Los rayos del sol de la mañana se filtraban por el amplio ventanal de la
habitación de Pedro. Cuando llegaron por la noche, ninguno de los dos se acordó
de bajar la persiana y se durmieron a la luz de la luna y hoy, se despertaba
Paula con la luz del día. Apenas se había movido del lado de su chico, seguía
estando pegada a su pecho. Escuchaba los latidos de su corazón ralentizados y
sabía que dormía. Cada mañana se despertaba al lado de un ángel.
-Buenos días-. Le sonrió Paula.
-Buenos días -. Él también sonrió y la beso.
Se levantaron, se dieron una ducha rápida y se vistieron con ropa cómoda.
-Buenos días-. Le sonrió Paula.
-Buenos días -. Él también sonrió y la beso.
Se levantaron, se dieron una ducha rápida y se vistieron con ropa cómoda.
Ya en la cocina, se dispusieron a preparar el desayuno, pero Paula
encontró un problema.
-Pepe, ¿has cambiado de sitio las cápsulas del café?
-No, están donde siempre. ¿Por qué?
-Pues te has quedado sin café.
-¡Mierda!, me olvidé de comprar
-No pasa nada-. Le dijo Paula acercándose a él y rodeándole el cuello con sus brazos-. Vamos a hacer lo siguiente; vamos a ir a desayunar a esa cafetería que hay aquí abajo, iremos a la ferretería a hacer una copia de las llaves de tu casa, creo que las necesitaré-. Paula alzó las cejas para recalcar lo obvio.- y luego, al centro comercial a comprar comida y llenar la nevera porque no estoy dispuesta a vivir contigo y que me mates de hambre.
-Vaya, me tienes la mañana programada-. Pedro le sonrió y la atrajo más hacia sí para besarla-. Pongámonos en marcha.
Salieron de casa para realizar la primera parada a la cafetería. Cuando se sentaron en el establecimiento, Paula pidió su café acompañado de un bocadillo pequeñito de jamón. A Pedro no le entraba nada más que su café. Esa vez, Paula se le adelantó y fue ella la que pagó la consumición. Pedro no estaba muy conforme, pero no iba a enfadarse con ella. Volvieron hacia el parking para coger el coche de e ir hacia el centro comercial. Se adentraron al tráfico típico de un sábado por la mañana, que aunque no era mucho peor que el que había entre semana, la circulación era algo densa. Se pararon delante de un semáforo que estaba en rojo. Paula giró su cabeza hacia la derecha para mirar por la ventanilla y vio, que enfrente había una florería. Se le pasó una idea por la cabeza. Una idea que esperaba que a Pedro le gustara.
-Pepe, ¿puedes aparcar ahí, por favor?-. Le pidió señalando una plaza libre.
-Sí, claro. ¿Te pasa algo?-. Preguntó intrigado.
-Sólo quiero hacer una cosa. Espérame aquí en el coche, no tardo nada-. Y Paula salió del vehículo dándole un pequeño beso.
Pedro no entendía nada. Vio que su chica cruzó la carretera y se perdió dentro de la florería. ¿La florería? ¿Qué hará allí? Comprar flores, claro, pero ¿para quién? ¿Las querrá para ponerlas en casa? ¿O son para mí? ¿Para ella? Mientras Pedro se hacía esas preguntas, Paula había salido del comercio con un ramo de rosas rojas. Entró en el coche con las flores en la mano y Pedro la miró extrañado, esperando a que le contara el motivo de ese ramo.
-¿Qué pasa?-. Preguntó Paula mirándolo.
-Esas flores, ¿son para mí? ¿Por lo bien que me he portado?-. Pedro sonó divertido.
-Te mereces toda la florería entera-. Paula acarició su mejilla-. Pero no, no son para ti. Son para tu abuela.
-¿Qué has dicho?-. La incredulidad de Pedro se apoderó de su cara.
-Que son para tu abuela. Me dijiste una vez que quería conocer a la mujer que se instalara en tu corazón. Y a eso voy, a conocerla, aunque claro, metafóricamente hablando-. Paula sonrió tímidamente-. No sé si le gustarán las rosas rojas, pero las he cogido porque son las que a mí me agradan. Y cómo no sé dónde está tu abuela pues, necesito que me lleves.
Pedro se había quedado maravillado ante lo que había hecho Paula y no podía dejar de mirarla. Estaba sentada allí, a su lado, con un precioso ramo de rosas con destinataria una mujer que él había querido y seguía queriendo muchísimo y que le había ayudado a ser el hombre que era. No sabía qué hacer con su chica, si abrazarla, besarla, llevarla de vuelta a casa y perderse dentro de ella durante todo el día…
-Pepe, te has quedado callado. No ha sido buena idea, ¿verdad?-. Paula temía haber metido la pata.
A Pedro se le dibujó una amplia sonrisa en sus labios y no pudo contenerse más. Agarró la cara de Paula con sus manos y estampó sus labios con los de ella. Los besaba con amor, con un cariño que no solo salía de su corazón o de su alma, sino de todo su ser.
-Eres una mujer verdaderamente admirable-. Pedro le habló pegado a sus labios-. Y sí, me ha gustado mucho tu idea-.Volvió a besarla.
-Pepe, ¿has cambiado de sitio las cápsulas del café?
-No, están donde siempre. ¿Por qué?
-Pues te has quedado sin café.
-¡Mierda!, me olvidé de comprar
-No pasa nada-. Le dijo Paula acercándose a él y rodeándole el cuello con sus brazos-. Vamos a hacer lo siguiente; vamos a ir a desayunar a esa cafetería que hay aquí abajo, iremos a la ferretería a hacer una copia de las llaves de tu casa, creo que las necesitaré-. Paula alzó las cejas para recalcar lo obvio.- y luego, al centro comercial a comprar comida y llenar la nevera porque no estoy dispuesta a vivir contigo y que me mates de hambre.
-Vaya, me tienes la mañana programada-. Pedro le sonrió y la atrajo más hacia sí para besarla-. Pongámonos en marcha.
Salieron de casa para realizar la primera parada a la cafetería. Cuando se sentaron en el establecimiento, Paula pidió su café acompañado de un bocadillo pequeñito de jamón. A Pedro no le entraba nada más que su café. Esa vez, Paula se le adelantó y fue ella la que pagó la consumición. Pedro no estaba muy conforme, pero no iba a enfadarse con ella. Volvieron hacia el parking para coger el coche de e ir hacia el centro comercial. Se adentraron al tráfico típico de un sábado por la mañana, que aunque no era mucho peor que el que había entre semana, la circulación era algo densa. Se pararon delante de un semáforo que estaba en rojo. Paula giró su cabeza hacia la derecha para mirar por la ventanilla y vio, que enfrente había una florería. Se le pasó una idea por la cabeza. Una idea que esperaba que a Pedro le gustara.
-Pepe, ¿puedes aparcar ahí, por favor?-. Le pidió señalando una plaza libre.
-Sí, claro. ¿Te pasa algo?-. Preguntó intrigado.
-Sólo quiero hacer una cosa. Espérame aquí en el coche, no tardo nada-. Y Paula salió del vehículo dándole un pequeño beso.
