viernes, 1 de noviembre de 2013

Capitulo 13

Paula se despertó del sofá. Se había quedado dormida con la ropa puesta. Había estado en una posición un tanto incómoda y su cuello era la víctima. Empezó a moverlo de un lado a otro despacio y masajeándoselo. Se sentó sobre los cojines, recordando lo que había pasado unas horas atrás. Pedro no estaba con ella en el salón. Se levantó y fue a buscarlo al dormitorio, pensando que lo encontraría allí, dormido. Pero para su sorpresa, estaba en la terraza, sentado en el borde de una de las tumbonas, tapado por otra manta y…fumando. ¿Otra vez? ¿Por qué ahora fumaba tanto? Abrió la puerta y fue a su encuentro. Se paró delante de él, que daba la última bocanada a su tercer cigarrillo de esa noche y se puso de rodillas, acariciando sus muslos con las manos. Miró su cara. Tenía una expresión de preocupación y tristeza que junto a sus ojos enrojecidos desvelaban a Paula que había estado pensando en lo que le había contado. Acarició su rostro. Estaba helado.
-Pepe, no pienses en ello. Estoy aquí, contigo-. La voz de Paula fue un susurro suave.
-No puedo evitarlo. Haría cualquier cosa para sacar toda esa mierda de tu vida. No te mereces nada de eso-. A Pedro le resbaló una lágrima por su mejilla, sin importarle que Paula la viera.
-No, Pepe, por favor, no hagas eso-. Paula se levantó del suelo y se sentó encima de sus piernas, abrazándolo tiernamente. No soportaba verlo así, llorando y mucho menos que el motivo fuese ella.
 
Pedro ocultó su cara en el pecho de Paula y la abrazó dulcemente. El hecho de poder sentir el calor de su piel, los latidos de su corazón tan cerca del suyo, lo ayudaban a calmarse y a corroborar que ella estaba con él.
-Hace una noche preciosa-. Dijo Paula mirando las estrellas del cielo.
-Tú eres preciosa-. Pedro le susurró al oído, mientras con su nariz acariciaba el cuello de Paula muy lentamente.
-Vámonos a la cama.
Paula se levantó y tendió sus manos a Pedro, que las acarició y besó. Se dejó guiar por ella, eso sí, sin separarse de su cuerpo al que se había abrazado de nuevo. Llegaron a la habitación y Pedro paseó sus labios alrededor del cuello de Paula. Sintió como la piel se le erizaba y la agarró por la cintura para darle la vuelta. Fue a darle un beso en los labios, pero ella se apartó.
-No me gustan tus besos cuando saben a tabaco-. Pedro gruñó y se fue hacia el baño a lavarse los dientes.
Ese momento fue cuando Paula aprovechó y se quitó la ropa. Retiró el nórdico que descansaba sobre la cama y se metió debajo, dejando su cuerpo desnudo arropado por él. Esperó allí hasta que Pedro apareció de nuevo y se descubrió, quedando expuesta ante él, invitándole a entrar y jugar con ella. Él accedió encantado. Tardó menos de un suspiro en quitarse la ropa. Se subió a la cama y se colocó encima de su cuerpo, apoyándose con sus brazos y sus piernas en la cama. Paula acunó su rostro y besó sus labios suavemente, saboreando todos los sentimientos que Pedro le ofrecía con su boca. Reclinó su cabeza en la almohada y dejó que él la magreara a su antojo. No iba a poner pegas a lo que él quisiera hacerle. Cada poro de su piel lo necesitaba, lo reclamaba a gritos, y eso él lo sabía. Así que no demoró mucho sus caricias. Sus labios recorrieron sus pechos, besando, lamiendo y torturándolos. Paula emitió un gemido tan placentero que Pedro volvió a coger su boca para atraparlo. Siguió besándola, lentamente, fundiéndose en sus labios, envolviéndola en un alo de ternura que sólo él era capaz de ofrecerle. Continuó aferrado a sus labios, no quería soltarlos, pero su calor corporal iba aumentado, así como su erección y no tenía más alternativa que abandonarlos durante unos segundos. Rasgó el papel y colocó la protección en su miembro. Paula sonrió y volvió a cogerle de la cabeza, esta vez para mirarle. Estaba atrapada en sus ojos, en sus labios, en sus brazos y no quería escapar. Quería perderse en su mirada, en sus besos, morirse entre sus abrazos. Y Pedro captó el mensaje, y la besó desesperadamente, atrapando su cara con sus manos y penetrándola. Paula arqueó el cuerpo cuando lo notó entrar. Pedro sabía hacerle el amor de una manera en la que no sólo se entregaba sexualmente, sino que le confiaba su cuerpo, su alma, su corazón y su vida. Y esa noche le conmovía la forma en que se lo demostraba. Se movía dentro de ella, despacio, con suavidad, prolongando el placer para que así fuera más intenso. A Paula le volvía loca esa forma que Pedro tenía de entregarse. Levantó la cabeza y observó sus ojos, oscurecidos por el deseo, por la lujuria, por la pasión descontrolada que sentía cada vez que se impregnaba de ella. Paula se balanceaba contra las caderas de Pedro, curvando más su cuerpo, invitando a que los dedos de Pedro castigaran su clítoris. Él no la hizo esperar y con una mano comenzó a rozar esa parte tan sensible. Con cada caricia de sus dedos, con cada arremetida en su sexo sentía que su destino estaba cerca.
 
