlo porque lo que se dice muy cuerda, muy cuerda, no está-. Pedro le explicó a su amigo la conversación mantenida con su chica.
-Tal vez interpretó que tu silencio hablaba más que las palabras que no dijiste y por eso tomó ese camino-. Sentenció Fran al terminar de oír a su amigo.
-Sé que fui un completo idiota al no hablar con ella e impedir que esto pasara, pero me quedé como piedra y no supe reaccionar. He intentado ponerme en contacto con Paula, la he llamado varias veces, mails, pero no hay manera, no quiere hablar conmigo.
-Pepe-. Fran arrastró la silla donde estaba sentado hacia su amigo, para juntarse un poco más a él y preguntarle al oído-. ¿En algún momento pensaste que era una puta?
Pedro se sorprendió ante esa pregunta y miró a su amigo, incómodo y avergonzado porque la respuesta le revolvía el estómago. Bajó la mirada y Fran entendió ese gesto.
-¿¡Lo pensaste!?
-Sí, ¡pero solo por una milésima de segundo! Enseguida deseché ese asqueroso pensamiento de mi mente. Además, si realmente hubiese sido una profesional del sexo ¿qué habría cambiado? ¡Nada, absolutamente nada!-. Pedro se pasaba nervioso las manos por su pelo-. Yo la quiero Fran y eso no va a cambiar por muchas cosas o por muchas tonterías que haga.
-¿Y qué vas a hacer?
-Voy a llamarla de nuevo, pero esta vez lo haré a su oficina. Seguro que de esta manera no se me escapa-. Fran le dio a Pedro dos palmadas en el hombro en señal de apoyo.
Con el móvil en la mano, buscó el número del despacho de Paula y pulsó el botón de llamada. Esperó dos tonos y al tercero, una voz que reconoció le contestó, aunque no era la que él se esperaba. Por un momento, sintió miedo de que realmente le hubiera pasado algo a Paula.
-¿Javi?
-Hola Pepe, si soy yo. ¿Qué tal estás?
-He estado mejor-. Dijo secamente-. ¿Está Paula en el despacho?
-Sí, está aquí.
-¿Puedes decirle que se ponga al teléfono, por favor?
-Pues…eh…es que ha bajado a hacer un recado-. El titubeo de Javi confirmó a Pedro que Paula no quería hablar con él.
-Veo que no quiere hablar conmigo-. Dijo Pedro entristecido-. Javi, dile que he vuelto a llamarla, por favor. Gracias. Adiós.
Javi colgó el auricular y se quedó mirando fijamente a Paula, que estaba sentada en su silla. Le había obligado a su jefe a coger el teléfono cuando éste sonó y vio en la pequeña pantalla que el que llamaba era Pedro.
-Mira Pau, tú sabes que te aprecio y que te quiero mucho, pero estás actuando de manera infantil. Tu hermana Carla tiene más sentido común que tú. No me ha gustado mentirle a tu chico y menos sabiendo que lo está pasando mal por tu culpa, así que ya está bien. Habla con él de una vez y solucionad este teatro que estas montando, porque no pienso consentir más tonterías de éstas en el despacho-. Javi fue categórico en sus palabras.
-No tengo nada que decirle. Y Pedro ya no es mi chico.
-¡Deja de comportarte como una mártir!-.Javi se estaba enfadando con Paula-. Pedro sigue siendo tu pareja y no puedes dejarlo porque se te hayan cruzado los cables. Necesitas hablar con él.
-Me dijo que era una…-. Se excusó Paula.
-¡No te dijo nada de eso!-. La cortó Javi enfurecido-. Eso es lo que tú quieres, lo que te crees, así tienes excusa para separarte de él porque sigues pensando que no tienes derecho a conseguir a alguien como Pedro. ¡Por Dios, Paula, recapacita! Ni siquiera tú soportas estar lejos de él y no puedes negar el bien que te hace que esté a tu lado. Paula-. Javi que, ahora le hablaba más calmado, le cogió las manos.- no hagas nada que lo que puedas arrepentirte toda la vida. Y ahora, nos vamos los cuatro y medio a comer a ver si con el estómago lleno piensas mejor.
Salieron los cuatro, el medio era el bebé de Helena, del despacho y bajaron a comer al bar que acostumbraban. Sus amigos no volvieron a decirle nada a Paula sobre lo ocurrido con Pedro y ella lo agradeció. Pero, como siempre, sabía que tenían razón. Había actuado como una completa idiota con Pedro y como mínimo, se merecía una explicación por su absurdo comportamiento. Decidido, hablaría con él esa noche, pero ¿no sería mejor hablar antes con él y devolverle sus llamadas? ¿Decirle que estaba bien? ¿Qué oyera su voz?
