-No, no seas pesado. Pásate por casa que te acompaño. Te espero.
Paula escuchó la voz de Pedro. Hablaba con alguien por teléfono y había salido a la terraza que daba acceso desde su habitación. Estaba apoyado en la barandilla, de espaldas a ella, ofreciendo unas vistas estupendas de su cuerpo, y sobre todo de ese culito tan redondo y tan tentador. Se levantó de la cama, con la idea de meter mano en ese trasero, pero Pedro se giró cuando escuchó abrirse la puerta de la terraza. ¡Mierda!
-Buenos días, pequeñuja.
-Buenos días, guapísimo-. Paula se acercó a sus labios, pero no le gustó nada el sabor que desprendió su boca.
-¿Has estado fumando?- . Él afirmó-. Paula no recordaba haberlo visto fumar desde el día en que se conocieron.-. ¿Con quién hablabas?
-Con mi hermano. Vendrá en unos diez minutos, así que vístete, no quiero que te vea casi desnuda. Ese placer es únicamente mío-. Pedro le dio un pequeño mordisco en el cuello.
-¡Vaya, por fin voy a conocer al bombero macizo!-. Paula no pudo evitar reírse cuando Pedro la miró con expresión de enfado-. No pongas esa cara, sabes que tú eres el único que puede apagar mi fuego-. Paula tomó sus labios y los besó, despacio, intentando no despertar a la fiera.
-Para adentro, y vístete, por favor-. Le dijo Pedro a Paula.
Paula escuchó la voz de Pedro. Hablaba con alguien por teléfono y había salido a la terraza que daba acceso desde su habitación. Estaba apoyado en la barandilla, de espaldas a ella, ofreciendo unas vistas estupendas de su cuerpo, y sobre todo de ese culito tan redondo y tan tentador. Se levantó de la cama, con la idea de meter mano en ese trasero, pero Pedro se giró cuando escuchó abrirse la puerta de la terraza. ¡Mierda!
-Buenos días, pequeñuja.
-Buenos días, guapísimo-. Paula se acercó a sus labios, pero no le gustó nada el sabor que desprendió su boca.
-¿Has estado fumando?- . Él afirmó-. Paula no recordaba haberlo visto fumar desde el día en que se conocieron.-. ¿Con quién hablabas?
-Con mi hermano. Vendrá en unos diez minutos, así que vístete, no quiero que te vea casi desnuda. Ese placer es únicamente mío-. Pedro le dio un pequeño mordisco en el cuello.
-¡Vaya, por fin voy a conocer al bombero macizo!-. Paula no pudo evitar reírse cuando Pedro la miró con expresión de enfado-. No pongas esa cara, sabes que tú eres el único que puede apagar mi fuego-. Paula tomó sus labios y los besó, despacio, intentando no despertar a la fiera.
-Para adentro, y vístete, por favor-. Le dijo Pedro a Paula.
No era capaz de encontrar ningún defecto en su chico. Bueno, sí, que
fumaba, pero eso tenía remedio. Era feliz cuando lo veía contento, le gustaba
su lado celoso, se encendía cuando se ponía juguetón y cachondo, se estremecía
cuando era comprensivo con ella, cuando le hablaba tiernamente, cuando la
protegía con todo su ser. Pedro le había abierto las puertas del cielo y había
tirado la llave. Y no iba a buscarla.
Cogió su ropa y comenzó a vestirse, cuando Pedro entró en la habitación. Lo dejó allí, arreglándose mientras ella iba a preparar el café. No era persona hasta que no se tomaba su droga matinal. Sonó el timbre y Paula pensó en que sería Bruno. Le gritó a Pedro que ya abría ella. Tenía una broma en mente.
-¡Hola!-. Dijo Bruno, que no se esperaba que una chica lo recibiera.
-Vaya, ¡qué sorpresa!, un bombero…ummm...…No es mi cumpleaños ni mi despedida de soltera, pero pasa y empieza a desnudarte-. Ronroneó, mirándolo de arriba abajo.
Tenía que darle la razón a Raquel, Bruno estaba pero que muy bien.
-¿Disculpa?-. Bruno entró, no muy seguro de lo que hacía. Paula no pudo evitarlo y estalló en carcajadas.
-Buenos días, Bruno-. Salió Pedro a su salvación-. ¿A qué vienen esas risas?
-¡Tienes a una viciosa en tu casa!- . Exclamó su hermano algo más relajado.
-Peque, ¿qué has hecho?-. Pedro ya la conocía bastante como para saber que alguna broma había dejado caer.
-Perdona Bruno. Hola, soy Paula-. Se presentó, dándole dos besos.