-¡Oh, Pepe…!
Se fundieron en ese mismo momento. Pedro se quedó encima de ella, respirando con dificultad y mirándola a los ojos. Ella le sonrió, acariciando sus brazos e intentando calmar su ritmo cardiaco. Pedro le devolvió la sonrisa y se agachó hacia su cuerpo, enterrando la cabeza en su cuello. Paula sentía como el aliento de Pedro se acompasaba con el suyo. Eran las tres de la mañana y al día siguiente tenían que levantarse temprano para trabajar. Iban a dormir más bien poco.
 
-Buenos días, preciosa-. Le susurró Pedro al oído.
-Déjame, quiero dormir-.Paula respondió atontada, tapándose la cabeza con uno de los cojines.
-Vamos, arriba perezosa-. Pedro le quitó el cojín y se sentó en la cama, a su lado para hacerle cosquillas.
 
Paula se revolcaba en la cama, no podía parar de reír. Eso de tener cosquillas no era nada bueno y menos teniendo a tu lado a un hombre como Pedro, que sabía mover sus dedos como nadie. Tuvo que rogarle durante un rato que parase de hacerle cosquillas, hasta que al final lo consiguió. Se había levantado de buen humor, y eso que sólo habían dormido cuatro horas, aunque viéndolo así de contento, se diría que las pocas horas de sueño las había aprovechado. No parecía haber ningún rastro de lo sucedido esa noche, pero por muy contento que pareciera, tenía dibujado el cansancio en su rostro. Paula podía verlo en sus ojos.
 
-He preparado café y tostadas. Vístete y ven a desayunar conmigo-. Se marchó, no sin antes darle un cálido beso en los labios.
 
No se había fijado antes, pero él ya estaba vestido. ¿A qué hora se había levantado para estar con la ropa puesta y el desayuno listo? Paula recogió su ropa, que era la misma del día anterior y, cómo no había tenido cuidado cuando se la quitó por la noche, pues estaba un poco arrugada. Cuando me vean llegar a la oficina con esta ropa, tengo cachondeo asegurado. Pero no le daba tiempo de ir a casa a buscar nada limpio. Así que sin muchas más opciones, se vistió y fue a la cocina. Allí estaba Pedro, con su portátil empapándose de las noticias deportivas del día. Paula tenía una vista fantástica desde la puerta. Estaba tan sexy allí sentado en el taburete, con la taza de café en una mano, con la otra pasando las páginas del diario electrónico y tan concentrado en lo que estaba leyendo. ¡Está para comérselo! ¿Cómo puedo tener a mi lado a un hombre tan irresistiblemente sexy como Pedro?
 