- Paula, estás muy callada-. Dijo Helena al ver que su amiga no participaba en la conversación.
-Perdonen chicos, estaba pensando…
-…En Pedro-. Terminó David la frase. Paula asintió con una triste sonrisa-. Ya verás como todo se soluciona, pero tienes que poner de tu parte. Sabes que Pepe te quiere, que no está molesto contigo, que se preocupa por ti, pero no sabe cómo te sientes. Tienes que decírselo.
-Lo sé, sé que tengo que hablar con él, pero me da miedo hacerlo. ¿Y si ahora sí que está enfadado conmigo y no quiere saber nada de mí?
-Tienes que arriesgarte, pero habla con él de una vez-. Dijo Helena con la boca llena de las olivas que le estaba quitando a la ensalada que habían pedido para compartir.
-Helena, ¿desde cuándo te gustan las olivas?- Preguntó Javi sorprendido.
Fran y Pedro salieron del bar. Habían terminado de comer y, aunque Pedro se había pedido un medio menú, no fue capaz de terminarse su único plato. Tenía el estómago cerrado, el corazón destrozado y la cabeza a punto de estallar. En la comida, ninguno de los dos sacó el tema de Paula, hablaron de la futura boda de Fran y Raquel, algo que hizo que Pedro prestara atención a lo que su amigo le contaba. Se alegraba muchísimo por él, pero a la vez sentía envidia (sana). Sentía que a cada hora que pasaba, se alejaba más de Paula. Y eso le carcomía por dentro. Nunca había sentido ese dolor, claro que tampoco había estado enamorado, pero si ese sufrimiento se convertía en algo perpetuo, ¿cómo se lo montaría para sobrevivir? Cada vez estaba más nervioso y notaba como su mundo se caía sobre él.
Fran entró en el colegio y Pedro se quedó un rato fuera, sentado en uno de los bancos que había en un parque cercano a su trabajo. Necesitaba relajarse un poco antes de volver a clase. Sacó del bolsillo de su chaqueta la cajetilla de tabaco, cogió uno y lo encendió. Fumaba cabizbajo cuando notó que una mano se aposentaba en su espalda.
-Fran me ha dicho que estabas aquí-. Le dijo Ricardo sentándose a su lado-. ¿Puedo saber qué te pasa?
-¿Qué qué me pasa?-. Rió Pedro irónico-. Tu hija me pasa, que tiene la asquerosa habilidad de sacarme de quicio.
-Dímelo a mí, que cuando vivía con nosotros tenía que lidiar con ella y con su madre. Son iguales de testarudas, son mujeres de armas tomar. Y Carla va por el mismo camino… ¡acaban con la paciencia de un santo! Menos mal que Alba es más calmada, en eso se parece a mí-. Ricardo sonrió.
Pedro le contó a su suegro lo que Paula le había explicado sobre su pasado y la genial idea de abandonarlo, pues creía que no era digna de merecerlo.
-Paula siempre ha pensado que lo único que puede pasarle en la vida son cosas negativas y cuando algo le sale bien, se asusta, no sabe canalizar las cosas positivas que le rodean. Y ahí entras tú-. Ricardo hizo una pausa-. Si ya estaba destrozada con lo que Víctor le hizo, imagínate como se quedó después de lo de Álvaro. Todo eso junto, mezclado en Paula, ha creado una bomba de relojería, que por desgracia te ha salpicado. Y tú estás pagando las consecuencias.
-Todo eso lo sé, Ricardo, créeme que lo sé muy bien. Lo que no sé es como hacerla entrar en razón, cómo sacarle esas ideas absurdas, cómo hacerla entender que lo único que quiero es estar con ella. Me lo pone muy difícil-. Pedro apagó su cigarro e iba a volver con Ricardo al colegio cuando, de pronto, sonó su teléfono. Vio el nombre que aparecía en la pantalla. Sus ojos se iluminaron.
-¿Paula?-. Preguntó temeroso y ansioso por oír su voz.
-Hola Pepe, soy yo. ¿Cómo estás?
-Con muchas ganas de verte y que podamos hablar-. Pedro le hablaba tranquilo, controlando sus nervios.