-Encantado de conocerte, ahora que estás consciente. Mi hermano y mi mujer me han hablado mucho de ti.
-Espero que bien. Un momento, ahora que te miro…
-¡Y ahora qué!, ¿vas a decir que es más guapo de lo que pensabas?-. Pedro temía lo que podía seguir a continuación.
-Tú eras el que vino a las oficinas a hacernos los simulacros de incendios-. Dijo al fin, y Pedro se quedó algo más tranquilo.
-Te acuerdas de mí, ¡que honor!
-Es difícil no acordarse de un monumento como tú.
-¡Pero bueno, estoy aquí!-. Pedro hizo aspavientos con los brazos en señal de derrota.
-No te pongas celoso…-. Acarició sus mejillas y le dio un beso en la punta de la nariz-. Bueno, he de irme-. Cogió su abrigo y su bolso y se acordó de algo-. ¡Mierda! No he traído el coche, ¡voy a llegar tarde!
-Vamos, ya te llevo yo-. Dijo Pedro, invitando a su hermano y a Paula a salir-. Y luego tengo que aguantar que le eches piropos a mi hermano.
Paula se acercó hasta él, cogió su dulce rostro entre sus manos y le obsequió con un delicado beso, acompañado de un gracias y un te quiero que pretendían ser reconciliadores con el receptor del mensaje. Los tres subieron al coche de Pedro, haciendo la primera parada en el trabajo de Paula. Salió del coche no sin antes despedirse de su chico y de su cuñado. Bruno se sentó en el asiento del copiloto que Paula había dejado libre. Comenzó el interrogatorio.
-¿Desde cuándo viven juntos? ¿De verdad van en serio? Porque nunca te he visto así de enchochado por una chico, y si te digo la verdad, me gusta verte así.
-Me he enamorado de ella. Y la quiero.
Aunque Bruno sabía la historia de cómo su hermano y Paula se conocieron, Pedro le explicó los avances que habían ocurrido en su relación hasta ese momento. La pregunta que le hizo Bruno sobre vivir juntos, le hizo pensar en ello. Sí, cierto que llevaban poco tiempo juntos, pero eran adultos y pasaban las noches juntos, se despertaban en la misma cama, compartían sus días, sus cuerpos…. Tenía que proponérselo.
Llegaron al centro médico, donde Bruno tenía que hacerse unos análisis de sangre. “Con lo hombretón que es y le dan miedo las agujas”. Esperaron en la sala de espera a que la enfermera llamara a su hermano.
-Me parece estupendo que te hayas enamorado. Pobre chica.
-¡Oye que no soy tan mal partido!- . Dijo Pedro sonriendo.
-No, hombre, no lo digo por eso. Seguro que está encantada de haber encontrado un tío como tú. No la conozco mucho, pero creo que es una chica encantadora. Lo que no puedo entender es como ese hijo de puta le hizo aquello.
-¿De qué hablas?-. Pedro estaba asombrado-. ¿Su hermano sabía algo sobre Paula que ella no le había contado?
-¿Te ha hablado del incendio de la oficina?-. Pedro asintió-. Ella fue la única que vio quién lo había provocado, aunque ella no sabía que había sido así. ¡Menudo cabrón!
-Hay gente que está muy mal de la cabeza-. Dijo Pedro, recordando que Paula no le había mencionado que había visto a nadie más en el incendio.
-¡Mal de la cabeza! ¡Era su padre! ¿Cómo alguien es capaz de hacer eso a un hijo?
-¡¿Su padre?!-. Pedro estaba alarmado. No daba crédito a lo que su hermano le decía.
-¡Mierda!, ¿no lo sabías?-. Bruno quería que la tierra lo tragara en ese momento por haber metido la pata de esa manera-. Pepe, perdona, creí que te lo había contado todo.
-Pues ya ves que no-. La voz de Pedro reflejaba su ignorancia ante ese tema-. Pero no importa, cuéntame lo que sepas.
-Cuando salió del hospital, Lorena le tomó declaración de lo sucedido y explicó que vio a un tal Víctor en el edificio. Resulta que era el propietario de la oficina que se incendió. Hicieron un retrato de ese hombre que coincidía con el que los transeúntes habían visto marcharse de allí, pensando que era una persona que había quedado atrapada en el edificio. Dieron con él a los pocos días, y al tomarle las huellas comprobaron que ese tío era el padre de Paula. El biológico. Estaba ya fichado. No era la primera vez que intentaba matarla…
En ese momento salió la enfermera y llamó a Bruno, que fue detrás de ella. Pedro se quedó en la sala de espera, esperando y pensando en lo que su hermano le había dicho. Tenía que ordenar esa información. El padre de Paula había intentado matarla en… ¿varias ocasiones? ¡Dios mío!, pero ¿porqué? ¿Qué le había hecho? Y ahora ¿dónde estaba ese hombre? Tenía que hablar con Paula, saber porqué no se lo había dicho y, sobre todo, saber cómo se sentía ella.