Pedro se giró y vio que Paula se acercaba hasta él y que lo rodeaba por la cintura con sus brazos.
-Me encanta que seas tan cariñosa-. Dijo él con una amplia sonrisa.
-Este abrazo no es de cariño, es para que me sujetes. Tengo sueño-. Paula relajó su cabeza en el pecho de Pedro y pudo escuchar cómo él reía.
 
-Peque-. Le dijo cogiendo su cabeza entre sus manos-. Tengo que llevarte al trabajo, así que espabila, llegaremos tarde.
-La culpa es tuya, por darme tanto sexo-. Dijo Paula en tono lastimero.
-¿Yo soy el culpable? ¡Si fuiste tú la que me pidió guerra!-. A Pedro le encantaba cuando Paula estaba juguetona y no podía dejar de sonreír.
-Por eso eres culpable, por dármelo. ¿Por qué me haces caso?
-¿Y privar a mi cuerpo del tuyo? ¿¡Estás loca!? Eso jamás-. Pedro se bajó de su asiento y tomó los labios de Paula con los suyos-. Termina de desayunar, por favor-. Y le regaló otro beso.- Por cierto, ¿qué le ha pasado a tu ropa?-. Dijo riendo.
-Es la única que tengo en tu casa y no puedo ir desnuda a la oficina.-. Le dijo con tono sensual.
-Ummm, mejor que no, tendría que pelearme con todos-. Le dio un mordisquito en el cuello-. Pero eso tiene solución.
-¿Qué? ¿Qué te líes a ostias con mis compañeros?- . Dijo Paula sonriendo.
-No, el que tengas ropa en mi casa. Ya sabes lo que tienes que hacer-.Pedro seguía coqueteando con su cuello.
-¿Qué intentas decirme Pedro?-. Paula se apartó de él, obligándolo a mirarla.
-Vamos Pau, nos pasamos el tiempo libre juntos, dormimos juntos, nos levantamos juntos. Conozco a tu familia, y tú conocerás a mis padres esta noche. Lo hacemos todo juntos. Tú y yo. Sólo quiero estar contigo, peque. Vente a vivir conmigo, a mi casa. A nuestra casa-. Pedro acarició sus mejillas, a la espera de una respuesta.
 
-¿Por qué tengo que mudarme yo a tu casa?
 
-Mi casa es más grande que la tuya, tiene mejores vistas, podemos revolcarnos en mi cama sin caernos por los lados, podemos hacer el amor en la bañera, tumbados y sin necesidad de estar de pie y, además, la estoy pagando-. Los labios de Pedro se curvaron hacia arriba, dibujando una bonita sonrisa.
 
-Son buenos argumentos, sobretodo el de la cama y el de la bañera, pero aun así, voy a pensarlo-. Paula se levantó del taburete y fue en busca de su abrigo y su bolso.
A Pedro se le borró esa sonrisa tontorrona de la cara. No era la respuesta que quería oír, pero tendría sus motivos. Así que no iba a atosigarla ni a presionarla. Cuando estuviese lista, la recibiría con los brazos abiertos.
-¿Nos vamos?-. Preguntó Paula entrando en la cocina y cogiéndole de la mano.
 
Bajaron al parking a buscar el coche de Pedro. Fueron todo el camino cogidos de la mano, un gesto que a él le agradó enormemente. Subieron al coche y hablaron de la cena de esa noche. Tenían que ir a casa del hermano de Pedro, que vivía en un duplex en primera línea de playa.
 