-Creo que te debo una explicación-. La voz de Paula era temblorosa-. Siento mucho todo esto, pero te prometo que luego hablamos. Solo quería devolverte las llamadas y decirte que estoy bien. He de dejarte, tengo trabajo.
-¿Pau?
-¿Sí?
-Te quiero.
-Yo también te quiero. Adiós-.Pedro se quedó con una sonrisa estúpida en los labios y con el corazón acelerado.
Paula pulsó el botón de finalizar llamada con una sonrisa igual de boba que la de Pedro. Seguía queriéndola y eso le gustaba, le hacía feliz. Hacía escasos minutos que había hablado con su amiga Raquel, que le echó un rapapolvo que pasaría a la historia por la cantidad de insultos que le había dedicado. ¿Existían tantos tacos en el diccionario? Pero se los merecía, todos y cada uno de ellos. Todos sus amigos tenían razón y no veían el tema tan grave como lo veía ella. ¿Por qué no era ella capaz de verlo como ellos? Tenía que cambiar el chip de una vez por todas, porque si no, al final, acabaría sola y eso le aterraba. Esa bronca con Raquel fue el empujón que necesitó para lanzarse y llamar a Pedro. Y era lo mejor que había hecho. Tenía ganas de hablar con él, pero no sabía que decirle, porque, que era una estúpida, eso Pedro ya lo sabía. Así que tenía que sacar valor de no sabía dónde, guardar su cabezonería y poner las cosas en su sitio. Tenía que dejar de tener miedo y, esta vez, se lo propondría en serio. Con Pedro a su lado, no podía pasarle nada malo, todo era increíblemente bueno. Incluso él, que estaba buenísimo. Le encantaba la idea de volver con él, de tenerlo entre sus brazos, de besar sus labios. Llevaba casi un día entero sin sentirlo y lo necesitaba con urgencia. Y ese era el punto de todo, necesitaba a Pedro en su vida. Decidida a arreglar todo el desaguisado que había montado y recuperar a Pedro, esta vez, para siempre, volvió a sumergirse en el mar de papeles que era su mesa.
El timbre de la oficina sonó, sacando a Paula de su ensimismamiento en el que estaba inmersa desde que volvió de la comida.
-Hola Antonio-. Lo saludó Paula.
-Hola Pau-. Le devolvió el saludo el conserje-. No te he visto llegar esta mañana, supongo que has madrugado. Venía a traerte otra nota-. Antonio le tendió el ya famoso sobre blanco. Paula lo cogió y vio que en el sobre solo aparecía su nombre, como en los anteriores y al sacar el papel que había dentro, estaba en blanco, igual que siempre.
-¿Te lo ha vuelto a entregar el mismo chico?-. Preguntó Paula.
-Sí, el mismo.
-Antonio, hazme un favor, si mañana lo ves, intenta que no se marche, me gustaría saber el motivo de estas notas. Procuraré estar antes en la oficina.
-Lo intentaré, no te preocupes. Ya sabes que hago todo lo que me pidas-. Antonio le regaló una bonita sonrisa.
-Gracias, eres el mejor-. Dijo Paula agradecida. Se despidió de Antonio y fue hacia su escritorio y guardó en el último cajón esa última nota junto con las anteriores. No sabía por qué hacía eso, porqué las conservaba, pero creía que era lo que tenía que hacer. Algo se le escapaba de esas notas. De pronto, volvió a sonar el timbre y Paula se levantó de nuevo y fue hacia la puerta.
-¡Pepe!-. Dijo sorprendida al verlo.
-Hola Pau. ¿Puedo pasar?-. Paula consultó su reloj, ¿ya eran las siete? No, eran las cinco y media de la tarde.
-Sí claro, pero ¿qué haces aquí tan pronto?
-No tenía nada mejor que hacer y quería asegurarme de que no te irías sin mí-. Pedro le sonrió tímidamente y entró en el despacho.
Se quedaron mirándose unos segundos. Estaba preciosa, se la veía algo cansada pero seguía estando hermosa. Pedro se moría por estrecharla entre sus brazos y sentir sus labios, pero no era buena ocasión para dejarse llevar por el deseo, pues estaba en su trabajo y no sabía si Paula sería muy receptiva a su cariño. Mejor no cagarla por si acaso volvía a tener los cables cruzados. Paula lo acompañó hasta el sofá que había cerca de la recepción y le dijo que tenía que esperarla allí.
