Quiero abrir los ojos pero no puedo, mis párpados no reaccionan ante la
orden de mi cerebro. Noto el cuerpo pesado. Intento moverme pero no lo consigo.
Sigo enviando mensajes a mis ojos hasta que por fin, consigo que vean lo que
los rodea. Mi cuerpo sigue inmóvil, pero noto que puedo mover los dedos de las
manos. Miro a mi alrededor y está todo oscuro, excepto por una tenue luz que
hay al fondo del habitáculo donde me encuentro. Mi mente comienza a funcionar e
intenta recordar dónde estoy. De momento, sé que estoy tirada en un suelo frío
de baldosas negras, pero no logro recordar qué estoy haciendo y cómo he llegado
hasta aquí. Tengo una de las paredes bastante cerca de mi cuerpo así que
intento arrastrarme para llegar hasta ella. Lo he logrado con mucha dificultad
y finalmente, quedo erguida contra ese muro. Sigo sentada en el pavimento
negro, mi espalda descansa en esa pared, pero sigo con la sensación de que mi
cuerpo no está conmigo. Vuelvo a mirar todo lo que me rodea. Cuando me doy
cuenta de dónde estoy metida, siento una terrible angustia y un miedo atroz se
apodera de mí. Voy recordando lo que me ha llevado hasta este lugar. O mejor
dicho, quién me ha dejado aquí. Estoy en el sótano de la discoteca de Alba,
conozco bien este lugar. Empiezo a ponerme demasiado nerviosa, a respirar
inhalando demasiado aire, mis ojos se cubren de lágrimas y mi boca se llena del
sabor de la sangre por la herida que acabo de hacerme al morderme el interior
del labio. Echo un vistazo a lo que creo que todavía es mi cuerpo. Tengo
rasgado el pantalón a la altura del muslo izquierdo, pero no sólo está roto,
también está empapado de sangre que brota de un corte bastante profundo que
tengo en la pierna. Paso mi mano por la herida para detener la hemorragia pero
la sangre sigue saliendo a borbotones. Cojo la tela rota de mis tejanos y tiro
de ella para arrancarla y poder hacerme un torniquete en la pierna. Después del
esfuerzo y del dolor, mi cuerpo está más débil, y la cabeza empieza a darme
vueltas. Intento serenarme. Tengo que salir de esta habitación. Cuando abro los
ojos, un poco recuperada, visualizo una puerta que antes no había visto. Es la
salida de emergencia. Tengo que incorporarme, pero necesito ayuda, necesito
agarrarme a algo para ponerme de pie. Deslizo mi maltrecho cuerpo hasta llegar
a unas estanterías y me aferro a ellas. Ya en posición vertical, voy apoyándome
en los estantes hasta que llego a la puerta e intento sujetarme al pomo de la
misma. Me cuesta horrores soportar mi propio peso con ambas manos y la pierna
que tengo lesionada no me ayuda, no puedo apoyar el pie y tengo que arrastrarlo
conmigo. Sigo estando derecha pero el trabajo que he hecho para llegar hasta
aquí me ha dejado completamente aturdida, todo se mueve a mí alrededor y mis
manos no pueden mantenerme en esa posición y vuelvo a caer. El sonido que hacen
mis rodillas al chocar contra el suelo me provoca un dolor insoportable en todo
mí ser. No ha servido de nada tanto sacrificio, todo para nada, como todo en mi
vida. Y allí, tirada de nuevo en el suelo rompo a llorar desconsoladamente. Será
la última vez que resbalen lágrimas por mi cara porque sé que éste es el final,
mi final. En ese momento noto como alguien, desde el otro lado de la puerta, la
empuja y me arrolla con ella. Esa persona entra y se acerca a mi lado, me coge
por los brazos y me sienta en el suelo. No consigo verle la cara, pero esas
botas me son familiares. Son de Víctor. Ya no hay vuelta atrás, va a cumplir su
promesa y yo estoy deseando que lo haga porque no puedo soportar más esta
tortura y no puedo luchar contra él. En unos segundos me pasa por la mente toda
mi vida, mi familia, mis amigos, Pedro…. Pepe. Lo siento, es lo único que puedo
decir mientras mi vida se va. Víctor se agacha y queda de rodillas frente a mí.
Bruscamente me sujeta la barbilla con sus manos y no me cabe ninguna duda de
sus intenciones, puedo verlas en sus ojos. Mueve los labios para decirme algo,
pero no lo entiendo. Esas palabras no son de él, esa no es su voz. Es la voz de
Pedro.
-Pau, despierta, por favor.
Paula abrió los ojos despacio y vio el rostro de Pedo que estaba desencajado. Él estaba encima de ella, la rodeaba con sus piernas apoyadas sobre la cama. Con sus manos limpiaba las lágrimas vertidas por el sueño. Paula lo miró asustada, como si no acabara de comprender qué había pasado. Pedro leyó esa incertidumbre en sus ojos.
-Ya está peque, ya ha pasado. Has tenido una pesadilla-. Susurró Pedro que besaba su cara.
-¿Una pesadilla? ¿Pero qué...?-. Paula se reclinó en la cama, mirando a Pedro, que seguía asustado. Recordó el mal sueño que había tenido y el horror se apoderó de ella. Se llevó las manos a su rostro y ocultándolo, volvió a llorar.
-No, peque, no llores más. Cálmate, estoy a tu lado-. Pedro aferró a Paula entre sus brazos en un abrazo tierno y conmovedor.
-Perdóname Pepe-. Y Paula se liberó del abrazo y salió de la cama.
Pedro la vio salir de la habitación y la dejó sola, creyendo que sería buena idea que estuviera unos minutos con ella misma, mientras él seguía en la cama, recuperándose del susto que le había causado ver a Paula en ese trance. Solo habían pasado dos minutos cuando Pedro abandonó la habitación y fue a buscar a su chica. La encontró en el comedor, sentada en el sofá, con sus codos apoyados en las piernas y sus manos sujetando su rostro. Se percató de su presencia cuando Pedro se quedó parado tras la puerta. Ella le sonrió tímidamente y él avanzó hasta colocarse a su lado. Sentado junto a ella, le acarició la espalda y ella apoyó su cabeza en su hombro. Con su otra mano, acarició su pelo. Parecía algo más relajada.
-¿Te apetece contarme tu sueño?-. La voz de Pedro era suave.
-No sé por dónde empezar.
-Empieza por el principio-. Pedro curvó sus labios en lo que intentaba ser una sonrisa. Paula lo miró, pero no le devolvió esa mueca.
-He soñado con Víctor y esta vez ha sido horrible, esta vez cumplía con lo prometido. Acababa conmigo y en esos últimos instantes, sólo veía a mis padres, a mis hermanas, a mis amigos, a ti, y me quedaba sin todos ustedes-. La voz de Paula era temblorosa, pero consiguió no derramar más lágrimas. Pedro la abrazaba con fuerza. Había algo en ese sueño que no acababa de entender. Volvió la cara contra la suya y le preguntó sin ocultar su preocupación.