Pedro no entendía nada. Vio que su chica cruzó la carretera y se perdió dentro de la florería. ¿La florería? ¿Qué hará allí? Comprar flores, claro, pero ¿para quién? ¿Las querrá para ponerlas en casa? ¿O son para mí? ¿Para ella? Mientras Pedro se hacía esas preguntas, Paula había salido del comercio con un ramo de rosas rojas. Entró en el coche con las flores en la mano y Pedro la miró extrañado, esperando a que le contara el motivo de ese ramo.
-¿Qué pasa?-. Preguntó Paula mirándolo.
-Esas flores, ¿son para mí? ¿Por lo bien que me he portado?-. Pedro sonó divertido.
-Te mereces toda la florería entera-. Paula acarició su mejilla-. Pero no, no son para ti. Son para tu abuela.
-¿Qué has dicho?-. La incredulidad de Pedro se apoderó de su cara.
-Que son para tu abuela. Me dijiste una vez que quería conocer a la mujer que se instalara en tu corazón. Y a eso voy, a conocerla, aunque claro, metafóricamente hablando-. Paula sonrió tímidamente-. No sé si le gustarán las rosas rojas, pero las he cogido porque son las que a mí me agradan. Y cómo no sé dónde está tu abuela pues, necesito que me lleves.
Pedro se había quedado maravillado ante lo que había hecho Paula y no podía dejar de mirarla. Estaba sentada allí, a su lado, con un precioso ramo de rosas con destinataria una mujer que él había querido y seguía queriendo muchísimo y que le había ayudado a ser el hombre que era. No sabía qué hacer con su chica, si abrazarla, besarla, llevarla de vuelta a casa y perderse dentro de ella durante todo el día…
-Pepe, te has quedado callado. No ha sido buena idea, ¿verdad?-. Paula temía haber metido la pata.
A Pedro se le dibujó una amplia sonrisa en sus labios y no pudo contenerse más. Agarró la cara de Paula con sus manos y estampó sus labios con los de ella. Los besaba con amor, con un cariño que no solo salía de su corazón o de su alma, sino de todo su ser.
-Eres una mujer verdaderamente admirable-. Pedro le habló pegado a sus labios-. Y sí, me ha gustado mucho tu idea-.Volvió a besarla.
Puso el coche en marcha y se marcharon hacia el lugar donde los aguardaba su abuela.
Desde la noche en la que ella fue a su casa a cenar por primera vez, no
habían vuelto a hablar de su abuela, pero le estaba agradecido por no
olvidarlo.
Llegaron al cementerio que estaba instalado en la zona alta de la ciudad. Dejó el coche en el aparcamiento.
-Paula, ¿puedes apartar hacia un lado las flores? Necesito besarte-. Le dijo antes de bajar del coche.
-Vale, si es por eso…-. Paula las dejó a un lado de su cuerpo y enseguida tuvo a Pedro de nuevo en sus labios.
-Oye Pau, no tienes que hacer esto, no quiero que te sientas obligada-. Ella le tapó la boca con otro beso.
-Quiero hacerlo Pepe, así que vamos.
Bajaron del coche y entraron en el cementerio. Paula nunca había estado allí, ni en ningún otro pues no tenía familiares ni conocidos enterrados. La señora Amparo, la mujer con la que vivieron y a la que podía considerar como abuela, fue incinerada y sus cenizas se esparcieron por el mar a voluntad de ella. Paula no sabía si tenía abuelos, su madre nunca le hablaba de ellos y ella, nunca preguntaba. No merecían la pena después de saber lo que le habían hecho a María. Nada más pasar el portón de metal que daba acceso al camposanto, un escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Pedro notó el estremecimiento de su chica y se acercó algo más a ella, como queriendo protegerla. A él tampoco le hacía mucha gracia ese sitio. El cementerio era enorme, con nichos y sepulturas bajo tierra. Pedro acarició la mano de Paula, que estaba helada y entrelazaron sus dedos. La guió por el camino que había asfaltado hasta llegar a la tumba de sus antepasados. Se quedaron delante de la lápida que tenía inscrita los nombres de sus abuelos. Pedro se separó de la mano de Paula y se arrodilló en el suelo para quitar el ramo marchito que había depositado sobre sus nombres. Le hizo un gesto a Paula con la mano para que se arrodillara junto a él. Ella cogió su mano y puso sus rodillas en la tierra.
-Abuelo, abuela, les presento a Paula, la mujer de la que me he enamorado locamente y a la que quiero más que a cualquier otra cosa en el mundo-. Paula se quedó atónita ante esa declaración.
-Venga, saluda-. Pedro le dio un pequeño empujón en su hombro.
-Emmm…Esto…Hola-. Consiguió decir ella. Pedro rió.
-Deja las flores ahí y vámonos-. Le indicó Pedro el sitio donde había estado el ramo antiguo y se levantó con la sonrisa todavía en su rostro.
-Yo también quiero muchísimo a su nieto-. Susurró Paula a la lápida para que solo los abuelos de Pedro la oyeran. Dejó las rosas donde le había dicho. Se incorporó del suelo y Pedro la tomó de nuevo de la mano.
-Desde que murió no había regresado a este lugar-.Pedro se abrazó a Paula y, de nuevo, le rozó los labios-.Gracias peque-.Paula lo miró extrañada-. Gracias por tener este detalle, por recordar lo importante que fue mi abuela para mí-. Esta vez fue Paula la que se acercó a sus labios para tomarlos en un dulce beso.
Regresaron al coche, dispuestos a seguir con el plan que había establecido Paula para esa mañana. El teléfono de Pedro sonó cuando llegaron al centro comercial. Era su hermano Bruno, para confirmar que irían a la fiesta de esa noche. Quedaron en pasarse por casa de Pedro sobre las once. Entraron primero en la ferretería para hacer una copia del juego de llaves de casa de Pedro. Cuando el dependiente se las dio, él las pagó y se las entregó a Paula con una amplia sonrisa. Estaba feliz, jamás había estado más contento. Por fin Paula había decidido vivir con él y era, la noticia más maravillosa del mundo. Esa mujer lo hacía irremediablemente feliz. Cogidos de la mano, otro gesto que lo hacía dichoso, bajaron hasta el supermercado. Una tienda pequeñita que había a su lado, llamó la atención de Paula. Se pararon un momento en el escaparate viendo la gama de obsequios que vendía. Paula arrastró al interior a Pedro y se puso a mirar los estantes.
-¿Qué es lo que buscas?-. Preguntó curioso.
- Ya lo verás.
Pedro seguía sin entender y mejor no hacerlo. Paula se detuvo delante de una estantería llena de llaveros. Ahora lo entendía. Su chica buscaba un llavero para las llaves de su nuevo hogar. Sonrió. Paula buscaba, rebuscaba y dio con un llavero. O mejor, escogió dos.
-Toma éste para ti y éste otro para mí-. Pedro los miró asombrado. Eran dos llaveros de metal, con forma de esposas y con sus nombres grabados. Pedro se quedó el que ponía Paula.
-¿No te gusta? Podemos mirar otro si….
