domingo, 10 de noviembre de 2013

Capitulo 15

Pedro se había levantado pronto, o para ser más exactos, no había sido capaz de dormir esa noche. Cada dos horas se despertaba para comprobar que Paula estuviera bien. La veía dormir tan plácidamente que le parecía imposible creer por lo que había pasado. Cuando se despertaba, no podía evitar acariciarle el rostro y ella le respondía con un leve gemido. Señal de que estaba bien. No pensaba levantarla para ir a trabajar y él no iba a dejarla sola, así que ya cansado de estar en la cama sin poder pegar ojo y viendo que eran las siete de la mañana, fue a avisar al jefe de Paula y a su padre. Cogió el móvil de Paula para buscar el número de Javi. Lo encontró y logró hablar con él. Javi se preocupó por el estado de su secretaria y le dijo que no había ningún problema, que todos los días que necesitara de reposo que los hiciera. Luego llamó a Ricardo, que se alteró, al saber lo que le había pasado a su hija y por no haberlos avisado antes a él y a María. Ricardo le dijo a Pedro que se quedara con Paula, que no la dejara y que no se preocupara por las clases. Colgó el teléfono y se sintió mal por los padres de Paula. Se fue hacia la cocina y se preparó un café, aunque esa mañana necesitaría más de uno para mantenerse con los ojos abiertos. Vio el cesto de la ropa, lleno de prendas de su chica. Sacó varios jerséis, vestidos, pantalones y algunas prendas interiores y las metió en la lavadora. La puso en marcha y salió de la cocina cerrando la puerta para no molestar a Paula. Con su café en la mano, se sentó en el sofá y ojeó las noticias del día a través del portátil. Solo fue capaz de ojear las tres primeras páginas de un diario, pues sus ojos se negaron a seguir abiertos. Creía que se había quedado dormido unos minutos, pero cuando sonó el timbre de la puerta y consultó su reloj, pudo ver que había dormido varias horas. 
-Buenos días, Ricardo, María-. Saludó Pedro al abrir la puerta.
-¿Dónde está mi hija?-. Preguntó María.
-Todavía duerme. María, siento no haberos llamado antes, pero…-. Pedro intentó disculparse con ellos, pero María no los dejó.
 
-Mira Pedro, Paula sigue siendo mi hija y tú no tienes ni idea de todo lo que ha pasado. Y sí, ahora estás con ella, pero quién sabe, a lo mejor un día te cansas de ella y la dejas tirada igual que hizo el otro. ¿Y quién estará a su lado cuando eso pase? nosotros, sus padres. Así que no te disculpes, porque no acepto tus disculpas-. María le habló a Pedro realmente enfadada, y éste se quedó helado, sin decirle nada.
-María, cariño, cálmate, no le hables así-. Intentó poner paz Ricardo.

Paula se había despertado al oír el timbre de la puerta y cuando miró el reloj, se levantó despavorida, enfadada también con Pedro por no haberla llamado para ir a trabajar. Cuando salió de la habitación, con una camiseta de Pedro puesta, escuchó la bronca que su madre le había echado a su chico. ¡Mierda, mamá!
-Ma, pa, ¿qué hacen aquí?
-¡Oh, hija! ¿Cómo estás?-. Se abalanzó María a abrazar a su hija.
 
-Estoy bien, mamá-. Le dijo abrazándola-. Ahora mismo vas a venir conmigo a la cocina-. Le dijo Paula en un susurro tajante a su madre. Se separó del abrazo y saludó a su padre.
-¿Porqué no me has despertado?-. Le susurró en el oído a Pedro, cogiendo su cara entre sus manos.
-Tienes que descansar y no te preocupes, ya he avisado a Javi. ¿Cómo está tu cabeza?
-Mucho mejor-. Paula le besó tiernamente en los labios.
Cuando se separó de su chico, agarró del brazo a su madre y se la llevó a la cocina, a tener unas palabras muy serias con ella.
-Mamá ¿por qué le has hablado así a Pedro?-. El tono de Paula era serio.
-¿Qué le he dicho? ¿Cómo le he hablado?
-¡Joder mamá! Sabes de lo que te hablo-. Paula se irritaba.
-¡Hija, no me hables así!-. Dijo María asombrada.- Quizás tienes razón, no he debido decirle eso, pero estoy furiosa con él por no llamarnos anoche.
 