-Pau, siempre que has soñado con ese hombre es porque antes te ha ocurrido algo con él y ahora, no te ha pasado nada. ¿O sí?-. Pedro la miraba atónito-. Paula, ¿me estás ocultando algo?
-No ha ocurrido nada.
-Entonces, ¿por qué ese mal sueño? Háblame Pau, por favor, confía en mí.
-Pepe, créeme cuando te digo que no he vuelto a ver a ese hombre desde el incendio de la oficina, pero es que no sé…- Paula tragó saliva, respiró hondo y se confesó-. ¿Recuerdas el robo de mi apartamento?-. Pedro afirmó.- pues creo que fue él. Es solo un presentimiento y quizás esté equivocada pero siento que me ha vuelto a encontrar-. La barbilla de Paula temblaba, intentando no volver a llorar.
-¿Porqué no me lo contaste antes?-. Pedro acariciaba dulcemente su rostro.
-Porque es solo eso, una corazonada y no quiero que creas que estoy obsesionada con ese hombre, que siempre que me pasa algo malo él está involucrado. No quiero que me tomes por loca.
-Peque, no pienso que estés loca, solo quiero que me cuentes las cosas que te asustan. Sabes que puedes contar conmigo para todo lo que necesites, que estoy contigo para ayudarte, para quererte y no me cansaré nunca de repetírtelo, pero por favor, no te cierres conmigo, no me ocultes nada. Me preocupo por todo aquello que te preocupa a ti porque te quiero demasiado como para que no me importe.
-¿Sabes una cosa?, creo que sí que estoy loca, pero por ti. Siempre estás conmigo, siempre que te necesito estás a mi lado. Siempre eres tú-. Paula cogió los labios de su chico entre los suyos y los besó tranquilamente, demostrándole todo lo que sentía por él.
Ese beso fue roto por el sonido de la alarma del despertador de Pedro. Eran las siete de la mañana, la hora de empezar el día, aunque el de ellos había comenzado hacía una hora y no de la mejor manera posible. Se levantaron del sofá y fueron a la habitación a vestirse. Desayunaron y se encaminaron hacia sus respectivos trabajos. Pedro la dejó en la puerta de su oficina, despidiéndose de ella hasta la tarde y él siguió su camino.
-Buenos días, Antonio-. Saludó Paula al conserje al entrar en el edificio.
-Bueno día, Pau. ¿Has dormido bien?, tienes ojeras.
-No del todo, pero gracias por preocuparte-. Paula le sonrió.
-Espera, casi se me olvidaba. Toma-. Antonio le entregó un sobre-. Ha llegado esto para ti esta mañana.
-Gracias Antonio-. Paula cogió el sobre y se fue hacia su despacho.
Mientras subía en el ascensor, Paula abrió el sobre que le había entregado Antonio. En él solo ponía su nombre, Paula Chaves, en letras de ordenador. Dentro había un papel de tamaño de un cuarto de folio. Estaba en blanco, no había nada escrito en él. Paula le dio la vuelta y nada, estaba intacto. Lo miró a contraluz por si había algo calcado, pero no consiguió ver nada. Volvió a mirar el papel y el sobre y con cara de no entender nada, lo guardó en su bolso. Ya lo tiraría en la papelera de la oficina.
-¡Si ha llegado mí otra bailarina preferida!-. Saltó David cuando la vio entrar.
-Buenos días David.
-Pau, despierta, por favor.
Paula abrió los ojos despacio y vio el rostro de Pedo que estaba desencajado. Él estaba encima de ella, la rodeaba con sus piernas apoyadas sobre la cama. Con sus manos limpiaba las lágrimas vertidas por el sueño. Paula lo miró asustada, como si no acabara de comprender qué había pasado. Pedro leyó esa incertidumbre en sus ojos.
-Ya está peque, ya ha pasado. Has tenido una pesadilla-. Susurró Pedro que besaba su cara.
-¿Una pesadilla? ¿Pero qué...?-. Paula se reclinó en la cama, mirando a Pedro, que seguía asustado. Recordó el mal sueño que había tenido y el horror se apoderó de ella. Se llevó las manos a su rostro y ocultándolo, volvió a llorar.
-No, peque, no llores más. Cálmate, estoy a tu lado-. Pedro aferró a Paula entre sus brazos en un abrazo tierno y conmovedor.
-Perdóname Pepe-. Y Paula se liberó del abrazo y salió de la cama.
Pedro la vio salir de la habitación y la dejó sola, creyendo que sería buena idea que estuviera unos minutos con ella misma, mientras él seguía en la cama, recuperándose del susto que le había causado ver a Paula en ese trance. Solo habían pasado dos minutos cuando Pedro abandonó la habitación y fue a buscar a su chica. La encontró en el comedor, sentada en el sofá, con sus codos apoyados en las piernas y sus manos sujetando su rostro. Se percató de su presencia cuando Pedro se quedó parado tras la puerta. Ella le sonrió tímidamente y él avanzó hasta colocarse a su lado. Sentado junto a ella, le acarició la espalda y ella apoyó su cabeza en su hombro. Con su otra mano, acarició su pelo. Parecía algo más relajada.
-¿Te apetece contarme tu sueño?-. La voz de Pedro era suave.
-No sé por dónde empezar.
-Empieza por el principio-. Pedro curvó sus labios en lo que intentaba ser una sonrisa. Paula lo miró, pero no le devolvió esa mueca.
-He soñado con Víctor y esta vez ha sido horrible, esta vez cumplía con lo prometido. Acababa conmigo y en esos últimos instantes, sólo veía a mis padres, a mis hermanas, a mis amigos, a ti, y me quedaba sin todos ustedes-. La voz de Paula era temblorosa, pero consiguió no derramar más lágrimas. Pedro la abrazaba con fuerza. Había algo en ese sueño que no acababa de entender. Volvió la cara contra la suya y le preguntó sin ocultar su preocupación.
-Pau, siempre que has soñado con ese hombre es porque antes te ha ocurrido algo con él y ahora, no te ha pasado nada. ¿O sí?-. Pedro la miraba atónito-. Paula, ¿me estás ocultando algo?
-No ha ocurrido nada.
-Entonces, ¿por qué ese mal sueño? Háblame Pau, por favor, confía en mí.
-Pepe, créeme cuando te digo que no he vuelto a ver a ese hombre desde el incendio de la oficina, pero es que no sé…- Paula tragó saliva, respiró hondo y se confesó-. ¿Recuerdas el robo de mi apartamento?-. Pedro afirmó.- pues creo que fue él. Es solo un presentimiento y quizás esté equivocada pero siento que me ha vuelto a encontrar-. La barbilla de Paula temblaba, intentando no volver a llorar.
-¿Porqué no me lo contaste antes?-. Pedro acariciaba dulcemente su rostro.
-Porque es solo eso, una corazonada y no quiero que creas que estoy obsesionada con ese hombre, que siempre que me pasa algo malo él está involucrado. No quiero que me tomes por loca.