Pedro la dejó con la palabra en la boca, pues sus labios fueron devorados por la pasión que desprendían los de su chico. .
Pedro tomó a Paula de la mano y fueron al mostrador a pagar los llaveros.
Les quedaba comprar el café, así que entró Paula a comprarlo mientras Pedro se quedaba fuera con el carro de la compra lleno hasta los topes. Llenaron el maletero del coche con toda la compra y se fueron a casa. Se estaba haciendo tarde. Todavía tenían que comer y habían quedado en casa de Paula con Raquel y su chico.
Subieron al apartamento, colocaron las cosas que compraron y empezaron a cocinar.
-Llevas todo el rato jugando con la comida y eso no me gusta. ¿Qué te pasa, Pau?
-Perdona, es que no tengo hambre-. Respondió sin mirarlo. Pedro dejó los cubiertos en su plato y se bajó del taburete. Abrazó a su chica- .Estoy aterrada porqué no sé que voy a encontrarme cuando vuelva a casa. ¿Viste el comedor?-.Él asintió-.Estaba todo roto. ¿Y si el resto está igual?
-Pau, no pienses en eso. Sé que es tu casa y que todas tus cosas están ahí y quizás te parezca insensible y algo frío por decirte esto, pero a mí todo eso me da igual porque solo me preocupas tú. Las cosas pueden reemplazarse, pero tú no-. Pedro le habló en tono tranquilizador. Besó su frente-. Ahora, por favor, come algo. No nos iremos de aquí hasta que lo hagas-. Paula le ofreció una pequeña sonrisa.
A Paula le costó terminar la comida que tenía en el plato, pero lo consiguió. Recogieron la cocina y se fueron hacia el apartamento de ella. Paula seguía nerviosa, intranquila y Pedro lo notaba por la tensión que emanaba de su cuerpo. Ya estaban Raquel y Fran esperándolos en la calle.
-Hola chicos-. Los saludaron.
-¿Lista para subir?-. Le preguntó Raquel al ver la preocupación en el rostro de su amiga. Paula asintió.
Cogieron los cuatro el ascensor y Pedro no se desprendió de la mano de Sara, que ella apretaba con más fuerza cada vez que ascendían una planta. Ya, frente a la puerta de su casa, sacó las llaves del bolso y le tembló la mano al intentar introducirla en la cerradura. Raquel que la vio, le quitó la llave y abrió ella la puerta. La imagen que vieron detrás de esa puerta fue impactante. Paula no podía creerlo, era peor de lo que recordaba cuando lo vio el mismo día del atraco. No pudo evitar taparse la boca con las manos para evitar que de ella saliera un sollozo. Pedro se acercó hasta ella y la abrazó por la cintura.
-¡Santo Dios!-. Exclamó Fran-. ¿Pero qué coño buscaba ese tío?
Y no era para menos el asombro de su amigo. Todo, completamente todo lo que se encontraba en el comedor estaba despedazado. El pequeño mueble estaba en el suelo, caído encima del televisor. Las páginas de sus libros volaron alegremente por toda la estancia. El sofá, los cojines, todo rajado con la espuma haciendo compañía a las palabras de los libros de Paula. Las cortinas seguían colgadas delante de las ventanas, pero dejaban entrever más luz de lo normal, a consecuencia de los rasguños recibidos. El cuadro que había adornado ese minúsculo espacio estaba tan destrozado que le sería más fácil hacer un puzzle de cinco mil piezas que recomponer aquello. Mirando hacia la derecha, donde se ubicaba la cocina, no parecía que hubiera recibido mejores atenciones. Todo estaba muerto en el suelo, platos, vasos, la comida desparramada.
Paula no podía moverse. No podía hablar. Sus ojos no dejaban de dar vueltas a todo lo que tenía delante. Sentía flaquear sus piernas, aun teniéndola Pedro sujeta.
-Pau, ¿te encuentras bien?-. Preguntó Pedro girando su cara hacia ella, levantándole la barbilla con sus dedos. Vio los ojos de Paula que estaban ausentes, los tenía clavados en los de su chico, pero su mirada no estaba con él-. Pau, mírame, por favor, peque, soy yo-. Estaba asustado, no había visto nunca a Paula en ese estado. Le acarició las mejillas y ante ese contacto ella respondió con un leve parpadeo de sus ojos de los que resbalaron lágrimas de impotencia. Se abrazó a su chico para intentar calmar ese sentimiento.
Cuando se calmó, Raquel la cogió de una mano y se la llevó para su habitación, a ver qué se encontraban. No había mucha diferencia entre lo que vieron en el resto de la casa. Su cama estaba desquebrajada, todos sus cajones tirados por el suelo, sus perfumes rotos. Pero lo raro era que la ropa que había en su armario había quedado intacta. Estaba tal y como ella la había dejado. Era como si el tsunami de ese hombre no hubiera pasado por allí.
-Este cabrón se ha tomado muchas molestias para entrar solo a robar, ¿no crees?-. Le preguntó Paula a su amiga con contundencia.
-¿Qué quieres decir con eso?-. A Raquel le sorprendió ese tono de Paula.
-Pues que no ha venido a robar. No quería nada, quería a alguien. A mí-. Contestó secamente.
- Paula, ¿no pensarás que esto tiene algo que ver con él?
-Creo que sí, pero no estoy segura. Raquel, tengo un mal presentimiento y no sé si es porque ahora sí que le tengo miedo y cualquier cosa me recuerda que él está ahí, acechándome, o porque realmente ha sido él-. La voz de Paula sonó temblorosa.
-Qué chicas, ¿cómo van?-. Pedro y Fran se asomaron a la habitación de Paula, dando por finalizada la conversación de ambas.
-Acabamos de recoger mis cosas y nos vamos.
Paula y Raquel sacaron toda la ropa del armario y la metieron en la maleta que Paula tenía guardada en el interior. Había cogido otro par de bolsas de casa de Pedro, así que con ellas bien cargadas y la maleta a punto de reventar, se marcharon. Pero antes, Paula le dio un vistazo a todo lo que allí había y que había sido su vida. Recordó los momentos vividos con Amparo y con su madre, tanto los buenos como los malos, las vivencias con Raquel, las alegrías y las penas de sus corazones y por último, los instantes maravillosos que pasó con Pedro. La sonrisa que salió de sus labios era de profunda tristeza.
-Voy a tener que volver a hacer reformas en casa. Todo esto-. Dijo Pedro señalando el equipaje cuando se encontraban todos en el ascensor.- no cabe en mi casa-. Rieron por el comentario y Paula agradeció que su chico intentara hacer más ameno aquel momento.
Llegaron a casa de Pedro unas horas antes de disponerse a ir a mover el esqueleto. Paula vació sus bolsas y con la ayuda de su chico, colocó la ropa en el armario de él. Todo cupo perfectamente, sin necesidad de obras. Tomaron un baño relajante, algo que le sentó a Paula de maravilla y del cual salió como nueva. No quiso remover lo que habló con su amiga. Esa noche iba a pasarlo bien, era el aniversario del negocio de su hermana, estaba con Pedro y rodeada de sus amigos y no iba a pensar en nada más que en divertirse. Después de cenar, se acicalaron para la ocasión y Pedro no dejaba de mirar a su chica como se colocaba ese mini vestido que apenas le llegaba hasta los muslos. Rozó sus manos por la cintura de Paula y la atrajo hasta quedar pegado a su cuerpo.
