viernes, 29 de noviembre de 2013

Capitulo 18

Quiero abrir los ojos pero no puedo, mis párpados no reaccionan ante la orden de mi cerebro. Noto el cuerpo pesado. Intento moverme pero no lo consigo. Sigo enviando mensajes a mis ojos hasta que por fin, consigo que vean lo que los rodea. Mi cuerpo sigue inmóvil, pero noto que puedo mover los dedos de las manos. Miro a mi alrededor y está todo oscuro, excepto por una tenue luz que hay al fondo del habitáculo donde me encuentro. Mi mente comienza a funcionar e intenta recordar dónde estoy. De momento, sé que estoy tirada en un suelo frío de baldosas negras, pero no logro recordar qué estoy haciendo y cómo he llegado hasta aquí. Tengo una de las paredes bastante cerca de mi cuerpo así que intento arrastrarme para llegar hasta ella. Lo he logrado con mucha dificultad y finalmente, quedo erguida contra ese muro. Sigo sentada en el pavimento negro, mi espalda descansa en esa pared, pero sigo con la sensación de que mi cuerpo no está conmigo. Vuelvo a mirar todo lo que me rodea. Cuando me doy cuenta de dónde estoy metida, siento una terrible angustia y un miedo atroz se apodera de mí. Voy recordando lo que me ha llevado hasta este lugar. O mejor dicho, quién me ha dejado aquí. Estoy en el sótano de la discoteca de Alba, conozco bien este lugar. Empiezo a ponerme demasiado nerviosa, a respirar inhalando demasiado aire, mis ojos se cubren de lágrimas y mi boca se llena del sabor de la sangre por la herida que acabo de hacerme al morderme el interior del labio. Echo un vistazo a lo que creo que todavía es mi cuerpo. Tengo rasgado el pantalón a la altura del muslo izquierdo, pero no sólo está roto, también está empapado de sangre que brota de un corte bastante profundo que tengo en la pierna. Paso mi mano por la herida para detener la hemorragia pero la sangre sigue saliendo a borbotones. Cojo la tela rota de mis tejanos y tiro de ella para arrancarla y poder hacerme un torniquete en la pierna. Después del esfuerzo y del dolor, mi cuerpo está más débil, y la cabeza empieza a darme vueltas. Intento serenarme. Tengo que salir de esta habitación. Cuando abro los ojos, un poco recuperada, visualizo una puerta que antes no había visto. Es la salida de emergencia. Tengo que incorporarme, pero necesito ayuda, necesito agarrarme a algo para ponerme de pie. Deslizo mi maltrecho cuerpo hasta llegar a unas estanterías y me aferro a ellas. Ya en posición vertical, voy apoyándome en los estantes hasta que llego a la puerta e intento sujetarme al pomo de la misma. Me cuesta horrores soportar mi propio peso con ambas manos y la pierna que tengo lesionada no me ayuda, no puedo apoyar el pie y tengo que arrastrarlo conmigo. Sigo estando derecha pero el trabajo que he hecho para llegar hasta aquí me ha dejado completamente aturdida, todo se mueve a mí alrededor y mis manos no pueden mantenerme en esa posición y vuelvo a caer. El sonido que hacen mis rodillas al chocar contra el suelo me provoca un dolor insoportable en todo mí ser. No ha servido de nada tanto sacrificio, todo para nada, como todo en mi vida. Y allí, tirada de nuevo en el suelo rompo a llorar desconsoladamente. Será la última vez que resbalen lágrimas por mi cara porque sé que éste es el final, mi final. En ese momento noto como alguien, desde el otro lado de la puerta, la empuja y me arrolla con ella. Esa persona entra y se acerca a mi lado, me coge por los brazos y me sienta en el suelo. No consigo verle la cara, pero esas botas me son familiares. Son de Víctor. Ya no hay vuelta atrás, va a cumplir su promesa y yo estoy deseando que lo haga porque no puedo soportar más esta tortura y no puedo luchar contra él. En unos segundos me pasa por la mente toda mi vida, mi familia, mis amigos, Pedro…. Pepe. Lo siento, es lo único que puedo decir mientras mi vida se va. Víctor se agacha y queda de rodillas frente a mí. Bruscamente me sujeta la barbilla con sus manos y no me cabe ninguna duda de sus intenciones, puedo verlas en sus ojos. Mueve los labios para decirme algo, pero no lo entiendo. Esas palabras no son de él, esa no es su voz. Es la voz de Pedro.
-Pau, despierta, por favor.
 
Paula abrió los ojos despacio y vio el rostro de Pedo que estaba desencajado. Él estaba encima de ella, la rodeaba con sus piernas apoyadas sobre la cama. Con sus manos limpiaba las lágrimas vertidas por el sueño. Paula lo miró asustada, como si no acabara de comprender qué había pasado. Pedro leyó esa incertidumbre en sus ojos.
-Ya está peque, ya ha pasado. Has tenido una pesadilla-. Susurró Pedro que besaba su cara.
-¿Una pesadilla? ¿Pero qué...?-. Paula se reclinó en la cama, mirando a Pedro, que seguía asustado. Recordó el mal sueño que había tenido y el horror se apoderó de ella. Se llevó las manos a su rostro y ocultándolo, volvió a llorar.
-No, peque, no llores más. Cálmate, estoy a tu lado-. Pedro aferró a Paula entre sus brazos en un abrazo tierno y conmovedor.
-Perdóname Pepe-. Y Paula se liberó del abrazo y salió de la cama.
 
Pedro la vio salir de la habitación y la dejó sola, creyendo que sería buena idea que estuviera unos minutos con ella misma, mientras él seguía en la cama, recuperándose del susto que le había causado ver a Paula en ese trance. Solo habían pasado dos minutos cuando Pedro abandonó la habitación y fue a buscar a su chica. La encontró en el comedor, sentada en el sofá, con sus codos apoyados en las piernas y sus manos sujetando su rostro. Se percató de su presencia cuando Pedro se quedó parado tras la puerta. Ella le sonrió tímidamente y él avanzó hasta colocarse a su lado. Sentado junto a ella, le acarició la espalda y ella apoyó su cabeza en su hombro. Con su otra mano, acarició su pelo. Parecía algo más relajada.
-¿Te apetece contarme tu sueño?-. La voz de Pedro era suave.
-No sé por dónde empezar.
-Empieza por el principio-. Pedro curvó sus labios en lo que intentaba ser una sonrisa. Paula lo miró, pero no le devolvió esa mueca.
-He soñado con Víctor y esta vez ha sido horrible, esta vez cumplía con lo prometido. Acababa conmigo y en esos últimos instantes, sólo veía a mis padres, a mis hermanas, a mis amigos, a ti, y me quedaba sin todos ustedes-. La voz de Paula era temblorosa, pero consiguió no derramar más lágrimas. Pedro la abrazaba con fuerza. Había algo en ese sueño que no acababa de entender. Volvió la cara contra la suya y le preguntó sin ocultar su preocupación.
-Pau, siempre que has soñado con ese hombre es porque antes te ha ocurrido algo con él y ahora, no te ha pasado nada. ¿O sí?-. Pedro la miraba atónito-. Paula, ¿me estás ocultando algo?
-No ha ocurrido nada.
-Entonces, ¿por qué ese mal sueño? Háblame Pau, por favor, confía en mí.
-Pepe, créeme cuando te digo que no he vuelto a ver a ese hombre desde el incendio de la oficina, pero es que no sé…- Paula tragó saliva, respiró hondo y se confesó-. ¿Recuerdas el robo de mi apartamento?-. Pedro afirmó.- pues creo que fue él. Es solo un presentimiento y quizás esté equivocada pero siento que me ha vuelto a encontrar-. La barbilla de Paula temblaba, intentando no volver a llorar.
-¿Porqué no me lo contaste antes?-. Pedro acariciaba dulcemente su rostro.
-Porque es solo eso, una corazonada y no quiero que creas que estoy obsesionada con ese hombre, que siempre que me pasa algo malo él está involucrado. No quiero que me tomes por loca.
-Peque, no pienso que estés loca, solo quiero que me cuentes las cosas que te asustan. Sabes que puedes contar conmigo para todo lo que necesites, que estoy contigo para ayudarte, para quererte y no me cansaré nunca de repetírtelo, pero por favor, no te cierres conmigo, no me ocultes nada. Me preocupo por todo aquello que te preocupa a ti porque te quiero demasiado como para que no me importe.
-¿Sabes una cosa?, creo que sí que estoy loca, pero por ti. Siempre estás conmigo, siempre que te necesito estás a mi lado. Siempre eres tú-. Paula cogió los labios de su chico entre los suyos y los besó tranquilamente, demostrándole todo lo que sentía por él.
 
Ese beso fue roto por el sonido de la alarma del despertador de Pedro. Eran las siete de la mañana, la hora de empezar el día, aunque el de ellos había comenzado hacía una hora y no de la mejor manera posible. Se levantaron del sofá y fueron a la habitación a vestirse. Desayunaron y se encaminaron hacia sus respectivos trabajos. Pedro la dejó en la puerta de su oficina, despidiéndose de ella hasta la tarde y él siguió su camino.
 
-Buenos días, Antonio-. Saludó Paula al conserje al entrar en el edificio.
-Bueno día, Pau. ¿Has dormido bien?, tienes ojeras.
-No del todo, pero gracias por preocuparte-. Paula le sonrió.
-Espera, casi se me olvidaba. Toma-. Antonio le entregó un sobre-. Ha llegado esto para ti esta mañana.
 
-Gracias Antonio-. Paula cogió el sobre y se fue hacia su despacho.
Mientras subía en el ascensor, Paula abrió el sobre que le había entregado Antonio. En él solo ponía su nombre, Paula Chaves, en letras de ordenador. Dentro había un papel de tamaño de un cuarto de folio. Estaba en blanco, no había nada escrito en él. Paula le dio la vuelta y nada, estaba intacto. Lo miró a contraluz por si había algo calcado, pero no consiguió ver nada. Volvió a mirar el papel y el sobre y con cara de no entender nada, lo guardó en su bolso. Ya lo tiraría en la papelera de la oficina.
 
-¡Si ha llegado mí otra bailarina preferida!-. Saltó David cuando la vio entrar.
-Buenos días David.
 