-No, no debiste hablarle así y mucho menos decirle que se cansaría de mí. Mamá, Pedro me quiere y yo lo quiero. Sé que debimos avisaros antes, pero no queríamos preocuparos por nada. Así que ahora, vas a ir al salón y te vas a disculpar con él-. Paula habló a su madre con más calma.
-Soy tu madre y siempre me voy a preocupar por ti-. María le dio un abrazo a su hija-. Y voy a disculparme con él.
 
Ambas salieron de la cocina y se plantaron en el salón. Los dos hombres estaban sentados en el sofá, mirando las noticias que Pedro no había podido ver esa mañana. Cuando las vieron entrar, las miraron con cara de pocos amigos, pues a saber lo que habían hablado esas dos. Eran peligrosas cuando se juntaban y con María enfadada podía pasar cualquier cosa. Paula empujó a su madre hacia su chico. María quedó a su lado, sentada, mirándolo a los ojos.
-Oye, Pepe, quería disculparme por lo que te he dicho. Estaba enfadada y no tenía ningún motivo para faltarte el respeto y menos en tu casa-. Las palabras de María fueron sinceras.
-No importa María, no tienes que disculparte. Entiendo que estés enfadada, ayer fue un mal día y….-. María no lo dejó terminar. Se abrazó a su cuello. Y Pedro la abrazó sin saber muy bien si debía hacerlo o no.
-Eres un chico maravilloso, la mejor persona que podía haber encontrado mi hija. Cuídamela, por favor-. La voz de María fue un agradable susurro en el oído de Pedro.

Los padres de Paula se fueron, dejándolos, por fin, a los dos solos en casa. ¡Vaya mañana más movidita! Paula se abrazó a su chico. Necesitaba su calor.
-¿Te preparo un café?-. Le dijo Pedro, besando su maltrecha cabeza. Paula afirmó.
Paula se tomó su café mientras Pedro recogía la ropa de la lavadora y la metía en la secadora. Paula se dio cuenta de que había puesto una lavadora solo con su ropa. No se le escapaba ningún detalle. Sabía que no tenía ropa limpia en su casa y ayer no pudo coger nada de su piso. Pero si a él no se le escapaba ningún detalle, a ella tampoco.
 
-Pepe, ¿has dormido algo? Te veo cansado-. Paula acariciaba las mejillas de su chico.
-No mucho. Me he pasado toda la noche viéndote dormir. Estaba preocupado por ti.
 
-Pepe, me encuentro bien. Por favor, deja de preocuparte tanto por mí-. Paula besó sus labios-. Por cierto, ayer no me presentaste a tu enfermera.
-¿Mi enfermera?-. Pedro la miraba como si no supiera de qué le hablaba.
 
-Sí, la que nos atendió en el mostrador de urgencias. ¿No te diste cuenta como se te insinuaba?-.Paula imitó a la enfermera lagarta.
-Pau, para-. Pedro reía-. Rebeca no es mi enfermera.
-¿Rebeca? Vaya, conoces su nombre-. Paula sonaba irónica.- Pues Rebeca tiene ganas de volver a follar contigo. Sé que te la has tirado, las mujeres vemos eso.
-Pau, por favor, no empieces….
-Sólo lo digo porque me gusta que dejes esa huella en las mujeres. Pero ahora perteneces a una, a mí, y solo te acuestas conmigo-. Paula beso el cuello de Pedro.
-Y me vuelve loco estar dentro de ti.
Pedo cogió el rostro de Paula con sus manos y comenzó a devorarle los labios. Bajó sus manos hasta sus nalgas, las agarró con fuerza y subió a  Paula hasta sus caderas. Ella le acariciaba el pelo, sin separarse de sus labios. Pero caminó con ella encima hasta llegar a su cama. La tumbó boca arriba, con mucho cuidado y le subió la camiseta. Su camiseta. Dejó sus pechos descubiertos, pero sus labios continuaban pegados a los de ella.
Pedro se separó entonces de su boca y la miró a los ojos, que le pedían que tomara su cuerpo. Paula rodó en la cama con Pedro hasta dejarlo atrapado entre sus piernas, con la espalda pegada al colchón. Se quitó la camisa, lo despojó a él de la suya y, muy despacio, le bajó los pantalones del pijama hasta desprenderse de ellos. Él se quedó completamente desnudo y ella solo llevaba las bragas. Pedro ascendió con sus manos hasta los pechos de ella, rozándolos, pellizcando los pezones con sus dedos. Se irguió y quedó sentado en la cama, apoyado en la pared y con ella en su regazo. Volvió otra vez a los pezones, lamiéndolos con énfasis. Mientras su boca estaba ocupada, sus manos buscaron la única prenda que le quedaba a Paula.
Mientras la boca de Pedro jugaba con sus pezones, su mano derecha buscaba su sexo, que lo encontró muy excitado, demasiado húmedo para que pudiera aguantar mucho tiempo más sin ser satisfecho. Se divertía con su clítoris y le encantaba ver como su chica gimoteaba de gusto. Ella arqueaba su cuerpo hacia atrás para que su chico tuviera mejor manejo de la situación. Dejó todo su cuerpo a su entera disposición. Y lo que disponía Pedro era introducirse en su interior. Así que sin más rodeos, buscó un preservativo, se lo puso donde correspondía y en ese momento fue Paula la que se lo introdujo con suavidad, sintiendo como se deshacía su alma entre tanto placer. Se movió encima de él, hacia arriba y abajo, con un ritmo lento, obsequiándole con cada envestida la cercanía al clímax.
-Me gusta cómo te mueves, peque. Sabes cómo volverme loco…. ¡Oh, joder!-. Pedro se perdió dentro de Paula.
Paula también se volvió loca cuando Pedro se corrió y ella fue detrás de él. Se quedó abrazada a su chico, con la cabeza descansando en su hombro.
 