-Peque, no pienso que estés loca, solo quiero que me cuentes las cosas que te asustan. Sabes que puedes contar conmigo para todo lo que necesites, que estoy contigo para ayudarte, para quererte y no me cansaré nunca de repetírtelo, pero por favor, no te cierres conmigo, no me ocultes nada. Me preocupo por todo aquello que te preocupa a ti porque te quiero demasiado como para que no me importe.
-¿Sabes una cosa?, creo que sí que estoy loca, pero por ti. Siempre estás conmigo, siempre que te necesito estás a mi lado. Siempre eres tú-. Paula cogió los labios de su chico entre los suyos y los besó tranquilamente, demostrándole todo lo que sentía por él.
Ese beso fue roto por el sonido de la alarma del despertador de Pedro. Eran las siete de la mañana, la hora de empezar el día, aunque el de ellos había comenzado hacía una hora y no de la mejor manera posible. Se levantaron del sofá y fueron a la habitación a vestirse. Desayunaron y se encaminaron hacia sus respectivos trabajos. Pedro la dejó en la puerta de su oficina, despidiéndose de ella hasta la tarde y él siguió su camino.
-Buenos días, Antonio-. Saludó Paula al conserje al entrar en el edificio.
-Bueno día, Pau. ¿Has dormido bien?, tienes ojeras.
-No del todo, pero gracias por preocuparte-. Paula le sonrió.
-Espera, casi se me olvidaba. Toma-. Antonio le entregó un sobre-. Ha llegado esto para ti esta mañana.
-Gracias Antonio-. Paula cogió el sobre y se fue hacia su despacho.
Mientras subía en el ascensor, Paula abrió el sobre que le había entregado Antonio. En él solo ponía su nombre, Paula Chaves, en letras de ordenador. Dentro había un papel de tamaño de un cuarto de folio. Estaba en blanco, no había nada escrito en él. Paula le dio la vuelta y nada, estaba intacto. Lo miró a contraluz por si había algo calcado, pero no consiguió ver nada. Volvió a mirar el papel y el sobre y con cara de no entender nada, lo guardó en su bolso. Ya lo tiraría en la papelera de la oficina.
-¡Si ha llegado mí otra bailarina preferida!-. Saltó David cuando la vio entrar.
-Buenos días David.
Pedro llegó al colegio y entró en la sala de dirección, donde tenían reunión todos los profesores a primera hora. Los saludó a todos, incluidos Fran y Ricardo y comenzaron con la asamblea. Su cuerpo estaba allí, en aquella habitación pero su mente vagaba por lo ocurrido esa mañana con Paula. Ni por un momento se le había pasado por la cabeza que ella estuviera loca, pero le preocupaba mucho que tuviera esa sensación, esa sospecha de que él era el ladrón, de que la había encontrado de nuevo. ¿Y si ese mal augurio era cierto? ¿Y si Paula no estaba equivocada y ese cabrón volvía a por ella? Ella era la que mejor lo conocía y si tenía esa corazonada era por algo, porque sabía que podía ser él.
-¿Tú qué opinas Pedro?-. Le preguntó Ricardo.
-¿Cómo? ¿Qué?-. Miró a los allí presente-. Lo siento Ricardo, he de salir un momento-. Y Pedro abandonó la sala y a los allí congregados.
La preocupación de Pedro se reflejó en su rostro cuando salió al patio. Se sentó en un escalón de la escalera de caracol que había en el patio para subir al terrado. Cerró los ojos y respiró profundamente, intentando calmarse. Joder, nunca le había pasado nada semejante y mucho menos cuando tenía que tomar decisiones conjuntas para el colegio. Agachó la cabeza y con los brazos apoyados en sus rodillas, deslizó sus manos por su pelo. Tenía que proteger a Paula, tenía que alejarla de todo lo que le hacía daño, era su obligación y tenía que hacerlo cuanto antes.
-¿Se encuentra bien?-. Le preguntó una voz.
-Estoy bien, gracias-. Pedro levantó la cabeza para contestar y vio que era el mismo hombre, el mismo obrero que le preguntó días atrás por Paula.
-Bien, pues me alegro. ¿Cómo está su novia?
-¿Por qué le interesa? ¿La conoce?-. A Pedro empezaba a mosquearle ese señor.
-No, no, no la conozco, simplemente era por preguntar- . El hombre sonrió de lado a Pedro, una sonrisa que no le gustó para nada.
El obrero se fue, dejando a Pedro solo, sentado en ese escalón. Lo vio alejarse y por primera vez, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Esa también fue la primera vez que se fijó en él. Era un hombre menudo, no pasaría del metro sesenta y cinco, calvo, con unos ojos que, aunque eran de un bonito color azul, los ensombrecía una mirada ácida y perturbadora, por no decir de la quemadura que invadía todo su lado derecho de la cara. Le daba muy mal rollo aquel hombre.
-Pepe, ¿qué te pasa?-. Le preguntó Ricardo una vez acabada la reunión.
-Perdóname Ricardo, siento lo que ha pasado ahí dentro-. Contestó señalando hacia la sala de la reunión. Sonó el móvil del padre de Paula y dejó a Pedro junto a Fran.
-Colega, ¿vas a contarme que te preocupa? ¿Es por Paula? ¿Has discutido con ella? ¿No tendrá nada que ver con lo que pasó el sábado con Álvaro?-. Su amigo le lanzaba pregunta tras pregunta.
-No, no tiene nada que ver con eso.- Pedro le explicó lo del sueño y la posterior conversación.
-¡Joder! no me extraña que tengas esa cara. Entiendo que estés alarmado, pero seguro que Paula está equivocada. Sigue muy afectada por todo lo que ese mal nacido le ha hecho y lo más probable es que se esté pudriendo en la cárcel.
-Eso espero yo también, o mejor, que esté muerto. Voy a hablar con mi cuñada a ver si sabe algo-. En ese momento, su móvil emitió la melodía de llamada y Pedro contestó.
-Hola Pepe, ¿te pillo en mal momento?-. Era Lorena la que hablaba al otro lado de la línea.
-Hola Lorena. No, no estoy en clase. Dime, ¿has descubierto algo sobre Víctor?-. La voz de Pedro sonó seria.
-Sí y por eso te llamo. Tengo muy buenas noticias, pero no quiero contarte nada por teléfono. ¿Puedes pasarte por la comisaría a la hora de comer?
-Sí claro, allí estaré-. Dijo con una sonrisa-. Lorena, ¿seguro que son buenas noticias?-. Pedro estaba impaciente por que se lo confirmara. Quería estar seguro.
-Sí Pepe, son estupendas. Luego te lo cuento todo. Adiós.
Pedro sintió un tremendo alivio cuando Lorena le reafirmó que los hallazgos sobre ese desgraciado eran buenos. Respiró tranquilo. Fran seguía a su lado, impasible e inquieto por saber el motivo de la relajación en la cara de su amigo. Pedro le contó lo poco que le había explicado su cuñada y, por supuesto, se alegró.