Pedro llegó al colegio y entró en la sala de dirección, donde tenían reunión todos los profesores a primera hora. Los saludó a todos, incluidos Fran y Ricardo y comenzaron con la asamblea. Su cuerpo estaba allí, en aquella habitación pero su mente vagaba por lo ocurrido esa mañana con Paula. Ni por un momento se le había pasado por la cabeza que ella estuviera loca, pero le preocupaba mucho que tuviera esa sensación, esa sospecha de que él era el ladrón, de que la había encontrado de nuevo. ¿Y si ese mal augurio era cierto? ¿Y si Paula no estaba equivocada y ese cabrón volvía a por ella? Ella era la que mejor lo conocía y si tenía esa corazonada era por algo, porque sabía que podía ser él.
 
-¿Tú qué opinas Pedro?-. Le preguntó Ricardo.
-¿Cómo? ¿Qué?-. Miró a los allí presente-. Lo siento Ricardo, he de salir un momento-. Y Pedro abandonó la sala y a los allí congregados.
 
La preocupación de Pedro se reflejó en su rostro cuando salió al patio. Se sentó en un escalón de la escalera de caracol que había en el patio para subir al terrado. Cerró los ojos y respiró profundamente, intentando calmarse. Joder, nunca le había pasado nada semejante y mucho menos cuando tenía que tomar decisiones conjuntas para el colegio. Agachó la cabeza y con los brazos apoyados en sus rodillas, deslizó sus manos por su pelo. Tenía que proteger a Paula, tenía que alejarla de todo lo que le hacía daño, era su obligación y tenía que hacerlo cuanto antes.
 
-¿Se encuentra bien?-. Le preguntó una voz.
-Estoy bien, gracias-. Pedro levantó la cabeza para contestar y vio que era el mismo hombre, el mismo obrero que le preguntó días atrás por Paula.
-Bien, pues me alegro. ¿Cómo está su novia?
-¿Por qué le interesa? ¿La conoce?-. A Pedro empezaba a mosquearle ese señor.
-No, no, no la conozco, simplemente era por preguntar- . El hombre sonrió de lado a Pedro, una sonrisa que no le gustó para nada.
 
El obrero se fue, dejando a Pedro solo, sentado en ese escalón. Lo vio alejarse y por primera vez, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Esa también fue la primera vez que se fijó en él. Era un hombre menudo, no pasaría del metro sesenta y cinco, calvo, con unos ojos que, aunque eran de un bonito color azul, los ensombrecía una mirada ácida y perturbadora, por no decir de la quemadura que invadía todo su lado derecho de la cara. Le daba muy mal rollo aquel hombre.
 
-Pepe, ¿qué te pasa?-. Le preguntó Ricardo una vez acabada la reunión.
 
-Perdóname Ricardo, siento lo que ha pasado ahí dentro-. Contestó señalando hacia la sala de la reunión. Sonó el móvil del padre de Paula y dejó a Pedro junto a Fran.
-Colega, ¿vas a contarme que te preocupa? ¿Es por Paula? ¿Has discutido con ella? ¿No tendrá nada que ver con lo que pasó el sábado con Álvaro?-. Su amigo le lanzaba pregunta tras pregunta.
 
-No, no tiene nada que ver con eso.- Pedro le explicó lo del sueño y la posterior conversación.
-¡Joder! no me extraña que tengas esa cara. Entiendo que estés alarmado, pero seguro que Paula está equivocada. Sigue muy afectada por todo lo que ese mal nacido le ha hecho y lo más probable es que se esté pudriendo en la cárcel.
 
-Eso espero yo también, o mejor, que esté muerto. Voy a hablar con mi cuñada a ver si sabe algo-. En ese momento, su móvil emitió la melodía de llamada y Pedro contestó.
-Hola Pepe, ¿te pillo en mal momento?-. Era Lorena la que hablaba al otro lado de la línea.
 
-Hola Lorena. No, no estoy en clase. Dime, ¿has descubierto algo sobre Víctor?-. La voz de Pedro sonó seria.
-Sí y por eso te llamo. Tengo muy buenas noticias, pero no quiero contarte nada por teléfono. ¿Puedes pasarte por la comisaría a la hora de comer?
-Sí claro, allí estaré-. Dijo con una sonrisa-. Lorena, ¿seguro que son buenas noticias?-. Pedro estaba impaciente por que se lo confirmara. Quería estar seguro.
-Sí Pepe, son estupendas. Luego te lo cuento todo. Adiós.
 
Pedro sintió un tremendo alivio cuando Lorena le reafirmó que los hallazgos sobre ese desgraciado eran buenos. Respiró tranquilo. Fran seguía a su lado, impasible e inquieto por saber el motivo de la relajación en la cara de su amigo. Pedro le contó lo poco que le había explicado su cuñada y, por supuesto, se alegró.
Entre el papeleo que tenía que rellenar y, que en su cabeza solo estaba Pedro y lo ocurrido esa mañana, ni se había dado cuenta de que era la hora de comer. Recogió un poco su mesa y se fue hacia la cocina. Abrió la nevera y sacó su comida, una ensalada y un estupendo cocido, que, cuando estuviera calentito, se lo comería gustosamente. A Paula le encantaba la comida de cuchara pero nunca le quedaba igual que a su madre. Echaba los mismos ingredientes, la misma cantidad de ellos, pero nada, ni con esas le quedaba con ese sabor que solo las madres saben darle a los alimentos. Cierto era que María tenía una mano estupenda para los manjares y qué decir de Pedro, que para ser hombre, se defendía bastante bien entre fogones. Entre otros lugares. Enseguida los acompañó sus tres amigos del despacho.
-Vaya Javi, te quedas a comer con nosotros y encima te traes la comida de casa. ¿Qué le has hecho a tu mujer?-. Preguntó irónica Helena.
-Yo siempre me porto bien con mi amor, pero dice que está harta de cocinar para ella sola y que no puedo gastarme un dineral todas las semanas en comer fuera cuando hay comida en casa. Así que, como quiero enfadarla, que luego me deja a dos velas, voy a complacerla. Y por qué no, admito que tiene razón.
 
-Ana siempre mirando por la economía de la casa -.Dijo riendo Paula.
 
-Pues sí, he de reconocer que yo, para eso, soy un completo desastre. Suerte que la tengo a ella para eso y para mucho más.- A Javi se le dibujó una sonrisa en el rostro.
-Y bien, Pau ¿qué tal ha ido tu restante fin de semana?- Preguntó David.
Paula les explicó lo ocurrido ese domingo, sin omitir detalle del mal sueño y de la charla con Pedro.
 
-¡Joder Paula!, ¿porqué no hablaste con nadie sobre eso?- La regañó Helena.
-No quería preocupar a nadie, además ¿y si estoy equivocada? ¿Y si fue un robo fortuito? No me echéis la bronca, por favor, ya he tenido bastante con Pedro.
 
-¡Y con razón si se ha cabreado contigo!-. Exclamó Javi-. Paula, tienes que confiar en la gente que te rodea. Si estamos contigo es porque nos importas y no nos gusta verte angustiada. Si no quieres contarnos las cosas a nosotros, pues no lo hagas, pero Pedro es tu pareja, te quiere y tienes que ser sincera con él-. Javi acarició las manos de Paula en un roce reconfortante.
 
-Gracias chicos por ser tan buenos amigos. No sé qué haría sin ustedes-. Paula les debía tanto a esos tres personajes.
 
-Bueno, cambiando de tema y pasando a otro más interesante, ¿le has contado a Pedro tu relación con Álvaro?-. La cotilla de Helena salía a la acción.
-No, no le he contado nada. No creo que sea buena idea. Prefiero dejar las cosas así como están-. La respuesta de Paula fue tajante.
-¿Y crees que nunca lo sabrá? Tú le preguntaste por la relación que tuvo con tu hermana. ¿Qué te hace pensar que él no siente curiosidad por saber lo que pasó entre ustedes?
 
-Los hombres no piensan igual que nosotras Helena, no son tan morbosos-. Dijo Paula mirando a los dos hombres sentados alrededor de la mesa.
-Pues te aseguro que a mí me gusta saber todo sobre las relaciones que ha tenido mi pareja-. David posó su mano sobre su chica, a lo que ella respondió con una arcada.
-Perdón, tengo que ir al baño-. Y Helena salió disparada, tapándose la boca con la palma de la mano. Javi, Paula y sobretodo David, se quedaron preocupados.
-¿Qué le pasa?-. Preguntó Paula.
-Seguramente será la cena de anoche. Se le antojó cenar comida mexicana y creo que no le ha sentado muy bien. Mira que le dije que el picante no le iba bien a su estómago, pero nada, ni caso-. David hizo una mueca de resignación.
 
Paula se levantó de su asiento y fue en busca de su amiga. Le parecía muy extraño que Helena comiera picante, tenía el estómago muy delicado como para engullir semejante alimento. Picó a la puerta y pudo escuchar como su compañera volcaba hasta la última papilla por el retrete.
 
-Helena, ¿te encuentras bien?
-Sí, enseguida salgo-. Dijo ésta con un esfuerzo.
 
Oyó como se abría el pestillo de la puerta y la persona que apareció detrás no era Helena. Estaba pálida, agotada, seguramente por el esfuerzo del vómito y se tambaleaba sobre sus pies. Paula la sujetó y gritó a sus compañeros para que vinieran a ayudarla. David acudió corriendo a su auxilio y sujetó a su chica para acomodarla en uno de los sillones del pasillo.
-Cariño ¿qué te pasa?-. David se asustó a ver a su chica con semejante semblante. Tocó su rostro y lo tenía empapado en sudor-. Voy a llevarte al hospital.
-David, estoy bien, solo un poco mareada, nada más.
-No, Helena, no estás bien. No tienes color en la cara, estás mareada, vomitas y tienes el cuerpo cubierto de sudor frío, así que no me digas que estás bien-. David se había enfadado.
 
Paula fue al despacho de Helena a buscar su bolso y su abrigo y acompañó a David y a ella hasta el coche. La verdad es que su amiga tenía una pinta horrorosa y estaba de acuerdo con David, no estaba bien.
 
-David, ¿de verdad no quieres que los acompañe?
-No hace falta Pau, gracias. Te llamo más tarde y te cuento-. David le dio un beso en la mejilla y subió al coche.
 