-No me extraña que la enfermera lagarta quiera volver a revolcarse contigo-. Paula mordisqueaba su cuello.
-¿¡La enfermera lagarta!?-. Pedro rió con ganas-. ¿Estás celosa?
-¡Para nada! Solo disfruto de lo que ella no tiene. Además, perderías con el cambio-. Paula le lanzó una mirada seductora.
-Ni loco te cambio por ella. Ni por ninguna otra-. Pedro cogió sus labios con los suyos, con un beso íntimo.
-¿Me acercas al trabajo?-. Le dijo Paula tras recuperarse del beso.
-No vas a ir a trabajar, tienes que descansar -. El tono de Pedro era dulce.
-Pepe, estoy bien, en serio. Necesito ir al despacho, tengo trabajo y he de seguir con mi rutina.
Vale, no iba a llevarle la contraria, así que se salía con la suya. Pedro sabía que se encontraba bien y accedió a llevarla a su trabajo. Le dio un beso en los labios antes de separarse de ella y fueron a asearse. Pedro volvió a la habitación para vestirse y Paula sacó de la secadora una de sus camisas y un pantalón.
Durante los minutos que duró el camino hasta el trabajo de Paula, Pedro no paró de decirle que lo llamara enseguida si se encontraba mal, que la llevaría a casa y que él se quedaría con ella. Paula no dejaba de decirle que estaba bien.
 Aparcó el coche cuando llegaron y acompañó a Paula hasta la misma puerta de su oficina. Se despidieron hasta la tarde y Paula desapareció en el ascensor. Abrió la puerta y allí estaban sus compañeros, sorprendidos pero encantados de verla.
-¡Pau, qué alegría verte! ¿Cómo te encuentras?-. Le preguntó Javi abrazándola. Sus compañeros también quisieron participar de ese abrazo-. Me llamó esta mañana Pedro y me dijo que no vendrías.
-Buenos días, chicos. Estoy muy bien. Creo que fue más el susto que otra cosa. Tengo un pequeño chichón en la cabeza, pero me encuentro genial. Y Pepe, pues, no le hagas mucho caso, se preocupa en exceso.
 
-Se preocupa porque te quiere, igual que nosotros-. Le dijo Helena. Por cierto, ha llamado tu amiga Raquel, que al parecer no sabía nada de lo que te había ocurrido.
 
-¡Mierda, Raquel todavía tiene cosas en mi casa! Enseguida la llamo.
-Pues cuando lo hagas, si quieres, puedes acompañarme al colegio. Hoy empiezan las obras-. Le dijo Javi y Paula aceptó ir con él.
 
Los tres jinetes dejaron sola a Paula en su mesa y se fueron a sus despachos. Ella cogió el teléfono y habló con Raquel. Le explicó lo sucedido y quedaron en que cuando pudiera entrar en casa, Raquel iría con ella, pues quería mirar si le había robado algo ese cabrón. Quedaron en verse esa noche para la clásica cena de los viernes con sus compañeros. Ahora le faltaba convencer a Pedro para que fueran. Eso lo haría más tarde. Necesitaba llamar a su madre para decirle que había ido a trabajar. La había encontrado también muy preocupada por ella esa mañana y quería tranquilizarla. De nuevo. ¡Qué difícil es convencer a una madre de que su hija está bien!
 