Bruno salió a los pocos minutos de la sala de extracción. Cómo siempre que iba a ese sitio, que se parecía más a un matadero que a un ambulatorio, aparecía blanco como la leche. Pedro se lo llevó a desayunar, no quería que se desmayara en el suelo, más que nada, porque no podía levantarlo él solo.
Cogió su ropa y comenzó a vestirse, cuando Pedro entró en la habitación. Lo dejó allí, arreglándose mientras ella iba a preparar el café. No era persona hasta que no se tomaba su droga matinal. Sonó el timbre y Paula pensó en que sería Bruno. Le gritó a Pedro que ya abría ella. Tenía una broma en mente.
-¡Hola!-. Dijo Bruno, que no se esperaba que una chica lo recibiera.
-Vaya, ¡qué sorpresa!, un bombero…ummm...…No es mi cumpleaños ni mi despedida de soltera, pero pasa y empieza a desnudarte-. Ronroneó, mirándolo de arriba abajo.
Tenía que darle la razón a Raquel, Bruno estaba pero que muy bien.
-¿Disculpa?-. Bruno entró, no muy seguro de lo que hacía. Paula no pudo evitarlo y estalló en carcajadas.
-Buenos días, Bruno-. Salió Pedro a su salvación-. ¿A qué vienen esas risas?
-¡Tienes a una viciosa en tu casa!- . Exclamó su hermano algo más relajado.
-Peque, ¿qué has hecho?-. Pedro ya la conocía bastante como para saber que alguna broma había dejado caer.
-Perdona Bruno. Hola, soy Paula-. Se presentó, dándole dos besos.
-Encantado de conocerte, ahora que estás consciente. Mi hermano y mi mujer me han hablado mucho de ti.
-Espero que bien. Un momento, ahora que te miro…
-¡Y ahora qué!, ¿vas a decir que es más guapo de lo que pensabas?-. Pedro temía lo que podía seguir a continuación.
-Tú eras el que vino a las oficinas a hacernos los simulacros de incendios-. Dijo al fin, y Pedro se quedó algo más tranquilo.
-Te acuerdas de mí, ¡que honor!
-Es difícil no acordarse de un monumento como tú.
-¡Pero bueno, estoy aquí!-. Pedro hizo aspavientos con los brazos en señal de derrota.
-No te pongas celoso…-. Acarició sus mejillas y le dio un beso en la punta de la nariz-. Bueno, he de irme-. Cogió su abrigo y su bolso y se acordó de algo-. ¡Mierda! No he traído el coche, ¡voy a llegar tarde!
-Vamos, ya te llevo yo-. Dijo Pedro, invitando a su hermano y a Paula a salir-. Y luego tengo que aguantar que le eches piropos a mi hermano.
Paula se acercó hasta él, cogió su dulce rostro entre sus manos y le obsequió con un delicado beso, acompañado de un gracias y un te quiero que pretendían ser reconciliadores con el receptor del mensaje. Los tres subieron al coche de Pedro, haciendo la primera parada en el trabajo de Paula. Salió del coche no sin antes despedirse de su chico y de su cuñado. Bruno se sentó en el asiento del copiloto que Paula había dejado libre. Comenzó el interrogatorio.
-¿Desde cuándo viven juntos? ¿De verdad van en serio? Porque nunca te he visto así de enchochado por una chico, y si te digo la verdad, me gusta verte así.
-Me he enamorado de ella. Y la quiero.
Aunque Bruno sabía la historia de cómo su hermano y Paula se conocieron, Pedro le explicó los avances que habían ocurrido en su relación hasta ese momento. La pregunta que le hizo Bruno sobre vivir juntos, le hizo pensar en ello. Sí, cierto que llevaban poco tiempo juntos, pero eran adultos y pasaban las noches juntos, se despertaban en la misma cama, compartían sus días, sus cuerpos…. Tenía que proponérselo.
Llegaron al centro médico, donde Bruno tenía que hacerse unos análisis de sangre. “Con lo hombretón que es y le dan miedo las agujas”. Esperaron en la sala de espera a que la enfermera llamara a su hermano.
-Me parece estupendo que te hayas enamorado. Pobre chica.