Paula volvió a sus tareas, preocupada por Helena. Esperaba que no fuera nada grave y se debiera solo al picante. A ver si de una vez aprende a no comer cosas que no debe.

Pedro llegó a la comisaría diez minutos antes de la dos de la tarde. Tenía hambre, su estómago se lo recordaba, pero era mucho más urgente saber lo que Lorena tenía que contarle que rellenar el buche. La recepcionista le indicó que pasara y se acercó hasta la mesa de su cuñada.
-Hola Pepe-. Lo saludó-. Siéntate un segundo, que recojo todo esto y nos vamos. ¿Te apetece que comamos juntos y te cuento?
-Sí claro, estupendo.
Lorena terminó de colocar las cosas que había sobre su mesa y cogió una carpeta de color negro y se la llevó consigo. Fueron a un bar que estaba a dos manzanas de la comisaría, pues Lorena no quería que nadie viera que había sacado información de su puesto de trabajo. Cuando llegaron al bar, un camarero los colocó en una mesa y les tomó nota de los platos que iban a tomar.
 
-Lorena, por dios, dime qué has encontrado-. Dijo Pedo desesperado.
-Tranquilo cuñado que ya te he dicho que son buenas noticias-. Lorena abrió la carpeta que había llevado al bar y sacó una hoja. Se la mostró a Pedro.
-¿Un certificado de defunción?-. Preguntó sin acabar de entender.
-Sí, pero mira el nombre-. Pedro siguió leyendo más abajo.
-Víctor Roca Montero-. Leyó y apartó sus ojos abiertos como platos del papel, clavándolos en su cuñada.- ¿Me estás diciendo que este certificado es del padre de Paula?
-Sí así es. Ese hombre está muerto.
-¿Me lo dices en serio? ¿De verdad que está muerto?-. Pedro tenía un nudo en el pecho y tenía que deshacerlo cuanto antes.
-Está muerto y enterrado. Lo he comprobado y está confirmado. El certificado es auténtico y está expedido por un médico que, a día de hoy, sigue trabajando en la prisión en la que Víctor estuvo encerrado. Cumplía condena por provocar el incendio de su oficina y por el intento de asesinato de Paula, aunque como se demostró después que era su hija, también lo acusaron de intento de parricidio. Apenas había cumplido un año de condena cuando se produjo un incendio en el taller en el que estaba aprendiendo carpintería. Así que imagínate lo que se lió allí, la madera comenzó a arder enseguida. Se supo que el incendio fue provocado, pero aún no han podido dar con la persona que lo hizo. Víctor murió en ese incendio y el hombre quedó tan tostado que tuvieron que hacerle las pruebas dentales para comprobar su identidad. También he averiguado que mató a un hombre. Se lo cargó a sangre fría, después de sonsacarle información sobre ella-. Lorena terminó de relatar la historia. Miró a su cuñado a los ojos y abrazó sus manos-. Pedro, todo se acabó, pueden estar tranquilos. Ese hombre no va a molestar nunca más a Paula.
 
Pedro no pudo ocultar su alivio, era una sensación increíblemente sanadora y de sus labios salió una amplia sonrisa.
 
-Muchas gracias Lorena por todo. No sabes lo tranquilo que me siento ahora después de escuchar lo que me has dicho. Tenía tanto miedo de que ese cabrón volviera a hacerle daño.
-Ahora no tienes por qué tenerlo. Y mucho menos Paula. Por cierto, sería buena idea que se lo contaras. El otro día, cuando la denuncia del robo, me contó que creía que era Víctor el que había entrado en su casa.
 
-Sí, a mí también me lo dijo, pero ahora sabemos que ese presentimiento que tenía era solo eso. Estoy impaciente por contárselo. Quiero ver su cara cuando lo sepa.- Pedro estaba contento y se moría de ganas de hablar con su chica y poder quitarle el miedo que ese hombre le provocaba.
 
Terminaron de comer y Lorena se marchó hacia su casa pues había acabado su jornada laboral y Pedro volvió al colegio con una sonrisa enorme en sus labios pero mucho mayor era la que sentía en su interior.

Paula salió a la calle dispuesta a coger el metro para entregar una documentación a un cliente. Era un cliente de Helena y le había pedido, que por favor se lo llevara esa misma tarde. Hubiera ido ella, pero su estado no era el mejor como para presentarse allí. Hacía una hora que David y Helena se habían ido a urgencias y no sabía nada de ellos. Realmente estaba preocupada. Cogió el metro de la línea uno y se dirigió hacia el centro de la ciudad. Llegó a su destino, un impresionante edificio de cristalera de un montón de pisos, pues su visión no alcanzaba a ver más allá por culpa del radiante sol de ese día de invierno. Saludó al conserje y tomó el ascensor hasta el piso número veinte. Allí estaba instalada una editorial de libros de todas las temáticas, novelas, libros de texto, libros electrónicos, de cocina, de deportes, de astrología…uff, y un sinfín más. Le entregó a la secretaria, que le atendió muy amablemente, los documentos de Helena. Esa señorita se encargaría de hacerlos llegar a la persona correspondiente. Dicho eso, Paula se despidió y volvió a salir a la calle. Antes de llegar a las escaleras de bajada hacia el metro, sonó su móvil. El ruido era de un Line. De Pedro.
“Hola preciosa. Esta tarde tenemos algo muy importante que celebrar. Luego te cuento. Te quiero, te quiero, te quiero.”
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¿Algo importante que celebrar? ¿Qué habrá pasado? ¿Tantos te quiero juntos en un mismo mensaje? ¡Joder! algo ha hecho.
Paula iba a guardar su móvil en el bolso cuando vio una tienda. No había reparado en ella cuando había ido en la dirección opuesta, hacía apenas unos minutos pero ahora no le había pasado desapercibida. Si hay algo importante que celebrar, ¿por qué no hacerlo de una manera erótica y sensual? Dicho y hecho, entró en el sex-shop. Era la primera vez que entraba en uno de esos sitios y además sola. Le dio un poco de vergüenza al principio pero no era la única persona que estaba allí, habían varios compradores que estaban más absortos en los artilugios que habían en esa tienda que en ella. Eso pareció tranquilizarla. El comercio no era excesivamente grande, pero madre mía, había de todo.
Ya lo tenía todo y era mejor que se fuera antes de acabar comprando toda la tienda. Fue al mostrador de caja, pagó sus juguetitos y salió pitando hacia la oficina. 

Pedro recogía sus cosas para marcharse a casa, pero antes tenía pensado hacer unas compras. Tenía que celebrar la buena noticia con Paula. Había pensado comprar una botella de cava, un ramo de rosas rojas y quizás, para cumplimentar, unas fresas, que según tenía entendido, eran afrodisíacas, aunque a ellos poca falta les hacía. Solo con besarla ya le invadían unas ganas primitivas de poseerla.
 
-¿Ya te vas?-. Le preguntó Fran al entrar en el vestuario.
-Sí ya he terminado por hoy. Estoy impaciente por ver a Paula y contarle todo-. Pedro le había explicado a Fran lo que había descubierto sobre Víctor.
 
-Pepe, ¿puedes esperar un momento? Me gustaría enseñarte algo.
Pedro se quedó parado ante el susurro misterioso de su amigo. Afirmó con la cabeza mientras que Fran sacaba de su taquilla una cajita pequeña plateada. La abrió y le enseñó su interior a Pedro. En ella, había un anillo de compromiso, un anillo de oro blanco con un diamante engastado en el centro. Sencillo pero precioso.
 
-¡Oh, Fran!-. Pedro se llevó las manos a su boca, en expresión de sorpresa-. ¡Sí quiero!-. El tono burlón de su amigo hizo que Fran esbozara una sonrisa.
 
-¡Eres muy tonto! No eres mi tipo y lo sabes-. Fran se puso serio-. Voy a pedirle a Raquel que se case conmigo.
 
-¡Ya sabía yo que ese pedrusco no podía ser para mí!-. Exclamó divertido Pedro, abrazando a Fran-. Me alegro mucho de que estés seguro de dar ese paso. ¡Te ha costado menos que irte a vivir con ella!
-La verdad es que lo he tenido muy claro desde que vino a mi casa a vivir. Solo espero que me diga que sí. Estoy algo nervioso.
 
-Supongo que tus nervios son normales, pero te dirá que sí. Estoy seguro.- Volvieron a abrazarse-. Y si te dice que no, yo puedo casarme contigo, ladrón-. Pedro seguía bromeando.- Tengo que irme, he de pasar a hacer unas compras antes de recoger a Paula. Mañana me cuentas.
 
Y Pedro salió escopeteado hacia su coche. Pensó en la proposición que le había hecho su compañero y sonrió, aunque no era para él, claro. Fran estaba decidido a dar un paso más con Raquel y eso a él le alegraba. Le encantaría ver la cara de ella cuando su amigo le pidiera matrimonio. Sonaba bien eso de Fran y Raquel casados. Casados. Una idea que últimamente le rondaba a él por la cabeza. Quería casarse con Paula, lo sabía, al igual que sabía que ahora no era el momento. Llevaban poco tiempo juntos y menos aún viviendo en compañía del otro, pero llegaría el día que se lo pediría. Él y Paula se llevaban muy bien, apenas discutían, se entendían a la perfección y Pedro iba destrozando poco a poco esa muralla donde se escondían todos los miedos de su chica. Todavía le quedaba por rasgar en esa coraza, pero estaba dispuesto a dejarse las uñas porque la quería.
Llegó al supermercado y fue a comprar la botella de cava. No se fijó en el precio, tanto daba, la ocasión merecía lo mejor, así que cogió la bebida y se fue hacia la frutería que había fuera del supermercado. Allí compró las fresas y con la fruta y el cava subió al coche camino de la floristería. Sabía que le gustaban las rosas rojas, así que le pidió a la dependienta media docena de esas flores. La chica le cogió las más frescas y se las entregó con una sonrisa en los labios. Volvió al coche y, antes de ir a buscar a Paula, pasó por casa para prepararlo todo.
 