-Estás muy sexy con este vestido-. Susurró Pedro en su oído
Llegaron al cementerio que estaba instalado en la zona alta de la ciudad. Dejó el coche en el aparcamiento.
-Paula, ¿puedes apartar hacia un lado las flores? Necesito besarte-. Le dijo antes de bajar del coche.
-Vale, si es por eso…-. Paula las dejó a un lado de su cuerpo y enseguida tuvo a Pedro de nuevo en sus labios.
-Oye Pau, no tienes que hacer esto, no quiero que te sientas obligada-. Ella le tapó la boca con otro beso.
-Quiero hacerlo Pepe, así que vamos.
Bajaron del coche y entraron en el cementerio. Paula nunca había estado allí, ni en ningún otro pues no tenía familiares ni conocidos enterrados. La señora Amparo, la mujer con la que vivieron y a la que podía considerar como abuela, fue incinerada y sus cenizas se esparcieron por el mar a voluntad de ella. Paula no sabía si tenía abuelos, su madre nunca le hablaba de ellos y ella, nunca preguntaba. No merecían la pena después de saber lo que le habían hecho a María. Nada más pasar el portón de metal que daba acceso al camposanto, un escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Pedro notó el estremecimiento de su chica y se acercó algo más a ella, como queriendo protegerla. A él tampoco le hacía mucha gracia ese sitio. El cementerio era enorme, con nichos y sepulturas bajo tierra. Pedro acarició la mano de Paula, que estaba helada y entrelazaron sus dedos. La guió por el camino que había asfaltado hasta llegar a la tumba de sus antepasados. Se quedaron delante de la lápida que tenía inscrita los nombres de sus abuelos. Pedro se separó de la mano de Paula y se arrodilló en el suelo para quitar el ramo marchito que había depositado sobre sus nombres. Le hizo un gesto a Paula con la mano para que se arrodillara junto a él. Ella cogió su mano y puso sus rodillas en la tierra.
-Abuelo, abuela, les presento a Paula, la mujer de la que me he enamorado locamente y a la que quiero más que a cualquier otra cosa en el mundo-. Paula se quedó atónita ante esa declaración.
-Venga, saluda-. Pedro le dio un pequeño empujón en su hombro.
-Emmm…Esto…Hola-. Consiguió decir ella. Pedro rió.
-Deja las flores ahí y vámonos-. Le indicó Pedro el sitio donde había estado el ramo antiguo y se levantó con la sonrisa todavía en su rostro.
-Yo también quiero muchísimo a su nieto-. Susurró Paula a la lápida para que solo los abuelos de Pedro la oyeran. Dejó las rosas donde le había dicho. Se incorporó del suelo y Pedro la tomó de nuevo de la mano.
-Desde que murió no había regresado a este lugar-.Pedro se abrazó a Paula y, de nuevo, le rozó los labios-.Gracias peque-.Paula lo miró extrañada-. Gracias por tener este detalle, por recordar lo importante que fue mi abuela para mí-. Esta vez fue Paula la que se acercó a sus labios para tomarlos en un dulce beso.
Regresaron al coche, dispuestos a seguir con el plan que había establecido Paula para esa mañana. El teléfono de Pedro sonó cuando llegaron al centro comercial. Era su hermano Bruno, para confirmar que irían a la fiesta de esa noche. Quedaron en pasarse por casa de Pedro sobre las once. Entraron primero en la ferretería para hacer una copia del juego de llaves de casa de Pedro. Cuando el dependiente se las dio, él las pagó y se las entregó a Paula con una amplia sonrisa. Estaba feliz, jamás había estado más contento. Por fin Paula había decidido vivir con él y era, la noticia más maravillosa del mundo. Esa mujer lo hacía irremediablemente feliz. Cogidos de la mano, otro gesto que lo hacía dichoso, bajaron hasta el supermercado. Una tienda pequeñita que había a su lado, llamó la atención de Paula. Se pararon un momento en el escaparate viendo la gama de obsequios que vendía. Paula arrastró al interior a Pedro y se puso a mirar los estantes.
-¿Qué es lo que buscas?-. Preguntó curioso.
- Ya lo verás.
Pedro seguía sin entender y mejor no hacerlo. Paula se detuvo delante de una estantería llena de llaveros. Ahora lo entendía. Su chica buscaba un llavero para las llaves de su nuevo hogar. Sonrió. Paula buscaba, rebuscaba y dio con un llavero. O mejor, escogió dos.
-Toma éste para ti y éste otro para mí-. Pedro los miró asombrado. Eran dos llaveros de metal, con forma de esposas y con sus nombres grabados. Pedro se quedó el que ponía Paula.
-¿No te gusta? Podemos mirar otro si….
Pedro la dejó con la palabra en la boca, pues sus labios fueron devorados por la pasión que desprendían los de su chico. .
Pedro tomó a Paula de la mano y fueron al mostrador a pagar los llaveros.
Les quedaba comprar el café, así que entró Paula a comprarlo mientras Pedro se quedaba fuera con el carro de la compra lleno hasta los topes. Llenaron el maletero del coche con toda la compra y se fueron a casa. Se estaba haciendo tarde. Todavía tenían que comer y habían quedado en casa de Paula con Raquel y su chico.
Subieron al apartamento, colocaron las cosas que compraron y empezaron a cocinar.
-Llevas todo el rato jugando con la comida y eso no me gusta. ¿Qué te pasa, Pau?
-Perdona, es que no tengo hambre-. Respondió sin mirarlo. Pedro dejó los cubiertos en su plato y se bajó del taburete. Abrazó a su chica- .Estoy aterrada porqué no sé que voy a encontrarme cuando vuelva a casa. ¿Viste el comedor?-.Él asintió-.Estaba todo roto. ¿Y si el resto está igual?
-Pau, no pienses en eso. Sé que es tu casa y que todas tus cosas están ahí y quizás te parezca insensible y algo frío por decirte esto, pero a mí todo eso me da igual porque solo me preocupas tú. Las cosas pueden reemplazarse, pero tú no-. Pedro le habló en tono tranquilizador. Besó su frente-. Ahora, por favor, come algo. No nos iremos de aquí hasta que lo hagas-. Paula le ofreció una pequeña sonrisa.
A Paula le costó terminar la comida que tenía en el plato, pero lo consiguió. Recogieron la cocina y se fueron hacia el apartamento de ella. Paula seguía nerviosa, intranquila y Pedro lo notaba por la tensión que emanaba de su cuerpo. Ya estaban Raquel y Fran esperándolos en la calle.
-Hola chicos-. Los saludaron.
-¿Lista para subir?-. Le preguntó Raquel al ver la preocupación en el rostro de su amiga. Paula asintió.