Aparcó el coche en un hueco que encontró frente a las oficinas de Paula. Se despidió de ella, con un dulce beso, quedando en pasar a buscarla horas más tarde. Paula entró en el edificio y Pedro la perdió de vista. Arrancó el coche dirección al colegio, pensando y pensando en lo que le había contado Paula. No había podido pegar ojo en toda la noche, dándole vueltas a esa historia tan espantosa. Lo que más le dolía era imaginarse a Paula en esa cabaña, a una niña sola, asustada, sin nada, esperando poder cerrar los ojos y no abrirlos nunca más. ¡Dios! ¿Cómo hacía para que esa imagen desapareciera? Era tan horrible, tan cruel lo que le había hecho ese hijo de puta que no se merecía tener una hija como Paula. Aunque como bien había dicho ella, y estaba en lo cierto, ese no era su padre. Estaba parado ante un semáforo y sintió una necesidad inhumana de abrazar a su chica. Así que cuando el semáforo cambió de color, dio la vuelta y condujo, de nuevo, hasta el despacho de Paula. No encontró sitio cuando llegó, así que dejó el coche estacionado en doble fila, puso las luces de emergencia y entró como un rayo en el edificio. Saludo con unos buenos días al conserje, Antonio y sin perder tiempo se metió en el ascensor que lo llevaba hasta el quinto piso.
Todos sus compañeros habían llegado al despacho y cuando escucharon la puerta, salieron todos despedidos hasta la recepción, expectantes por lo que les contara Paula.
 

-Buenos días a todos-. Saludó Paula sorprendida ante tal recibimiento.
-Buenos días, Pau-. Contestó Helena-. Veamos, llevas la misma ropa de ayer, algo más chuchurrida, pero con el significado de que no has ido a tu casa. A ver, ¿qué tal la noche? ¿Te dijo porqué estaba enfadado?
En ese momento sonó el timbre de la puerta y Paula fue a abrir. Sus compañeros se quedaron allí esperando a que esa visita no esperada se fuera cuanto antes para poder proseguir con la conversación.
-¡Pepe!-. Dijo Paula, sorprendida, pues no lo esperaba.
-Hola Pau.
Fue lo único que logró decir Pedro antes de cogerle la cara entre sus manos y abalanzarse sobre sus labios. La besó desesperadamente, casi con un punto de agresividad al que ella respondió con un leve gruñido e hizo que su cuerpo temblara ante tal sensación. Se sujetó a sus brazos, por miedo a caer rendida al suelo. No sabía a qué venía ese beso, pero le estaba encantando. Cuando Pedro alejó sus labios, la abrazó con fuerza, pero con un cariño abrumador. Paula se dejó abrazar.
-Lo siento peque, sé que no tendría que haberme presentado así, se que estás en el trabajo, pero necesitaba esto-. Pedro le susurró contra su boca, apoyando su frente con la de ella.
-No….no pasa nada, no te preocupes-. Paula, que no se había separado del abrazo, le acariciaba la espalda.
-¡Así que tú eres el famoso Pedro!-. Dijo Helena, acercándose a ellos, que se separaron del abrazo.
-Encantado de conocerte, Helena-. Pedro estaba asombrado al ver a todos los compañeros de Paula mirándolos, así que, cómo caballero que era, le dio dos besos. Saludó a David y a Javi estrechándoles la mano-. Bueno, yo ya me marcho. Siento lo que ha pasado-. Se disculpó.
-Ah, no tiene importancia, al final cambiaré de profesión y pondré un burdel.-. Dijo Javi, riendo y arrastrando a todos a reírse con él.
-Espero que no tengas problemas por esto, no quisiera que por mi culpa…-. Le dijo bajito a Paula, que no dejó que terminara la frase.
-Si por problemas te refieres a que me torturen con preguntas sobre tu impulso, te aseguro que si los tendré-. Paula sonrió y besó sus labios tiernamente.
 
Pedro abandonó a los presentes, dejando a Paula parada tras la puerta, acariciándose los labios que antes había besado su chico.
 