Pedro llegó al centro escolar y se encontró a Ricardo y a Fran hablando con los trabajadores de la obra. Con todo lo que había pasado, se le había olvidado por completo que empezaban hoy. Ricardo dejó a los paletas en el gimnasio y se fue con Fran y Dani hacia el otro lado del colegio. Ricardo puso a Fran al corriente de lo sucedido la noche anterior.
 
-¿Has dejado sola a Paula?-. Preguntó Ricardo.
-Ha querido ir a trabajar, así que la he dejado allí.
 
En ese momento aparecieron por la puerta Javi y Paula. Pedro salió corriendo a abrirles, temiendo que le pasara algo a su chica.
 
Después de saludarse, los cinco se fueron hacia la parte del gimnasio. Javi habló con el jefe de la obra. Quería saber cuántos obreros llevarían a cabo ese proyecto, por dónde iban a empezar y el tiempo que tenían previsto de duración del trabajo. Pedro estaba pendiente de las palabras del jefe, pues él era el principal implicado que no podía utilizar ese servicio. Todavía les quedaba mucho material por retirar del antiguo gimnasio, así que Javi y Paula decidieron marcharse y dejarlos hacer su trabajo.
 
-Nos vemos más tarde-. Pedro le dio un breve beso en los labios de su chica.
- Adiós Fran-. Besó la mejilla de su amigo-. Los espero esta noche en la cena.
 
-Claro, allí estaremos.
-Eh, un momento, ¿qué cena?-. Preguntó Pedro.
-La de los viernes, con los de la oficina y con Fran y Raquel-. Sonrió Paula a su chico.
-¿Y cuándo pensabas decirme que ibas a ir?
-Ya lo he hecho. Y vamos a ir-. Paula le guiñó un ojo a Pedro.-. Hasta luego-. Y Paula se fue.
-Veo que hace contigo lo que quiere-. Dijo Fran gracioso, agarrado al hombro de su amigo.
-¡Ya te digo!-. Ambos rieron.
Una vez dentro del gimnasio se dispusieron a retirar el material de la clase, pero una voz hizo que Pedro se detuviera y se girara extrañado.
-Su novia es una chica muy guapa-. Le dijo la voz de uno de los obreros.
-Sí, lo es-. Fue lo único que logró decir. “¿A qué venía aquello?”

Tal como Paula y Javi llegaron a la oficina, bajaron a comer junto con la pareja de arquitectos. Cuando llegaron al bar, se encontraron con que Raquel ya estaba aguardándolos en la mesa para degustar el menú del día.
 
-¡Corazón! ¿Cómo estás?-. Preguntó tras abrazar a su amiga.
Se sentaron todos a la mesa y volvió a explicar lo que le había pasado. Suerte de que Pedro estaba con ella y se impacientó al ver que tardaba mucho en bajar.
 
-Es que los hombres son muy impacientes-. Soltó Helena.
 
-Son ustedes que tardan mucho. ¿O te recuerdo el rato que te pasas en el baño para acicalarte?-. David utilizó su tono burlón.
-David tiene razón. ¿Para qué necesitan tanto tiempo? Si son guapísimas tal y como son-. Sentenció Javi-. Pero en este caso, ser impaciente resultó ser algo bueno-. Todos afirmaron con la cabeza, pues Javi tenía razón.
Estuvieron dos horas comiendo en el bar alargando la sobremesa con el café y hablando de diversos temas. Se despidieron todos de Raquel al salir del establecimiento, que quedó con Paula en pasar a buscarla a ella y a Pedro por casa de éste último.
 
Al subir al despacho, Javi que estaba de buen humor, consecuencia de la copita que se había tomado después del café, les dijo a Helena y a David, que se fueran a casa. Se plantó delante de la mesa de Paula.
 
-Paula, no apalanques el culo en la silla que nos vamos para casa.
-Pero si acabamos de llegar.
-¿Vas a discutir con tu jefe?-. Paula le respondió negativamente-. Pues llama a Pedro para que venga a buscarte.
 
Descolgó el auricular del teléfono que había sobre su mesa y marcó el móvil de Pedro, que contestó a la tercera llamada.
-Hola preciosa, ¿Estás bien?
-Sí, estoy bien, es mi jefe el que está mal de la azotea. Nos ha dicho que podemos irnos a casa, así que ¿puedes venir a buscarme?
-Claro que voy a buscarte. Enseguida estoy en tu oficina. Te quiero. Adiós.

