miércoles, 23 de octubre de 2013

Capitulo 12

-No, no seas pesado. Pásate por casa que te acompaño. Te espero.
Paula escuchó la voz de Pedro. Hablaba con alguien por teléfono y había salido a la terraza que daba acceso desde su habitación. Estaba apoyado en la barandilla, de espaldas a ella, ofreciendo unas vistas estupendas de su cuerpo, y sobre todo de ese culito tan redondo y tan tentador. Se levantó de la cama, con la idea de meter mano en ese trasero, pero Pedro se giró cuando escuchó abrirse la puerta de la terraza. ¡Mierda!
-Buenos días, pequeñuja.
-Buenos días, guapísimo-. Paula se acercó a sus labios, pero no le gustó nada el sabor que desprendió su boca.
-¿Has estado fumando?- . Él afirmó-. Paula no recordaba haberlo visto fumar desde el día en que se conocieron.-. ¿Con quién hablabas?
-Con mi hermano. Vendrá en unos diez minutos, así que vístete, no quiero que te vea casi desnuda. Ese placer es únicamente mío-. Pedro le dio un pequeño mordisco en el cuello.
 
-¡Vaya, por fin voy a conocer al bombero macizo!-. Paula no pudo evitar reírse cuando Pedro la miró con expresión de enfado-. No pongas esa cara, sabes que tú eres el único que puede apagar mi fuego-. Paula tomó sus labios y los besó, despacio, intentando no despertar a la fiera.
 
-Para adentro, y vístete, por favor-. Le dijo Pedro a Paula.
No era capaz de encontrar ningún defecto en su chico. Bueno, sí, que fumaba, pero eso tenía remedio. Era feliz cuando lo veía contento, le gustaba su lado celoso, se encendía cuando se ponía juguetón y cachondo, se estremecía cuando era comprensivo con ella, cuando le hablaba tiernamente, cuando la protegía con todo su ser. Pedro le había abierto las puertas del cielo y había tirado la llave. Y no iba a buscarla. 
Cogió su ropa y comenzó a vestirse, cuando Pedro entró en la habitación. Lo dejó allí, arreglándose mientras ella iba a preparar el café. No era persona hasta que no se tomaba su droga matinal. Sonó el timbre y Paula pensó en que sería Bruno. Le gritó a  Pedro que ya abría ella. Tenía una broma en mente.
-¡Hola!-. Dijo Bruno, que no se esperaba que una chica lo recibiera.
-Vaya, ¡qué sorpresa!, un bombero…ummm...…No es mi cumpleaños ni mi despedida de soltera, pero pasa y empieza a desnudarte-. Ronroneó, mirándolo de arriba abajo.
 
Tenía que darle la razón a Raquel, Bruno estaba pero que muy bien.
-¿Disculpa?-. Bruno entró, no muy seguro de lo que hacía. Paula no pudo evitarlo y estalló en carcajadas.
-Buenos días, Bruno-. Salió Pedro a su salvación-. ¿A qué vienen esas risas?
-¡Tienes a una viciosa en tu casa!- . Exclamó su hermano algo más relajado.
-Peque, ¿qué has hecho?-. Pedro ya la conocía bastante como para saber que alguna broma había dejado caer.
-Perdona Bruno. Hola, soy Paula-. Se presentó, dándole dos besos.
-Encantado de conocerte, ahora que estás consciente. Mi hermano y mi mujer me han hablado mucho de ti.
 
-Espero que bien. Un momento, ahora que te miro…
-¡Y ahora qué!, ¿vas a decir que es más guapo de lo que pensabas?-. Pedro temía lo que podía seguir a continuación.
 
-Tú eras el que vino a las oficinas a hacernos los simulacros de incendios-. Dijo al fin, y Pedro se quedó algo más tranquilo.
-Te acuerdas de mí, ¡que honor!
-Es difícil no acordarse de un monumento como tú.
 
-¡Pero bueno, estoy aquí!-. Pedro hizo aspavientos con los brazos en señal de derrota.
 
-No te pongas celoso…-. Acarició sus mejillas y le dio un beso en la punta de la nariz-. Bueno, he de irme-. Cogió su abrigo y su bolso y se acordó de algo-. ¡Mierda! No he traído el coche, ¡voy a llegar tarde!
-Vamos, ya te llevo yo-. Dijo Pedro, invitando a su hermano y a Paula a salir-. Y luego tengo que aguantar que le eches piropos a mi hermano.
Paula se acercó hasta él, cogió su dulce rostro entre sus manos y le obsequió con un delicado beso, acompañado de un gracias y un te quiero que pretendían ser reconciliadores con el receptor del mensaje. Los tres subieron al coche de Pedro, haciendo la primera parada en el trabajo de Paula. Salió del coche no sin antes despedirse de su chico y de su cuñado. Bruno se sentó en el asiento del copiloto que Paula había dejado libre. Comenzó el interrogatorio.
-¿Desde cuándo viven juntos? ¿De verdad van en serio? Porque nunca te he visto así de enchochado por una chico, y si te digo la verdad, me gusta verte así.
 
-Me he enamorado de ella. Y la quiero.
 
Aunque Bruno sabía la historia de cómo su hermano y Paula se conocieron, Pedro le explicó los avances que habían ocurrido en su relación hasta ese momento. La pregunta que le hizo Bruno sobre vivir juntos, le hizo pensar en ello. Sí, cierto que llevaban poco tiempo juntos, pero eran adultos y pasaban las noches juntos, se despertaban en la misma cama, compartían sus días, sus cuerpos…. Tenía que proponérselo.
 
Llegaron al centro médico, donde Bruno tenía que hacerse unos análisis de sangre. “Con lo hombretón que es y le dan miedo las agujas”. Esperaron en la sala de espera a que la enfermera llamara a su hermano.
-Me parece estupendo que te hayas enamorado. Pobre chica.
-¡Oye que no soy tan mal partido!- . Dijo Pedro sonriendo.
-No, hombre, no lo digo por eso. Seguro que está encantada de haber encontrado un tío como tú. No la conozco mucho, pero creo que es una chica encantadora. Lo que no puedo entender es como ese hijo de puta le hizo aquello.
 
-¿De qué hablas?-. Pedro estaba asombrado-. ¿Su hermano sabía algo sobre Paula que ella no le había contado?
-¿Te ha hablado del incendio de la oficina?-. Pedro asintió-. Ella fue la única que vio quién lo había provocado, aunque ella no sabía que había sido así. ¡Menudo cabrón!
-Hay gente que está muy mal de la cabeza-. Dijo Pedro, recordando que Paula no le había mencionado que había visto a nadie más en el incendio.
-¡Mal de la cabeza! ¡Era su padre! ¿Cómo alguien es capaz de hacer eso a un hijo?
-¡¿Su padre?!-. Pedro estaba alarmado. No daba crédito a lo que su hermano le decía.
-¡Mierda!, ¿no lo sabías?-. Bruno quería que la tierra lo tragara en ese momento por haber metido la pata de esa manera-. Pepe, perdona, creí que te lo había contado todo.
 