Antes de salir del despacho, Paula y Javi llamaron a David para saber cómo se encontraba Helena. Hacía cuatro horas que se habían ido a urgencias y desde entonces, no habían tenido noticias. Paula marcó el número de móvil de su compañero a través de la centralita y puso el altavoz para que su jefe escuchara la conversación. Esperaron varios tonos hasta que David respondió.
-Hola David, ¿qué tal está Helena?
-Hola Pau. Acabamos de llegar a casa, iba a llamarte ahora mismo. Helena está algo mejor. El médico le ha dicho que fue la cena lo que le ha sentado mal y le ha prohibido tajantemente probar el picante y comidas fuertes. La ha puesto a dieta. Ahora está en la ducha y luego la meteré en la cama.
-Oye David.- le dijo Javi.-déjala descansar y que no venga mañana al despacho.
 
-Javi, eso será complicado, sabes cómo es. Si se encuentra con fuerzas irá a trabajar, pero yo se lo digo de todas formas.
 
-Cuídala David y dale un beso de nuestra parte. Si necesitas algo, nos avisas.
 
-Gracias chicos, pero espero que mañana esté recuperada. Un beso. Adiós.- David concluyó la charla.
 
Javi y Paula, que llevaba la bolsa llena de los artículos que había comprado para pasar una noche memorable, bajaron hasta la calle, despidiéndose hasta el día siguiente. Paula divisó a Pedro apoyado en su coche, hablando con una morena con un buen cuerpo, unos zapatos de tacón, tejanos ajustados y mucha, mucha pechera. ¿Quién es esa? Paula no pudo evitar sentir una punzada de celos en su interior. Sabía que Pedro la quería y que no iba a dejarla, pero era algo que no podía controlar. Cada vez que una chica excesivamente guapa se acercaba a él, ella se sentía inferior y conociendo las chicas tan exuberantes con las que se había acostado, Paula sabía de sobras que no se acercaba a aquella descripción ni por asomo. Respiró profundamente y alejó ese complejo de inferioridad de su alma. Cuando Paula llegó casi a la altura de su chico y de la morena, ésta se giró y mirando a Paula de arriba abajo, se fue con una amplia sonrisa en los labios, como si hubiera conseguido un trofeo. Paula arqueó las cejas.
 
-Hola preciosa-. Dijo Pedro acercándose a Paula para darle un beso, beso que ella rehusó girando la cara.
-¿No puedes estarte quieto? ¿Es que siempre que me doy la espalda tienes que estar tonteando con alguna lagarta?-. Dijo en tono malicioso.
-¡Eh, yo no he hecho nada! Estaba aquí esperándote y se me ha acercado esa chica para preguntarme por una calle-. Pedo la cogió por la cintura y la atrajo hacia sí.
-Anda, sube al coche que me tienes contenta.
-No.- Pedro la sujetaba con fuerza-. Bésame-. Le pidió con urgencia.
Paula acercó su rostro al de Pedro y besó lentamente sus labios. Se abrazó a él, acariciando el suave pelo de su nuca.
-Definitivamente no eres consciente de tu atractivo ni del morbo que despiertas entre las mujeres-. Susurró Paula en su oído.
-Solo me interesa el morbo que te provoque a ti-. Pedro volvió a morder sus labios.
-¡Joder!, qué facilidad tengo para desearte-. Gimió Paula contra su boca.
-A mí me pasa lo mismo, pero vamos a tener que esperar. Primero tengo que contarte una cosa.
-¡Es cierto, casi lo había olvidado! ¿Qué tenemos que celebrar?-. Paula preguntó impaciente.
-Cuando lleguemos a casa te lo cuento. Por cierto, ¿qué llevas en esa bolsa?
-No voy a decírtelo hasta que no me cuentes tú primero-. Paula le sacó la lengua. Si ella tenía que esperar, él también.
Subieron al coche, dirección a casa. No hubo manera de sacarle a Pedro una mínima pista del motivo de la celebración. Paula se torturaba las pocas neuronas que, a esas horas de la tarde, le continuaban funcionando. Nada, no soltaba prenda el puñetero. Pero ella tampoco le decía el contenido de la bolsa. Era como un pulso, a ver quién podía aguantar más sin cantar. Por fin llegaron a casa. Una vez dejaron sus bártulos en el comedor, Pedro le pidió a Paula que se sentara en el sofá, a su lado.
-Pepe, ¿qué pasa?-. Preguntó intrigada.
-Víctor está muerto-. Soltó Pedro a bocajarro.
-¿Cómo dices?-. Paula se había quedado petrificada. ¿Había oído bien?
-He dicho que Víctor está muerto-. Volvió a repetir Pedro.
-Sí, ya te he escuchado, pero ¿cómo lo sabes? ¿Me lo dices en serio?-. Preguntó Paula con voz neutra
-Sí, es verdad. Hace unos días hablé con mi cuñada y le pedí que investigara sobre el paradero de ese hombre. Y ese no es otro que el cementerio-. Pedro agarró sus manos con suavidad.
Paula se quedó de piedra. Si en ese momento la hubieran partido en dos, no habría notado la fina hoja del cuchillo rompiéndole las entrañas. Había actuado a sus espaldas sobre un asunto que le atañía exclusivamente a ella. No le había dicho absolutamente nada. Pero eso no era lo peor que se le pasaba por la mente. ¿Sabía algo más sobre ella? ¿Qué era lo que Lorena había descubierto realmente? ¿Le había contado algo más a Pedro, algo que ella todavía no le había contado? ¡Joder, a la mierda su noche memorable! Se levantó de golpe del sofá y soltó bruscamente sus manos de las de Pedro.
-¿Por qué lo has hecho, Pedro? ¿Me has estado investigando? -. Preguntó Paula con frialdad.
No era esa la manera en la que había pensado Pedro que su chica reaccionaría. Creía que se alegraría, que de una vez por todas, podía respirar tranquila y evaporar sus temores, pero se había equivocado, y de qué manera. No esperaba ese interrogatorio. Miró sus ojos y halló en ellos una mezcla de dolor e inquietud. Se incorporó de su asiento y se colocó frente a ella. Intentó, delicadamente y con mucho cuidado atraerla hacia sí, con miedo a su rechazo, pero para su sorpresa, ella respondió gratamente a su abrazo. Cuando la tomó contra su pecho, pudo comprobar que estaba tensa y todos sus músculos temblaban.
 
-Paula, lo he hecho porque te quiero y te veía preocupada por el tema del robo. Y ahora puedes estar tranquila, no fue él-. Pedro le contó lo averiguado-.Siento mucho no haberte dicho nada antes y mira que tanto Lorena como Fran me advirtieron de que debía decírtelo, pero quería estar seguro antes de hablar contigo sobre esto. Perdóname peque, pero no me arrepiento de haberlo hecho así.
 
-¿Lorena no te dijo nada más?-. Preguntó con el rostro pegado a su torso.
-Solo me contó hechos relacionados con Víctor, e incluso dejó caer que había matado a un hombre al que le sacó información sobre ti. ¿Eso es cierto?-. Ella afirmó con la cabeza-. Pues todavía me alegro más de que esté muerto-. Pedro intentó suavizar un poco la situación.- Paula, dime, ¿qué piensas sobre lo que te acabo de contar?
-No lo sé, es una noticia difícil de digerir porque siempre he pensado que sería yo la que acabaría bajo tierra antes que él. Y, fíjate que ironía, acaba muriendo en un incendio.- Paula soltó una sonrisa nerviosa.-. Siempre deseando que se alejara de mí, y ahora, que ya está lo suficientemente lejos, no me alivia el saberlo, no sé qué debo sentir. Supongo que me debería alegrar de su muerte, pero siento que soy una mala persona por ello.
 
-No eres una mala persona, Paula, eres extraordinaria. Solo tienes que asimilar que ese hombre no va a volver a hacerte daño nunca más-. Pedro había separado a Paula de su pecho y acariciaba suavemente su rostro con sus dedos.
-¿Crees que tengo el síndrome ese de… esa ciudad?-. Paula no recordaba cómo se llamaba y Pedro estalló en carcajadas.
-Se llama Síndrome de Estocolmo y no, no creo que lo tengas. Ese síndrome se da cuando la persona secuestrada desarrolla afecto por su secuestrador debido a la falta de violencia de éste último y en tu caso no ha sido así. Víctor intentó matarte en varias ocasiones así que es imposible que te florecieran buenos sentimientos hacia él. Sólo te enseñó su lado malvado y nunca quiso acercarse a ti por motivos diferentes.
Paula estaba más relajada y Pedro aprovechó la oportunidad para besarla e invadir su boca con la humedad de su lengua. Ese beso duró demasiado como para calentar los ya de por sí, ardientes deseos que brotaban en el interior de ellos.
 
-¿Vas a decirme ahora que escondes en esa bolsa? Dijo tras separarse del beso.
-No voy a decírtelo, vas a verlo, pero antes necesito que te quedes aquí, te desnudes y, cuando yo te diga, entres en la habitación-. El halo de voz de Paula estaba envuelto de misterio.
-¿No vas a desnudarme tú? Sabes que me encanta que lo hagas…- Pedro intentó besarla de nuevo, pero ella se zafó de sus manos.
-Haz lo que te pido, por favor-. Paula se pasó la lengua por su labio inferior en señal provocativa.
Pedro enarcó las cejas sin saber muy bien lo que tramaba. Lo único que sabía es que los pantalones le apretaban demasiado en su entrepierna. Se quedó en el comedor y cuando Paula desapareció tras la puerta de su cuarto, comenzó a quitarse la ropa. ¡Qué miedo le daba aquello!, pues de Paula podía esperar cualquier cosa y más tratándose de temas sexuales.
 
Paula entró en la habitación y no se esperaba encontrar lo que vio. En una de las mesitas, había una botella de cava sin abrir junto a dos copas vacías. En la cama, un bonito ramo de rosas rojas descansaba al lado de un plato lleno de fresas. Se acercó hasta el ramo y lo cogió para olerlo. Desprendía un olor maravilloso, fresco. No pudo evitar la tentación de probar uno de esos fresones de un rojo vivo y tan llamativo que le decían cómeme. Se llevó uno a la boca y su dulzor invadió todos sus sentidos. Se giró, ramo en mano, y se topó con Pedro desnudo, apoyado en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados.
 