Entre el papeleo que tenía que rellenar y, que en su cabeza solo estaba Pedro y lo ocurrido esa mañana, ni se había dado cuenta de que era la hora de comer. Recogió un poco su mesa y se fue hacia la cocina. Abrió la nevera y sacó su comida, una ensalada y un estupendo cocido, que, cuando estuviera calentito, se lo comería gustosamente. A Paula le encantaba la comida de cuchara pero nunca le quedaba igual que a su madre. Echaba los mismos ingredientes, la misma cantidad de ellos, pero nada, ni con esas le quedaba con ese sabor que solo las madres saben darle a los alimentos. Cierto era que María tenía una mano estupenda para los manjares y qué decir de Pedro, que para ser hombre, se defendía bastante bien entre fogones. Entre otros lugares. Enseguida los acompañó sus tres amigos del despacho.
-Vaya Javi, te quedas a comer con nosotros y encima te traes la comida de casa. ¿Qué le has hecho a tu mujer?-. Preguntó irónica Helena.
-Yo siempre me porto bien con mi amor, pero dice que está harta de cocinar para ella sola y que no puedo gastarme un dineral todas las semanas en comer fuera cuando hay comida en casa. Así que, como quiero enfadarla, que luego me deja a dos velas, voy a complacerla. Y por qué no, admito que tiene razón.
-Ana siempre mirando por la economía de la casa -.Dijo riendo Paula.
-Pues sí, he de reconocer que yo, para eso, soy un completo desastre. Suerte que la tengo a ella para eso y para mucho más.- A Javi se le dibujó una sonrisa en el rostro.
-Y bien, Pau ¿qué tal ha ido tu restante fin de semana?- Preguntó David.
Paula les explicó lo ocurrido ese domingo, sin omitir detalle del mal sueño y de la charla con Pedro.
-¡Joder Paula!, ¿porqué no hablaste con nadie sobre eso?- La regañó Helena.
-No quería preocupar a nadie, además ¿y si estoy equivocada? ¿Y si fue un robo fortuito? No me echéis la bronca, por favor, ya he tenido bastante con Pedro.
-¡Y con razón si se ha cabreado contigo!-. Exclamó Javi-. Paula, tienes que confiar en la gente que te rodea. Si estamos contigo es porque nos importas y no nos gusta verte angustiada. Si no quieres contarnos las cosas a nosotros, pues no lo hagas, pero Pedro es tu pareja, te quiere y tienes que ser sincera con él-. Javi acarició las manos de Paula en un roce reconfortante.
-Gracias chicos por ser tan buenos amigos. No sé qué haría sin ustedes-. Paula les debía tanto a esos tres personajes.
-Bueno, cambiando de tema y pasando a otro más interesante, ¿le has contado a Pedro tu relación con Álvaro?-. La cotilla de Helena salía a la acción.
-No, no le he contado nada. No creo que sea buena idea. Prefiero dejar las cosas así como están-. La respuesta de Paula fue tajante.
-¿Y crees que nunca lo sabrá? Tú le preguntaste por la relación que tuvo con tu hermana. ¿Qué te hace pensar que él no siente curiosidad por saber lo que pasó entre ustedes?
-Los hombres no piensan igual que nosotras Helena, no son tan morbosos-. Dijo Paula mirando a los dos hombres sentados alrededor de la mesa.
-Pues te aseguro que a mí me gusta saber todo sobre las relaciones que ha tenido mi pareja-. David posó su mano sobre su chica, a lo que ella respondió con una arcada.
-Perdón, tengo que ir al baño-. Y Helena salió disparada, tapándose la boca con la palma de la mano. Javi, Paula y sobretodo David, se quedaron preocupados.
-¿Qué le pasa?-. Preguntó Paula.
-Seguramente será la cena de anoche. Se le antojó cenar comida mexicana y creo que no le ha sentado muy bien. Mira que le dije que el picante no le iba bien a su estómago, pero nada, ni caso-. David hizo una mueca de resignación.
Paula se levantó de su asiento y fue en busca de su amiga. Le parecía muy extraño que Helena comiera picante, tenía el estómago muy delicado como para engullir semejante alimento. Picó a la puerta y pudo escuchar como su compañera volcaba hasta la última papilla por el retrete.
-Helena, ¿te encuentras bien?
-Sí, enseguida salgo-. Dijo ésta con un esfuerzo.
Oyó como se abría el pestillo de la puerta y la persona que apareció detrás no era Helena. Estaba pálida, agotada, seguramente por el esfuerzo del vómito y se tambaleaba sobre sus pies. Paula la sujetó y gritó a sus compañeros para que vinieran a ayudarla. David acudió corriendo a su auxilio y sujetó a su chica para acomodarla en uno de los sillones del pasillo.
-Cariño ¿qué te pasa?-. David se asustó a ver a su chica con semejante semblante. Tocó su rostro y lo tenía empapado en sudor-. Voy a llevarte al hospital.
-David, estoy bien, solo un poco mareada, nada más.
-No, Helena, no estás bien. No tienes color en la cara, estás mareada, vomitas y tienes el cuerpo cubierto de sudor frío, así que no me digas que estás bien-. David se había enfadado.
Paula fue al despacho de Helena a buscar su bolso y su abrigo y acompañó a David y a ella hasta el coche. La verdad es que su amiga tenía una pinta horrorosa y estaba de acuerdo con David, no estaba bien.
-David, ¿de verdad no quieres que los acompañe?
-No hace falta Pau, gracias. Te llamo más tarde y te cuento-. David le dio un beso en la mejilla y subió al coche.
Paula volvió a sus tareas, preocupada por Helena. Esperaba que no fuera nada grave y se debiera solo al picante. A ver si de una vez aprende a no comer cosas que no debe.
Pedro llegó a la comisaría diez minutos antes de la dos de la tarde. Tenía hambre, su estómago se lo recordaba, pero era mucho más urgente saber lo que Lorena tenía que contarle que rellenar el buche. La recepcionista le indicó que pasara y se acercó hasta la mesa de su cuñada.
-Hola Pepe-. Lo saludó-. Siéntate un segundo, que recojo todo esto y nos vamos. ¿Te apetece que comamos juntos y te cuento?
-Sí claro, estupendo.
Lorena terminó de colocar las cosas que había sobre su mesa y cogió una carpeta de color negro y se la llevó consigo. Fueron a un bar que estaba a dos manzanas de la comisaría, pues Lorena no quería que nadie viera que había sacado información de su puesto de trabajo. Cuando llegaron al bar, un camarero los colocó en una mesa y les tomó nota de los platos que iban a tomar.
-Lorena, por dios, dime qué has encontrado-. Dijo Pedo desesperado.
-Tranquilo cuñado que ya te he dicho que son buenas noticias-. Lorena abrió la carpeta que había llevado al bar y sacó una hoja. Se la mostró a Pedro.
-¿Un certificado de defunción?-. Preguntó sin acabar de entender.
-Sí, pero mira el nombre-. Pedro siguió leyendo más abajo.