-Pues ya ves que no-. La voz de Pedro reflejaba su ignorancia ante ese tema-. Pero no importa, cuéntame lo que sepas.
-Cuando salió del hospital, Lorena le tomó declaración de lo sucedido y explicó que vio a un tal Víctor en el edificio. Resulta que era el propietario de la oficina que se incendió. Hicieron un retrato de ese hombre que coincidía con el que los transeúntes habían visto marcharse de allí, pensando que era una persona que había quedado atrapada en el edificio. Dieron con él a los pocos días, y al tomarle las huellas comprobaron que ese tío era el padre de Paula. El biológico. Estaba ya fichado. No era la primera vez que intentaba matarla…
En ese momento salió la enfermera y llamó a Bruno, que fue detrás de ella. Pedro se quedó en la sala de espera, esperando y pensando en lo que su hermano le había dicho. Tenía que ordenar esa información. El padre de Paula había intentado matarla en… ¿varias ocasiones? ¡Dios mío!, pero ¿porqué? ¿Qué le había hecho? Y ahora ¿dónde estaba ese hombre? Tenía que hablar con Paula, saber porqué no se lo había dicho y, sobre todo, saber cómo se sentía ella.
Bruno salió a los pocos minutos de la sala de extracción. Cómo siempre que iba a ese sitio, que se parecía más a un matadero que a un ambulatorio, aparecía blanco como la leche. Pedro se lo llevó a desayunar, no quería que se desmayara en el suelo, más que nada, porque no podía levantarlo él solo.
 

Paula llevaba una mañana de locos ¡y eso que no hacía más de dos horas que había comenzado su jornada laboral! Teléfono, visitas concertadas, y documentos que tenían que estar listos para ese mismo día, la habían acelerado.
 
-¿Te apetece un café?-. Le preguntó Helena desde el quicio de la puerta.
 
-¡Sí, por favor! me vendrá bien un pequeño descanso.
Sus pasos sonaron por el pasillo y se amortiguaron cuando llegaron a la cocina, el lugar de las confidencias.
 
-Te hice caso y anoche le pedí a David que se viniera a vivir conmigo.
-¡¿En serio?! ¡¿Y te dijo que sí?!-. Paula ya sabía la respuesta de su amiga.
-Me dijo que lo estaba deseando… ¡Dios! cuando escuché eso, creí morirme. Pensé que tendría dudas, o que me diría que no directamente, pero esa respuesta fue más de lo que esperaba. Lo quiero tanto-. Helena estaba tan contenta que no cabía en sí.
-Y él a ti también, no tengas dudas. Y al final, ¿dónde van a vivir, en tu casa o en la suya?
-Me mudaré yo a la suya. Yo sigo de alquiler así que cuando acabe este mes, me marcho. Por cierto, ¡tengo que llamar a la propietaria para decírselo!-. Helena abandonó la cocina y se fue a su despacho.
Por el pasillo, Paula se puso a pensar en Pedro y en Bruno. Se parecían bastante, pero a la vez eran muy diferentes físicamente. Bruno tenía el pelo mucho más corto que su hermano, casi rapado, sus ojos eran iguales a los de su chico, tenían esa mirada capaz de traspasarte el alma, y Bruno la ocultaba detrás de unas gafas que le daban un aspecto de niño bueno. Iba afeitado y sus facciones no eran tan marcadas como las de su hermano. Era cierto que era mucho más alto y más corpulento que Pedro, pero Paula sabía que no se había equivocado de hermano. Y sí, Bruno estaba muy bueno, pero no cambiaría a Pedro por nada del mundo. Él era todo lo que ella necesitaba.
 
A media mañana, Javi pasó por su mesa para recoger unos documentos, que ella, aplicada como era, los había terminado a tiempo, y llevarlos a un cliente. Le recordó que llamara a su padre para comentarle que las obras del gimnasio comenzarían el viernes. ¡Lo había olvidado!, ni siquiera se acordó de decírselo a Pedro. Cuando acabó su papeleo, llamó al móvil a su padre, pero no contestó. Pensó en llamar a Pedro, así con esa excusa, podría hablar un rato con él.
 

-¡Ey!, tranquilo machote. ¿Qué te pasa, riña de enamorados?-. Preguntó sarcástico Fran a su compañero, cuando éste dejó caer su mochila en el suelo con rabia.
-¿Porqué no me dice las cosas? ¿Porqué no es sincera conmigo?-. A Pedro le corroía no saber la respuesta a esas preguntas.
 
-Me temo que si tiene que ver con Paula, tendrás que preguntárselo a ella.
-¿Tú sabías lo del incendio?-. Su amigo afirmó-. ¿Y sabías que fue su padre?-. Fran volvió a reiterarse-. ¿Y porqué a mi no me dijo que fue él?
Su móvil empezó a sonar. Miró la pantalla y vio que era Paula “hablando del rey de Roma”.. Intentó tranquilizarse antes de contestar, no podía hablarle en un tono en el que después se arrepentiría. Algo más sereno, descolgó.
-Hola Paula.
-Hola Pepe.- uy, no me ha llamado peque, mal asunto...- ¿Te pillo en medio de alguna clase?
-No ya he terminado por esta mañana. ¿Qué pasa?-. Paula lo encontraba raro.
-Quería comentarte que el viernes comenzará la obra del gimnasio. He intentado hablar con mi padre pero no lo he localizado.
-Está reunido con unos padres.- Pedro cogió aire-. Paula, me gustaría poder hablar contigo esta noche. Paso a buscarte, vamos a mi casa y hablamos. ¿Te parece bien?
¡Ay Dios!, cuando una frase empieza con un “tenemos que hablar” no augura nada bueno.
 
-Vale, como quieras. Te espero a las siete.
-Allí estaré. Adiós.
Y colgó, así sin más, sin un beso, sin un peque, sin ternura en sus palabras.
 
¡Joder Paula! ¿Qué has hecho? A ver, piensa, piensa…. ¡Mierda!, claro, ¡está enfadado conmigo por lo de esta mañana, por el tonteo con su hermano!, pero, ¿tan grave ha sido? Pues parece que sí, no se lo ha tomado nada bien. Pero qué raro, cuando me despedí de él no estaba tan arisco como hacía un momento por teléfono. ¡Hombres! Y luego somos las mujeres las que tenemos que venir con un manual de instrucciones. Ya pensaré luego como arreglar el desaguisado que he montado.
 
Ahora tocaba ir a comer y cómo no quería ir con sus dos compañeros, no quería hacer de aguanta velas, decidió bajar a la panadería de la esquina y comprarse un tupper con comida casera que preparaban. Compró la comida junto con una lata de bebida y subió al despacho a comer sola. Comió en veinte minutos, así que le sobraban cuarenta, que empleó en avanzar trabajo. No oyó cuando la puerta del despacho se abrió y entraron sus tres compañeros. Javi se acercó hasta ella y depositó en su mesa una pequeña bolsa de la misma pastelería donde había comprado la comida.
 
-¿Y esto?-. Le preguntó Paula, que abriendo la bolsa vio unos croissants pequeñitos, rellenos de chocolate negro. Sus favoritos.
-Por ser tan eficiente y tan buena compañera-. Javi le sonrió-. Dudaba en comprártelos o no, porque como dicen que el chocolate es el substituto del sexo y creo que de eso vas servida….
-¡Ya lo creo que voy servida!-. Le dijo Paula comiendo uno.
-Después del trabajo nos vamos a tomar unas copas, a celebrar la puesta en marcha del proyecto de tu padre. Espero que no tengas planes. Puedes decirle a tu chico que venga-. Le dijo Javi alejándose de su lado.
 Pedro quiere hablar conmigo y como le diga que me voy de copas con los del trabajo, al igual no le sienta muy bien. No he visto a Pedro enfadado, pero no quiero tentar a la suerte. Puedo irme a tomar esas copas y hablar más tarde con él, aunque claro, depende del nivel de embriaguez no sería conveniente charlar. Y quizás el quiere venir con nosotros.
 