-Pensé en celebrar la desaparición de Víctor de nuestras vidas, pero creo que no ha sido buena idea-. Pedro le explicó el motivo de encontrar esos objetos.
-No, no es buena idea-. Paula se acercó a él-. Son preciosas, gracias-. Le dijo refiriéndose a las flores.-Pero el cava y las fresas pueden servirme de complemento para lo que hay en la bolsa.
Paula le guiñó un ojo y salió de la habitación para poner las rosas en agua. Buscó un recipiente, lo llenó y las colocó dentro. De regreso a su aposento, empujó a Pedro hacia afuera, invitándolo a salir de allí.
-Recuerda, no aparezca por aquí hasta que yo te avise-. Dicho esto, le cerró la puerta en las narices.
Paula sacó su postre, su antifaz y sus amarres en ese orden. Solo esperaba que el tanga no se hubiera derretido antes de poder catarlo. Se puso manos a la obra. Colocó bajo el colchón las tiras con las que mantendría bien sujeto a Pedro. Fueron más sencillas de colocar de lo que pensaba. El antifaz lo depositó la mesita de noche, y el tango lo reservaba para dar el toque final. Una vez todo dispuesto, fue ella misma la que se quitó la ropa y se quedó completamente desnuda. Entreabrió la puerta y llamó a Pedro, que se acercó cauteloso.
 
-Cierra los ojos-. Le pidió Paula antes de dejarlo entrar.
-Vamos Pau, ¿a qué estás jugando?
-Venga, cierra los ojos, por favor.
-Vale, está bien-. Dijo vencido. Pedro  juntó sus pestañas y Paula lo tomó de ambas manos y lo ayudó a entrar en la habitación.
-No hagas trampas y no los abras-. Paula rozó sus mejillas-. Tienes que prometerme una cosa. Esta noche vas a dejar que haga contigo lo que me plazca y no te vas a negar a nada de lo que te proponga.
-¿Y no lo hago siempre? Si me tienes totalmente entregado.- Le dijo resignado.
-Mmmm, así me gusta que te sometas a mí.- Paula le regaló un beso.
Lo guió hasta la cama y allí lo obligó a tumbarse. Pedro tenía unas ganas locas de abrir los ojos y contemplar lo que le había preparado. En ese momento, notó como algo se cernía a su muñeca derecha. Oyó el ruido del velcro al cerrarse alrededor de ella.
 
-Paula, ¿no estarás intentando...?-. No lo dejó terminar la frase, se abalanzó sobre sus labios para acallarlos y así tener mejor margen de maniobra para sujetarle la otra mano.
-Ya puedes mirar.
Pedro se miró primero un brazo y luego el otro. Confirmación de lo ocurrido, estaba atado a la cama por ambas articulaciones. Tiro de ellas, pero solo consiguió hacerse daño. Miró con el ceño fruncido a Paula, que estaba sentada sobre su pecho. Desvió la mirada hacia sus pies, que estaban sueltos. “Uff, menos mal, al menos puedo mover algo.”  Paula leyó la mente de su chico y sonrió picarona.
-Si todavía no te he atado los pies es porque antes necesito hacer algo con ellos.
Se bajó de la cama y cogió la cajita que había dejado al lado de las copas de cava. La abrió y sacó el tanga de su interior. Se lo mostró, que lo miraba con los ojos desorbitados.
-¿Eso es un tanga? ¿No estarás pensando en ponerme esa cosa, verdad?-. Pregunta tonta, ya sabía la respuesta.
-¡Has acertado! Es un tanga sí, pero un tanga de chocolate y sí, voy a ponértelo-. se divertía.
-Te has vuelto completamente loca si piensas que voy a dejar que vistas mis partes con eso. No, ¡ni hablar! y menos que me metas esa tira por detrás. ¡No, no y no! Me niego a tener el culo embadurnado de chocolate-. El estaba acojonado.
 
-Vamos, colabora. Mientras más te resistas, más voy a tardar en darte placer-. Las notas sensuales de la voz de Paula, hacían mella en la excitación de Pedro.
Se sentía humillado, derrotado, vencido ante aquella mujer. Tenía todas las de perder cuando se trataba de Paula. En el fondo y si lo pensaba bien, no estaba del todo mal ese jueguecito. La venganza sería su plato fuerte. Vio como le introducía una pierna por una de las aberturas del tanga y hacía lo mismo con la otra.  Era algo molesto tener eso ahí, entre las nalgas, pero tenía que pensar que la molestia acabaría siendo placentera. No estaba mal del todo, pero ahora quedaba encajar la pieza más importante, la fundamental. Parecía que esa pieza estuviera hecha para él, le quedaba irresistiblemente sexy. Se humedeció los labios superiores, pues los inferiores estaban desbordados de calidez. Arrodillada a los pies de Pedro, cogió los amarres inferiores y se los sujetó. Paula gruñó de impotencia y de sensualidad.
-Solo me falta ponerte una cosa más y podré degustar mi postre preferido.
-¿Todavía hay más?-. Preguntó extrañado. ¿Qué más le faltaba?-. ¡Ah, no, eso ya sí que no! ¿Además de que no puedo tocar tampoco puedo mirar?-. Volvió a preguntar cuando vio a  Paula con el antifaz en la mano.
-Me has prometido que ibas a portarte bien.
 
-Estás jodidamente sexy-. La lujuria escapaba por la boca de Paula.
-¿Sexy?-.Preguntó irónico-. ¡Vamos Paula no me jodas! Yo no veo lo sexy por ningún lado.
-Desde luego que le quitas morbo al asunto. Tienes que ser más liberal en cuestiones de sexo.
-¡Más liberal dice! Claro, para ti es muy fácil decirlo, ¡cómo eres tú la que está atada!
-Paula….- Gimió con la respiración entrecortada.
Sara fue a buscar el plato de fresas. Cogió una, le quitó el rabillo y la mordió para saborearla.
-Abre la boca-. Le pidió con voz ronca.
Pedro obedeció y entreabrió sus labios algo inseguro. Sintió el cuerpo de Sara inclinarse hacia delante y rozó la comisura de sus labios con la fruta. Pedro supo enseguida que se trataba de la fruta rojiza. La mordisqueó despacio, quería que Paula viera que, aunque no podía tocarla, era capaz de excitarla al máximo con su boca y lo que aguardaba en su interior. Y vaya si lo hizo. Después del último bocado afrutado, repasó con su lengua el agradable zumo de fresas que se había derramado por los labios de ella. Lo recogió lentamente, degustando, devorando su boca con movimientos sensuales, mordiendo sus labios con desesperación, hasta dejarlos completamente hinchados por el deseo que lo embriagaba. No sabía si ella estaba tan poco cuerda como él, pero de lo que estaba seguro era de que iba a llegar al orgasmo en menos tiempo que tardaba un fórmula uno de pasar de 0 a 100km.
-Pedro, no puedo más, necesito sentirte.-. Susurró contra su boca.
Y mandando a tomar por saco el cava, las fresas y el chocolate, Paula empotró el miembro de su chico en su interior, lanzando un quejido deleitoso. Volvió a tomar los labios de él como una posesa, con una agresividad desconocida en ella. Mientras sus bocas se abrasaban en un fuego devastador, sus sexos destruían las defensas de sus cuerpos a base de convulsiones orgásmicas. Paula se movía con mucha destreza, con una rapidez que era la que necesitaba en esos momentos, ávida de llegar al clímax. Y Pedro también necesitaba esa presión recorriendo las terminaciones nerviosas de su miembro. Paula alcanzó primero la excitación, gritando el nombre de su chico y tirando fuertemente de su pelo para poder controlar sus espasmos. Relajó la intensidad de sus movimientos.
-Pau, sigue, por favor, no te pares…-. Suplicó Pedro.
No le dio tiempo de pedirle a Paula que se retirara cuando una satisfacción inhumana lo atravesó de pies a cabeza..
 
Se tumbó sobre él y le saco el antifaz. Él abrió los ojos y no pudo más que regalarle una sonrisa de plena satisfacción a su chica.
 
-¿Vas a desatarme y dejar que te toque?
Paula se apresuró a quitarle los amarres de las manos y de los pies y dejar libre a su caza. Pedro se quitó la máscara y cogió a Paula por la cintura y la volteó hasta dejarla tumbada boca arriba en el colchón. Notó a su espalda el frío líquido del cava, vertido sobre las sábanas.
 
-He de reconocer que me ha encantado, pero no soporto no poder tocarte. Voy a volver a hacerte el amor. No he tenido suficiente contigo esta noche.-. le dedicó una mirada ardiente mientras repasaba el cuello de Paula con su lengua.
Y así, otra vez, se dejaron llevar por las hazañas amatorias que ambos compartían, hasta caer exhaustos y saciados sobre la cama y quemar lo que quedaba de noche con un sueño reparador.
 

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Espero que les guste! :)

sábado, 23 de noviembre de 2013

Capitulo 17

Pedro seguía abrazado a ella cuando Paula se despertó. Tenía el brazo y la pierna derecha a su alrededor. Era reconfortante levantarse por las mañanas rodeada de ese cuerpo. Recordó lo que le dijo Raquel la noche anterior. 
Por supuesto que me fijé en su cuerpo, era imposible no hacerlo. Mi chico es una completa amenaza para el género masculino. Pero aparte de lo que se ve, que es realmente estupendo, lo mejor de todo es lo que está debajo de todos esos músculos. Eso sí que es realmente precioso.
 
Le dio un suave beso en la mejilla, al que él respondió con un leve movimiento de su cuerpo y siguió durmiendo bocabajo. Por lo que Paula había visto, esa era una postura en la que le gustaba dormir. Se levantó de la cama, se vistió con unos pantalones de deporte, una sudadera y después de su visita al baño, fue a la cocina a preparar el desayuno. Abrió los armarios para ver qué podía acompañar al café y no vio nada apetecible, al menos para ella. Decidió entonces bajar a la pastelería y comprar algunos dulces. Dejó una nota sobre su almohada, al lado de su chico. Cogió su cartera, su nuevo llavero con las llaves de su nueva vivienda y salió, cerrando la puerta con mucho cuidado de no despertar a Pedro.