-¡Oye que no soy tan mal partido!- . Dijo Pedro sonriendo.
-No, hombre, no lo digo por eso. Seguro que está encantada de haber encontrado un tío como tú. No la conozco mucho, pero creo que es una chica encantadora. Lo que no puedo entender es como ese hijo de puta le hizo aquello.
-¿De qué hablas?-. Pedro estaba asombrado-. ¿Su hermano sabía algo sobre Paula que ella no le había contado?
-¿Te ha hablado del incendio de la oficina?-. Pedro asintió-. Ella fue la única que vio quién lo había provocado, aunque ella no sabía que había sido así. ¡Menudo cabrón!
-Hay gente que está muy mal de la cabeza-. Dijo Pedro, recordando que Paula no le había mencionado que había visto a nadie más en el incendio.
-¡Mal de la cabeza! ¡Era su padre! ¿Cómo alguien es capaz de hacer eso a un hijo?
-¡¿Su padre?!-. Pedro estaba alarmado. No daba crédito a lo que su hermano le decía.
-¡Mierda!, ¿no lo sabías?-. Bruno quería que la tierra lo tragara en ese momento por haber metido la pata de esa manera-. Pepe, perdona, creí que te lo había contado todo.
-Pues ya ves que no-. La voz de Pedro reflejaba su ignorancia ante ese tema-. Pero no importa, cuéntame lo que sepas.
-Cuando salió del hospital, Lorena le tomó declaración de lo sucedido y explicó que vio a un tal Víctor en el edificio. Resulta que era el propietario de la oficina que se incendió. Hicieron un retrato de ese hombre que coincidía con el que los transeúntes habían visto marcharse de allí, pensando que era una persona que había quedado atrapada en el edificio. Dieron con él a los pocos días, y al tomarle las huellas comprobaron que ese tío era el padre de Paula. El biológico. Estaba ya fichado. No era la primera vez que intentaba matarla…
En ese momento salió la enfermera y llamó a Bruno, que fue detrás de ella. Pedro se quedó en la sala de espera, esperando y pensando en lo que su hermano le había dicho. Tenía que ordenar esa información. El padre de Paula había intentado matarla en… ¿varias ocasiones? ¡Dios mío!, pero ¿porqué? ¿Qué le había hecho? Y ahora ¿dónde estaba ese hombre? Tenía que hablar con Paula, saber porqué no se lo había dicho y, sobre todo, saber cómo se sentía ella.
Bruno salió a los pocos minutos de la sala de extracción. Cómo siempre que iba a ese sitio, que se parecía más a un matadero que a un ambulatorio, aparecía blanco como la leche. Pedro se lo llevó a desayunar, no quería que se desmayara en el suelo, más que nada, porque no podía levantarlo él solo.
Paula llevaba una mañana de locos ¡y eso que no hacía más de dos horas que había comenzado su jornada laboral! Teléfono, visitas concertadas, y documentos que tenían que estar listos para ese mismo día, la habían acelerado.
-¿Te apetece un café?-. Le preguntó Helena desde el quicio de la puerta.
-¡Sí, por favor! me vendrá bien un pequeño descanso.
Sus pasos sonaron por el pasillo y se amortiguaron cuando llegaron a la cocina, el lugar de las confidencias.
-Te hice caso y anoche le pedí a David que se viniera a vivir conmigo.
-¡¿En serio?! ¡¿Y te dijo que sí?!-. Paula ya sabía la respuesta de su amiga.
-Me dijo que lo estaba deseando… ¡Dios! cuando escuché eso, creí morirme. Pensé que tendría dudas, o que me diría que no directamente, pero esa respuesta fue más de lo que esperaba. Lo quiero tanto-. Helena estaba tan contenta que no cabía en sí.
-Y él a ti también, no tengas dudas. Y al final, ¿dónde van a vivir, en tu casa o en la suya?
-Me mudaré yo a la suya. Yo sigo de alquiler así que cuando acabe este mes, me marcho. Por cierto, ¡tengo que llamar a la propietaria para decírselo!-. Helena abandonó la cocina y se fue a su despacho.
Por el pasillo, Paula se puso a pensar en Pedro y en Bruno. Se parecían bastante, pero a la vez eran muy diferentes físicamente. Bruno tenía el pelo mucho más corto que su hermano, casi rapado, sus ojos eran iguales a los de su chico, tenían esa mirada capaz de traspasarte el alma, y Bruno la ocultaba detrás de unas gafas que le daban un aspecto de niño bueno. Iba afeitado y sus facciones no eran tan marcadas como las de su hermano. Era cierto que era mucho más alto y más corpulento que Pedro, pero Paula sabía que no se había equivocado de hermano. Y sí, Bruno estaba muy bueno, pero no cambiaría a Pedro por nada del mundo. Él era todo lo que ella necesitaba.