Cogió el auricular de la centralita y marcó su número.
 
-Hola Pepe, soy yo de nuevo-. Dijo cautelosa.
-Hola Sara. Ya le he comentado a tu padre lo del viernes, ningún problema.
-Vale, gracias. Te llamaba por si quieres venir esta tarde a tomar unas copas con los compañeros. Javi quiere celebrar lo del colegio.
 
-Yo no tengo nada que celebrar Paula. Ve tú y cuando vuelvas hablamos-. La voz de Pedro no sonaba enfadada, pero si era firme.
-¿No te importa que vaya?
-No, no me importa. Y no tienes que pedirme permiso. Pásalo bien y asegúrate de que alguien te deja en mi casa. Si no, me llamas y paso a recogerte. Luego nos vemos.
Volvió a dejarla con el auricular en la mano. Pero le daba igual. No se había enfadado por retrasar la conversación, ni porque saliera un rato con los del trabajo, pero seguía molesto con ella. La próxima vez tendría más cuidado con lo que decía sobre su hermano. Sólo había sido una broma, pero no a todo el mundo deben gustarle según qué bromas. Pero aún así, estando disgustado, se preocupaba por ella. Era imposible no quererlo.
 
Pedro llegó a su casa con la mente ocupada en las palabras que tendría con Paula. No sabía cómo abarcar ese tema, porque seguro que a ella no le apetecería hablar de ello. Tenía que estar calmado y no alterarse para no herir a Paula. Como tenía varias horas por delante y para relajarse, se dio un baño. Le faltaba Paula en esa bañera. La habían compartido en varias ocasiones, pero en ésta, ella no estaba. Y la echaba de menos. Cuando vio que tenía los dedos arrugados, decidió salir del agua, se puso su pijama y se fue a la cocina, donde buscó algo ligero para cenar. Sacó unas pechugas de pollo que tenía en la nevera y se las hizo a la plancha, que comió junto con una manzana de postre. Antes de espachurrarse en el sofá, cogió su portátil y se puso a buscar información en Internet sobre el incendio. Los artículos que encontró no decían gran cosa, ni nada que no supiera ya. Fue un incendio provocado y una mujer estuvo a punto de morir. Un escalofrío le recorría el cuerpo cada vez que veía ese verbo junto al nombre de Paula. No podía soportarlo. Decidió dejar de buscar y puso la tele para distraerse.

Llegaron al bar pasadas las siete y media de la tarde. Ocuparon una mesa y pidieron algo de beber y unas cuantas tapas para matar el hambre. Cuando salían de la oficina, nunca hablaban de trabajo, siempre lo dejaban allí, en el despacho. Así que Javi se aventuró a preguntar a David y a Helena qué tal les iba en su relación, una pregunta tonta, porque estaba al tanto de todo lo que les pasaba. La oficina era como una revista del corazón, todos los cotilleos de sus empleados estaban a la orden del día. Aprovechó para preguntar a Paula por su chico y porqué no había venido.
-Creo que está enfadado conmigo. Esta mañana he metido la pata hasta el fondo-. Dijo Paula, dejando su copa en la mesa.
-¿Qué has hecho?- . Preguntó Helena.
 
Paula vio que sus tres compañeros la miraban, esperando una respuesta. Paula les contó lo ocurrido y como Javi y David eran hombres, quería que ellos le dijeran lo que pensaban sobre su comportamiento esa mañana.
-¡Eres peligrosa con el sexo opuesto!-. Dijo David, riendo.
-¡Jaja!, que gracioso eres-. Paula hizo una mueca de disgusto-. De verdad, chicos, ¿los habría molestado a ustedes?
-Mira Pau, si Pedro está contigo es porque le gustas tal y como eres. Debería estar curado de espanto con tus bromas, así que no creo que esté enfadado contigo por eso-. Declaró David.
-Estoy de acuerdo con lo dicho-. Corroboró Javi-. Quizás está enfadado contigo porque le has dejado sin sexo-. Rieron los cuatro.
-Uy, Javi, ¡cómo estás hoy! Espero que la pobre Ana esté preparada para tu llegada-. Volvieron a reír-. Bueno chicos, me marcho, no quiero que se haga más tarde.
 
-Espera Pau, te llevamos a casa-. Dijo David.
Acabaron sus copas y salieron del bar. Javi se despidió de ellos hasta el día siguiente y David, Helena y Paula subieron al coche del primero. Paula le dijo a David que la dejara en casa de Pedro e indicó la dirección. A medida que se acercaban a su casa, Paula estaba más nerviosa. No sabía de qué humor estaría su chico y por mucho que sus compañeros le decían que no se preocupara, ella no podía evitarlo. La dejaron en la puerta del bloque, deseándole suerte y mañana ya los pondría al corriente de lo acontecido. Subió las escaleras hasta el primer piso y llegó hasta la puerta de Pedro. Respiró hondo y pulsó el timbre. Oyó pasos tras esa puerta, se pararon al llegar a la misma y se abrió.
 
-Hola Pepe, ¿puedo pasar? ¿Es muy tarde? –. Preguntó algo tímida. Pedro miró su reloj de pulsera. Las diez de la noche.
 
Pedro la invitó a pasar, con un gesto de su mano, sin decirle nada. Paula se quitó el bolso y el abrigo y los depositó en el sofá. No había abierto la boca, ni un hola había salido de sus labios, así que Paula fue la que rompió ese incómodo silencio. Se giró hacia él y cogió sus manos.
 
-Pepe, siento lo que he dicho esta mañana cuando estaba tu hermano. Sólo era una broma y no quería ofenderte. Perdóname, por favor, no te enfades conmigo-. Paula, con la mano temblorosa, le acarició la mejilla.
 
-No estoy enfadado contigo por eso. Te conozco y también a tus bromas-. Pedro apartó la mano de Paula de su rostro-. Pero sí estoy molesto contigo por otro motivo-. Ahora sí que no entendía nada y el gesto de apartar su mano, le dolió mucho.
 
-¿Quieres explicarme que te he hecho?-. Paula que estaba más nerviosa, alzó la voz cuando preguntó.
 
-No me dijiste que en el incendio viste a otra persona. No me dijiste que esa persona era la que lo provocó. No me dijiste que esa persona era tu padre. No me dijiste que intentó matarte-. La voz de Pedro mantenía el mismo tono neutro. Sabía que no podía gritarle, eso empeoraría las cosas.
 
-¿Por eso estas así conmigo, por qué no te dije quién era el causante del incendio?
-¡Por dios Paula, era tu padre!
-¡Ese no es mi padre!-. Paula se exasperó y notó que su voz había adquirido un tono más elevado.
Pedro no sabía qué decirle ante lo que acababa de oír. No podía negar que Paula tenía razón. La vio que apoyaba sus manos en el mueble donde estaba la foto de su abuela. La miró durante unos segundos y se dio la vuelta, quedando a escasos metros de él. De sus ojos no resbalaba ninguna lágrima, no estaban empañados por ellas. En su lugar notó una mirada fría, algo que no le gustó.
 