Cogieron los cuatro el ascensor y Pedro no se desprendió de la mano de Sara, que ella apretaba con más fuerza cada vez que ascendían una planta. Ya, frente a la puerta de su casa, sacó las llaves del bolso y le tembló la mano al intentar introducirla en la cerradura. Raquel que la vio, le quitó la llave y abrió ella la puerta. La imagen que vieron detrás de esa puerta fue impactante. Paula no podía creerlo, era peor de lo que recordaba cuando lo vio el mismo día del atraco. No pudo evitar taparse la boca con las manos para evitar que de ella saliera un sollozo. Pedro se acercó hasta ella y la abrazó por la cintura.
-¡Santo Dios!-. Exclamó Fran-. ¿Pero qué coño buscaba ese tío?
Y no era para menos el asombro de su amigo. Todo, completamente todo lo que se encontraba en el comedor estaba despedazado. El pequeño mueble estaba en el suelo, caído encima del televisor. Las páginas de sus libros volaron alegremente por toda la estancia. El sofá, los cojines, todo rajado con la espuma haciendo compañía a las palabras de los libros de Paula. Las cortinas seguían colgadas delante de las ventanas, pero dejaban entrever más luz de lo normal, a consecuencia de los rasguños recibidos. El cuadro que había adornado ese minúsculo espacio estaba tan destrozado que le sería más fácil hacer un puzzle de cinco mil piezas que recomponer aquello. Mirando hacia la derecha, donde se ubicaba la cocina, no parecía que hubiera recibido mejores atenciones. Todo estaba muerto en el suelo, platos, vasos, la comida desparramada.
Paula no podía moverse. No podía hablar. Sus ojos no dejaban de dar vueltas a todo lo que tenía delante. Sentía flaquear sus piernas, aun teniéndola Pedro sujeta.
-Pau, ¿te encuentras bien?-. Preguntó Pedro girando su cara hacia ella, levantándole la barbilla con sus dedos. Vio los ojos de Paula que estaban ausentes, los tenía clavados en los de su chico, pero su mirada no estaba con él-. Pau, mírame, por favor, peque, soy yo-. Estaba asustado, no había visto nunca a Paula en ese estado. Le acarició las mejillas y ante ese contacto ella respondió con un leve parpadeo de sus ojos de los que resbalaron lágrimas de impotencia. Se abrazó a su chico para intentar calmar ese sentimiento.
Cuando se calmó, Raquel la cogió de una mano y se la llevó para su habitación, a ver qué se encontraban. No había mucha diferencia entre lo que vieron en el resto de la casa. Su cama estaba desquebrajada, todos sus cajones tirados por el suelo, sus perfumes rotos. Pero lo raro era que la ropa que había en su armario había quedado intacta. Estaba tal y como ella la había dejado. Era como si el tsunami de ese hombre no hubiera pasado por allí.
-Este cabrón se ha tomado muchas molestias para entrar solo a robar, ¿no crees?-. Le preguntó Paula a su amiga con contundencia.
-¿Qué quieres decir con eso?-. A Raquel le sorprendió ese tono de Paula.
-Pues que no ha venido a robar. No quería nada, quería a alguien. A mí-. Contestó secamente.
- Paula, ¿no pensarás que esto tiene algo que ver con él?
-Creo que sí, pero no estoy segura. Raquel, tengo un mal presentimiento y no sé si es porque ahora sí que le tengo miedo y cualquier cosa me recuerda que él está ahí, acechándome, o porque realmente ha sido él-. La voz de Paula sonó temblorosa.
-Qué chicas, ¿cómo van?-. Pedro y Fran se asomaron a la habitación de Paula, dando por finalizada la conversación de ambas.
-Acabamos de recoger mis cosas y nos vamos.
Paula y Raquel sacaron toda la ropa del armario y la metieron en la maleta que Paula tenía guardada en el interior. Había cogido otro par de bolsas de casa de Pedro, así que con ellas bien cargadas y la maleta a punto de reventar, se marcharon. Pero antes, Paula le dio un vistazo a todo lo que allí había y que había sido su vida. Recordó los momentos vividos con Amparo y con su madre, tanto los buenos como los malos, las vivencias con Raquel, las alegrías y las penas de sus corazones y por último, los instantes maravillosos que pasó con Pedro. La sonrisa que salió de sus labios era de profunda tristeza.
-Voy a tener que volver a hacer reformas en casa. Todo esto-. Dijo Pedro señalando el equipaje cuando se encontraban todos en el ascensor.- no cabe en mi casa-. Rieron por el comentario y Paula agradeció que su chico intentara hacer más ameno aquel momento.
Llegaron a casa de Pedro unas horas antes de disponerse a ir a mover el esqueleto. Paula vació sus bolsas y con la ayuda de su chico, colocó la ropa en el armario de él. Todo cupo perfectamente, sin necesidad de obras. Tomaron un baño relajante, algo que le sentó a Paula de maravilla y del cual salió como nueva. No quiso remover lo que habló con su amiga. Esa noche iba a pasarlo bien, era el aniversario del negocio de su hermana, estaba con Pedro y rodeada de sus amigos y no iba a pensar en nada más que en divertirse. Después de cenar, se acicalaron para la ocasión y Pedro no dejaba de mirar a su chica como se colocaba ese mini vestido que apenas le llegaba hasta los muslos. Rozó sus manos por la cintura de Paula y la atrajo hasta quedar pegado a su cuerpo.
-Estás muy sexy con este vestido-. Susurró Pedro en su oído
-Pepe no empieces...
Por suerte, o por desgracia, sonó el timbre de la puerta. Eran Bruno y Lorena que quedaron en pasar a recogerles. A los pocos minutos llegaron los invitados restantes, David y Helena, Fran y Raquel y Javi y Ana.
-¡Hola chicos! ¡Cómo me alegro de que hayáis venido todos!-. Los saludó Alba cuando entraron en la discoteca-. Tomaros algo, invita la casa.
Tomaron asiento en una de las mesas que había en el piso intermedio. Los chicos se levantaron para pedir las bebidas en la barra. Mientras estaban allí, las mujeres se quedaron alrededor de la mesa charlando y Paula recordó la última vez que estuvo en ese sitio. Fue cuando conoció a Pedro y no pudo evitar que sus labios se curvaran en una amplia sonrisa.
-Corazón, ¿y esa sonrisa?-. Preguntó Raquel, que fue la única que se atrevió ya que las demás la miraban abobadas.
-Aquí fue donde conocí a Pepe.
-Bueno, bueno, eso de conocer vino después, que primero lo cataste-. Aclaró Helena. Todas rieron.
-Sí, buena puntualización Helena, eso es cierto.
-Pau ¿y porqué escogiste a Dani?-. Preguntó muerta de curiosidad Lorena.
-Él se me acercó, y cuando lo vi y miré sus ojos, me dejé llevar-. Paula suspiró al recordarlo.
-¡Sí claro, sus ojos!-.Vamos, que no te fijaste ni en su cuerpo, ni en su paquete, ni en su culo, ¡No, ella solo en sus ojos!-.Exclamó Raquel con ironía, a lo que respondieron las demás con carcajadas.
-¡Tú siempre das en el clavo, Raquel!-. Afirmó Paula.- pero en todo eso me fijé cuando lo tuve desnudo ¡aquello era la octava maravilla del mundo!-. Rieron.