-Víctor Roca Montero-. Leyó y apartó sus ojos abiertos como platos del papel, clavándolos en su cuñada.- ¿Me estás diciendo que este certificado es del padre de Paula?
-Sí así es. Ese hombre está muerto.
-¿Me lo dices en serio? ¿De verdad que está muerto?-. Pedro tenía un nudo en el pecho y tenía que deshacerlo cuanto antes.
-Está muerto y enterrado. Lo he comprobado y está confirmado. El certificado es auténtico y está expedido por un médico que, a día de hoy, sigue trabajando en la prisión en la que Víctor estuvo encerrado. Cumplía condena por provocar el incendio de su oficina y por el intento de asesinato de Paula, aunque como se demostró después que era su hija, también lo acusaron de intento de parricidio. Apenas había cumplido un año de condena cuando se produjo un incendio en el taller en el que estaba aprendiendo carpintería. Así que imagínate lo que se lió allí, la madera comenzó a arder enseguida. Se supo que el incendio fue provocado, pero aún no han podido dar con la persona que lo hizo. Víctor murió en ese incendio y el hombre quedó tan tostado que tuvieron que hacerle las pruebas dentales para comprobar su identidad. También he averiguado que mató a un hombre. Se lo cargó a sangre fría, después de sonsacarle información sobre ella-. Lorena terminó de relatar la historia. Miró a su cuñado a los ojos y abrazó sus manos-. Pedro, todo se acabó, pueden estar tranquilos. Ese hombre no va a molestar nunca más a Paula.
Pedro no pudo ocultar su alivio, era una sensación increíblemente sanadora y de sus labios salió una amplia sonrisa.
-Muchas gracias Lorena por todo. No sabes lo tranquilo que me siento ahora después de escuchar lo que me has dicho. Tenía tanto miedo de que ese cabrón volviera a hacerle daño.
-Ahora no tienes por qué tenerlo. Y mucho menos Paula. Por cierto, sería buena idea que se lo contaras. El otro día, cuando la denuncia del robo, me contó que creía que era Víctor el que había entrado en su casa.
-Sí, a mí también me lo dijo, pero ahora sabemos que ese presentimiento que tenía era solo eso. Estoy impaciente por contárselo. Quiero ver su cara cuando lo sepa.- Pedro estaba contento y se moría de ganas de hablar con su chica y poder quitarle el miedo que ese hombre le provocaba.
Terminaron de comer y Lorena se marchó hacia su casa pues había acabado su jornada laboral y Pedro volvió al colegio con una sonrisa enorme en sus labios pero mucho mayor era la que sentía en su interior.
Paula salió a la calle dispuesta a coger el metro para entregar una documentación a un cliente. Era un cliente de Helena y le había pedido, que por favor se lo llevara esa misma tarde. Hubiera ido ella, pero su estado no era el mejor como para presentarse allí. Hacía una hora que David y Helena se habían ido a urgencias y no sabía nada de ellos. Realmente estaba preocupada. Cogió el metro de la línea uno y se dirigió hacia el centro de la ciudad. Llegó a su destino, un impresionante edificio de cristalera de un montón de pisos, pues su visión no alcanzaba a ver más allá por culpa del radiante sol de ese día de invierno. Saludó al conserje y tomó el ascensor hasta el piso número veinte. Allí estaba instalada una editorial de libros de todas las temáticas, novelas, libros de texto, libros electrónicos, de cocina, de deportes, de astrología…uff, y un sinfín más. Le entregó a la secretaria, que le atendió muy amablemente, los documentos de Helena. Esa señorita se encargaría de hacerlos llegar a la persona correspondiente. Dicho eso, Paula se despidió y volvió a salir a la calle. Antes de llegar a las escaleras de bajada hacia el metro, sonó su móvil. El ruido era de un Line. De Pedro.
“Hola preciosa. Esta tarde tenemos algo muy importante que celebrar. Luego te cuento. Te quiero, te quiero, te quiero.”
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¿Algo importante que celebrar? ¿Qué habrá pasado? ¿Tantos te quiero juntos en un mismo mensaje? ¡Joder! algo ha hecho.
Paula iba a guardar su móvil en el bolso cuando vio una tienda. No había reparado en ella cuando había ido en la dirección opuesta, hacía apenas unos minutos pero ahora no le había pasado desapercibida. Si hay algo importante que celebrar, ¿por qué no hacerlo de una manera erótica y sensual? Dicho y hecho, entró en el sex-shop. Era la primera vez que entraba en uno de esos sitios y además sola. Le dio un poco de vergüenza al principio pero no era la única persona que estaba allí, habían varios compradores que estaban más absortos en los artilugios que habían en esa tienda que en ella. Eso pareció tranquilizarla. El comercio no era excesivamente grande, pero madre mía, había de todo.
Ya lo tenía todo y era mejor que se fuera antes de acabar comprando toda
la tienda. Fue al mostrador de caja, pagó sus juguetitos y salió pitando hacia
la oficina.
Pedro recogía sus cosas para marcharse a casa, pero antes tenía pensado hacer unas compras. Tenía que celebrar la buena noticia con Paula. Había pensado comprar una botella de cava, un ramo de rosas rojas y quizás, para cumplimentar, unas fresas, que según tenía entendido, eran afrodisíacas, aunque a ellos poca falta les hacía. Solo con besarla ya le invadían unas ganas primitivas de poseerla.
-¿Ya te vas?-. Le preguntó Fran al entrar en el vestuario.
-Sí ya he terminado por hoy. Estoy impaciente por ver a Paula y contarle todo-. Pedro le había explicado a Fran lo que había descubierto sobre Víctor.
-Pepe, ¿puedes esperar un momento? Me gustaría enseñarte algo.
Pedro se quedó parado ante el susurro misterioso de su amigo. Afirmó con la cabeza mientras que Fran sacaba de su taquilla una cajita pequeña plateada. La abrió y le enseñó su interior a Pedro. En ella, había un anillo de compromiso, un anillo de oro blanco con un diamante engastado en el centro. Sencillo pero precioso.
-¡Oh, Fran!-. Pedro se llevó las manos a su boca, en expresión de sorpresa-. ¡Sí quiero!-. El tono burlón de su amigo hizo que Fran esbozara una sonrisa.
-¡Eres muy tonto! No eres mi tipo y lo sabes-. Fran se puso serio-. Voy a pedirle a Raquel que se case conmigo.
-¡Ya sabía yo que ese pedrusco no podía ser para mí!-. Exclamó divertido Pedro, abrazando a Fran-. Me alegro mucho de que estés seguro de dar ese paso. ¡Te ha costado menos que irte a vivir con ella!
-La verdad es que lo he tenido muy claro desde que vino a mi casa a vivir. Solo espero que me diga que sí. Estoy algo nervioso.
-Supongo que tus nervios son normales, pero te dirá que sí. Estoy seguro.- Volvieron a abrazarse-. Y si te dice que no, yo puedo casarme contigo, ladrón-. Pedro seguía bromeando.- Tengo que irme, he de pasar a hacer unas compras antes de recoger a Paula. Mañana me cuentas.