-¿Quieres saber porqué no te lo conté? Porqué no es la primera vez que intenta matarme y sé que volverá a intentarlo y no parará hasta conseguirlo. ¿Y sabes qué?, hasta hace poco no me importaba que lo hiciera, sólo esperaba a que llegara el día en que acabara con mi vida. Pero ahora me da miedo que lo haga. Ahora estás tú y quiero estar contigo.
 
Pedro estaba con el corazón en un puño. ¡Cómo dolía lo que acababa de oír! Y ella debía sentirse mucho peor que él. Avanzó hacia ella y la atrajo hacía sí con un fuerte abrazo, intentando protegerla del resto del mundo. Era insoportable verla con esa actitud de derrota, esperando que algo horrible le sucediera. Pero él no iba a permitir eso, no iba a consentir que nada malo le pasara.
-Escúchame Paula-. Pedro le cogió la cara con sus manos y miró sus ojos, que seguían imperturbables-. Estoy aquí, contigo y no voy dejar que te pase nada malo, jamás-. Pedro besó sus labios con una delicadeza que a Paula le rasgó el alma-. Sólo quiero que estés conmigo, que confíes en mí, que me hables de todos tus miedos para poder ayudarte. Voy a protegerte y a cuidarte siempre. 
-¿Y eso no te asusta? ¿Quieres estar conmigo aún sabiendo que hay un chiflado que va a matarme?-. Paula sí que estaba asustada.
-Paula, por favor, no digas eso….no lo digas-. Pedro la abrazaba contra su pecho, no quería que viera que él sí tenía los ojos vidriosos.
 
-Todavía hay muchas cosas que no sabes, y que, seguramente no te gustará saber. Pero, cuando las conozcas, entonces, no querrás estar conmigo-. Dijo ella con un hilo de voz
-Ni tus miedos ni tu pasado, van a estropear lo que tenemos. No voy a cansarme de ti, ni voy a abandonarte, ni vas a perderme, no vas a hacerme daño. No voy a dejar de estar enamorado de ti en la vida.
Paula se quedó parada con las palabras de Pedro. Eran palabras que ella le había dicho acerca de sus temores. Y las recordaba a la perfección. ¿Cómo lo había hecho para conseguir a un hombre como él? No tenía la más remota idea. Pero de algo estaba segura, sí él no se iba de su lado, ella no iba a echarlo. Paula acarició el labio inferior de Pedro con su pulgar. Era suave, carnoso y tan tentador que no pudo evitar besarlo delicadamente.
-Cuéntame qué pasó la primera vez.
Paula tomó de la mano de Pedro y lo guió hasta el sofá, donde se sentaron uno al lado del otro, mirándose a los ojos cuando ella comenzó a relatarle su terrible experiencia.
 
-Tenía catorce años, iba al instituto. Una tarde, cuando salí de clase, un hombre vino a buscarme. Me dijo que era amigo de mi madre y que ella había tenido un accidente y estaba en el hospital. Me asustó lo que me dijo y no sabía qué hacer, me quedé bloqueada, y al final accedí a ir con él. Subí a su coche y en ese instante me inyectó algo en el cuello y me dormí. No recuerdo nada hasta que desperté en un colchón tirado en el suelo. Él estaba allí, delante de mí, esperando a que me desvelase del sueño. Estaba en una especie de cabaña, o algo así. Sólo era una habitación, vacía, sin ventanas y con una puerta que daba acceso a la calle. En el suelo había una botella de agua. Cuando se levantó, me dijo que me dejaría allí, sola, los días que hicieran falta hasta que me pudriese. Y se marchó-. Pedro acarició su mejilla suavemente, sin decir nada. Paula continuó-. Quise huir de allí, pero no pude. Me preguntaba quién era ese hombre, si realmente era amigo de mi madre, si yo lo conocía. Y la respuesta era no, jamás lo había visto, así que pensé que era un psicópata, un loco. No me gustaba la forma que tenía de mirarme, lo hacía de una manera que me daba miedo, pero había algo en sus ojos que me decía que me quería a mí, en ese sitio, que era yo la que tenía que estar allí. Pero aún así, no lograba entender porqué me había elegido a mí, ¿qué le había hecho? El agua se acabó enseguida y no tenía comida. No sabía cuánto tiempo llevaba en ese sitio, pero cada vez estaba más débil. Cuando tenía que hacer mis necesidades, las hacía en el suelo, donde dormía con ellas. No sabía los días que estuve encerrada, pero por debajo de la puerta podía ver si era de día o de noche. Estaba tirada detrás de la puerta, por donde podía respirar algo de aire limpio, cuando escuché a un hombre con un perro. El perro se acercó a la puerta y metió el hocico por debajo, me olió, y empezó a arañar la puerta. Oí a su dueño y le pedí que me ayudara. No me digas que te explique de donde saqué las fuerzas para gritar por qué no lo sé. De lo que sí estoy segura es que gracias a ese hombre y a su mascota, pude salir de allí. Una vez en el hospital, me dijeron que estuve cinco días en ese lugar y pasé otros tantos en la clínica. Esa era la primera vez que veía a ese hombre y que supe quién era. También supe que estuvo durante meses siguiéndome, anotando todos mis pasos, lo que hacía, a donde iba, con quién salía. Aún sabiendo quien era, no lograba entender el porqué hizo lo que hizo. Yo no le había hecho nada, nunca supe quién era, ni donde estaba. No tenía la más mínima intención de saber quién era mi padre. Y quizá ese fue el motivo por el cual me castigó de esa manera. Tardé más en recuperarme psicológicamente que físicamente. Durante muchos años tuve insomnio, me daba miedo dormirme porque siempre que lo hacía tenía pesadillas con él, con esa habitación. Me pasaba el día llorando, me aterraba quedarme sola en cualquier sitio porque sabía que me haría daño. Si no hubiese sido por mi familia, por la ayuda psicológica que recibí y mis amigos, ahora no estaría aquí. Fin de la historia.
 
Pedro tenía el rostro desencajado y sus ojos, otra vez, humedecidos. La cogió de los brazos y se tumbó en el sofá con ella encima de su pecho. Arrastró la manta para que sus cuerpos quedaran cubiertos y se dedicó a abrazarla y a besarle la cabeza. Quería demostrarle tantas cosas con ese abrazo, quería despojarla de ese recuerdo, de haber vivido una experiencia tan aterradora como aquella. Se cambiaría por ella sin dudarlo, daría su vida por borrar todo lo desagradable que había en la vida de Paula. Pero sabía que no podía cambiar lo que le pasó, pero lo que sí sabía, de lo que estaba seguro era que a partir de ahora no iba a dejar que ese hombre se acercara a ella. No tenía ni idea de cómo lo haría, pero iba a protegerla con su propia vida si era necesario. No podía perderla ahora que la había encontrado. La había estado esperado toda su vida.
 
-¿No vas a decir nada?-. Le preguntó Paula.
-No, sólo quiero abrazarte.
 