-¿A qué vienen esas risas?-. Preguntó Pedro cuando regresaron con las copas. Pedro dejó la suya y la de Paula en la mesa, acarició su espalda con la mano y besó su mejilla.
-Hablábamos de ti-. Le dijo Ana.
-¿De mí? ¿Y eso?-. Preguntó sorprendido.
-¡Estás un poco verde en esto compañero!-. David le dio un golpecito en el hombro-. Las mujeres, cuando se juntan, no hacen otra cosa más que criticarnos.
-¿Así que criticabais a mi hermano?-. Bruno se hacía el ofendido.
-No lo criticábamos. Estábamos alabando su cuerpo-. Respondió Raquel guiñándole un ojo a Pedro
-¿Tienes quejas de mi cuerpo, churri?-. Fran agarró a su chica por la cintura de forma posesiva.
-Tu cuerpo me excita muchísimo, pero siempre va bien observar la variedad masculina.
Pasaron allí un rato agradable mientras hablaban, reían y el alcohol iba entrando en sus cuerpos. Se les unió Marc a la fiesta, ya que Alba estaba un poco ajetreada y preocupada porque todo aquello saliera bien y no quería molestarla. Bajaron a la pista a mover el esqueleto. La música que sonaba no dejaba que los pies de los allí congregados estuvieran quietos y todos se dejaron llevar. Paula se agarró a Pedro para bailar con él, pero la habilidad que su chico tenía con las manos no era la misma que tenía en las extremidades inferiores.
-Vaya, veo que tienes un defecto-. Le sonrió Paula.
-Tengo muchos defectos peque y el baile es uno de ellos. No sé moverme.
-Pues en la cama lo haces de maravilla-. Susurró en su oído.
-Tendré en cuenta esa apreciación.- Besó sus labios.
-Quédate aquí, voy a enseñarte a bailar.
Paula dejó en la zona de baile a su chico y se fue en busca de Helena. Ambas subieron a una plataforma que había en un lateral de la pista y comenzaron a moverse al ritmo de la música. Pedo se quedó atontado mirando cómo su chica se dejaba arrastrar por las notas musicales. David se colocó a su lado, que, aunque ya había visto en otras ocasiones a las dos chicas en esa misma palestra, no dejaba de sorprenderse cada vez que las veía. Comenzó a sonar una canción de Jennifer López, momento en el que un tío de dos metros por dos metros, se subió junto a las chicas y se quitó la camiseta. Pedro lo reconoció, era Tony, el chico que estaba vigilando las habitaciones cuando Paula y él se conocieron. Los tres empezaron a moverse y a Pedro no le gustaba nada la forma tan sensual en la que lo hacía su chica. Aunque Helena tampoco se quedaba atrás. Pero a él le importaba Paula.
Por suerte, o por desgracia, sonó el timbre de la puerta. Eran Bruno y Lorena que quedaron en pasar a recogerles. A los pocos minutos llegaron los invitados restantes, David y Helena, Fran y Raquel y Javi y Ana.
-¡Hola chicos! ¡Cómo me alegro de que hayáis venido todos!-. Los saludó Alba cuando entraron en la discoteca-. Tomaros algo, invita la casa.
Tomaron asiento en una de las mesas que había en el piso intermedio. Los chicos se levantaron para pedir las bebidas en la barra. Mientras estaban allí, las mujeres se quedaron alrededor de la mesa charlando y Paula recordó la última vez que estuvo en ese sitio. Fue cuando conoció a Pedro y no pudo evitar que sus labios se curvaran en una amplia sonrisa.
-Corazón, ¿y esa sonrisa?-. Preguntó Raquel, que fue la única que se atrevió ya que las demás la miraban abobadas.
-Aquí fue donde conocí a Pepe.
-Bueno, bueno, eso de conocer vino después, que primero lo cataste-. Aclaró Helena. Todas rieron.
-Sí, buena puntualización Helena, eso es cierto.
-Pau ¿y porqué escogiste a Dani?-. Preguntó muerta de curiosidad Lorena.
-Él se me acercó, y cuando lo vi y miré sus ojos, me dejé llevar-. Paula suspiró al recordarlo.
-¡Sí claro, sus ojos!-.Vamos, que no te fijaste ni en su cuerpo, ni en su paquete, ni en su culo, ¡No, ella solo en sus ojos!-.Exclamó Raquel con ironía, a lo que respondieron las demás con carcajadas.
-¡Tú siempre das en el clavo, Raquel!-. Afirmó Paula.- pero en todo eso me fijé cuando lo tuve desnudo ¡aquello era la octava maravilla del mundo!-. Rieron.
-¿A qué vienen esas risas?-. Preguntó Pedro cuando regresaron con las copas. Pedro dejó la suya y la de Paula en la mesa, acarició su espalda con la mano y besó su mejilla.
-Hablábamos de ti-. Le dijo Ana.
-¿De mí? ¿Y eso?-. Preguntó sorprendido.
-¡Estás un poco verde en esto compañero!-. David le dio un golpecito en el hombro-. Las mujeres, cuando se juntan, no hacen otra cosa más que criticarnos.
-¿Así que criticabais a mi hermano?-. Bruno se hacía el ofendido.
-No lo criticábamos. Estábamos alabando su cuerpo-. Respondió Raquel guiñándole un ojo a Pedro
-¿Tienes quejas de mi cuerpo, churri?-. Fran agarró a su chica por la cintura de forma posesiva.
-Tu cuerpo me excita muchísimo, pero siempre va bien observar la variedad masculina.
Pasaron allí un rato agradable mientras hablaban, reían y el alcohol iba entrando en sus cuerpos. Se les unió Marc a la fiesta, ya que Alba estaba un poco ajetreada y preocupada porque todo aquello saliera bien y no quería molestarla. Bajaron a la pista a mover el esqueleto. La música que sonaba no dejaba que los pies de los allí congregados estuvieran quietos y todos se dejaron llevar. Paula se agarró a Pedro para bailar con él, pero la habilidad que su chico tenía con las manos no era la misma que tenía en las extremidades inferiores.
-Vaya, veo que tienes un defecto-. Le sonrió Paula.
-Tengo muchos defectos peque y el baile es uno de ellos. No sé moverme.
-Pues en la cama lo haces de maravilla-. Susurró en su oído.
-Tendré en cuenta esa apreciación.- Besó sus labios.
-Quédate aquí, voy a enseñarte a bailar.
Paula dejó en la zona de baile a su chico y se fue en busca de Helena. Ambas subieron a una plataforma que había en un lateral de la pista y comenzaron a moverse al ritmo de la música. Pedo se quedó atontado mirando cómo su chica se dejaba arrastrar por las notas musicales. David se colocó a su lado, que, aunque ya había visto en otras ocasiones a las dos chicas en esa misma palestra, no dejaba de sorprenderse cada vez que las veía. Comenzó a sonar una canción de Jennifer López, momento en el que un tío de dos metros por dos metros, se subió junto a las chicas y se quitó la camiseta. Pedro lo reconoció, era Tony, el chico que estaba vigilando las habitaciones cuando Paula y él se conocieron. Los tres empezaron a moverse y a Pedro no le gustaba nada la forma tan sensual en la que lo hacía su chica. Aunque Helena tampoco se quedaba atrás. Pero a él le importaba Paula.