A media mañana, Javi pasó por su mesa para recoger unos documentos, que ella, aplicada como era, los había terminado a tiempo, y llevarlos a un cliente. Le recordó que llamara a su padre para comentarle que las obras del gimnasio comenzarían el viernes. ¡Lo había olvidado!, ni siquiera se acordó de decírselo a Pedro. Cuando acabó su papeleo, llamó al móvil a su padre, pero no contestó. Pensó en llamar a Pedro, así con esa excusa, podría hablar un rato con él.
-¡Ey!, tranquilo machote. ¿Qué te pasa, riña de enamorados?-. Preguntó sarcástico Fran a su compañero, cuando éste dejó caer su mochila en el suelo con rabia.
-¿Porqué no me dice las cosas? ¿Porqué no es sincera conmigo?-. A Pedro le corroía no saber la respuesta a esas preguntas.
-Me temo que si tiene que ver con Paula, tendrás que preguntárselo a ella.
-¿Tú sabías lo del incendio?-. Su amigo afirmó-. ¿Y sabías que fue su padre?-. Fran volvió a reiterarse-. ¿Y porqué a mi no me dijo que fue él?
Su móvil empezó a sonar. Miró la pantalla y vio que era Paula “hablando del rey de Roma”.. Intentó tranquilizarse antes de contestar, no podía hablarle en un tono en el que después se arrepentiría. Algo más sereno, descolgó.
-Hola Paula.
-Hola Pepe.- uy, no me ha llamado peque, mal asunto...- ¿Te pillo en medio de alguna clase?
-No ya he terminado por esta mañana. ¿Qué pasa?-. Paula lo encontraba raro.
-Quería comentarte que el viernes comenzará la obra del gimnasio. He intentado hablar con mi padre pero no lo he localizado.
-Está reunido con unos padres.- Pedro cogió aire-. Paula, me gustaría poder hablar contigo esta noche. Paso a buscarte, vamos a mi casa y hablamos. ¿Te parece bien?
¡Ay Dios!, cuando una frase empieza con un “tenemos que hablar” no augura nada bueno.
-Vale, como quieras. Te espero a las siete.
-Allí estaré. Adiós.
Y colgó, así sin más, sin un beso, sin un peque, sin ternura en sus palabras.
¡Joder Paula! ¿Qué has hecho? A ver, piensa, piensa…. ¡Mierda!, claro, ¡está enfadado conmigo por lo de esta mañana, por el tonteo con su hermano!, pero, ¿tan grave ha sido? Pues parece que sí, no se lo ha tomado nada bien. Pero qué raro, cuando me despedí de él no estaba tan arisco como hacía un momento por teléfono. ¡Hombres! Y luego somos las mujeres las que tenemos que venir con un manual de instrucciones. Ya pensaré luego como arreglar el desaguisado que he montado.
Ahora tocaba ir a comer y cómo no quería ir con sus dos compañeros, no quería hacer de aguanta velas, decidió bajar a la panadería de la esquina y comprarse un tupper con comida casera que preparaban. Compró la comida junto con una lata de bebida y subió al despacho a comer sola. Comió en veinte minutos, así que le sobraban cuarenta, que empleó en avanzar trabajo. No oyó cuando la puerta del despacho se abrió y entraron sus tres compañeros. Javi se acercó hasta ella y depositó en su mesa una pequeña bolsa de la misma pastelería donde había comprado la comida.
-¿Y esto?-. Le preguntó Paula, que abriendo la bolsa vio unos croissants pequeñitos, rellenos de chocolate negro. Sus favoritos.
-Por ser tan eficiente y tan buena compañera-. Javi le sonrió-. Dudaba en comprártelos o no, porque como dicen que el chocolate es el substituto del sexo y creo que de eso vas servida….
-¡Ya lo creo que voy servida!-. Le dijo Paula comiendo uno.
-Después del trabajo nos vamos a tomar unas copas, a celebrar la puesta en marcha del proyecto de tu padre. Espero que no tengas planes. Puedes decirle a tu chico que venga-. Le dijo Javi alejándose de su lado.
Pedro quiere hablar conmigo y como le diga que me voy de copas con los del trabajo, al igual no le sienta muy bien. No he visto a Pedro enfadado, pero no quiero tentar a la suerte. Puedo irme a tomar esas copas y hablar más tarde con él, aunque claro, depende del nivel de embriaguez no sería conveniente charlar. Y quizás el quiere venir con nosotros.