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Hola, volvi! No subí estos días porque mi Internet no andaba, ahora anda cuando quiere... Perdón si no les puedo pasar la nove por twitter :c

lunes, 14 de octubre de 2013

Capitulo 11

El despertador de Paula sonó a su hora habitual, las siete de la mañana. Estaba adormilada cuando lo escuchó y rodó por encima del cuerpo de Pedro para poder apagarlo. Sintió el contacto de su piel con la suya, su olor…Era increíblemente bueno despertarse con él. Se quedó encima de él esperando a que abriera los ojos.
-Mmm...….-. Fue lo único que dijo cuando tocó el cuerpo de Paula.
-Buenos días, guapísimo-. Le dijo, besando a su chico. Pedro respondió ese beso con algo más de pasión y comenzó a manosearle el culo-. ¡Ah, no, no te animes!-. Paula rió, intentando escapar de los brazos de Pedro.
-Vamos, quédate aquí conmigo, sólo un ratito….-. Ronroneó Pedro que dejó libre a Paula para que empezara a vestirse.
-Pepe, eres insaciable-. Besó sus labios-. No puedo llegar tarde al trabajo. Voy a preparar café. Puedes quedarte aquí hasta que tengas que irte-. Paula se fue hacia la cocina y dejó a su chico allí, solo, en su cama y con una importante animación de su miembro.
-¡Eres mala!-. Le gritó Pedro desde la habitación.
Paula sonrió. Pedro se levantó de la cama, y desnudo fue hacia la cocina, plantándose delante de ella, avanzando sigilosamente hasta llegar a ella, abrazándola por la cintura, besando su cuello y frotándose contra su entrepierna.
-Venga, peque, uno rapidito….Dijo Pedro con voz lastimera.
-Pedro, ahí tienes el baño, así que date tú el gusto-. Paula le dio un beso en las mejillas y Pedro pudo ver como disfrutaba de aquello. Paula sacó de la cerradura unas llaves que le tendió a Pedro-. Te dejo mis llaves. Luego me las devuelves-. Paula se las dejó en la encimera y se fue hacia la puerta.
-Esta noche no te escapas. ¡Me las pagarás!-. La voz de Pedro sonó como una sensual amenaza. Paula, con una sonrisa en los labios, le guiñó un ojo y desapareció.
Pedro fue hacia el baño, a darse una ducha fría. No iba a hacer lo que ella le había propuesto, se reservaría mejor para la noche.
 

Paula llegó puntual a la oficina, y allí estaban todos e incluso Antonio, el portero, que había subido a dejar un sobre que había llegado para Javi.
-Buenos días, Paula. Hoy estás guapísima-. La saludó Antonio.
- Eso se debe a un fin de semana sexualmente activo-. Le sonrió su jefe.
 
-Buenos días, Antonio. No hagas caso de lo que dice, es envidia-. Le susurró al oído.
-Antonio, que la chica se nos ha enamorado. Ya no tenemos nada que hacer-. Javi se encaminó hacia su despacho.
-Vaya, pues me alegro mucho Paula. Conserva a ese chico que ha devuelto la alegría a tus ojos.
Y Antonio se marchó de vuelta a sus quehaceres. Paula pensó en que tenía razón. Se sentía plena con Pedro en su vida. Y esa mañana lo había dejado en aquellas condiciones…Sonrió al recordarlo.
 
-Vaya, veo que empezamos el lunes de buen humor-. Le dijo Helena, que la vio con esa sonrisa en su rostro y la hizo volver a la realidad.
-Quedamos para comer y te cuento-. Helena aceptó sin rechistar, ya que quería saber con todo lujo de detalles lo que había pasado en esos dos días.

Pedro llegó al colegio sonriendo. Había pasado el primer fin de semana junto a Paula y, aunque lo pasado con su hermana lo empañó un poco, el resto fue perfecto. Él, también se estaba acostumbrando a ella, o mejor dicho, se había acostumbrado a pasar todo el tiempo que podía con ella. En poco tiempo, Paula se había convertido en parte de su vida, en una parte tan esencial como respirar.
-¡Hola Pepe!-. Fran llegó a la sala y arqueó las cejas al ver la expresión bobalicona en la cara de su amigo-. ¿Me vas a contar porqué tienes esa cara de tonto?
Pedro le explicó detalladamente lo que ocurrió ese fin de semana, desde el sábado por la noche, cuando llegaron a casa de Paula después de ayudarle a él y a Raquel con el traslado hasta la noche anterior.
 
-Mira que te has acostado con chicas, y una tenía que ser la hermana de tu novia, ¡ay que joderse! Pero vayamos a lo importante; le dijiste a Paula que estás enamorado de ella y ¿te contesto que….?-. Fran estaba de lo más intrigado
-Me contestó que ella también lo estaba. De mí, claro.-. Sonrió-. Cuando le conté lo de Alba y me dijo que me marchara, creí que la había perdido. A veces es tan frágil, que creo que va a desplomarse en cualquier momento. Cuando le dije que estaba enamorado de ella, se puso a llorar, y no sé por qué. Fran, tú sabes lo que le ha pasado, ¿verdad?-. Pedro preguntó, aunque conociendo a su amigo, sabía que no iba a decirle nada.
-Mira Pedro, puedo entender la reacción que Paula tuvo cuando le dijiste lo de Alba. ¿Cómo te sentirías tú si te enteraras de que Paula se ha acostado con tu hermano?-. Pedro solo se lo imaginó un segundo y aquella imagen le quemó las entrañas-. Y sí, sé lo que le ha pasado pero no soy la persona indicada para contártelo. Cuando Paula esté dispuesta, ella misma te lo contará-. Fran le dio un golpecito en el hombro a su compañero.

Paula había quedado con David a mediodía para ir al colegio a presentar el proyecto del gimnasio, y si no había ninguna objeción, y lo tiraban para adelante, en unos días empezarían las obras. Sonó su teléfono y cuando escuchó la voz de Raquel al otro lado de la línea, la invitó a comer con ella y con su compañera, así mataba dos pájaros de un tiro al explicar lo ocurrido el fin de semana. Raquel quedó en pasarse por allí a buscarlas. Llegó la hora de marcharse con David, recogió sus cosas y bajaron hacia el coche de él. Durante el camino, Paula le preguntó por su relación con Helena. No quería meterse donde no la llamaban, pero si quería asegurarse de que las cosas entre ellos dos iban en buena dirección. Y sí, los dos eran amigos suyos, pero no quería que hiciera sufrir a Helena, porque con el historial que tenía David… Y parecía que sus intenciones eran otras, totalmente diferentes. Tuvieron suerte de encontrar una plaza de aparcamiento cerca del centro escolar. Bajaron del coche y caminaron unos cien metros hasta llegar a su destino, pero sin dejar de hablar de lo que sentía David.
-Paula, estaba pensando en decirle a Helena que se venga a vivir conmigo. ¿Crees que querrá?
 
-¡¿Se puede saber que te has fumado que te ha dejado más tonto de lo normal?!-. Paula no podía creer que su amigo tuviera dudas-. ¡Pues claro que querrá!
-No sé Paula, estoy un poco asustado. Nunca me he sentido así.
-¿Así como, enamorado?-. Le preguntó Paula, que quería que David hablara abiertamente de lo que le pasaba.
-No-. David se paró delante de la puerta del colegio, mirando a Paula-. La quiero.
-Pues díselo, no tengas miedo. Estoy segura de que ella siente lo mismo por ti. ¡Ay, David, no sabes cómo me alegro!-. Paula abrazó a su amigo y ambos rieron.

-¿Se puede saber quién está abrazando tu hija?-. Preguntó Pedro a Ricardo, algo molesto por lo que estaba viendo. Ricardo no pudo más que sonreír ante esa pequeña escena de celos.
 
-Tranquilo, es David, su compañero del despacho. Vienen a lo del proyecto.
 