Mientras ella intentaba concentrarse en sus quehaceres, no podía evitar mirar de reojo a Pedro. Él estaba allí, sentado en el sofá, relajado, mirando una de las revistas del despacho. Y estaba guapísimo. Llevaba casi todo el día sin verlo, sin sentirlo y lo echaba de menos. Y después de todo lo que le había hecho horas atrás, él seguía estando allí, a su lado. Sonrió tontamente.
-¿No tienes otras revistas que no sean de arquitectura?-. Preguntó Pedro a Paula.
-Pues no, pero si quieres bajo al quiosco y te traigo la interviú o alguna otra de esas que salen chicas en pelotas-. Contestó irónicamente Paula.
-¡¿Harías eso por mí?! Si es que eres un sol, peque-. Paula rió ante el comentario de su chico. – Me encanta tu sonrisa-.Pedro miró a Sara directamente a los ojos, ofreciéndole solo ternura y cariño con esa mirada. ¡Cómo la había echado de menos!
Paula apreció que no había ningún síntoma de enfado en su chico pero si lo había de angustia y preocupación. Y no era de extrañar, se había comportado fatal con él y, aunque sabía que no estaba disgustado con ella, le iba a resultar muy difícil que Pedro la perdonara. Y mucho más le iba a costar que él recuperara la confianza en ella.
-¿Te importa si me preparo un café?-. Le preguntó Pedro levantándose del sofá, dejando la revista en el revistero y acercándose hasta ella, quedando a su espalda.
-No, sírvete tú mismo. Ya sabes dónde está la cocina.
-¿Quieres que te traiga un café u otra cosa?-. Paula negó con la cabeza-. Enseguida vuelvo-. Pedro acarició los hombros de Paula y besó dulcemente su cabeza.
Paula lo vio marcharse de su lado, derretida por esas caricias que Pedro le había regalado. Era la primera vez en todo el día que sentía su contacto y se estremeció. Una sonrisa de felicidad apareció en sus labios.
Pedro estaba en la cocina preparándose un delicioso café que haría que lo mantuviera despierto durante horas, ya que preveía que la noche podría ser larga y todo lo ocurrido, su ansiedad por saber de Paula, lo había dejado hecho polvo.
-Hola Pepe. ¡Qué sorpresa!-. Dijo Helena al entrar en la cocina.
-Hola Helena-. La saludó-. Me ha contado David lo de tu embarazo, felicidades.
-Gracias.
-¿Qué tal estás? ¿Cómo te encuentras?
-Pues aparte de que como cosas que antes no me gustaban, que aborrezco la comida que me volvía loca, que tengo nauseas, que tengo un humor de perros, que estoy engordando, que me duele la espalda, que solo quiero dormir y que estoy cansada, me encuentro bien-. Contestó sarcástica Helena.
-Veo que no lo estás llevando nada bien.
Pedro acompañó a Helena a sentarse en una de las sillas de la cocina y allí ella le habló con sinceridad.
-No Pepe, no lo encajo todavía. Me ha pillado desprevenida, no lo esperaba. No quería que pasara tan rápido y ahora no hay vuelta atrás. Estoy muy asustada, tengo miedo de que algo no salga bien, de que no sea una buena madre y que mi hijo no me quiera, de que David se canse de mí y del niño.
-Helena, sabes que no va a pasar nada de eso. David está como loco con el embarazo y te quiere muchísimo y a su hijo lo va a querer con locura. Y no pienses en que va a pasar nada malo, porque no es así-. Pedro cogió una de las manos de Helena para reconfortarla.
-Supongo que todo el miedo que tengo es porque no he tenido unos padres ejemplares-. Helena se sinceró con Pedro-. Mi padre nos abandonó a mi madre y a mí cuando yo tenía seis años. Mi madre se quedó destrozada y al cabo de un año se suicidó. Me quedé sola al cuidado de una tía, que no me quería y siempre me castigaba. Un día vinieron de asuntos sociales y me llevaron al orfanato. Allí, aunque pueda parecer mentira, viví rodeada de cariño y de muchos amigos. Cuando tuve los dieciséis años, empecé a trabajar en verano en un chiringuito de la playa y en invierno en un consultorio. Conseguí ahorrar dinero para la universidad y, aquí me tienes, soy una buena arquitecta y una futura mamá.
-También serás una buena mamá, lo sé y David será un buen padre-. Pedro le habló con cariño.
-Y tú ¿qué haces aquí tan pronto?-. Le preguntó Helena muerta de curiosidad.
-Necesito hablar con Paula y no quería que se escapara-. Sonrió Pedro-. Supongo que sabrás lo que ha pasado entre nosotros.