Aunque cerró con mucho sigilo, Pedro entreabrió los ojos al escuchar ese ruido. Cuando los tuvo abiertos comprobó que Paula no estaba con él y que ella era la causante de su desvelo. Desde que se había acostumbrado a dormir con ella, no le gustaba despertarse y ver que estaba solo. Observó que había una hoja de papel en el lugar que ella había ocupado. La cogió y la leyó. Sonrió.
“He bajado a la pastelería a comprar dulces para el desayuno. A ti, te reservo para el postre. Te amo.”
“¿Me reserva para el postre? ¿Tanto tengo que esperar?”
 Pedro salió de la cama con el pantalón del pijama puesto y con ganas de que llegara la hora de ese complemento que iba seguido de la comida. Habían quedado para comer en casa de los padres de Paula. Mientras la esperaba decidió preparar el café. Cogió el portátil y se dedicó a ojear las noticias y a revisar su horario para esa semana. De pronto, le vino a la mente la pregunta estúpida que le había hecho a Paula por la noche. Cuando supo que su amigo era el ex de su chica, no pudo evitar sentir un nudo en el estómago. Y ese nudo era debido al miedo que tenía de perderla. Sabía que Paula se enamoró de Álvaro y no quería que ese sentimiento volviera a florecer. Le aterraba que eso pudiera suceder, no soportaría perderla. Pero sabía que eso no iba a pasar. Paula estaba con él, le había dicho que lo amaba, que no iba a dejarlo, pero joder, la angustia que le embargó el cuerpo, cuando, por un momento, por un milésimo instante, esa idea de no tenerla a su lado surgió de su mente, fue suficiente para que una oleada de pánico lo arrastrara hasta la oscuridad más profunda. 
El sonido del timbre de la puerta lo devolvió a la realidad. Sería Paula y con una sonrisa se acercó a la puerta.
-Peque, ¿no has cogido tus llaves?-. Dijo gracioso-. ¡Papá, mamá!-. Dijo sorprendido, pues no los esperaba.
-Buenos días, hijo-. Su madre se acercó a él para besarle las mejillas-. ¿Esperas a alguien?
-A Pau, ha bajado a la pastelería.
-¿Ya vivís juntos?-. Preguntó su padre.
-Sí-. Contestó escuetamente-. ¿De dónde venís?
-¡Ay, hijo!-. Lo abrazó su madre-. Venimos del cementerio y he de decirte que el ramo que les has puesto a los abuelos es precioso.
-No he sido yo mamá-. Sus padres lo miraron extrañados-. Ha sido Pau. Pasamos el otro día por una floristería y compró las flores.
En ese momento se oyó el ruido de la cerradura y detrás de la puerta apareció Paula con una bolsa llena de pastelitos. Se quedó parada al ver a los padres de su chico, pues al igual que él, no los esperaba.
-Buenos días Natalia, Nicolás-. Los saludó.
-Buenos días, Pau. Muchas gracias por las rosas-. Le susurró Nicolás al oído cuando se acercó a ella y la abrazó-.Por cierto, ¿cómo te encuentras? ¿Qué tal tu chichón?
-Mucho mejor, ya no me duele y apenas se nota-. Le contestó Paula agradecida por preguntar.
-A ver, déjame verlo-. Nicolás le inspeccionó el golpe de la cabeza-. Tienes razón, apenas se aprecia. ¿Mi hijo te ha cuidado bien?
-Ha sido la mejor medicina-. Paula le dedicó una tierna mirada a su chico.
-Hijo, ¿tienen planes para comer? Hemos quedado con tu hermano y Lorena-. Preguntó su madre.
-Vamos a comer a casa de los padres de Pau.
-Puedo llamar a mi madre y preguntarle si hay comida suficiente para alimentar cuatro bocas más-. Pau miró a sus tres acompañantes.- si les parece bien, claro.
-Es una idea estupenda. Por mí ningún problema-. Afirmó Nicolás.
Paula terminó de desayunar y llamó a su madre. María se alegró mucho de que pudieran estar todos juntos y estaba encantada de volver a ver a la familia de Pedro. Informó a los padres de Pedro de que estaban invitados a comer en casa de los suyos. Dejaron en el comedor a Nicolás y a Natalia y ellos dos se fueron a la habitación a cambiarse de ropa.
-Tu padre me ha dado las gracias por las rosas, ¿me explicas porqué?
-Las han visto y les he dicho que las habías comprado tú-. Le dijo Pedro mientras buscaba la ropa en el vestidor.
-Pero eso no es cierto, lo hicimos los dos.
-La idea fue tuya y tú las pagaste.
-¿De eso se trata? ¿Cómo pagué yo el ramo, lo compré yo?-. Pedro afirmó-. Mírame Pedro-. Paula le quitó el pantalón que tenía en las manos y agarró su rostro, obligándolo a fijar sus ojos en ella-. Mírame y escúchame bien. Somos una pareja y como tal, lo compartimos todo. Aquí no existe lo tuyo es tuyo y lo mío es mío. Esto no funciona así, ni tampoco lo tuyo es mío y lo mío es mío, como me acabas de insinuar. Entre nosotros lo tuyo es mío y lo mío es tuyo y si no lo ves así, pues he de decirte entonces que, mi culo es mío y no tuyo-. Paula acarició el pelo de su nuca con una sonrisa maliciosa.
-¡Joder Paula qué lío! pero lo del culo me ha quedado claro y he de decirte que eso ni lo sueñes pequeña. Todo esto-. Pedro señaló el cuerpo de Paula, que estaba entre sus brazos.- es todo mío y solo mío-. Le regaló un ardiente beso en los labios-. Perdóname, tienes razón.
 
-Claro que la tengo y cuando se te olvide, acuérdate de eso-. Con una sonrisa pícara.

Acabaron de vestirse y fueron a recoger a Bruno y a Lorena a su casa. Cuando llegaron, Pedro les explicó el cambio de planes y parecieron encantados con la velada que les aguardaba. Nicolás y Natalia iban en su coche y el de Pedro iba ocupado por él, Paula y compañía.
-Pau, ¿ya has vuelto a tu casa? -. Lorena le preguntó, sentada en el asiento trasero.
-Sí, ayer estuve recogiendo lo poco que quedó en pie, que se resume a mi ropa. No sé si vale la pena que vaya a poner la denuncia. No creo que me haya robado nada, aunque es difícil saberlo. Todo está roto.
-Tienes que ponerla, Pau. Esta tarde estoy en la comisaría, así que si quieres, vienes. No lo demores más.
-Gracias Lorena-. Paula le dedicó una sonrisa afectiva.
Se plantaron delante de casa de María y Ricardo una hora antes de la acordada para comer. Paula abrió la puerta. Toda su familia ya estaba allí.
-¡Hola Pau!-. Gritó entusiasmada Carla que fue corriendo hacia ella.
-¡Hola bombón!-. Paula la cogió en brazos y se abrazaron-. ¡joder, cómo pesas!
-No se dicen palabrotas-. Le dijo bajito Carla.
Paula la dejó en el suelo y su hermana pequeña se quedó mirando a las personas que la acompañaban. No los conocía a todos, pero a uno sí.
-Y tú, ¿porqué vienes a comer a mi casa?-. Le preguntó Carla, mirando fijamente a Pedro.
-¡Carla!-. Le regañó su madre-. Pedro viene a comer porque es el novio de Paula y puede venir siempre que quiera, ¿entendido?-. Después de la regañina, saludó a la familia de Pedro.
-¿Ahora eres el novio de mi hermana? ¿Ya no es fea?-. Carla seguía con la mirada fija en él.
-Ven aquí -. La cogió Pedro en brazos-. Tu hermana no es fea, es la chica más guapa que he conocido nunca-. Le habló bajito en su oído, le dio un beso y la bajó al suelo.
 
-Pepe cariño, no le hagas caso-. María cogió a su hija pequeña de la mano-. Pasen y poneros cómodos. Enseguida comemos.
Entraron todos hacia el salón y Paula presentó a su hermana Alba a los padres de Pedro. A Marc ya lo conocían. Mientras esperaban a que llegara la comida, que había encargado María en el restaurante de su amigo, se prepararon unos vermuts para ir abriendo apetito. Charlaron sobretodo las madres, de las trastadas que hicieron sus hijos cuando éstos eran pequeños. Entre cotilleos y cotilleos, Pedro no dejaba de mirar a Carla, que bebía un zumo directamente del cartón con una cañita. La niña no dejaba de observarlo, con una expresión en los ojos que a Pedro le incomodaba.
-Oye, Pau ¿porqué tu hermana pequeña me mira de ese modo?- Le susurró al oído.
-¿De qué modo?- Se giró hacia él cuando le preguntó.
-Pues de esa forma tan…no sé, de ese modo.
 
-¡Ah, vale!, de ese modo...ya te entiendo. Creo que está tramando algo y tiene que ver contigo.- Paula lo miraba divertida.
-¿Conmigo? ¿Por qué?
 
En ese momento, Carla terminó su zumo, se levantó de su asiento y fue hacia la cocina a tirar el envase. Volvió enseguida y se acercó a lado de Pedro.
 
-Ven conmigo-. Le dijo extendiéndole su pequeña mano para que la cogiera. Pedro miró a Paula sin saber muy bien qué hacer. Su chica le hizo una señal con la cabeza para que acompañara a su hermana.
-¿A dónde me llevas?
-Voy a enseñarte mi cuarto.
Carla lo cogió de la mano y se perdió con él por el pasillo hasta llegar a las escaleras de la planta de arriba, donde estaban los dormitorios. La casa de sus padres era de dos plantas, la inferior donde había el comedor, la cocina y un baño y la superior con cuatro habitaciones y dos baños. La habitación de Carla era la que había más cerca de la de sus padres. Abrió la puerta y entró acompañada de Pedro. Era la primera vez que veía ese cuarto, y había de decir que era enorme. Las paredes estaban pintadas de blanco, decoradas con las letras del abecedario, número y algún que otro dibujo que apostaría que era hecho por Carla. Los muebles eran de una combinación de colores, no era la típica habitación rosa, sino que el tono naranja se combinaba con el amarillo y el blanco. Había dos camas, literas, una encima de la otra en posición horizontal y la otra en vertical. Se accedía a la cama de arriba a través de unas anchas escaleras que a la vez hacían de cajones. Disponía también de un escritorio alargado, junto a la pared opuesta, donde un armario hacia de esquinero. También vio un baúl enorme al otro lado y supo que era el rincón de los juguetes. Carla lo abrió y sacó un rompecabezas.
 