Pedro y Ricardo se acercaron hasta la puerta, donde al otro lado se encontraban Paula y David. Pasaron hacia el patio y Paula saludó a su padre al igual que su compañero y presentó a su novio a David. David y su padre iban hablando, mientras ella se acercaba a Pedro para darle un breve beso en los labios.
-¡Vaya porquería de beso! Venga, dame otro, que ese se me ha escapado-.Dijo él, poniendo morritos y cogiéndola de la cintura.
-No insultes mis besos o te quedarás sin ninguno más-. Paula sonreía, acariciándole los brazos.
-Venga, dame uno de esos que sólo tú sabes darme…-. Pedro suplicaba.
-¿Todavía andas cachondo?-. Paula parecía divertirse y notaba que la respuesta era sí.
 
-Pues sí, todavía estoy caliente y no sé cómo me lo voy a hacer para aguantar todo el día. Y encima te presentas aquí, jugando conmigo y abrazando a tu compañero.
-¿Estás celoso?-. Paula se lo estaba pasando cada vez mejor.
-Sí, estoy celoso y cachondo. Así que prepárate para esta noche, porque el que se va a reír voy a ser yo-. En ese momento Pedro cogió la cara de Paula entre sus manos y la besó apasionadamente.
-Vamos, chicos, que esto es un colegio, comportaros, por favor-. Les gritó Ricardo, señalando con la mano que se dieran prisa.
Se separaron algo avergonzados por el espectáculo que estaban ofreciendo y porque Ricardo tenía razón. Por suerte los niños a esa hora estaban en la última clase de la mañana y no se percataron de nada. Los cuatro entraron en la sala de reuniones y tomaron asiento. Paula y Pedro se sentaron uno al lado del otro. Y como estaba juguetona, cuando no la veía ni su padre ni su compañero, acariciaba el muslo de Pedro por encima de su pantalón. Éste se sobresaltaba cada vez que notaba la mano de Paula en su pierna. Era mala y disfrutaba haciéndolo sufrir. David permaneció de pie, exponiendo el proyecto del gimnasio. Era un diseño espectacular, novedoso y representaba el futuro en cada una de sus líneas. Tanto Pedro, cuando se recompuso un poco, como Ricardo estuvieron de acuerdo en llevarlo a cabo, y en un par de días, comenzarían las obras. El despacho se encargaría de contratar a la empresa constructora que ejecutaría el trabajo, ya que siempre lo hacían con las del cuñado de Javi, el hermano de Ana, y hacían un trabajo excelente.
 
-Gracias por todo David. Cuando sepas el inicio de las obras, me lo comunicas-. Comentó Ricardo.
-No te preocupes, yo te aviso-. David le tendió la mano para despedirse.
-Bien, Pedro, ha sido todo un placer conocerte, por fin. No sabes lo pesada que está Paula contigo-. Su compañero sonrió-. Te espero en el coche.
-Tienes que darme algo Pepe-. Le dijo Paula, todavía jugando.
-Y tú a mí también-. La voz de él era ronca.
-Me refiero a las llaves de mi casa.
-Ah, no, ni lo pienses, no voy a dártelas. Así me aseguraré de que esta tarde, cuando pase a buscarte por el trabajo, me estarás esperando. Tienes que acompañarme a comprar el regalo de cumpleaños de mi hermano. Y por cierto, no te lo he dicho, el miércoles vienes a cenar conmigo a su casa-. A Paula se le evaporó la sonrisa de los labios.
-¿Estoy invitada al cumpleaños de tu hermano? ¿Cuándo pensabas decírmelo?-. Paula había pasado de estar juguetona a nerviosa.
-Ya lo he hecho. Irán también mis padres, así los conoces-. Ahora se estaba divirtiendo Pedro, viendo la cara que ponía su chica.
 
-Te conozco, y esto es una venganza por lo de esta mañana-. Pedro no pudo evitarlo y rió.
-No es ninguna venganza, no soy tan malo como tú. En serio, no me acordé de comentártelo-. Pedro colocó un mechón de su corto pelo detrás de la oreja.
–Me voy que David me está esperando. Te espero a las siete en mi trabajo-. Paula le dio un beso.
Salió del colegio pensando en la invitación de cumpleaños. El miércoles era dentro de dos días, e iba a conocer al resto de su familia, puesto que ya conocía a su cuñada. Si la memoria no le fallaba, recordaba que Pedro le había contado que su padre era cirujano, su madre asistente social y su hermano bombero. ¡De ese no se podía olvidar! Todos eran personas con estudios, cultas, seguramente con un nivel de vida superior al de su familia. ¿Y si ella no estaba a la altura? ¿Y si pensaban que no era lo suficientemente buena para su hijo? A Pedro eso no le había importado, pero tenía miedo de la opinión que podían hacerse sus padres de ella. Entró en el coche de David, deshaciendo esas preguntas de su mente. Últimamente pensaba demasiado en cosas que antes no le importaban. Pero esta vez estaba Pedro de por medio y él, sí que le importaba. Ella y su compañero llegaron a la oficina casi para la hora de comer. David se metió en el despacho de Javi para comentarle que había sido todo un éxito el proyecto del colegio y que había que ponerlo en marcha. Sara se quedó en su escritorio cuando llegó Raquel.
-Hola Pau-. Su amiga se acercó y la abrazó – ¡Cómo te echo de menos!
-Anda, no exageres que seguro que has ganado con el cambio.
-Sí, Fran me da sexo, cosa que tú no me dabas. Pero hay cosas de las que no puedes hablar con tu chico, ya me entiendes-. Raquel le guiñó un ojo.
-Ya estoy aquí chicas, podemos irnos cuando queráis-. Helena se reunió con ellas.
-¡Helena, espera!-. La llamó David por el pasillo-. ¿Pensabas irte a comer sin despedirte de mí?-David acercó sus labios a los de su chica para besarla cariñosamente.
-¡Uau! ¿Y para nosotras no hay beso de despedida?, pero no en los morros, sino aquí-. Dijo Raquel dándose golpecitos en la mejilla.
-Son muy celosas chicas. Disfrutad de su comida de mujeres y procurar no criticarnos mucho-. David besó a Paula y a Raquel, que se fueron junto a Helena.
Encontraron una mesa libre en el restaurante al que habitualmente iban a comer. Miraron la carta y pidieron sus platos. Mientras comían, Raquel explicó como había pasado sus primeros días viviendo con Fran. La valoración era muy positiva, pero jugaba con la ventaja de que antes de vivir juntos, habían pasado muchos fines de semanas de convivencia.
 
-¿Y tú que tal Helena? Por lo que he visto arriba, veo que tienes a David coladito-. Preguntó Raquel, que como siempre, estaba intentando cotillear.
-Nos va muy bien-. Sonrió tontamente-. Y sé que hace poco que salimos pero estaría encantada de seguir tus pasos e irme a vivir con él.
-¿Porqué no se lo pides? Estoy segura de que te dirá que sí-. Paula sonrió a su amiga.
-¿Porqué lo dices, te ha dicho algo?-. Preguntó Helena impaciente.
-Bueno…algo se le ha escapado...¡Pero no te he dicho nada!-. Paula se tapó los labios con un dedo. Vio que su a amiga le crecía una amplia sonrisa en su rostro.
-Pau, y tú ¿qué nos cuentas?-. Volvió a preguntar Raquel, curiosa como siempre.
Paula les explicó a ambas lo bien que lo había pasado esos dos días con Pedro a su lado. Cuando habló del tema de Alba y de Pedro, sus amigas se quedaron con los ojos bien abiertos, asombradas ante tal coincidencia, pero ninguna de ellas hizo ningún comentario y Paula lo agradeció.
 