Pedro guardó su teléfono en el bolsillo de su pantalón y le comentó a Fran que se marchaba a buscar a Paula y se quedaría con ella en casa hasta la hora de cenar, que irían juntos al restaurante. Salió del cole y se metió en el coche. Tardó diez minutos en llegar a la oficina de su chica y tuvo suerte de encontrar un sitio para aparcar. Le apetecía muchísimo estar en casa con Paula.
 Se encontraba cansado y si no echaba una cabezadita, esa noche estaría inservible. Tampoco había comido y no sabía si tenía más sueño que hambre. El ascensor se paró en la planta del despacho y antes de poder picar al timbre, la puerta se abrió.
-Hola Pepe-. Dijo Helena, saludándolo con un beso y David le estrechó la mano-. Pasa, tu chica está dentro. Nosotros ya nos vamos. Nos vemos en la cena. Hasta luego.
Pedro se despidió de la parejita y entró en el despacho. No encontró a Paula en su sitio, la buscó en la sala contigua y nada. La vio aparecer al final del pasillo con Javi. Bajaron los tres hacia la calle y se montaron en sus coches.
 
-Voy a prepararme algo para comer ¿tú ya has comido?, -. Le preguntó Pedro a Paula cuando llegaron a casa y se metieron en la cocina.
-Sí, ¿tú no has comido todavía?-. Pedro negó con la cabeza-. Déjame anda, ya te preparo algo.
-De eso nada, tú descansa-. Pedro la cogió en brazos-. ¿Dónde? ¿En la cama o en el sofá?
-Puedes dejarme aposentado aquí, en uno de los taburetes-. Señaló los asientos.
 
-¿Me dejas ver tu chichón?-.Preguntó Pedro cariñoso, a lo que su chica le hizo un gesto afirmativo con la cabeza-. Está mucho mejor, ha bajado la inflamación-. Y besó con cuidado ese pequeño bultito.
-Está mejor gracias a ti, a tus cuidados, a tus mimos-. Paula le dedicó una mirada sincera.
-Lo único que sé hacer es cuidarte, mimarte y quererte y estoy dispuesto a ofrecerte todo lo que necesites-. Pero acunó su rostro y la besó.
 
Se separó de ese beso y fue hacia la nevera a coger un tupper que tenía lleno de arroz con verduras, un plato que se preparó días atrás. Lo vació en un plato y lo metió unos minutos en el microondas. Del congelador sacó una pequeña bolsa de hielo, la envolvió en un paño y se la puso a Paula en el golpe que tenía en la cabeza. Ella la sostuvo mientras que Pedro comía. Cuando terminó de comer, se fueron hacia la habitación a dormir antes de la hora de la cena.
Él se tumbó de lado, pegando su pecho a la espalda de Paula, arropándola con sus brazos y hundiendo su cara entre su cabello. Ella acariciaba sus manos y se aferraba a sus dedos. Conciliaron el sueño enseguida. 