-¡Eso es un arrebato y lo demás son tonterías!-. Soltó David.
 
-Quedamos para comer y nos cuentas-. Gritó Javi, que se había alejado hacia su despacho junto con David.
-Yo también tengo trabajo, pero no pienso esperar hasta la hora de comer para que me cuentes-. Helena había tomado asiento junto a Paula.
-Ya me extrañaba que te esperaras a la comida-. Y Paula, sonriendo, le contó.
Pedro iba al trabajo algo más relajado después de su visita relámpago a Paula. Tenía que pensar con claridad cómo iba a gestionar todo lo que sabía de ella. En primer lugar, debía calmarse y no mostrarse preocupado delante de su chica, eso no le hacía bien. No podía dejar que la angustia por lo ocurrido empañara su relación. Simplemente debía mimarla, quererla, protegerla y eso se le daba de maravilla. Por otra parte pensaba hablar con su cuñada, para averiguar dónde estaba ese mal nacido. Necesitaba saber que no iba a acercarse a ella, que no la lastimaría. Sólo de pensar en eso le hervía la sangre. Se estaba dando cuenta de que no sólo estaba enamorado de ella, no sólo la quería, sino que también estaba completamente loco por ella. “¡Dios! ¿Qué me has hecho, Paula?” Aparcó el coche en el garaje del colegio y entró directo a la sala de profesores, donde se encontró a Fran con Ricardo.
 
-Buenos días, Pepe. Vaya cara que traes, ¿mala noche?-. Preguntó Ricardo.
-Buenos días a los dos. Si, se podría decir que sí-. Pedro se sentó en una silla y ocultó su rostro con sus manos. Ricardo y Fran lo miraron con preocupación.
-Pepe, ¿Qué te pasa?-. Preguntó su amigo, que se acercó hasta él y le apartó las manos-. ¿Es por Paula? ¿Hablaste con ella?
 
-¿Qué ocurre con mi hija?-.Ricardo, al oír el nombre de su niña, se inquietó.
-Me ha contado lo que le pasó, lo que le hizo su…-. Pedro no podía decir esa palabra delante de Ricardo, no sería justo-. Lo que le hizo ese cabrón cuando apenas era una niña. Y también lo del incendio.
-¡No me lo puedo creer! ¿Te lo ha contado?-. Ricardo estaba alucinando-. ¡Madre del amor hermoso!, ya te ha de querer demasiado como para habértelo explicado.
 
-Esto de estar enamorado duele demasiado-. Les dijo Pedro abatido.
-¡Bienvenido al club, machote!-. Dijo su amigo, dándole unos golpecitos en la espalda, sonriendo.
Fran salió de la sala para dar su clase, dejando a Pedro y a Ricardo cambiando los horarios de éste primero para cubrir las clases de la otra profesora de educación física. Una vez que hechos esos cambios y antes de irse cada uno a sus tareas, Pedro no pudo contenerse de preguntar.
-Ricardo, ¿tú crees que ese hombre volverá a intentarlo? Paula está tan segura de que será así que me asusta.
-Pedro, no lo sé. Quiero pensar, quiero creer que la dejará en paz de una maldita vez, pero ese hombre está loco. Tardó catorce años en acercarse de nuevo a ella. Pero mi hija es fuerte, aunque ella no se ve así, pero es igual de dura que su madre-. Ricardo suspiró-. ¿Recuerdas las palabras que te dije?-. Pedro asintió-. Pues bien, tú dedícate a eso.
Recordaba muy claramente las palabras que Ricardo le había dicho sobre lo que tenía que hacer con Paula; mimarla, protegerla, quererla… ¡y qué fácil era hacer eso!
Los cuatro jinetes del despacho de arquitectura bajaron a comer al restaurante habitual. Más que hambre, tenían curiosidad por qué Paula les contara, estaban hambrientos de cotilleo. Así que una vez que miraron el menú de ese día y pidieron, empezó el relato. Paula no había conocido nunca en su vida a gente tan chafardera como sus compañeros. Y sólo faltaba que se uniera a la fiesta su amiga Raquel. Mejor, así sólo lo contaba una vez. Los cinco jinetes.
-Permíteme que te diga, como hombre que soy, que ese Pedro está enamorado de ti hasta las trancas-. Dijo David, metiéndose en la boca una patata frita-. Los tíos no lloramos así como así.
 