-Raquel, ¿tú conoces a los padres de Pepe?-. Su amiga afirmó con la cabeza-. ¿Cómo son?-. Paula quería cuanto más información, mejor.
-Pues tienen una cabeza, dos brazos y dos piernas-. Le sonrió Raquel-. Vamos Pau, no te preocupes, les vas a caer bien, ya lo verás. Son unas personas encantadoras y Bruno, el hermano de Pedro, ¡está que te mueres de bueno! Y tiene un cuerpazo….
-¡Vale, vale, para!, que al final voy a pensar que me he equivocado de hermano-. Rieron a carcajadas.
Terminaron de comer y se despidieron de Raquel. Helena y Paula subieron al despacho, cada una de ellas pensando en sus cosas, o para ser más concreta, en sus chicos y lo concerniente a ellos. Paula esperaba impaciente que llegara la hora de salir y poder ver a Pedro. De mientras, pasaría el tiempo enfrascada en su montaña de papeles que tenía pendiente para la semana.
 

Pedro, por su parte, acabó de comer junto a otros profesores en el bar que había frente al colegio. Tenía clase a primera hora y a última, cosa que haría que, una vez acabadas, fuese a casa a ducharse y salir pitando para buscar a Paula. De camino a recogerla, pensaba en cómo hacerle pagar por lo que le había hecho esa mañana. Había sido, mala, muy mala, pero a él le volvía loco que lo fuera. Ella en sí lo volvía loco. Aparcó el coche en doble fila, delante del edificio de oficinas de Paula. Sacó el móvil y le envió un WhatsApp para decirle que la esperaba abajo. A los pocos minutos, Paula salió a la calle y entró en el coche.
-Qué ganas tenía de volver a verte peque-. Le dijo Pedro besando sus labios.
-Me gusta cuando me echas de menos. ¿A dónde vamos?-. Preguntó Paula.
-Vamos al centro comercial, compro el regalo y, si te apetece, te invito a cenar.
-Me parece un buen plan, pero podrías dejarme colaborar en el regalo de tu hermano, ya que me ha invitado…
-No, de eso nada-. La cortó Pedro-. Te ha invitado porque estás conmigo y el regalo será de los dos, sin importar quien lo pague-. El tono de su voz era tajante.
Y cuando Pedro hablaba en ese tono, mejor no contradecirlo. Era un chico muy alegre, amigo de las bromas, pero cuando estaba seguro de algo, mejor seguirle la corriente. Era de ideas fijas, obstinado y esa parte de su personalidad era la que a Paula le hacía sentirse segura, necesitaba esa seguridad que Pedro le regalaba cada día. Su mundo era un lugar más seguro desde que él apareció en su vida.
 
Llegaron al parking del centro comercial y subieron a la primera planta, donde estaban ubicados todos los establecimientos. Entraron en una tienda de deporte para comprarle a Bruno un reproductor de mp3 acuático, ya que practicaba la natación y siempre era más ameno hacer brazadas con música. Paula se escandalizó cuando vio el precio. Valía algo más de cien euros y su chico no escatimaba en gastos, no como ella, que había meses que tenía que hacer malabarismos para llegar a fin de mes. Suerte que siempre podía contar con sus padres, pero nunca les había pedido ayuda económica, por mucho que su madre insistiera. Salieron de la tienda y subieron a la segunda planta, donde estaba todo lo relacionado con la restauración. Decidieron entrar en un restaurante turco, donde pidieron unos durums de pollo con patatas fritas y bebida. Paula se enfadó con Pedro cuando no dejó que pagara la cena. Durante el camino que los separaba del coche, ella no abrió la boca, con la intención de que él se diera cuenta de que estaba molesta.
-Vamos, Pau, ¿qué te pasa? ¿Estás enfadada porque no te he dejado pagar la cena?-. Le dijo con sarcasmo.
-No me has dejado pagar el regalo a medias y tampoco la cena. Puedo permitirme ciertos lujos-. Pedro captó el mensaje oculto de sus palabras.
-Pau, no lo he hecho por eso y siento si así te lo ha parecido, no era mi intención. Te he invitado a cenar porque me apetecía hacerlo-. Pedro posó su frente contra la de ella y acarició su rostro-. Escúchame peque, me importa una mierda el dinero. Mi sueldo me permite vivir bien, pagar hipoteca, invitar a mi chica a cenar y llevarla al fin del mundo si me lo pidiera. Así que no quiero que te moleste nada de lo que haga por ti, porque lo hago encantado, porque tú eres todo lo que tengo.
Paula se aferró a los labios de Pedro con una deliciosa ternura. Paula respondió a ese beso de la misma manera, pero fue aumentando de tierno a salvaje. Se dejaron llevar, allí en el parking, por ese deseo que sentía el uno por el otro desde esa misma mañana.
 
-Pepe, para…-. Éste le estaba lamiendo el cuello-. Vámonos a mi casa.
-Creo que ahora mismo no puedo entrar en el coche-. Se señaló su entrepierna, un tanto abultada.
 
Paula sonrió y se apartó un poco de su cuerpo. Se quedaron con los ojos clavados en el otro. Aunque sus cuerpos transmitían calor, sus ojos decían algo más profundo que nada tenía que ver con el deseo. Podía leerse el cariño, el amor en sus miradas, sus sentimientos se iban desnudando poco a poco. Paula dio media vuelta y se fue hacia el otro lado del coche y se sentó en el asiento del acompañante. Pedro, resignado, también se introdujo en su asiento y puso el coche en marcha, camino a casa de Paula.
 
Finalmente llegaron al edificio  y cogieron el ascensor. Cuando llegaron al piso de Paula se desató la tormenta sexual que llevaba todo el día azotándolos
.
-Peque, debería ir a casa a cambiarme. ¿Te vienes a dormir?-. Preguntó Pedro cuando salió del baño. Ella afirmó y una sonrisa se dibujó en los labios de su chico.
 