Y Pedro salió escopeteado hacia su coche. Pensó en la proposición que le había hecho su compañero y sonrió, aunque no era para él, claro. Fran estaba decidido a dar un paso más con Raquel y eso a él le alegraba. Le encantaría ver la cara de ella cuando su amigo le pidiera matrimonio. Sonaba bien eso de Fran y Raquel casados. Casados. Una idea que últimamente le rondaba a él por la cabeza. Quería casarse con Paula, lo sabía, al igual que sabía que ahora no era el momento. Llevaban poco tiempo juntos y menos aún viviendo en compañía del otro, pero llegaría el día que se lo pediría. Él y Paula se llevaban muy bien, apenas discutían, se entendían a la perfección y Pedro iba destrozando poco a poco esa muralla donde se escondían todos los miedos de su chica. Todavía le quedaba por rasgar en esa coraza, pero estaba dispuesto a dejarse las uñas porque la quería.
Llegó al supermercado y fue a comprar la botella de cava. No se fijó en el precio, tanto daba, la ocasión merecía lo mejor, así que cogió la bebida y se fue hacia la frutería que había fuera del supermercado. Allí compró las fresas y con la fruta y el cava subió al coche camino de la floristería. Sabía que le gustaban las rosas rojas, así que le pidió a la dependienta media docena de esas flores. La chica le cogió las más frescas y se las entregó con una sonrisa en los labios. Volvió al coche y, antes de ir a buscar a Paula, pasó por casa para prepararlo todo.
Antes de salir del despacho, Paula y Javi llamaron a David para saber cómo se encontraba Helena. Hacía cuatro horas que se habían ido a urgencias y desde entonces, no habían tenido noticias. Paula marcó el número de móvil de su compañero a través de la centralita y puso el altavoz para que su jefe escuchara la conversación. Esperaron varios tonos hasta que David respondió.
-Hola David, ¿qué tal está Helena?
-Hola Pau. Acabamos de llegar a casa, iba a llamarte ahora mismo. Helena está algo mejor. El médico le ha dicho que fue la cena lo que le ha sentado mal y le ha prohibido tajantemente probar el picante y comidas fuertes. La ha puesto a dieta. Ahora está en la ducha y luego la meteré en la cama.
-Oye David.- le dijo Javi.-déjala descansar y que no venga mañana al despacho.
-Javi, eso será complicado, sabes cómo es. Si se encuentra con fuerzas irá a trabajar, pero yo se lo digo de todas formas.
-Cuídala David y dale un beso de nuestra parte. Si necesitas algo, nos avisas.
-Gracias chicos, pero espero que mañana esté recuperada. Un beso. Adiós.- David concluyó la charla.
Javi y Paula, que llevaba la bolsa llena de los artículos que había comprado para pasar una noche memorable, bajaron hasta la calle, despidiéndose hasta el día siguiente. Paula divisó a Pedro apoyado en su coche, hablando con una morena con un buen cuerpo, unos zapatos de tacón, tejanos ajustados y mucha, mucha pechera. ¿Quién es esa? Paula no pudo evitar sentir una punzada de celos en su interior. Sabía que Pedro la quería y que no iba a dejarla, pero era algo que no podía controlar. Cada vez que una chica excesivamente guapa se acercaba a él, ella se sentía inferior y conociendo las chicas tan exuberantes con las que se había acostado, Paula sabía de sobras que no se acercaba a aquella descripción ni por asomo. Respiró profundamente y alejó ese complejo de inferioridad de su alma. Cuando Paula llegó casi a la altura de su chico y de la morena, ésta se giró y mirando a Paula de arriba abajo, se fue con una amplia sonrisa en los labios, como si hubiera conseguido un trofeo. Paula arqueó las cejas.
-Hola preciosa-. Dijo Pedro acercándose a Paula para darle un beso, beso que ella rehusó girando la cara.
-¿No puedes estarte quieto? ¿Es que siempre que me doy la espalda tienes que estar tonteando con alguna lagarta?-. Dijo en tono malicioso.
-¡Eh, yo no he hecho nada! Estaba aquí esperándote y se me ha acercado esa chica para preguntarme por una calle-. Pedo la cogió por la cintura y la atrajo hacia sí.
-Anda, sube al coche que me tienes contenta.
-No.- Pedro la sujetaba con fuerza-. Bésame-. Le pidió con urgencia.
Paula acercó su rostro al de Pedro y besó lentamente sus labios. Se abrazó a él, acariciando el suave pelo de su nuca.
-Definitivamente no eres consciente de tu atractivo ni del morbo que despiertas entre las mujeres-. Susurró Paula en su oído.
-Solo me interesa el morbo que te provoque a ti-. Pedro volvió a morder sus labios.
-¡Joder!, qué facilidad tengo para desearte-. Gimió Paula contra su boca.
-A mí me pasa lo mismo, pero vamos a tener que esperar. Primero tengo que contarte una cosa.
-¡Es cierto, casi lo había olvidado! ¿Qué tenemos que celebrar?-. Paula preguntó impaciente.
-Cuando lleguemos a casa te lo cuento. Por cierto, ¿qué llevas en esa bolsa?
-No voy a decírtelo hasta que no me cuentes tú primero-. Paula le sacó la lengua. Si ella tenía que esperar, él también.
Subieron al coche, dirección a casa. No hubo manera de sacarle a Pedro una mínima pista del motivo de la celebración. Paula se torturaba las pocas neuronas que, a esas horas de la tarde, le continuaban funcionando. Nada, no soltaba prenda el puñetero. Pero ella tampoco le decía el contenido de la bolsa. Era como un pulso, a ver quién podía aguantar más sin cantar. Por fin llegaron a casa. Una vez dejaron sus bártulos en el comedor, Pedro le pidió a Paula que se sentara en el sofá, a su lado.
-Pepe, ¿qué pasa?-. Preguntó intrigada.
-Víctor está muerto-. Soltó Pedro a bocajarro.
-¿Cómo dices?-. Paula se había quedado petrificada. ¿Había oído bien?
-He dicho que Víctor está muerto-. Volvió a repetir Pedro.
-Sí, ya te he escuchado, pero ¿cómo lo sabes? ¿Me lo dices en serio?-. Preguntó Paula con voz neutra
-Sí, es verdad. Hace unos días hablé con mi cuñada y le pedí que investigara sobre el paradero de ese hombre. Y ese no es otro que el cementerio-. Pedro agarró sus manos con suavidad.
Paula se quedó de piedra. Si en ese momento la hubieran partido en dos, no habría notado la fina hoja del cuchillo rompiéndole las entrañas. Había actuado a sus espaldas sobre un asunto que le atañía exclusivamente a ella. No le había dicho absolutamente nada. Pero eso no era lo peor que se le pasaba por la mente. ¿Sabía algo más sobre ella? ¿Qué era lo que Lorena había descubierto realmente? ¿Le había contado algo más a Pedro, algo que ella todavía no le había contado? ¡Joder, a la mierda su noche memorable! Se levantó de golpe del sofá y soltó bruscamente sus manos de las de Pedro.