-Tranquilo Pepe, es solo un baile-. Lo calmó Alba, que había vuelto con
ellos justo para ver la cara de su cuñado-. A mi hermana le encanta bailar y es
una manera que tiene de desprenderse de todos sus temores. Y no te preocupes
por Tony, es inofensivo-. Le sonrió. .
Paula y Helena bajaron de la plataforma, acompañadas de Tony, una vez terminada la canción. “Joder, que canción más larga”. Fueron al encuentro de sus chicos y vio que Pedro tenía una mueca de disgusto en su cara. La agarró por la cintura y la atrajo hacia si en un movimiento violento.
-No me gusta que otro te toque. Esto solo lo toco yo. Es mío.
-Me gusta cuando te pones celoso, pero no tienes porqué. Mira, ¿ves a esa chica de ahí?-. Paula señaló una de las barras, donde detrás había una camarera.- Pues esa es la mujer de Tony. Llevan casados más de diez años y tienen dos hijos. Así que no tienes que preocuparte por mi, soy toda tuya-. Paula besó tiernamente a Pedro.- No te enfades, por favor.
-No me enfado, pero antes avísame si no quieres que me dé un ataque-. La abrazó-. Por cierto, ¿dónde aprendiste a bailar así?
-Otro día te lo cuento-. Lo cortó Sara-. Voy a pedirme otro mojito de fresa, ¿quieres algo?-. Pedo negó con la cabeza.
¡Qué dónde aprendí a bailar!, cuando lo sepa estoy perdida.
Paula estaba en la barra, esperando su mojito cuando una voz la saludó a su lado. Era una voz que conocía, pero que hacía mucho que no la escuchaba. Cuando se giró hacia el portador de esa voz, se quedó pasmada, pues era él. Su ex. Álvaro.
-Hola Paula, ¿Cómo estás?
-Bien-. Dijo escuetamente.
-Yo te veo fenomenal, estás guapísima-. Paula se sentía incómoda a su lado. Por fin llegó su bebida e hizo el amago de irse, pero Álvaro la paró poniendo una mano en su cintura.
-Paula, espera, me gustaría hablar contigo.
-Yo no tengo nada de qué hablar. Y suéltame-. La voz de Paula sonó firme, sin temblores.
-Pero ¡será hijo de puta!-. Gritó Alba al lado de todos sus amigos cuando vio a su hermana y a Álvaro juntos. Fue directa hacia ellos. -¡Ni se te ocurra volver a ponerle una mano encima a Paula!-. Alba le dio un manotazo al chico, que apartó enseguida la mano-. ¿Qué parte de no vuelvas a acercarte a mi hermana no entendiste?-. Alba estaba completamente fuera de sí-. Este local es mío y existe el derecho de admisión, así que ya te estás largando si no quieres que te eche a patadas.
-Alba, yo solo quería…
-Alba, ¿qué está pasando?-. Pedro y Marc se acercaron hacia sus chicas, seguidos por los demás.
-Hola chicos-. Dijo Álvaro sorprendido por encontrarlos, pues los conocía a todos.
-Hola Álvaro-.Lo saludó Pedro.- ¿Me pueden explicar qué pasa aquí?-. Miró a Paula directamente.
-¿Se conocen?-. Le preguntó Paula alarmada.
-Sí, Marc, Álvaro y yo somos amigos desde hace mucho tiempo, ¿porqué?-. Pedro veía que su chica estaba inquieta.
-Bueno chicos, yo me marcho. Paula, me ha gustado volver a verte-. Y Álvaro desapareció.
-¿Esto es una broma o algo así? ¿De verdad que ese desgraciado es su amigo?-. Alba estaba irritada-. Solo espero que ustedes no seancomo él-. Dijo señalando a Marc y a Pedro y se marchó con su irritación a otra parte. Marc la siguió sin entender qué había pasado.
- Pau, ¿estás bien?-. Le preguntó Raquel, a lo que ella afirmó-. No dejes que ese cabrón te amargue la noche. Hemos venido a divertirnos.
Volvieron todos a la pista de baile, a quemar el mal rato que habían pasado. Paula no se podía creer que Pedro tuviera un amigo como ese, aunque claro, seguramente no sabía lo que había pasado entre ellos.
-Paula, ¿vas a explicarme este numerito?-. Pedro le acariciaba las mejillas. Paula tomó aire.
-Verás Pepe, Álvaro es mi ex -. Dijo Paula del tirón. Los ojos de Pedro estaban desorbitados.
-¿Álvaro es tu ex?-. Paula afirmó-. ¡Joder! Esto parece un chiste de mal gusto-. Paula volvió a afirmar. Ahora la cabeza de Pedro no dejaba de dar vueltas y entendió porqué Paula empezó a imaginarlo a él y a su hermana. Eso le estaba pasando ahora a él, pero con ella y Álvaro. Y encima su novia era la ex de uno de sus amigos. Las coincidencias estaban llegando a un punto que se hacían imposibles verlas como tales y pasaban a formar parte de un maquiavélico destino.
Paula terminó su mojito de un trago y devolvió el vaso vacío a la barra. Se acercó a su chico y lo abrazo con fuerza. Levantó la cabeza y buscó sus labios, necesitaba besarlos. Los encontró fruncidos, pero al pasar su boca a su alrededor, se dejaron llevar por esa caricia que tanto ansiaban. Paula atrapó los labios de Pedro con seguridad, sus lenguas se encontraron, sus manos acariciaban el pelo de su nuca hasta que volvió a sonar una melodía que hizo que Paula moviera todo su cuerpo al compás de la música y arrastró a Pedro con ella. Sonrió.
Pasaron unas cuantas horas antes de volver a casa. Cuando lo hicieron, Pedro y Paula se metieron enseguida en la cama, acurrucándose el uno contra el otro. Pedro le acariciaba la espalda mientras pensaba en lo que había ocurrido esa noche con su amigo. Creía un poco desmesurada la actitud de Alba, pero comprensible puesto que Paula es su hermana y la protege. Pero ¿y la actitud de Paula? Tenía que saberlo.
-Pau, ¿duermes?-. Ella negó con la cabeza-. ¿Puedo preguntarte una cosa?-. Ella afirmó-. ¿Qué has sentido cuando has visto a Álvaro?-. Tenía miedo de la respuesta. Paula se irguió sobre el pecho de Pedro y encendió la luz. Lo miró fijamente a los ojos.
-Pepe, no voy a negarte que me ha sorprendido verlo, después de años, pero no he sentido nada. Creía que lo despreciaba, que era eso lo que realmente sentía, pero me he dado cuenta de que no es así, ya no. No quiero que le pase nada malo, pero es una persona que no me importa lo más mínimo. Qué él siga con su vida, que yo seguiré con la mía. Y la mía, ahora, eres tú-. Paula besó a Pedro con cariño.
-Por un momento he pensado que...-. Paula tapó los labios de su chico con su dedo índice.