Paula se despertó de su siesta pasadas dos horas, según consultó su reloj de pulsera. Ambos seguían en la misma posición y ella mantenía las manos de Pedro entre las suyas. Quería moverse pero sin despertarlo, así que muy despacio se deshizo del abrazo que mantenía sus manos unidas. Estaba profundamente dormido, no se había enterado de nada. Paula sonrió. La mano de Pedro reposaba inerte sobre el colchón y Paula no pudo contenerse, la levantó hasta sus labios y la besó dulcemente. Realmente tenía unas manos perfectas, como todo lo que había en él. Paula se giró poco a poco en la cama, hasta quedar frente a su chico. Su rostro estaba completamente relajado y dormía plácidamente, cómo un niño pequeño. Su niño, tan guapo, tan seguro de sí mismo, tan cabezota, tan protector y a la vez tan vulnerable.
 Sí, era vulnerable y sabía que la culpable de su vulnerabilidad era ella. Paula se había enamorado de él como nunca pensó que podría hacerlo. Pedro se lo entregaba todo, todo lo que tenía, todo lo que era. Todo. Y había aprendido a vivir con eso, ya no le asustaba sentir, sino todo lo contrario, quería más, quería besar más sus labios, quería sentirlo más, quería abrazarlo más, quería pasar más de una vida con él. Quería sentir que alguien podía quererla sin juzgarla, sin que su pasado le oscureciera su presente. Y ese había sido Pedro, aunque todavía no sabía toda su vida. Pero no iba a darle mucha importancia a eso. Ahora no. Ahora estaba con él y bastante se había preocupado ya por ella. Le rompía el alma verlo angustiado por ella. Dejó que sus malos pensamientos se disolvieran y se centró en el rostro de su chico. Tenía el pelo alborotado, como siempre lo llevaba. Sus ojos ahora descansaban, pero le gustaba cómo la miraban, cómo si pudieran ver en su interior, cómo si en cada minuto supieran lo que estaba pensando. Su nariz era perfecta, siempre inhalando todo su aroma. Sus orejas eran pequeñitas, pero no por eso se perdían ni una sola palabra que ella pronunciaba. Siempre estaban dispuestas a escuchar sus quejas, sus risas, sus llantos, sus groserías. Y luego estaba su boca, tan llena de palabras sinceras, de palabras que apaciguaban su dolor, de palabras llenas de amor, de palabras sensuales. ¿Y sus labios? Ufff..., esos la volvían majareta.
Cuando los besaba el tiempo se detenía y hacía que se perdiera dentro del sabor de Pedro y es que esos labios la transportaban a un lugar donde nunca había estado, donde siempre había tenido las puertas cerradas y ahora se le abrían de par en par para que solo ella entrara. Un lugar especial, un lugar seguro y un lugar hecho para ella. Y ese lugar era el corazón de Pedro. 
Habían pasado algunos minutos desde que se había quedado fijamente mirándolo y él no había movido ni un solo músculo, seguía imperturbable en su sueño. A Paula se le dibujó una sonrisa llena de dulzura en los labios y rozó el rostro de Pedro con sus dedos. Tenía la piel suave y estaba llena de sus besos, de sus caricias. Paula corrió un poco el nórdico que los tapaba y vio el cuerpo casi desnudo de su pareja. Se mordió el labio inferior. Era un chico con un cuerpo impactante, no le faltaba ni le sobraba nada, todo bien moldeado, y todo en su sitio. ¡Estaba como dios! ¡Mira que está bien hecho! Sus padres se esmeraron en hacer bien a su hijo pequeño. ¡Joder, ya lo creo! ¿Cómo no iba a caer ante tal tentación? ¡Madre de dios, Paula, para! ¡Contrólate! Vale, me controlo. Y respiró hondo. Y se calmó. Tocó la punta de la nariz de Pedro con su dedo índice y le gustó ver cómo se chafaba. Así que lo volvió a hacer otra vez, otra vez y una vez más, hasta que Pedro gimió y atrapó su malvado dedo con su mano. Abrió pesadamente los ojos y vio como su chica lo estaba observando con una alegre sonrisa.
 
-Pau, ¿qué pasa? ¿Te encuentras mal?-. Preguntó Pedro somnoliento.
-No, estoy perfectamente.
-Entonces, ¿por qué me despiertas?-. Los ojos de Pedro volvían a cerrarse.
-Por qué no tengo sueño y estoy aburrida.
 
-Ah, y cómo tú no puedes dormir yo tampoco, ¿no?-. Paula se asustó ante el tono serio de Pedro.
-Perdona Pepe, no quería despertarte-. Le dio un pequeño beso para disculparse.
-No pasa nada, pero déjame dormir un ratito más, por favor-. Pedro se dio la vuelta y quedó de espaldas a ella.
 
Paula se maldijo por haberlo despertado. Lo abrazó por la espalda y se quedó quieta, sintiendo su respiración. Comenzó a darle pequeños besos cariñosos en el cuello, en los hombros y Pedro entendió que se había acabado su siesta. Entreabrió los ojos al notar los labios de Paula en su cuerpo y agarró la mano que lo abrazaba y la besó.
 
-Nunca voy a dejar de quererte-. Le susurró Paula.
 