-¿Por qué lo has hecho, Pedro? ¿Me has estado investigando? -. Preguntó Paula con frialdad.
No era esa la manera en la que había pensado Pedro que su chica reaccionaría. Creía que se alegraría, que de una vez por todas, podía respirar tranquila y evaporar sus temores, pero se había equivocado, y de qué manera. No esperaba ese interrogatorio. Miró sus ojos y halló en ellos una mezcla de dolor e inquietud. Se incorporó de su asiento y se colocó frente a ella. Intentó, delicadamente y con mucho cuidado atraerla hacia sí, con miedo a su rechazo, pero para su sorpresa, ella respondió gratamente a su abrazo. Cuando la tomó contra su pecho, pudo comprobar que estaba tensa y todos sus músculos temblaban.
-Paula, lo he hecho porque te quiero y te veía preocupada por el tema del robo. Y ahora puedes estar tranquila, no fue él-. Pedro le contó lo averiguado-.Siento mucho no haberte dicho nada antes y mira que tanto Lorena como Fran me advirtieron de que debía decírtelo, pero quería estar seguro antes de hablar contigo sobre esto. Perdóname peque, pero no me arrepiento de haberlo hecho así.
-¿Lorena no te dijo nada más?-. Preguntó con el rostro pegado a su torso.
-Solo me contó hechos relacionados con Víctor, e incluso dejó caer que había matado a un hombre al que le sacó información sobre ti. ¿Eso es cierto?-. Ella afirmó con la cabeza-. Pues todavía me alegro más de que esté muerto-. Pedro intentó suavizar un poco la situación.- Paula, dime, ¿qué piensas sobre lo que te acabo de contar?
-No lo sé, es una noticia difícil de digerir porque siempre he pensado que sería yo la que acabaría bajo tierra antes que él. Y, fíjate que ironía, acaba muriendo en un incendio.- Paula soltó una sonrisa nerviosa.-. Siempre deseando que se alejara de mí, y ahora, que ya está lo suficientemente lejos, no me alivia el saberlo, no sé qué debo sentir. Supongo que me debería alegrar de su muerte, pero siento que soy una mala persona por ello.
-No eres una mala persona, Paula, eres extraordinaria. Solo tienes que asimilar que ese hombre no va a volver a hacerte daño nunca más-. Pedro había separado a Paula de su pecho y acariciaba suavemente su rostro con sus dedos.
-¿Crees que tengo el síndrome ese de… esa ciudad?-. Paula no recordaba cómo se llamaba y Pedro estalló en carcajadas.
-Se llama Síndrome de Estocolmo y no, no creo que lo tengas. Ese síndrome se da cuando la persona secuestrada desarrolla afecto por su secuestrador debido a la falta de violencia de éste último y en tu caso no ha sido así. Víctor intentó matarte en varias ocasiones así que es imposible que te florecieran buenos sentimientos hacia él. Sólo te enseñó su lado malvado y nunca quiso acercarse a ti por motivos diferentes.
Paula estaba más relajada y Pedro aprovechó la oportunidad para besarla e invadir su boca con la humedad de su lengua. Ese beso duró demasiado como para calentar los ya de por sí, ardientes deseos que brotaban en el interior de ellos.
-¿Vas a decirme ahora que escondes en esa bolsa? Dijo tras separarse del beso.
-No voy a decírtelo, vas a verlo, pero antes necesito que te quedes aquí, te desnudes y, cuando yo te diga, entres en la habitación-. El halo de voz de Paula estaba envuelto de misterio.
-¿No vas a desnudarme tú? Sabes que me encanta que lo hagas…- Pedro intentó besarla de nuevo, pero ella se zafó de sus manos.
-Haz lo que te pido, por favor-. Paula se pasó la lengua por su labio inferior en señal provocativa.
Pedro enarcó las cejas sin saber muy bien lo que tramaba. Lo único que sabía es que los pantalones le apretaban demasiado en su entrepierna. Se quedó en el comedor y cuando Paula desapareció tras la puerta de su cuarto, comenzó a quitarse la ropa. ¡Qué miedo le daba aquello!, pues de Paula podía esperar cualquier cosa y más tratándose de temas sexuales.
Paula entró en la habitación y no se esperaba encontrar lo que vio. En una de las mesitas, había una botella de cava sin abrir junto a dos copas vacías. En la cama, un bonito ramo de rosas rojas descansaba al lado de un plato lleno de fresas. Se acercó hasta el ramo y lo cogió para olerlo. Desprendía un olor maravilloso, fresco. No pudo evitar la tentación de probar uno de esos fresones de un rojo vivo y tan llamativo que le decían cómeme. Se llevó uno a la boca y su dulzor invadió todos sus sentidos. Se giró, ramo en mano, y se topó con Pedro desnudo, apoyado en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados.
-Pensé en celebrar la desaparición de Víctor de nuestras vidas, pero creo que no ha sido buena idea-. Pedro le explicó el motivo de encontrar esos objetos.
-No, no es buena idea-. Paula se acercó a él-. Son preciosas, gracias-. Le dijo refiriéndose a las flores.-Pero el cava y las fresas pueden servirme de complemento para lo que hay en la bolsa.
Paula le guiñó un ojo y salió de la habitación para poner las rosas en agua. Buscó un recipiente, lo llenó y las colocó dentro. De regreso a su aposento, empujó a Pedro hacia afuera, invitándolo a salir de allí.
-Recuerda, no aparezca por aquí hasta que yo te avise-. Dicho esto, le cerró la puerta en las narices.
Paula sacó su postre, su antifaz y sus amarres en ese orden. Solo esperaba que el tanga no se hubiera derretido antes de poder catarlo. Se puso manos a la obra. Colocó bajo el colchón las tiras con las que mantendría bien sujeto a Pedro. Fueron más sencillas de colocar de lo que pensaba. El antifaz lo depositó la mesita de noche, y el tango lo reservaba para dar el toque final. Una vez todo dispuesto, fue ella misma la que se quitó la ropa y se quedó completamente desnuda. Entreabrió la puerta y llamó a Pedro, que se acercó cauteloso.
-Cierra los ojos-. Le pidió Paula antes de dejarlo entrar.
-Vamos Pau, ¿a qué estás jugando?
-Venga, cierra los ojos, por favor.
-Vale, está bien-. Dijo vencido. Pedro juntó sus pestañas y Paula lo tomó de ambas manos y lo ayudó a entrar en la habitación.
-No hagas trampas y no los abras-. Paula rozó sus mejillas-. Tienes que prometerme una cosa. Esta noche vas a dejar que haga contigo lo que me plazca y no te vas a negar a nada de lo que te proponga.
-¿Y no lo hago siempre? Si me tienes totalmente entregado.- Le dijo resignado.
-Mmmm, así me gusta que te sometas a mí.- Paula le regaló un beso.