-Ah, claro, soy todos unos hombretones incapaces de mostrar sus sentimientos-. Le dijo Helena a su chico, que lo tenía sentado a su lado.
David la miró y en ese mismo momento sostuvo su cara entre sus manos y la besó apasionadamente. La resta de los comensales se quedó perpleja ante tal demostración. ¡Vaya, hoy era el día de los arrebatos sentimentales!
 
Paula, que los tenía enfrente, hizo una bola con una de las servilletas de papel y se la tiró a la cara. Ambos se separaron y la miraron
 
-¡Eh, esas bocas quietas, que nos dan envidia!
David se levantó de su silla y rodeó la mesa hasta llegar donde se encontraba Paula, que tenía los ojos abiertos como platos, esperando la reacción de su compañero, que no fue otra que concederle un beso en la frente.
 
Alargaron más de lo previsto la comida así que cuando retomaron sus faenas, las prisas reinaron en el despacho. Antes de subir, Paula se quedó fuera del restaurante, hablando con Raquel.
-Pepe me ha dicho que quiere vivir conmigo.
 
-Joder Paula ¡eso es estupendo! Pero por el tono en el que me lo has dicho, no pareces muy contenta.
 
-No se Raquel, me asusta. Me da miedo que salga mal, que se dé cuenta de que no soy lo que quiere. ¿Por qué siempre tengo tanto miedo de avanzar?-. Paula se recostó sobre la pared del restaurante, angustiada y con los ojos lagrimosos.
-Pau, cariño, deja de hacerte daño. ¿Crees que no te lo mereces? ¿Crees que no te mereces ser feliz?-. El tono de su amiga era rotundo pero lleno de dulzura-. Pedo te quiere tal y como eres y cuando sepa toda tu historia al completo, seguirá a tu lado, estoy segura. Así que haz el favor de ser feliz, vete a vivir con él, ten el mejor sexo de tu vida con él, comparte tu vida con él. Si no lo haces, me obligarás a darte de tortas para que espabiles-. Raquel abrazó a su amiga.
Siempre que hablaba con ella se sentía mejor, aparte de que siempre tenía razón. Tenía que dejar de lado lo que le pasó para poder seguir adelante y estar con Pedro hasta el final. Iban avanzando poco a poco. De momento, esa noche, ella conocería a sus padres, la única familia que le quedaba por conocer. Y conociendo a Pedro y a su hermano, sus padres debían de ser igual de encantadores.
 
Se despidió de Raquel y volvió a su trabajo. Esa iba a ser una tarde muy larga, pues siempre después de comer le entraba morriña, y si a eso, se le juntaba la noche que había pasado y las pocas horas de sueño, tenía el kit completo de cansancio. Decidió enviarle un Line a Pedro para que hicieran por la noche un alto en el camino.
“Hola guapísimo.” “¿Te importaría dejarme en mi casa para cambiarme antes de ir a cenar?”
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“Hola peque”. “Claro que no me importa, siempre y cuando me dejes que te ayude a cambiarte”
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“Me gusta eso. Creo que algo podremos hacer al respecto”. “Luego nos vemos.” “Te quiero”.
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“Recuerda que yo también te quiero”
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Cansada pero con una amplia sonrisa, se puso manos a la obra con sus tareas. Javi marchó antes, ya que había quedado con su mujer para hacer unos recados. David, Helena y ella y se quedaron una hora más en el despacho, que a Paula se le hizo eterna. Bajaron en el ascensor cuando plegaron y Paula se quedó en la calle, hablando con Antonio y esperando a que apareciese Pedro de un momento a otro. Y ahí llegó, con sus tejanos oscuros, su camiseta roja y esa cazadora negra, que fue la culpable de aquella primera noche. Dios ¡estaba guapísimo. Llegó a su lado y le dio un suave beso en los labios.
Entraron en el apartamento…