-Esta mañana nos lo ha contado. Estaba completamente convencida de que lo que había hecho era lo correcto, pero estaba destrozada por ello. Pepe, Pau te quiere más de lo que te puedas imaginar y es una chica asombrosa, pero no sé porqué hace estas cosas, porque te aleja.
-Si no fuera porque la quiero tanto, creo que ya la habría mandado a paseo. Paula me gusta muchísimo, me atrae como nunca me ha atraído nadie, la quiero de una forma que no puedo controlar. Me encanta estar con ella y que me hable de cualquier cosa porque me encanta escucharla, me encanta su sonrisa, me encanta tocarla, besarla, abrazarla, ….pero cuando actúa como lo ha hecho hoy, me mata-. Dijo Pedro abatido.
-Ya verás cómo todo se arregla una vez han hablado. Pero ponla en su sitio, Pepe, háblale con determinación y hazle saber qué, si continúa con esa actitud, te perderá-. Helena se levantó de la silla y le dio un beso a Pedro en la mejilla antes de salir de la cocina.
-Helena-. La llamó Pedro. Ésta se giró hacia él al llegar a la puerta-. Gracias.
-Lo mismo digo.
Pedro apuró su café sentado allí solo, en la cocina. Le daba vueltas a lo que le había dicho Helena, de ser duro con Paula. Tal vez tenía razón y tenía que poner las cosas en su sitio con respecto a ella, a su pasado y a su presente y no podía deshacerse de él cada vez que le viniera en gana. Tenía que hablar con ella con total claridad y dejarle bien claro su posición como la otra parte afectada dentro de la relación. Ahora solo tenía que pensar como decirle las cosas a Paula de forma tajante.
Volvió de nuevo hacia la recepción del despacho, donde estaba ella. La vio delante de la impresora, esperando que la boca de esa máquina escupiera los documentos que necesitaba. Estaba de espaldas a él y no lo oyó acercarse. Pedro se aventuró y rodeó con sus brazos la cintura de Paula, abrazándose a ella, inhalando el aroma de su piel, de su cabello y besando delicadamente su cuello. Paula se quedó con un agradable escalofrío recorriéndole el cuerpo. Ella acarició sus dulces y fuertes manos y se dejó llevar por ese reconfortante abrazo.
-Paula, ¿tienes anotado el correo electrónico del director del campo de golf?-. La voz de Javi interrumpió la calidez del momento y se separaron de inmediato. El jefe se quedó mirándolos impasible.
-Creo que lo tengo anotado en la agenda-. Dijo Paula separándose de Pedro, muerta de vergüenza.
Mientras Pedro le hacía una mueca a Javi en forma de disculpa, Paula se acercó a su mesa, buscó el dato y lo anotó en un papel que le dio a Javi. Éste lo cogió y le dio las gracias. Antes de desaparecer por la puerta, se giró hacia ellos y les hizo un pequeño comentario.
-Me gusta volver a verlos juntos.
Paula y Pedro se miraron y se dedicaron una sonrisa llena de amor. Pedro seguía con unas ganas terribles de volver a tocarla, pero tenía que aguantarse, como mínimo, media hora, que era lo que le quedaba a Paula para plegar. Y encima su jefe los había pillado en actitud cariñosa. Le tocaba esperar. Dejó que Paula volviera a su trabajo y él se volvió a sentar en el sofá. Esta vez, no cogió ninguna revista para ojear, sus ojos se detuvieron en observar a su chica desde la distancia. Ella estaba sentada en su escritorio, y él la miraba con detenimiento. Iba vestida con un jersey de cuello alto de color negro y nos pantalones de pinzas de color gris. No le gustaba cuando ella se vestía con colores tan oscuros, la hacían parecer hundida, sin alegría en su rostro, aunque pensándolo bien, quizás esos colores transmitían su estado de ánimo actual. Cuando minutos antes la había mirado a los ojos, pudo apreciar que éstos estaban cansados, tristes y su mirada apagada. Él se sentía igual que su mirada. Y no era para menos. Había sido un día horrible y quería que terminara. Eso sí, recuperando a Paula. Sumido en esos pensamientos, llegó la hora clave.
-Pau, ya es la hora de irnos a casa-. Le dijo acercándose a ella.
-Recojo mis cosas y nos marchamos.
Paula apagó el ordenador y guardó los documentos que tenía en la mesa en sus respectivas carpetas. Se levantó de su asiento y cuando fue hacia el perchero a recoger su abrigo y su bolso, se quedó parada.