Lo guió hasta la cama y allí lo obligó a tumbarse. Pedro tenía unas ganas locas de abrir los ojos y contemplar lo que le había preparado. En ese momento, notó como algo se cernía a su muñeca derecha. Oyó el ruido del velcro al cerrarse alrededor de ella.
-Paula, ¿no estarás intentando...?-. No lo dejó terminar la frase, se abalanzó sobre sus labios para acallarlos y así tener mejor margen de maniobra para sujetarle la otra mano.
-Ya puedes mirar.
Pedro se miró primero un brazo y luego el otro. Confirmación de lo ocurrido, estaba atado a la cama por ambas articulaciones. Tiro de ellas, pero solo consiguió hacerse daño. Miró con el ceño fruncido a Paula, que estaba sentada sobre su pecho. Desvió la mirada hacia sus pies, que estaban sueltos. “Uff, menos mal, al menos puedo mover algo.” Paula leyó la mente de su chico y sonrió picarona.
-Si todavía no te he atado los pies es porque antes necesito hacer algo con ellos.
Se bajó de la cama y cogió la cajita que había dejado al lado de las copas de cava. La abrió y sacó el tanga de su interior. Se lo mostró, que lo miraba con los ojos desorbitados.
-¿Eso es un tanga? ¿No estarás pensando en ponerme esa cosa, verdad?-. Pregunta tonta, ya sabía la respuesta.
-¡Has acertado! Es un tanga sí, pero un tanga de chocolate y sí, voy a ponértelo-. se divertía.
-Te has vuelto completamente loca si piensas que voy a dejar que vistas mis partes con eso. No, ¡ni hablar! y menos que me metas esa tira por detrás. ¡No, no y no! Me niego a tener el culo embadurnado de chocolate-. El estaba acojonado.
-Vamos, colabora. Mientras más te resistas, más voy a tardar en darte placer-. Las notas sensuales de la voz de Paula, hacían mella en la excitación de Pedro.
Se sentía humillado, derrotado, vencido ante aquella mujer. Tenía todas las de perder cuando se trataba de Paula. En el fondo y si lo pensaba bien, no estaba del todo mal ese jueguecito. La venganza sería su plato fuerte. Vio como le introducía una pierna por una de las aberturas del tanga y hacía lo mismo con la otra. Era algo molesto tener eso ahí, entre las nalgas, pero tenía que pensar que la molestia acabaría siendo placentera. No estaba mal del todo, pero ahora quedaba encajar la pieza más importante, la fundamental. Parecía que esa pieza estuviera hecha para él, le quedaba irresistiblemente sexy. Se humedeció los labios superiores, pues los inferiores estaban desbordados de calidez. Arrodillada a los pies de Pedro, cogió los amarres inferiores y se los sujetó. Paula gruñó de impotencia y de sensualidad.
-Solo me falta ponerte una cosa más y podré degustar mi postre preferido.
-¿Todavía hay más?-. Preguntó extrañado. ¿Qué más le faltaba?-. ¡Ah, no, eso ya sí que no! ¿Además de que no puedo tocar tampoco puedo mirar?-. Volvió a preguntar cuando vio a Paula con el antifaz en la mano.
-Me has prometido que ibas a portarte bien.
-Estás jodidamente sexy-. La lujuria escapaba por la boca de Paula.
-¿Sexy?-.Preguntó irónico-. ¡Vamos Paula no me jodas! Yo no veo lo sexy por ningún lado.
-Desde luego que le quitas morbo al asunto. Tienes que ser más liberal en cuestiones de sexo.
-¡Más liberal dice! Claro, para ti es muy fácil decirlo, ¡cómo eres tú la que está atada!
-Paula….- Gimió con la
respiración entrecortada.-¿Sexy?-.Preguntó irónico-. ¡Vamos Paula no me jodas! Yo no veo lo sexy por ningún lado.
-Desde luego que le quitas morbo al asunto. Tienes que ser más liberal en cuestiones de sexo.
-¡Más liberal dice! Claro, para ti es muy fácil decirlo, ¡cómo eres tú la que está atada!
Sara fue a buscar el plato de fresas. Cogió una, le quitó el rabillo y la mordió para saborearla.
-Abre la boca-. Le pidió con voz ronca.
Pedro obedeció y entreabrió sus labios algo inseguro. Sintió el cuerpo de Sara inclinarse hacia delante y rozó la comisura de sus labios con la fruta. Pedro supo enseguida que se trataba de la fruta rojiza. La mordisqueó despacio, quería que Paula viera que, aunque no podía tocarla, era capaz de excitarla al máximo con su boca y lo que aguardaba en su interior. Y vaya si lo hizo. Después del último bocado afrutado, repasó con su lengua el agradable zumo de fresas que se había derramado por los labios de ella. Lo recogió lentamente, degustando, devorando su boca con movimientos sensuales, mordiendo sus labios con desesperación, hasta dejarlos completamente hinchados por el deseo que lo embriagaba. No sabía si ella estaba tan poco cuerda como él, pero de lo que estaba seguro era de que iba a llegar al orgasmo en menos tiempo que tardaba un fórmula uno de pasar de 0 a 100km.
-Pedro, no puedo más, necesito sentirte.-. Susurró contra su boca.
Y mandando a tomar por saco el cava, las fresas y el chocolate, Paula empotró el miembro de su chico en su interior, lanzando un quejido deleitoso. Volvió a tomar los labios de él como una posesa, con una agresividad desconocida en ella. Mientras sus bocas se abrasaban en un fuego devastador, sus sexos destruían las defensas de sus cuerpos a base de convulsiones orgásmicas. Paula se movía con mucha destreza, con una rapidez que era la que necesitaba en esos momentos, ávida de llegar al clímax. Y Pedro también necesitaba esa presión recorriendo las terminaciones nerviosas de su miembro. Paula alcanzó primero la excitación, gritando el nombre de su chico y tirando fuertemente de su pelo para poder controlar sus espasmos. Relajó la intensidad de sus movimientos.
-Pau, sigue, por favor, no te pares…-. Suplicó Pedro.
No le dio tiempo de pedirle a Paula que se retirara cuando una satisfacción inhumana lo atravesó de pies a cabeza..
Se tumbó sobre él y le saco el antifaz. Él abrió los ojos y no pudo más que regalarle una sonrisa de plena satisfacción a su chica.
-¿Vas a desatarme y dejar que te toque?
Paula se apresuró a quitarle los amarres de las manos y de los pies y dejar libre a su caza. Pedro se quitó la máscara y cogió a Paula por la cintura y la volteó hasta dejarla tumbada boca arriba en el colchón. Notó a su espalda el frío líquido del cava, vertido sobre las sábanas.
-He de reconocer que me ha encantado, pero no soporto no poder tocarte. Voy a volver a hacerte el amor. No he tenido suficiente contigo esta noche.-. le dedicó una mirada ardiente mientras repasaba el cuello de Paula con su lengua.
Y así, otra vez, se dejaron llevar por las hazañas amatorias que ambos compartían, hasta caer exhaustos y saciados sobre la cama y quemar lo que quedaba de noche con un sueño reparador.
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Espero que les guste! :)