-Será mejor que vaya a darme una ducha o llegaremos tarde a la cena-. Dijo Paula con una sonrisa de satisfacción.
-Me apunto-. Le contestó Pedro, dándole un beso en la punta de la nariz.
Allí bajo el agua y el agradable aroma del jabón volvieron a dedicarse dulces besos y suaves caricias. Tenían la piel algo rugosa cuando salieron del baño para vestirse. Pedro fue al salón a recoger su ropa y Paula abrió el armario de su habitación buscar su ropa. Una vez dentro del coche de Pedro, Paula le confesó que estaba un poco nerviosa por conocer a sus padres. Pedro sonrió e intentó calmarla acariciando y besando su mano. Llegaron a la media hora al piso de Bruno, justo delante del paseo marítimo. Bajaron del coche y Paula se quedó boquiabierta sólo con ver el edificio donde vivía. Pedro se acercó a ella, con el regalo y una botella de cava en una mano y con la otra, le rodeó la cintura.
 
-No estés nerviosa. A mis padres les vas a encantar-.Dijo Pedro, besando su mejilla.
Subieron hacia el ático de Bruno y allí esperaron a que los recibieran. Abrió Lorena que los invitó a pasar después de saludarlos con dos besos a cada uno. Entraron al comedor, donde Bruno colocaba los cubiertos sobre la mesa. Era un comedor pequeñito pero acogedor, con lo indispensable para pasar una agradable velada. Salieron de la cocina dos personas, un hombre y una mujer. Los padres de Pedro, a los que Paula conocía.
-Señor Nicolás, señora Natalia-. Dijo Paula asombrada.
 
-Oh, Paula, ¡qué alegría verte!-. Dijo Natalia, que se acercó a ella y le dio un beso-. Espera un momento, ¿tú eres la Paula de mi hijo?
 
-¡Ay, mujer, mira que preguntas unas cosas!-. Dijo Nicolás subrayando lo obvio y la saludó de la misma manera que su mujer.
-Sí mamá, ella es mi Paula. Pero ¿de qué se conocen?-. Preguntó intrigado Pedro.
-De la librería de su madre, que nos ha atendido alguna vez que otra-. Contestó su padre.
Lorena los llamó a todos para cenar y se sentaron alrededor de la mesa. Había preparado unos platos que olían de maravilla y que podían alimentar a un regimiento entero. Partiendo de la ensalada de pasta, la merluza al horno y el pollo relleno. Con hambre no se iban a quedar. Durante la copiosa cena, los padres de Pedro comentaron que hacía algo más de tres años que conocían a Paula y a su familia gracias al comercio que regentaba su madre. Por lo general, siempre iban allí a buscar libros de medicina para Nicolás y alguna que otra novela para su mujer. Varios años atrás, María había sido operada de urgencia de apendicitis y el médico no fue otro que el doctor Hernández.
Pedro que escuchaba a su padre con atención, empezó a cuadrar fechas; la del incendio y la operación de María se produjo por el mismo tiempo. Por eso Paula le dijo que no estaba en su mejor momento cuando ardió el edificio donde trabajaba. Pero había algo más que él no sabía.
Terminaron de cenar y llegaron los postres, que, como no, había donde escoger. Tres tartas. Una de dulce de leche, otra de chocolate negro y otra de chocolate blanco. El pastel favorito de Bruno era el de chocolate negro, al igual que el de Paula, así que su mujer colocó allí las velas, esas que son de números y puso un tres y un cuatro. Las encendió y Bruno sopló para apagarlas. Antes de hincarle el diente a esos postres, fue el momento de los regalos. Primero fue el de Pedro y Paula, el reproductor de mp3 acuático, que a Bruno le hizo mucha ilusión. El de sus padres, un pack de actividades deportivas y Lorena, el libro que compró en la librería de María y unas entradas para ir a ver un musical en París. Bruno estaba encantado con los regalos. Paula pudo comprobar que en esa familia tiraban la casa por la ventana. Por fin atacaron esos pasteles, con un mano a mano entre Paula y Bruno por el mismo chocolate. No dejaron ni las migas.
 .
Había llegado la medianoche cuando Pedro y Paula se marcharon de casa de su hermano. Sus padres salieron junto a ellos y una vez en la calle, se despidieron de ambos y caminaron hasta la calle de atrás, donde tenían aparcado su coche. Paula y Pedro cruzaron la carretera para ir en busca del suyo. Mientras cruzaban, Pedro pensaba en que no había tenido la oportunidad de hablar con su cuñada sobre el pasado de su chica, así que tendría que llamarla en otro momento.
 