-Pau, ¿nos vamos?-. Le preguntó Pedro al verla quieta delante de sus pertenencias.
-No-. Paula se giró y lo cogió por las manos. Lo acercó hasta su mesa y lo arrinconó allí, entre ese objeto y sus piernas que se cernían alrededor de las suyas-. Pepe, necesito pedirte perdón por lo que te he hecho esta mañana, o mejor dicho, por el daño que te he hecho durante todo el día.
-Peque, vámonos a casa y allí hablamos.
-No puedo esperar a llegar a casa y disculparme contigo-. Paula lo miró directamente a los ojos. El cuerpo le temblaba-. Llevo toda la tarde pensando en qué decirte para que me perdones y por muchas vueltas que le dé, no estoy segura de conseguirlo. Como ya sabes, soy una tonta, una idiota, una estúpida, una imbécil, una…-Pedro le puso el índice sobre sus labios para que callara.
-¿Te quedan muchos insultos más que dedicarte? Lo digo por si tenemos que pasar la noche aquí-. A Pedro se le dibujó una tierna sonrisa en sus labios. Y fue pegadiza. -Pepe, sé que me he equivocado al pensar y al decidir por ti. Cuando te conté lo del club, pensé que no querrías volver a verme, que te arrepentirías de haberme conocido, de haberte enamorado de mí y escogí una solución por ti. En ningún momento te pregunté cómo te sentías, que se te pasaba por la cabeza y actué movida por el miedo a que fueras tú quien me abandonara. Así que decidí hacerlo yo. Y es lo peor que he hecho en mucho tiempo-. Paula respiró profundamente-. No se convivir con mi pasado. Quiero dejarlo enterrado, meterlo en una caja, cerrarlo con llave y tirarlo al mar, pero siempre sale a la superficie. Y, aunque no lo creas, se que yo misma me hago daño con ello. Y me siento incapaz de dominarlo-. Los ojos de Paula se anegaron en lágrimas. Pedro le acarició el rostro y secó sus sollozos con sus pulgares.
-Pau, hoy me has hecho mucho daño. Cuando esta mañana he leído tu nota, no sabes el vacío que he sentido. Me has golpeado con todas tus fuerzas y me has destrozado. Y encima me has evitado durante todo el día-. Pedro le hablaba con un matiz serio en su voz. Iba a poner en práctica ser duro con ella-. Tienes que aprender a vivir con tu pasado y pasar página de una vez. No puedes dejarte llevar por tus miedos y que éstos conduzcan tu vida. Te he demostrado una y otra vez que puedes contar conmigo, que puedes confiar en mí. ¡Joder Paula! estoy aquí contigo para ayudarte y tú te empeñas en apartarme de ti y yo, ya no sé qué hacer.
-Lo siento mucho Pepe, siento mucho el daño que te he hecho, entiendo que lo he estropeado todo y que no hay forma de enmendarlo. Solo espero que, algún día, puedas perdonarme-. Paula bajó su rostro, no podía soportar mirarle a los ojos. Hizo el intento de alejarse de él, pero Pedro la sujetó por el brazo.
-Mírame Paula-. Dijo Pedro, sujetándola por la barbilla. Ella seguía con los ojos cerrados-. Paula, por favor, mírame-. Esta vez, ella abrió los ojos y se encontró con su mirada-. Anda, ven aquí-. Pedro la acercó hasta su cuerpo y la rodeó con sus brazos en un abrazo íntimo, lleno de sentimientos. Paula se aferró a su cuello y lo inundó de sus lamentos. Pedro continuó hablándole al oído-. Sabes que te quiero, que haría cualquier cosa por ti, pero no puedo ayudarte si tú no haces un esfuerzo por ayudarte a ti misma. Me has contado todo por lo que has pasado y me horroriza pensar en todo ello, en lo que has sufrido, pero tienes que dejarlo atrás y avanzar hacia adelante, conmigo-.Pedro se separó del abrazo y sujetó su cara con ambas manos-. Quiero estar contigo todos los días de mi vida y no voy a dejar que estropees lo que tenemos, porque es maravilloso-. Pedro tomó los apenados labios de Paula entre los suyos y los llenó de besos cariñosos. Paula se apretó con fuerza sobre el pecho de su chico. Su cuerpo iba relajándose, iba deshaciendo toda la tensión acumulada durante ese día y sentía que su corazón volvía a latir-. Pau, prométeme una cosa-. Le dijo al separarse de sus labios.- prométeme que vas a luchar por alejar todos tus fantasmas y, prométeme, que vas a dejar que siga a tu lado, porque si vuelves distanciarme de ti, te juro que no volveré a buscarte.