Pedro abrió los ojos de golpe y se giró en la cama para poder ver el rostro de Paula. La miró durante unos segundos y le puso una mano en la frente, como si le estuviera tomando la temperatura.
-¿Qué haces?
-¡Ay, dios mío!-. Pedro se llevó las manos a la cabeza-. Voy a llevarte de nuevo al hospital. Ese golpe en la cabeza te ha dejado peor de lo que estabas-. Pedro se puso de rodillas sobre el colchón y se inclinó para cogerla en brazos.
-¡No seas payaso!
-¡De verdad, que te ha debido fundir algún cable! Eso de que seas cariñosa conmigo es digno de estudio-. Dijo haciéndose el gracioso. Pero no funcionó.
-¿No soy cariñosa contigo?-. Le preguntó con tristeza en los ojos.
Pedro la miró sorprendido. ¿Cómo podía preguntar aquello? La depositó en la cama, quedando frente a él. Cogió sus manos y las agarró fuerte, pasándolas por encima de la cabeza de ella, reposando sobre los cojines.
-Claro que lo eres peque y me haces muy feliz-. Besó sus labios, despacio.- ¿Tenemos tiempo de magrearnos antes de la cena?-. Preguntó Pedro cuando se separó de los labios de su chica, que miró el reloj.
-Tenemos un par de horas-. Le insinuó sensualmente.
Volvieron a besarse con anhelo. No recordaban haber hecho el amor después de una siesta, pero cualquier hora era buena para sentir el deseo del otro. Pedro despegó sus labios de los de ella y los bajó, muy lentamente por su cuerpo. Empujó la cabeza de Paula hacia atrás y empezó a lamerle el cuello. Ella gimió. La siguió degustando por la parte de sus pechos, chupando sus pezones hasta que respondieron de una manera seductora. Paula volvió a gemir de placer. Lamió su esternón, sin dejarse un centímetro por saborear. Se entretuvo más de la cuenta en esa zona de su cuerpo y Paula se quejó eróticamente.
-Pepe, por favor, sigue hacia abajo.
Y Pedro, que sonrió satisfecho, pues lo había hecho aposta, hizo lo que le mandó. Encontró el sexo de su chica reclamándolo con urgencia y él lo probó como si fuera la primera vez que lo hacía. Primero cató sus labios sedosos, con paciencia, rozándolos con la punta de su lengua, esa lengua juguetona que a Paula la estaba poniendo a mil. Y esa misma lengua se paseó por todo su canal ya empapado por un sabor exquisito. Se movía al compás de sus lengüetazos y decidió que era hora de que sus dedos entraran en acción. Primero introdujo uno, a lo que ella respondió con un gemido de lo más sensual y con el segundo dedo creyó que su peque se rompería allí mismo.
-No hagas eso, para, no joder, no pares…
El deseo de la voz de Paula hacía que Pedro se pusiera todavía más duro y no podía soportarlo más. Sacó sus dedos del interior de su chica y la penetró enseguida. Cerró los ojos para dejarse llevar por el placer que le reproducía el poder sentirla sin que se interpusiera nada entre ellos. Se recostó sobre sus brazos para no chafarla y le devoró los labios a la vez que se movía dentro de ella.
 
-Me vuelvo loco cada vez que te siento
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-¿Nos damos una ducha antes de irnos?-. Pedro asintió.
Pedro lavaba el cabello de Paula con cuidado de no dañar su pequeño golpe, acariciando su cabeza con suavidad. Paula tenía los ojos cerrados, dejándose llevar por ese masaje. Cuando Pedro terminó con su cuero cabelludo, cogió la esponja, la impregnó de gel y comenzó a lavarle el cuerpo, recreándose en las partes más sensibles de su chica.
-Pepe, como sigas así no vamos a salir de casa.
-Por mí, no hay ningún problema, podemos quedarnos aquí toda la noche-. La sonrisa pícara de Pedro dejaba entrever sus intenciones.
-Pepe, tengo que decirte algo.
-Dime-. Le dijo ayudándola a salir de la bañera.
-Tenía que habértelo dicho antes, pero con esto del robo no he encontrado el momento.
-Pues ahora es un buen momento, así que dispara.
-Quería decirte que acepto tu invitación de vivir juntos. Cuando pueda regresar a mi piso y coger todas mis cosas, me instalo contigo, aunque no sé si tu vestidor será lo suficientemente amplio para meter toda mi ropa-. Paula sonrió pero al ver el rostro serio de Pedro se puso tensa. ¡Mierda! ¿Por qué tiene esa cara? Claro, ¡qué cara va a tener si has tardado un siglo en contestarle!
-¿Cómo te has quedado sin casa ahora quieres vivir conmigo?-. Pedeo le estaba tomando el pelo, pero ella no lo vio así.
-Si ya no quieres vivir conmigo sólo tienes que decírmelo, pero no pienses que te lo digo porque no tenga donde caerme muerta-. Paula se había enfadado y se dispuso a marcharse del baño, pero Pedro la agarró del brazo.
-¡Eh, para! Pau, era broma, no quería enfadarte, perdóname-. Pedro le hablaba fijamente a los ojos-Lo siento peque. Y sí, quiero que vengas a vivir conmigo, es lo que más deseo-. Pedro le rozó las mejillas y besó sus labios-. Paula, ¿qué te ocurre? ¿Porqué todo lo que te digo lo tomas a mal?
-Tienes razón, Pepe, lo siento-. Paula se abrazó a él-. Creo que lo que has dicho que tengo un cable fundido es cierto-. Pepe se separó del abrazo y miró su cara, que dibujaba una leve sonrisa-. Estoy un poco asustada con lo que ha pasado.
-No estés asustada peque, no tengas miedo. Lo que ha pasado ha sido un accidente sin más, y verás como pronto recuperas tu casa-. Pedro volvió a abrazarla.
Paula sabía que lo que había pasado no había sido un accidente sin más. Tenía un mal presentimiento, pero no sabía por qué. Pero ahora iba a disfrutar de ese abrazo y no quería pensar en nada más.
 