Cogió el auricular de la centralita y marcó su número.
-Hola Pepe, soy yo de nuevo-. Dijo cautelosa.
-Hola Sara. Ya le he comentado a tu padre lo del viernes, ningún problema.
-Vale, gracias. Te llamaba por si quieres venir esta tarde a tomar unas copas con los compañeros. Javi quiere celebrar lo del colegio.
-Yo no tengo nada que celebrar Paula. Ve tú y cuando vuelvas hablamos-. La voz de Pedro no sonaba enfadada, pero si era firme.
-¿No te importa que vaya?
-No, no me importa. Y no tienes que pedirme permiso. Pásalo bien y asegúrate de que alguien te deja en mi casa. Si no, me llamas y paso a recogerte. Luego nos vemos.
Volvió a dejarla con el auricular en la mano. Pero le daba igual. No se había enfadado por retrasar la conversación, ni porque saliera un rato con los del trabajo, pero seguía molesto con ella. La próxima vez tendría más cuidado con lo que decía sobre su hermano. Sólo había sido una broma, pero no a todo el mundo deben gustarle según qué bromas. Pero aún así, estando disgustado, se preocupaba por ella. Era imposible no quererlo.
Pedro llegó a su casa con la mente ocupada en las palabras que tendría con Paula. No sabía cómo abarcar ese tema, porque seguro que a ella no le apetecería hablar de ello. Tenía que estar calmado y no alterarse para no herir a Paula. Como tenía varias horas por delante y para relajarse, se dio un baño. Le faltaba Paula en esa bañera. La habían compartido en varias ocasiones, pero en ésta, ella no estaba. Y la echaba de menos. Cuando vio que tenía los dedos arrugados, decidió salir del agua, se puso su pijama y se fue a la cocina, donde buscó algo ligero para cenar. Sacó unas pechugas de pollo que tenía en la nevera y se las hizo a la plancha, que comió junto con una manzana de postre. Antes de espachurrarse en el sofá, cogió su portátil y se puso a buscar información en Internet sobre el incendio. Los artículos que encontró no decían gran cosa, ni nada que no supiera ya. Fue un incendio provocado y una mujer estuvo a punto de morir. Un escalofrío le recorría el cuerpo cada vez que veía ese verbo junto al nombre de Paula. No podía soportarlo. Decidió dejar de buscar y puso la tele para distraerse.
Llegaron al bar pasadas las siete y media de la tarde. Ocuparon una mesa y pidieron algo de beber y unas cuantas tapas para matar el hambre. Cuando salían de la oficina, nunca hablaban de trabajo, siempre lo dejaban allí, en el despacho. Así que Javi se aventuró a preguntar a David y a Helena qué tal les iba en su relación, una pregunta tonta, porque estaba al tanto de todo lo que les pasaba. La oficina era como una revista del corazón, todos los cotilleos de sus empleados estaban a la orden del día. Aprovechó para preguntar a Paula por su chico y porqué no había venido.
-Creo que está enfadado conmigo. Esta mañana he metido la pata hasta el fondo-. Dijo Paula, dejando su copa en la mesa.
-¿Qué has hecho?- . Preguntó Helena.
Paula vio que sus tres compañeros la miraban, esperando una respuesta. Paula les contó lo ocurrido y como Javi y David eran hombres, quería que ellos le dijeran lo que pensaban sobre su comportamiento esa mañana.
-¡Eres peligrosa con el sexo opuesto!-. Dijo David, riendo.
-¡Jaja!, que gracioso eres-. Paula hizo una mueca de disgusto-. De verdad, chicos, ¿los habría molestado a ustedes?
-Mira Pau, si Pedro está contigo es porque le gustas tal y como eres. Debería estar curado de espanto con tus bromas, así que no creo que esté enfadado contigo por eso-. Declaró David.
-Estoy de acuerdo con lo dicho-. Corroboró Javi-. Quizás está enfadado contigo porque le has dejado sin sexo-. Rieron los cuatro.
-Uy, Javi, ¡cómo estás hoy! Espero que la pobre Ana esté preparada para tu llegada-. Volvieron a reír-. Bueno chicos, me marcho, no quiero que se haga más tarde.
-Espera Pau, te llevamos a casa-. Dijo David.