-Me duele el estómago. He cenado mucho-. Dijo Paula con tono sollozante.
-¿Y para qué cenas tanto? Es que no sabes parar-. Dijo Pedro sonriendo.
- Jo, es que mi estómago siempre hace un huequecito para el postre. ¡Y madre mía, cómo estaba ese pastel! ¡Si es que soy una gula!-.Paula recostó su cabeza sobre el hombro de Pedro.
-Sí, pero eres una glotona preciosa-. Pedro abrazó a su chica y la besó en la sien.
Llegaron al coche, y Paula se acurrucó en el asiento para intentar dar una cabezadita. Había sido un día largo y no había dormido muchas horas seguidas. Nada más arrancar, sus ojos se cerraron. Le sabía mal dormirse mientras Pedro conducía. Sabía que él también estaba cansado, pero no pudo evitar que sus párpados cayeran sin compasión.
 
Pedro la miraba con ternura. La cena había estado muy bien. Tanto su familia como Paula habían congeniado estupendamente, aunque claro, ya se conocían. Y eran increíbles todas las coincidencias que había entre ellos. Entre todos se conocían, padres, hermanos, e incluso ellos conocían a sus respectivos familiares. Pero lo que era extraño es que entre ellos no había existido nunca ningún vínculo, ninguna relación. Eran los únicos desconocidos en ese círculo. Pero por suerte, eso había cambiado y ahora todo estaba unido por ellos. Era asombroso como el destino jugaba con uno. Volvió a pensar en la cena de esa noche. Recordó que Paula se había puesto algo tensa cuando vio quienes eran sus padres, pero conforme iba avanzando la noche se fue relajando. Sonrió al volver a visualizar la escena de su chica y su hermano hincándole el diente al pastel de chocolate. Se lo habían ventilado ellos dos solos y eso que era un pastel de seis raciones. ¡Dios, realmente era golosa! Él también había estado tranquilo durante la cena, pues se respiró un ambiente de complicidad. Y estaba muy orgulloso de Paula. Se había hecho con su familia y es que era imposible no llevarse bien con esa chica que se había instalado en su vida y en su corazón. No podía haber encontrado a nadie mejor que ella. Era un chico muy afortunado.
 
Dejó el coche en el parking y acarició suavemente una de las mejillas de Paula, susurrando su nombre para que despertase. Ella abrió los ojos y vio la cara de su chico a escasos centímetros de la suya. Le regaló un pequeño beso y bajaron del vehículo. La cogió de la cintura para que lo acompañara hasta su piso. Una vez arriba, Paula se dirigió hacia la habitación y se tumbó boca arriba en la enorme cama de Pedro. Colocó su ropa en el vestidor, colgándola en una percha para que no se arrugara, se tumbó al lado de su chica. La abrazó tiernamente, le dio un dulce beso en los labios y se durmió.

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Espero que les guste!! :)

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