Pedro besó su pelo mojado y con ella de la mano se fueron a la habitación para vestirse para la cena. Paula volvió al baño con la ropa puesta a secarse el pelo. Pedro se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida en su boca, viendo como su chica terminaba de acicalarse. Cuando acabó, guardó el secador en el cajón y al salir del baño Pedro atrapó su cuerpo fuertemente contra el suyo y besó deseoso sus labios.
 
-¡Uau! Creo que me secaré el pelo más a menudo-. Dijo ella divertida.
-Y ahora, ¿quién es la payasa?-. Le preguntó él, también con tono divertido.
-Todo lo malo se pega-. Paula le guiñó un ojo y besó la punta de su nariz.
Escucharon el interfono. Eran Fran y Raquel que pasaron a buscarlos. Se subieron al coche de Fran y se dirigieron hacia el restaurante de Pietro. Cuando se disponían a entrar en el establecimiento, el móvil de Pedro sonó. Era su cuñada Lorena. Lo llamaba para avisarle de que ya habían acabado el trabajo en casa de Paula y que si quería, mañana podía regresar a su apartamento, aunque estaba destrozado. No había nada que sirviera, todo estaba roto. Colgó el teléfono y les comentó a Paula y a Raquel la noticia. Una vez dentro del restaurante pudieron ver la enorme mesa que Fabiola había preparado para todos, pero había dos sillas vacías. Enseguida supo Paula a quienes pertenecían. Su hermana Alba y Marc llegaron unos minutos más tarde. Alba abrazó a su hermana, pues se había enterado por sus padres de lo que le había pasado. Paula hizo las presentaciones oportunas, pues había comensales que no se conocían. Una vez hecha las presentaciones comenzaron a cenar y entre bocado y bocado hablaron de diversos temas, pero el principal fue la fiesta de la discoteca de Alba. Estaba muy ilusionada con esa fiesta pues después de diez años con el negocio y en los tiempos que corrían, era toda una proeza que se mantuviera al pie del cañón. Salieron a la frialdad de la noche cuando terminaron la cena y se quedaron hablando un rato más allí, en la calle. Se despidieron de todos hasta la noche siguiente, a excepción de Raquel y Fran que los acercaron a casa. Paula quedó con ella para el día siguiente, después de comer e ir a recoger las pocas cosas que hubieran quedado intactas y poner la denuncia. Entraron en casa y Paula se desnudó con prisas, tirando su ropa por el suelo y se metió en la cama. Pedro la siguió y se acurrucó junto a ella.
 
-Abrázame fuerte por favor-. Le pidió Paula. Y Pedro encantado.
-¿Me acompañarás mañana a buscar mis cosas?-.Preguntó Paula con la cara oculta en su cuello.
-Claro que sí, no voy a dejar que vayas sola.
-¿Qué he hecho para merecerte?
-Dejar que me enamorara de ti. Dejar que te quiera-. Pedro acarició con el pulgar sus labios y los besó con todo el amor que sentía por ella.
 
- Y yo, ¿Qué he hecho para que estés conmigo?-. Susurró él.
-Quererme-. Respondió ella sin dudarlo, mirándolo fijamente-. No sé qué has hecho conmigo pero me haces sentir especial. Haces que mis miedos no sean tan espantosos. Haces que todo valga la pena. Te amo Pedro.
-Yo también te amo Paula-. Sellaron sus labios con un dulce beso.
-¿Me seguirás queriendo cuando esté completamente instalada en tu casa e invada todo tu espacio? Mira que sigo pensando que tu armario es pequeño para los dos-. Dijo sonriente.
Paula estaba encima del pecho de Pedro, abrazándolo y él le tocaba el pelo con suavidad y con el otro brazo le arropaba la espalda. Cuando notó que la mano que acariciaba su pelo dejó de hacerlo, supo que su chico se había rendido a Morfeo.
 

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