Acabaron sus copas y salieron del bar. Javi se despidió de ellos hasta el día siguiente y David, Helena y Paula subieron al coche del primero. Paula le dijo a David que la dejara en casa de Pedro e indicó la dirección. A medida que se acercaban a su casa, Paula estaba más nerviosa. No sabía de qué humor estaría su chico y por mucho que sus compañeros le decían que no se preocupara, ella no podía evitarlo. La dejaron en la puerta del bloque, deseándole suerte y mañana ya los pondría al corriente de lo acontecido. Subió las escaleras hasta el primer piso y llegó hasta la puerta de Pedro. Respiró hondo y pulsó el timbre. Oyó pasos tras esa puerta, se pararon al llegar a la misma y se abrió.
-Hola Pepe, ¿puedo pasar? ¿Es muy tarde? –. Preguntó algo tímida. Pedro miró su reloj de pulsera. Las diez de la noche.
Pedro la invitó a pasar, con un gesto de su mano, sin decirle nada. Paula se quitó el bolso y el abrigo y los depositó en el sofá. No había abierto la boca, ni un hola había salido de sus labios, así que Paula fue la que rompió ese incómodo silencio. Se giró hacia él y cogió sus manos.
-Pepe, siento lo que he dicho esta mañana cuando estaba tu hermano. Sólo era una broma y no quería ofenderte. Perdóname, por favor, no te enfades conmigo-. Paula, con la mano temblorosa, le acarició la mejilla.
-No estoy enfadado contigo por eso. Te conozco y también a tus bromas-. Pedro apartó la mano de Paula de su rostro-. Pero sí estoy molesto contigo por otro motivo-. Ahora sí que no entendía nada y el gesto de apartar su mano, le dolió mucho.
-¿Quieres explicarme que te he hecho?-. Paula que estaba más nerviosa, alzó la voz cuando preguntó.
-No me dijiste que en el incendio viste a otra persona. No me dijiste que esa persona era la que lo provocó. No me dijiste que esa persona era tu padre. No me dijiste que intentó matarte-. La voz de Pedro mantenía el mismo tono neutro. Sabía que no podía gritarle, eso empeoraría las cosas.
-¿Por eso estas así conmigo, por qué no te dije quién era el causante del incendio?
-¡Por dios Paula, era tu padre!
-¡Ese no es mi padre!-. Paula se exasperó y notó que su voz había adquirido un tono más elevado.
Pedro no sabía qué decirle ante lo que acababa de oír. No podía negar que Paula tenía razón. La vio que apoyaba sus manos en el mueble donde estaba la foto de su abuela. La miró durante unos segundos y se dio la vuelta, quedando a escasos metros de él. De sus ojos no resbalaba ninguna lágrima, no estaban empañados por ellas. En su lugar notó una mirada fría, algo que no le gustó.
-¿Quieres saber porqué no te lo conté? Porqué no es la primera vez que intenta matarme y sé que volverá a intentarlo y no parará hasta conseguirlo. ¿Y sabes qué?, hasta hace poco no me importaba que lo hiciera, sólo esperaba a que llegara el día en que acabara con mi vida. Pero ahora me da miedo que lo haga. Ahora estás tú y quiero estar contigo.
Pedro estaba con el corazón en un puño. ¡Cómo dolía lo que acababa de oír! Y ella debía sentirse mucho peor que él. Avanzó hacia ella y la atrajo hacía sí con un fuerte abrazo, intentando protegerla del resto del mundo. Era insoportable verla con esa actitud de derrota, esperando que algo horrible le sucediera. Pero él no iba a permitir eso, no iba a consentir que nada malo le pasara.
-¿Y eso no te asusta? ¿Quieres estar conmigo aún sabiendo que hay un chiflado que va a matarme?-. Paula sí que estaba asustada.
-Paula, por favor, no digas eso….no lo digas-. Pedro la abrazaba contra su pecho, no quería que viera que él sí tenía los ojos vidriosos.
-Todavía hay muchas cosas que no sabes, y que, seguramente no te gustará saber. Pero, cuando las conozcas, entonces, no querrás estar conmigo-. Dijo ella con un hilo de voz
-Ni tus miedos ni tu pasado, van a estropear lo que tenemos. No voy a cansarme de ti, ni voy a abandonarte, ni vas a perderme, no vas a hacerme daño. No voy a dejar de estar enamorado de ti en la vida.
Paula se quedó parada con las palabras de Pedro. Eran palabras que ella le había dicho acerca de sus temores. Y las recordaba a la perfección. ¿Cómo lo había hecho para conseguir a un hombre como él? No tenía la más remota idea. Pero de algo estaba segura, sí él no se iba de su lado, ella no iba a echarlo. Paula acarició el labio inferior de Pedro con su pulgar. Era suave, carnoso y tan tentador que no pudo evitar besarlo delicadamente.
-Cuéntame qué pasó la primera vez.