El tono de voz que utilizó Pedro en esa última frase asustó y mucho a Paula. Fue un tono seco, contundente que la rompió por dentro. Ese miedo que acusó su interior era mucho peor que el de su pasado. No quería perderlo por nada del mundo. Puso sus manos sobre la cabeza de él y le acarició el pelo. Apoyó su frente con la suya.
-Te lo prometo, pero quédate conmigo, necesito que me protejas de mí misma. Te quiero muchísimo y quiero estar contigo cuando me salgan canas, cuando nos besemos con dentadura postiza, quiero que estés a mi lado para pasear cogidos de una mano y de la otra sujetemos un bastón, quiero que beses todas las arrugas de mi rostro, que abraces mi mustio cuerpo, que me ames cuando dejes una rosa en mi tumba-. Paula se estrechó contra el dulce cuerpo de Pedro y se abrazaron tiernamente.
-Te aseguro que vamos a envejecer juntos-. Le susurró Pedro amorosamente al oído-. Pero que sepas que ya tienes alguna que otra cana, abuela-. Se burló él.
Paula soltó una carcajada que, por primera vez en ese día, salió de sus labios. Sabía que Pedro lo había dicho para intentar relajar la tensión que emanaba entre los dos y siempre lo conseguía. -Joder, Pedro, rompes todo el romanticismo-. Le dijo Paula, todavía con la sonrisa en su rostro y las lágrimas contenidas en sus ojos. Se acercó lentamente a sus labios y los besó con tanta ternura que esas lágrimas retenidas, comenzaron a caer. Un breve carraspeo los sobresaltó y abandonaron sus bocas. Cuando se giraron, vieron que los tres compañeros de Paula los habían estado observando.
-¡Pero qué bonito!-. Helena contenía la emoción-. Tú nunca eres tan romántico conmigo, no me dices esas cosas-. Le dijo a David, que estaba a su lado.
-¿Quieres que te diga que tienes canas? ¿Eso es romántico?
-¡Pero mira que eres tonto!-. Y Helena se marchó llorando hacia su despacho.
-¡Helena!, ¿pero qué te pasa?-. David soltó un bufido-.Dios mío, que embarazo más malo me espera.
Antes de que pudiera alcanzarla en su despacho, Helena volvió a salir al pasillo y casi se choca con su chico, al que abrazó desesperada.
-Perdóname David, es este embarazo que habla por mí.
-Shhh, ya lo sé cariño, ya lo sé. Eres la embarazada más emocionalmente inestable que conozco, pero también eres la más guapa y a la que quiero por encima de todo-. David y Helena unieron sus labios en un beso.
-¡Quieren dejar de besarse que luego me dice Ana que porqué llego siempre a casa tan cachondo!- Protestó Javi con una amplia sonrisa.
En el transcurso del viaje de vuelta a casa, Paula no dejaba de pensar en lo idiota que había sido dejando a Pedro. Era lo más estúpido que había hecho en su vida y eso que tenía una gran lista de estupideces realizadas. Pero ahí estaba él, a su lado, junto a ella.
-¿Me perdonarás algún día por lo que he hecho?-. Le preguntó Paula abrazándolo por la espalda, mientras Pedro preparaba la cena.
-Estás perdonada peque, pero no pienses que soy un blandengue. Te mereces un castigo.
-¿Un castigo? ¿Piensas castigarme?-. Pedro afirmó con la cabeza-. ¿Ah sí? Y ¿cómo piensas castigarme? ¿Vas a dejarme sin tele? ¿Me vas a encerrar en la habitación?-.El ronroneo sensual de la voz de Paula iluminó la mente de Pedro, a parte de su entrepierna, y halló el castigo.
-No, nada de eso. Voy a castigarte sin sexo-. Sentenció Pedro.
-¡¿Cómo?!-. ¡¿Había oído bien?!-. ¡¿Quieres dejarme sin sexo?! No te atreverás-. Lo retó Paula.
-¿Quieres ponerme a prueba?-. La mirada de Pedro era seria y Paula conocía bien esa mirada.
-Y ¿hasta cuando piensas dejarme a dos velas? Piensa que el castigo no se rige solo a mí, tú también entras en el lote-. Comentó Paula maliciosa.