-¿Me ayudas a hacerlo?-. Le preguntó la niña, aunque no esperaba respuesta ya que sacó las piezas de la caja y las tiró al suelo.
 
-Claro, me encantan los puzzles-. Carla se sentó en plan indio en el suelo y Pedro la imitó. Cuando llevaban unos minutos allí sentados, mirando las piezas, Pedro creyó que la pequeña solo quería jugar con él. Pero estaba equivocado.
-Pepe, ¿mi hermana llora contigo?-. A Pedro se le cayó la ficha que tenía en la mano.
 
-¿Porqué me preguntas eso?-. Estaba realmente intrigado con esa niña.
-Cuando vivía con nosotros, lloraba por un señor mayor. Después volvió y lloraba por un novio, como tú. ¿Tú también le haces llorar?-. Pedro se había quedado a cuadros.
-No, conmigo no llora. Yo quiero muchísimo a tu hermana.- Le respondió con sinceridad.
-El otro novio también la quería y le hizo daño. ¿Tú le haces daño?-. Esta vez, Carla lo miró a los ojos cuando le hizo la pregunta. Pedro pudo ver en su mirada un amor incondicional por Paula.
-Nunca le haría daño a tu hermana. Es la niña que más quiero en el mundo-. Pedro sonrió.
-¿Me lo prometes? No quiero que vuelva a casa llorando.
-Te prometo que nunca voy a hacerle daño a Paula-. Pedro le acarició su mejilla-. La quieres mucho ¿verdad?-. Carla se acercó hasta él y se puso de rodillas a su lado.
-Un montón. Además juega muchas veces conmigo. A Alba también la quiero mucho, pero no juega tanto conmigo-. Pedro rió-. ¿Sabes una cosa?-. Pedro negó con la cabeza-. Me caes bien.
-¿Eso crees?-. Carla afirmó-. Muy bien, pues ahora vas a ver quién hace las mejores cosquillas del mundo-. Pedro la tumbó en el suelo, encima de una pequeña alfombra redonda de color naranja y empezó a hacerle cosquillas. Era igual que Paula, las tenía por todas partes.
 
-¿Qué es este jaleo que hay aquí montado?-. Dijo Paula apoyada en el marco de la puerta. Vio que Pedro le decía algo al oído de su hermana y los dos se levantaron del suelo, con una cómplice sonrisa.
-¡A por ella!-. Gritó Carla y los dos se fueron directos hacia Paula para continuar con las cosquillas, pero esta vez, con ella.
 
Pedro cogió a Paula por la cintura y la tumbó en el suelo, justo donde antes había estado su hermana pequeña. Paula estaba indefensa ante ellos dos, que no paraban de hacerle cosquillas y ella se revolcaba por el suelo, intentando zafarse de ellos, pero no podía.
 
-¡Paren, por favor!-. Gritaba Paula entre risas, pero ninguno de los dos le hacía caso.
-¡Chicos, la comida ya está preparada!-. Les gritó María desde abajo, en el comedor.
 
-¡Vamos a comer paella!-. Exclamó Carla, que dejó a su hermana tranquila y ya no le hacía cosquillas. Pedro también paró y ayudó a Paula a levantarse del suelo.
 
-Eres un mentiroso, si que haces llorar a mi hermana-. Le dijo Carla a Pedro señalando a Paula, que tenía alguna lagrimilla resbalando por sus mejillas. Carla le sonrió y se fue hacia las escaleras.
 
-¿A qué ha venido eso?-. Preguntó Paula.
-Cosas nuestras-. Y Pedro le dio un beso a su chica y fueron hacia abajo a comer.
Ya estaban todos alrededor de la mesa, listos para comer. Carla quiso sentarse entre Pedro y Marc, que se miraron con un cierto temor por lo que podría pasarles estando rodeados de esa niña tan guapa y a la vez tan peligrosa. Físicamente se parecía mucho a Alba, era alta, delgada y rubia, con sus ojos azules, pero tenía las facciones de Paula, su misma nariz, su sonrisa y seguramente también su descaro. La velada pasó apaciblemente, sin altercados por parte de la pequeña de la familia, aunque eso sí, miraba a los dos intensamente, como si estuviera evaluándolos. También se fijó mucho en Bruno, en lo parecido que era con su hermano, pero claro, sin pelo. Cuando terminaron de comer, llegó el momento del postre.
-Tú aquí, no te muevas-. Le dijo Ricardo a su mujer-. Ustedes han puesto la mesa, ahora la recogemos nosotros-. Los cinco hombres se levantaron con las manos ocupadas en dirección a la cocina. Carla decidió acompañarlos retirando su plato y su vaso.
-Miedo me da ver cómo me van a dejar la cocina. Menos mal que está Carla con ellos para poner orden-. Dijo María a lo que todas rieron.
 
-Paula, Pedro me ha contado cómo se conocieron, que por lo que he entendido fue en la discoteca de tu hermana ¿no?-. Preguntó Natalia a lo que Paula afirmó-. Tengo una curiosidad, ¿se acostaron esa primera noche?-. Paula no se acababa de creer lo que le había preguntado su suegra. Tierra trágame.
-¿Eso te ha dicho tu hijo?-. Preguntó con voz incrédula
-Pedro no me ha contado nada y se piensa que soy tonta, pero no lo soy para nada. Mi hijo no nos ha presentado nunca a ninguna chica y sé que todo este tiempo ha estado liado con ellas. Es un hombre y como tal, tiene sus necesidades, igual que nosotras.
 
-Claro que se acostaron la primera noche y ¡repitieron!-. Aclaró María por si las dudas.
 
-Hay que probar primero el producto antes de comprarlo-. Soltó Alba y rieron.
-Pues he de decir que me alegro de que lo probaras-. Le dijo Natalia a Paula con una sonrisa cariñosa en los labios-. Me atrevería a decir que se enamoró de ti esa primera noche-. Natalia acarició la mano de Paula.- Me encanta que estés con mi hijo, lo veo contento y no sé qué es lo que tienes, lo que le das, pero está feliz a tu lado. Espero que no te importe que se haya ventilado a todas esas chicas.
Paula, que estaba un poco acalorada por el tono tomate que había adquirido su cara, iba a contestar a la madre de su chico, pero en ese momento aparecieron los hombres para sacarla del aprieto. Joder, que mal rato he pasado.
-Pau ¿te encuentras bien?, estás muy sonrojada-. Pedo se sentó a su lado y le tocó suavemente las mejillas con los nudillos. Ella asintió.
-Creo que será mejor que nos vayamos-. Dijo Lorena a Bruno.- Dentro de una hora comienza mi turno.
-Nosotros también nos vamos. Me voy a pasar por la comisaría para poner la denuncia del robo.
Salieron de casa de los padres de Paula no sin antes despedirse de los que se quedaron allí. Carla se acercó hasta Pedro y le dio un beso en la cara y le hizo una confesión, que aunque Marc era más guapo, él le caía mucho mejor. Pedo no pudo remediar sonreír. Una vez en el coche, fueron hacia la comisaría. Pedro los dejó allí a los tres, mientras buscaba aparcamiento. Lorena entró hacia los vestuarios para cambiarse y colocarse el uniforme y Bruno se quedó en la sala de espera con Paula.
 
-No estés nerviosa, ya verás cómo no es nada.
Bruno intentaba tranquilizarla pero a Paula no le gustaba nada estar en ese sitio. Recordaba las veces que había acudido a esa misma comisaría. Y una de esas veces, creyó que no saldría de allí. Se acercó un poco más a Bruno y dejó descansar la cabeza sobre uno de sus hombros.
-¿Otra vez ligando con mi hermano?, no puedo despistarme ni un momento-. Dijo Pedro con una sonrisa y sentándose a su lado.
-Pero mira que llegas a ser celoso-. Paula acarició su rostro.
En ese momento apareció Lorena para llevarse a Paula hacia su mesa. Iba vestida con el traje de policía, que intimidaba un poco y Paula la respetaba un poco más, sobre todo ahora que era parte de la familia. Lorena se sentó en su silla e invitó a Paula a sentarse en la que había enfrente. Lorena comenzó a hacerle preguntas  sobre el día del robo.
-Lorena, ¿tuviste alguna otra denuncia de robo por el barrio?
-No ninguna. Hacía tiempo que en tu zona no se cometía este tipo de delito-. Paula se quedó en silencio. Un silencio que Lorena conoció enseguida debido a su trabajo.
-Pau, ¿qué pasa? ¿Sabes quién pudo entrar en tu casa?
-No estoy segura, es solo que tengo una leve sospecha de quién puede haber sido.
-¿Quién?-. Lorena quería que su cuñada le dijera lo que sabía.
-Creo que… ha sido Víctor-. A Paula le tembló la voz.
-¿Víctor?-. Lorena la miró asombrada-. ¿Sabes algo de él? ¿Lo has visto?
-No, nada de eso, ya te digo que es solo un presentimiento, nada más. No sé porqué lo tengo, pero me asusta que sea cierto.
 
-No estés asustada Pau. Voy a averiguar si Víctor tiene algo que ver con todo esto-. Lorena se levantó de su asiento y se colocó frente a Paula-. No te preocupes por nada, no voy a permitir que te haga daño.
 
-Hablas igual que Pepe-. Sonrió Paula -. Gracias por todo, Lorena.
 
Una vez puesta la denuncia, Lorena acompañó a Paula hasta la sala de espera, donde se encontraban Pedro y Bruno. Se despidieron de la policía y salieron a la calle. Pedro dejó a su hermano en su casa y ellos se fueron a la suya.
 
-¿Te apetece que te prepare un baño?-. Le preguntó Pedro a Paula, a lo que ella contestó afirmativamente.
Ya con el baño preparado y ellos dos dentro de la bañera, disfrutando del agua calentita y de sus cuerpos, se dejaron llevar por la pasión. Pedro besaba los labios de Paula con desesperación, como si fuera la última vez que los besara. Sus manos se deslizaban por el cuerpo mojado de ella, rozando cada poro de su piel, deteniendo sus manos en sus nalgas y alzándola hasta quedar sobre su sexo. Paula gimió con ese simple roce.
 