Paula tomó de la mano de Pedro y lo guió hasta el sofá, donde se sentaron uno al lado del otro, mirándose a los ojos cuando ella comenzó a relatarle su terrible experiencia.
-Tenía catorce años, iba al instituto. Una tarde, cuando salí de clase, un hombre vino a buscarme. Me dijo que era amigo de mi madre y que ella había tenido un accidente y estaba en el hospital. Me asustó lo que me dijo y no sabía qué hacer, me quedé bloqueada, y al final accedí a ir con él. Subí a su coche y en ese instante me inyectó algo en el cuello y me dormí. No recuerdo nada hasta que desperté en un colchón tirado en el suelo. Él estaba allí, delante de mí, esperando a que me desvelase del sueño. Estaba en una especie de cabaña, o algo así. Sólo era una habitación, vacía, sin ventanas y con una puerta que daba acceso a la calle. En el suelo había una botella de agua. Cuando se levantó, me dijo que me dejaría allí, sola, los días que hicieran falta hasta que me pudriese. Y se marchó-. Pedro acarició su mejilla suavemente, sin decir nada. Paula continuó-. Quise huir de allí, pero no pude. Me preguntaba quién era ese hombre, si realmente era amigo de mi madre, si yo lo conocía. Y la respuesta era no, jamás lo había visto, así que pensé que era un psicópata, un loco. No me gustaba la forma que tenía de mirarme, lo hacía de una manera que me daba miedo, pero había algo en sus ojos que me decía que me quería a mí, en ese sitio, que era yo la que tenía que estar allí. Pero aún así, no lograba entender porqué me había elegido a mí, ¿qué le había hecho? El agua se acabó enseguida y no tenía comida. No sabía cuánto tiempo llevaba en ese sitio, pero cada vez estaba más débil. Cuando tenía que hacer mis necesidades, las hacía en el suelo, donde dormía con ellas. No sabía los días que estuve encerrada, pero por debajo de la puerta podía ver si era de día o de noche. Estaba tirada detrás de la puerta, por donde podía respirar algo de aire limpio, cuando escuché a un hombre con un perro. El perro se acercó a la puerta y metió el hocico por debajo, me olió, y empezó a arañar la puerta. Oí a su dueño y le pedí que me ayudara. No me digas que te explique de donde saqué las fuerzas para gritar por qué no lo sé. De lo que sí estoy segura es que gracias a ese hombre y a su mascota, pude salir de allí. Una vez en el hospital, me dijeron que estuve cinco días en ese lugar y pasé otros tantos en la clínica. Esa era la primera vez que veía a ese hombre y que supe quién era. También supe que estuvo durante meses siguiéndome, anotando todos mis pasos, lo que hacía, a donde iba, con quién salía. Aún sabiendo quien era, no lograba entender el porqué hizo lo que hizo. Yo no le había hecho nada, nunca supe quién era, ni donde estaba. No tenía la más mínima intención de saber quién era mi padre. Y quizá ese fue el motivo por el cual me castigó de esa manera. Tardé más en recuperarme psicológicamente que físicamente. Durante muchos años tuve insomnio, me daba miedo dormirme porque siempre que lo hacía tenía pesadillas con él, con esa habitación. Me pasaba el día llorando, me aterraba quedarme sola en cualquier sitio porque sabía que me haría daño. Si no hubiese sido por mi familia, por la ayuda psicológica que recibí y mis amigos, ahora no estaría aquí. Fin de la historia.
Pedro tenía el rostro desencajado y sus ojos, otra vez, humedecidos. La cogió de los brazos y se tumbó en el sofá con ella encima de su pecho. Arrastró la manta para que sus cuerpos quedaran cubiertos y se dedicó a abrazarla y a besarle la cabeza. Quería demostrarle tantas cosas con ese abrazo, quería despojarla de ese recuerdo, de haber vivido una experiencia tan aterradora como aquella. Se cambiaría por ella sin dudarlo, daría su vida por borrar todo lo desagradable que había en la vida de Paula. Pero sabía que no podía cambiar lo que le pasó, pero lo que sí sabía, de lo que estaba seguro era que a partir de ahora no iba a dejar que ese hombre se acercara a ella. No tenía ni idea de cómo lo haría, pero iba a protegerla con su propia vida si era necesario. No podía perderla ahora que la había encontrado. La había estado esperado toda su vida.
-¿No vas a decir nada?-. Le preguntó Paula.
-No, sólo quiero abrazarte.
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Hola, volvi! No subí estos días porque mi Internet no andaba, ahora anda cuando quiere... Perdón si no les puedo pasar la nove por twitter :c
buenísimo el capítulo,me encanto!!!
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