“Pues es verdad. ¿Cuánto voy a poder aguantar sin tocarla? ¡Hay Dios! En qué lío me he metido”.
-Estarás condenada sin sexo hasta….depende.
-¿Depende? ¿De qué?-. Preguntó Paula alzando las cejas.
-De cómo te portes conmigo.
Paula volvió a acercase, sensualmente a su chico. Se plantó delante de él, observando el cálido color castaño de sus ojos. Metió la mano en la cintura de su pantalón y cuidadosamente, desabrochó el primer botón. El permanecía impasible, debía dar muestras de fortaleza pero le estaba costando la vida no tirarse encima de ella.
-Hoy he sido mala, muy mala contigo y estoy dispuesta a subsanar mi maldad-. Paula se mordió el labio inferior y metió una de sus manos dentro del pantalón de su chico. Tomó su dura erección y comenzó a torturarla. Pedro soltó un pequeño gemido-. No puedes estar ni un solo día sin hacer el amor conmigo-. Se puso de puntillas y atrajo los labios de Pedro para besarlos apasionadamente. Él respondió con la misma efusividad, con un deseo tan primitivo como el fuego que le abrasaba las entrañas. Paula entendió que la estaba invitando a que continuara con el camino de desprenderse de los botones, así que tiró de ellos de un solo golpe y le arrastró los tejanos por sus musculosas piernas hasta quedar tirados en el suelo. Pedro se quitó la camiseta y se bajó los bóxers, que los lanzó por los aires. Después desnudó a Paula con prisas, le quitó el jersey, que fue a parar sobre el microondas y los pantalones cayeron raudos a sus pies. Desabrochó el sujetador y lo tiró al suelo. Y las bragas fueron a parar junto a esa misma prenda. Sus bocas no dejaban de saborearse, sus lenguas se abrasaban en su interior, recorriendo rincones por descubrir, lugares donde creían que no habían estado antes. Y es que el hecho de haberse creído que se habían perdido para siempre, los estaba llevando a la locura más extrema. Ella sentía una impaciencia descontrolada porque él la penetrara, así que sin nada de preámbulos, lo arrastró con ella hacia el frío suelo de la cocina. Su espalda quedó pegada a las baldosas y él se acopló entre sus piernas abiertas.
-Mañana comenzará tu castigo-. Le dijo Pedro antes de perderse dentro de ella.
Ambos se dejaron llevar por un gemido que salió de lo más profundo de sus almas y supieron que esa unión iba a ser muy placentera pero muy breve. El se movía con fiereza, acariciando el punto exacto de Paula para que ella se sintiera completamente perdida. Le gustaba verla disfrutar del sexo, era lo más erótico que había visto nunca. Ella sujetó con fuerza la cara de Pedro para mirarlo directamente a los ojos. Quería dejarse llevar por esa mirada nublada por el deseo y que él viera en ella la transparencia de sus sentimientos. Apretó con más virulencia su nuca cuando las oleadas del orgasmo se hicieron presentes en su sexo. Los gritos que procesó, fueron devorados por los besos de Pedro. Una vez saciada, relajó todo su cuerpo, pero no se soltó de Pedro. Él seguía con su frenético baile dentro de ella, un baile que culminaría en breve con el final de la canción. Empezó a jadear más velozmente y antes de que pudiera apartarse, Paula lo aferró a ella.
-No te separes de mí, por favor. Necesito sentirte.
Pedro la miró extrañado y excitado, pero no preguntó nada. Los ojos de Paula revelaban que era eso lo que quería y él, gustosamente se lo iba a ofrecer. Siguió entrando y saliendo de ella pocos segundos más. Cayó exhausto encima de ella, con el corazón a mil por hora. Y eso que había sido bastante breve, pero la intensidad del momento fue demoledora. Notaba los brazos de Paula a su alrededor, abrazándolo como si tuviera miedo de que se escapara.
-No vuelvas a hacerme esto nunca más. No vuelvas a dejarme-. Le susurró tajantemente junto a su boca, cuando yacían tendidos sobre la cama. Paula besó lentamente sus labios como respuesta.
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Hola, hola!! Les cuento que quedan dos capítulos y se termina :c
Bueno, espero que les guste.
Gracias por leer :)
Qué hermoso cap!!!!
ResponderBorrarayyy que linda reconciliación,me encanto...
ResponderBorraroww mas lindo el cap que bueno q se reconciliaron pasalo a este ahora rociibell23 x q a rocibell19 me la suspendieron gracias @rociibell23
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