-Pepe, vámonos a la cama-. Le pidió Paula con deseo.
Pedro la cogió en brazos y se la llevó a la habitación. No dejaron de besarse en ningún momento, sus labios no cesaron de acariciarse y sus lenguas seguían bailando al compás de la música de sus sentimientos. Depositó en el suelo a Paula y se desprendieron de la única prenda que cubría sus cuerpos. Paula se sentó sobre el colchón y se quedó mirando a su chico, acariciando su pecho.
-¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
-¿Tú te has visto?-. La pregunta de Paula sonó con un tono apetitoso.
-¿Qué me pasa?-. Pedro se echó una rápida mirada.
-Qué estas buenísimo te mire por donde te mire.
 
Pedro no pudo reprimir una grata carcajada, feliz de que su chica lo viera así. La empujó por los hombros hasta dejarla tumbada sobre la cama, toda disponible para él. Bajó la cabeza y de nuevo encontró los sabrosos y delicados labios de ella, impacientes por volver a sentir el calor de los suyos. Aquella boca era una verdadera perdición y todo su cuerpo era una tormenta a punto de estallar. Notó la excitación de Paula cuando una de sus manos fue en busca de su sexo y se topó con la humedad que lo cubría. Cómo le gustaba provocarla de esa manera, era tan sexy verla en ese estado de fogosidad que sus dedos buscaron la apertura de su vagina para introducirse en ella. Paula dejó escapar un gemido tan erótico que apartó la mano de Pedro de su interior, por miedo a no durar más de un minuto. Pero la miró con una sonrisa malvada pues sabía el motivo de la separación de su mano. Pedro emitió un gruñido carnal y tomó su boca en un beso posesivo. 
-Pepe, hazme el amor, por favor-. Le pidió desesperadamente.
Y Pedro que era muy obediente, hizo lo que le pidió. Se separó de ella para coger del cajón un preservativo y una vez colocado, la embistió. Se introdujo en ese lugar tan placentero de una sola estacada a lo que ambos respondieron con sollozos de satisfacción. Cada vez que hacía el amor con Paula, era como si fuera la primera vez que la sentía. Cada vez era diferente, era más intenso, más pasional y brotaban nuevos sentimientos que ni siquiera sabía que existían en su interior. Estaba enamorado de ella, la deseaba, la quería, la amaba, estaba completamente loco por ella y todo eso escapaba del fondo de su ser cuando la poseía. Se sentía incapaz de controlar aquello, indefenso ante todo lo que le ofrecía Paula, ante tanto amor desatado. Se estaba perdiendo ante la magnitud de lo que sentía.
-Eres deliciosa Paula.
Paula acunó su rostro entre las manos y lo acercó a sus labios para besarlos. Pedro manoseaba las curvas de su chica hasta que llegó a sus preferidas, las que se formaban donde la espalda perdía su nombre. Sin separarse de su interior, Pedro se puso de rodillas sobre el colchón y tomó con ambas manos las suaves nalgas de Paula y las atrajo hacia su cuerpo, separándolas de la cama. Paula quedó arqueada por su espalda. Su cabeza reposaba sobre la almohada, sus manos se sujetaban con fuerza a la sábana que estaba bajo su cuerpo y sus pies se enlazaron alrededor de la cintura de Pedro y él hizo lo mismo pero con sus manos, manteniéndola firme y de manera dominante en esa postura mientras que seguía balanceándose dentro de ella. Disfrutaba tanto de ella que enseguida reconoció esa sensación que le estaba haciendo que perdiera la razón y, no pudo contenerse y la dejó libre.
-¡Oh, Paula!-. Exclamó Pedro en un orgasmo violento.
Paula se encontraba al borde del abismo después de ver a su chico satisfecho y no estaba para esperar mucho más, y menos cuando notó que Pedro sujetaba su cuerpo con una sola mano y que con la otra, y en concreto con sus dedos, buscaba, encontraba y deleitaba su excitadísimo clítoris, así que dejó que el orgasmo invadiera todo su ser. Paula se relajó, soltando el trozo de tela que tenía entre las manos.
Pedro, que notó cómo su chica había caído en sus redes, volvió a sujetarla con las dos manos y la dejó descansar en la cama, instante en el que él se deshizo del contacto que los mantenía unidos. Se quedó de rodillas frente a ella y guiando su cara hacia su cuerpo, comenzó a besarla despacio, con pequeños y tímidos besos que fueron ascendiendo desde su estómago hasta llegar a sus labios. Cuando regresó del baño, volvió a ponerse a su lado.
-Me encanta la cara que pones cuando te corres-. Le dijo Paula sonriendo.
-¿Qué cara pongo?
-De relajación y te sale esa sonrisita de tonto que me vuelve loca.
-¿Así que te parezco tonto cuando me corro?-.Preguntó Pedro con esa misma sonrisa tonta-. Pues ahora vas a saber cómo se las gasta este tonto.
Y comenzó a morderle el cuello y como no, ha hacerle cosquillas por todo el cuerpo. Paula no podía dejar de revolcarse en la cama y no podía dejar de reír. Pedro la seducía constantemente con sus manos, o bien para hacerla sonreír o para hacerla sentir especial. Cuando el señor se cansó de torturarla, le agarró de las muñecas y se las colocó a ambos lados de la cabeza. Los dos se miraban alegres mientras que la respiración de Paula iba acompasándose a un ritmo normal.
 
-Eres lo que siempre he soñado, pero mucho mejor-. Pedro la besó suavemente.
-Háblame de tus sueños-. Le susurró Paula, acariciando su pelo.
-¿Mis sueños?, pues qué puedo contarte…Desde pequeño me ha gustado el deporte y creo, que tanto mi hermano como yo, hemos practicado la mayoría de ellos pero no hemos servido nunca para ninguno como para dedicarnos profesionalmente.- Sonrió-. Pero he de decir a nuestro favor que siempre se nos dio bien correr e ir en bici. Recuerdo que los domingos por la mañana, cuando mi padre no trabajaba, nos íbamos los cuatro al campo con nuestras bicis y pasábamos el día. Y supe que de mayor quería tener una profesión vinculada al deporte, pero no sabía exactamente cuál. Fue un año, en el colegio, cuando llegó un profesor nuevo de educación física que me incliné por esa carrera. Me encantaba aquel profesor, la manera que tenía de tratarnos, de educarnos y nos enseñó mucho más que deporte. Nos enseñó a compartir, a ser competitivos en la vida pero sin pisotear a nadie, a ayudarnos cuando alguno de nosotros caía. Pensé que de mayor quería ser como aquel maestro e intento inculcar a mis alumnos esas mismas bases.
-Y lo haces y he de decir que muy bien-. Paula besó sus labios.
- Así que de pequeño tenía ese sueño y lo he cumplido. Y ahora, de mayor, quería conocer a una chica especial, que me llenara en todos los aspectos de la vida y poder casarme con ella y formar una familia. Y lo he conseguido, al menos lo de la chica-.Pedro acarició su dulce rostro.
-¿Quieres casarte conmigo y que tengamos hijos?-. Paula lo miraba asombrada y a la vez ilusionada.
-Sí, pero todo a su debido momento, pequeña-. Las palabras de Pedro eran una completa declaración.
A Paula no se le había pasado por la cabeza llegar hasta ese punto. Ninguno de los dos lo había mencionado, por tanto, nunca habían hablado del tema, pero si era sincera consigo misma, era un plan maravilloso, un plan que no sabía si llegaría a cumplirse. Y, otra vez, ese pensamiento negativo, esa sensación de derrota, se instaló en su ser.
 
-Y tú, ¿Qué me dices de tus sueños?-. Preguntó Pedro.
-No tengo sueños, intento vivir el día a día sin mirar más allá-.Contestó Paula algo triste.
 
-Vamos Pau, tienes que tener algún sueño. Es bueno tener sueños, te ayudan a vivir, así puedes conseguirlos-. Pedro la miraba con cariño, acariciando su hombro.
¿Cómo iba Paula a explicarle que el único sueño que había tenido siempre era ver su muerte en manos de aquel hombre? ¿Cómo iba a decirle que, desde que lo conocía, tenía el sueño de estar a su lado? ¡Qué utopía!
-No vale de nada tener sueños inalcanzables-. Dijo ella con su tristeza.
-No hay nada inalcanzable, sólo lo es si uno mismo se pone límites. Cualquier persona puede conseguir aquello que desee. -Pedro hablaba con mucha seguridad.
-Por tus palabras, entiendo que consigues todo lo que quieres.
-Lucho por lo que quiero. Tengo mucha fuerza de voluntad y no me rindo fácilmente. Exprimo al máximo todas mis posibilidades, hasta el final. Tú tendrías que hacer lo mismo. Vales mucho, Paula, más de lo que te imaginas. Lo que pasa es que no sabes verlo, no te valoras, no te quieres.
-¿Y tú qué sabes? -Paula le apartó las manos de la cara. Le había molestado que la conociera tan bien.
-Vamos peque, no te enfades-. Le cogió las manos-. La otra noche me hablaste de tus miedos, de tus muchos miedos y esa es la barrera de lo inalcanzable que se hacen tus sueños. Échala abajo, destrúyela, yo estaré contigo-. A Paula le empezaron a escocer los ojos por las lágrimas contenidas y se abrazó a Pedro.
 
-¿Por qué haces que todo parezca tan sencillo?-. Le susurró al oído. Pedro sonrió y plantó sus labios sobre los de ella, ofreciéndole un suave beso.
 
-Me rompe el corazón verte llorar, no me gusta verte así, no lo soporto-. Pedro la sujetó y la colocó encima de él abrazándola fuertemente contra su pecho.
 
Paula abrazó el dulce pecho de su chico, oliendo el agradable aroma de su cuerpo. Calmó los sollozos que la habían invadido y recuperó la compostura. Acarició el torso de Pedro con su mano y lo miró a los ojos.
-Lo siento Pepe.
-Shhh, no digas nada, solo cálmate. Estoy aquí contigo y es lo único que has de sentir-. Pedro besó sus labios y acomodó la cabeza de Paula junto a su pecho.
 
Pasaron unos minutos acariciándose mutuamente hasta que cayeron rendidos y sus ojos dejaron de ver el amor en los ojos del otro.


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