-No voy a dejarte Pepe. Te amo-. Paula volvió a sellar sus labios con un beso-. Además, ¿crees que le dejaría el camino libre a la enfermera lagarta?
Paula y Helena bajaron de la plataforma, acompañadas de Tony, una vez terminada la canción. “Joder, que canción más larga”. Fueron al encuentro de sus chicos y vio que Pedro tenía una mueca de disgusto en su cara. La agarró por la cintura y la atrajo hacia si en un movimiento violento.
-No me gusta que otro te toque. Esto solo lo toco yo. Es mío.
-Me gusta cuando te pones celoso, pero no tienes porqué. Mira, ¿ves a esa chica de ahí?-. Paula señaló una de las barras, donde detrás había una camarera.- Pues esa es la mujer de Tony. Llevan casados más de diez años y tienen dos hijos. Así que no tienes que preocuparte por mi, soy toda tuya-. Paula besó tiernamente a Pedro.- No te enfades, por favor.
-No me enfado, pero antes avísame si no quieres que me dé un ataque-. La abrazó-. Por cierto, ¿dónde aprendiste a bailar así?
-Otro día te lo cuento-. Lo cortó Sara-. Voy a pedirme otro mojito de fresa, ¿quieres algo?-. Pedo negó con la cabeza.
¡Qué dónde aprendí a bailar!, cuando lo sepa estoy perdida.
Paula estaba en la barra, esperando su mojito cuando una voz la saludó a su lado. Era una voz que conocía, pero que hacía mucho que no la escuchaba. Cuando se giró hacia el portador de esa voz, se quedó pasmada, pues era él. Su ex. Álvaro.
-Hola Paula, ¿Cómo estás?
-Bien-. Dijo escuetamente.
-Yo te veo fenomenal, estás guapísima-. Paula se sentía incómoda a su lado. Por fin llegó su bebida e hizo el amago de irse, pero Álvaro la paró poniendo una mano en su cintura.
-Paula, espera, me gustaría hablar contigo.
-Yo no tengo nada de qué hablar. Y suéltame-. La voz de Paula sonó firme, sin temblores.
-Pero ¡será hijo de puta!-. Gritó Alba al lado de todos sus amigos cuando vio a su hermana y a Álvaro juntos. Fue directa hacia ellos. -¡Ni se te ocurra volver a ponerle una mano encima a Paula!-. Alba le dio un manotazo al chico, que apartó enseguida la mano-. ¿Qué parte de no vuelvas a acercarte a mi hermana no entendiste?-. Alba estaba completamente fuera de sí-. Este local es mío y existe el derecho de admisión, así que ya te estás largando si no quieres que te eche a patadas.
-Alba, yo solo quería…
-Alba, ¿qué está pasando?-. Pedro y Marc se acercaron hacia sus chicas, seguidos por los demás.
-Hola chicos-. Dijo Álvaro sorprendido por encontrarlos, pues los conocía a todos.
-Hola Álvaro-.Lo saludó Pedro.- ¿Me pueden explicar qué pasa aquí?-. Miró a Paula directamente.
-¿Se conocen?-. Le preguntó Paula alarmada.
-Sí, Marc, Álvaro y yo somos amigos desde hace mucho tiempo, ¿porqué?-. Pedro veía que su chica estaba inquieta.
-Bueno chicos, yo me marcho. Paula, me ha gustado volver a verte-. Y Álvaro desapareció.
-¿Esto es una broma o algo así? ¿De verdad que ese desgraciado es su amigo?-. Alba estaba irritada-. Solo espero que ustedes no seancomo él-. Dijo señalando a Marc y a Pedro y se marchó con su irritación a otra parte. Marc la siguió sin entender qué había pasado.
- Pau, ¿estás bien?-. Le preguntó Raquel, a lo que ella afirmó-. No dejes que ese cabrón te amargue la noche. Hemos venido a divertirnos.
Volvieron todos a la pista de baile, a quemar el mal rato que habían pasado. Paula no se podía creer que Pedro tuviera un amigo como ese, aunque claro, seguramente no sabía lo que había pasado entre ellos.
-Paula, ¿vas a explicarme este numerito?-. Pedro le acariciaba las mejillas. Paula tomó aire.
-Verás Pepe, Álvaro es mi ex -. Dijo Paula del tirón. Los ojos de Pedro estaban desorbitados.
-¿Álvaro es tu ex?-. Paula afirmó-. ¡Joder! Esto parece un chiste de mal gusto-. Paula volvió a afirmar. Ahora la cabeza de Pedro no dejaba de dar vueltas y entendió porqué Paula empezó a imaginarlo a él y a su hermana. Eso le estaba pasando ahora a él, pero con ella y Álvaro. Y encima su novia era la ex de uno de sus amigos. Las coincidencias estaban llegando a un punto que se hacían imposibles verlas como tales y pasaban a formar parte de un maquiavélico destino.
Paula terminó su mojito de un trago y devolvió el vaso vacío a la barra. Se acercó a su chico y lo abrazo con fuerza. Levantó la cabeza y buscó sus labios, necesitaba besarlos. Los encontró fruncidos, pero al pasar su boca a su alrededor, se dejaron llevar por esa caricia que tanto ansiaban. Paula atrapó los labios de Pedro con seguridad, sus lenguas se encontraron, sus manos acariciaban el pelo de su nuca hasta que volvió a sonar una melodía que hizo que Paula moviera todo su cuerpo al compás de la música y arrastró a Pedro con ella. Sonrió.
Pasaron unas cuantas horas antes de volver a casa. Cuando lo hicieron, Pedro y Paula se metieron enseguida en la cama, acurrucándose el uno contra el otro. Pedro le acariciaba la espalda mientras pensaba en lo que había ocurrido esa noche con su amigo. Creía un poco desmesurada la actitud de Alba, pero comprensible puesto que Paula es su hermana y la protege. Pero ¿y la actitud de Paula? Tenía que saberlo.
-Pau, ¿duermes?-. Ella negó con la cabeza-. ¿Puedo preguntarte una cosa?-. Ella afirmó-. ¿Qué has sentido cuando has visto a Álvaro?-. Tenía miedo de la respuesta. Paula se irguió sobre el pecho de Pedro y encendió la luz. Lo miró fijamente a los ojos.
-Pepe, no voy a negarte que me ha sorprendido verlo, después de años, pero no he sentido nada. Creía que lo despreciaba, que era eso lo que realmente sentía, pero me he dado cuenta de que no es así, ya no. No quiero que le pase nada malo, pero es una persona que no me importa lo más mínimo. Qué él siga con su vida, que yo seguiré con la mía. Y la mía, ahora, eres tú-. Paula besó a Pedro con cariño.
-Por un momento he pensado que...-. Paula tapó los labios de su chico con su dedo índice.
-No voy a dejarte Pepe. Te amo-. Paula volvió a sellar sus labios con un beso-. Además, ¿crees que le dejaría el camino libre a la enfermera lagarta?
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Qué buen cap!!!! Me encantó!!!!!!!!!!
ResponderBorrarbuenísimo el capítulo,seguí subiendo...
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