Recogió algo de ropa para el día siguiente, sus cosas de aseo y se marcharon. Lo primero que hizo Pedro, cuando llegaron a su casa fue preparar un baño caliente. Como la otra vez que probó esa enorme bañera, ella se sentó apoyada en el pecho de él. Pedro creyó que era un buen momento para preguntarle por lo del incendio.
-Pau, cuéntame lo que pasó el día del incendio-. Pedro le acariciaba los brazos
-¿El incendio de la oficina?-. Él afirmó-. Pues pasó hará cosa de año y medio. Recuerdo que fue el último día de trabajo antes de las vacaciones de verano. Mis compañeros se habían marchado y quedamos para cenar y despedirnos hasta la vuelta en septiembre. Estaba sola en la oficina, terminando unas cosas cuando de repente todo se llenó de humo. Me quedé un momento paralizada, sin saber qué hacer, pero algo me hizo reaccionar, el instinto de supervivencia tal vez, e intenté salir de allí. Por suerte nos hicieron varios simulacros de cómo actuar ante un incendio y gracias a eso logré llegar al descansillo, pero allí el humo era más denso, más negro y respirar era casi imposible. El fuego venía de la oficina que había al lado de la mía. Arrastrándome por el suelo, alcancé la puerta cortafuegos, la abrí y salí al rellano. Me quedé allí unos minutos, intenté tranquilizarme, pero cuando me dispuse a bajar, caí rodando por las escaleras. Cuando dejé de rodar me quedé allí, tirada en el suelo, las fuerzas me habían abandonado y no podía moverme. Recuerdo que fue una sensación aterradora y pensé que no tenía nada que perder si moría en ese lugar. Luego perdí el conocimiento y lo siguiente que recuerdo es que estaba en el hospital.
-Oh, peque, siento que tuvieras que pasar por eso-. La voz de Pedro era de profunda tristeza. Se acercó más a ella y la abrazó con fuerza, besando su hombro-. ¿Por qué pensaste en morir allí, en que no tenías nada que perder?- . Pedro le susurró esa pregunta con un tono tembloroso.
Paula encogió sus rodillas hasta su pecho y se las abrazó con las manos. Pedro pasó sus dedos por sus brazos y la rodeó con ellos. Supo que Paula estaba llorando al notar cómo se agitaba su cuerpo con cada sollozo. Con un leve movimiento, Pedro la giró para poder mirarla mientras hablaba. Paula intentaba secarse las lágrimas, pero Pedro se le adelantaba y las recogía con sus pulgares.
-Pedro, mi vida no ha sido fácil, he tenido temporadas horribles, momentos en los que cuando creía que estaba en la superficie, pasaba algo que me hundía. Y cuando pasó lo del incendio, pues no era mi mejor momento, pero aún así, me las apañé para salir con vida.-. Paula le regaló una leve sonrisa.
-Y no sabes cuánto me alegro de que quisieras vivir-. Pedro besó esos labios con cariño-. No quiero ni pensar en qué habría sido de mí si llegas a morir en ese incendio. No te habría conocido, no me habría enamorado de ti y eso me asusta, porque mi vida estaría vacía sin ti. Eres una parte de mí, la más importante y la que más quiero.
 
-¿Tú me quieres?-. La voz de Paula, al igual que su cara, era de una tremenda sorpresa.
-Sí, Pau. Te quiero-. Y volvió a besarla.
 
Paula podía hundirse ahora en el agua de la bañera, podía ahogarse en ese mar de miedos y contradicciones que era su vida, que tenía a Pedro para salvarla. Lo había conseguido, tenía al hombre más maravilloso del mundo a su lado, y se sentía tan protegida cuando la abrazaba, cuando la besaba, que no temía por nada, todos sus terrores se desvanecían.
 
-Recuérdame que le dé las gracias a mi hermano por haberte sacado de allí y salvarte la vida- . Pedro le sonrió y acarició su pelo-. Sabes una cosa, aunque tengas los ojos enrojecidos y los labios hinchados por el llanto, sigues siendo preciosa.
Y Paula, que ya no podía más, no podía escuchar más halagos, más palabras bonitas, se hundió en el refugio que le ofrecía el cuello de Pedro y dejó brotar todas las lágrimas que quisieron salir de sus ojos. Pedro sólo podía abrazarla, apaciguar su llanto con ternura.
 
-¿Qué te ha pasado Paula? ¿Qué te han hecho?- .Pedro acunaba el cuerpo de Paula.
Ella se separó unos centímetros de él, enjugándose las lágrimas derramadas. Cogió su rostro y se fundió en sus labios con un beso íntimo, lleno de sentimientos que no era capaz de expresar. 

-Te quiero Pepe.- le dijo pasados unos minutos, creyendo que dormía.
-Yo también te quiero, peque.


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Perdón por no haber subido estos días, espero que les guste el capitulo :) 

sábado, 5 de octubre de 2013

Capitulo 10

Pedro permanecía dormido, boca abajo en la cama de Paula. Abrió lentamente los ojos y vio que la habitación estaba totalmente a oscuras. Recordó donde estaba y sonrió tontamente. Giró la cabeza hacia el lado donde había dormido Paula y alargó el brazo para tocar su cuerpo, pero no lo encontró en la cama. Miró la hora en el despertador, las once de la mañana. Un suave aroma a café impregnó sus fosas nasales y supo que su chica se encontraba en la cocina. Se levantó de la cama, se acercó a la ventana y subió la persiana. Hacía un día precioso, casi primaveral a pesar de que se encontraban en invierno. Se puso el pantalón de deporte limpio que tenía en su mochila y nada más. Juraría que cogió también una camiseta. Pero no la encontró. Sólo con el pantalón puesto, se fue hacia el baño a asearse antes de encontrarse con Paula. Llegó a la cocina y ¡allí estaba su camiseta!, puesta sobre los hombros de su chica, cubriendo sus pechos. Tenía que reconocer que le quedaba mucho mejor a ella que a él. No podía ver el conjunto completo, puesto que la barra de la cocina se lo impedía y por eso se acercó hasta ella y le rodeó la cintura con sus brazos, oprimiendo su pecho contra la espalda de ella.
-Buenos días pequeña-. Le dijo besando su cuello.
-Buenos días -. Dijo Paula.- ¿Quieres desayunar?
-Sólo un café. Pero dime antes una cosa, ¿qué clase de morbo les da a las chicas para ponerse la ropa de los chicos?
-Huele a ti-. Le dijo al darse media vuelta y quedar frente a él-. Ese es mi morbo y sólo me pongo tu ropa, pero si te molesta, me la quito- .Paula tiró de la camiseta a la vez que alzaba sus brazos y se desprendía de ella. Se la tiró a la cara y quedó desnuda ante él.
 
Pedro arrojó la camiseta al suelo, junto con sus pantalones y se lanzó a por su presa. Paula estaba apoyada en la encimera de la cocina cuando recibió a su cazador. Sus labios se taparon con besos ávidos, sus lenguas combatían en el ring de sus bocas, sin cansarse de luchar la una por la otra. Era la lucha más erótica que jamás habían experimentado. Pedro miró a Paula a los ojos, con una mirada de excitación que hacía arder el cuerpo de ella. Permanecían de pie, los dos, allí en la cocina y ella aferrada al cuello de él. Besó su mandíbula, bajó poco a poco por su garganta con besos sugerentes. Pasó sus labios por el pecho de Pedro, besando ardientemente cada centímetro de esa piel que ardía bajo cada una de sus caricias. Tenía un torso suave, delicioso y ya conocía su sabor. Paula iba deslizándose hacia abajo, por el cuerpo de Pedro. Sus manos abrazaban su espalda que bajaban a medida que lo hacía su boca.  Pedro jadeaba, gruñía, gemía ante el acto que su chica le estaba ofreciendo. Era la primera vez que lo poseía de esa manera y había de decir que lo hacía de maravilla. 

Pedro comenzó a acariciarlos suavemente con la yema de sus dedos, jugueteando con sus pezones.
 
-Eres tan preciosa…
Pedro acercó su lengua a los pechos de Paula, lamiéndolos lentamente, notando como sus pezones se endurecían con su contacto. Paula emitió un leve gemido que a Pedro le hizo encenderse de nuevo. Hizo la misma práctica con el otro pecho, esta vez algo más salvaje, ya que el deseo de ambos iba subiendo de grados. Paula retiró la cara de Pedro de sus pechos y se fundió con él en un beso desesperado. Mientras se besaban, una de las manos de Pedro bajó por el cuerpo de ella hasta llegar a su monte de Venus. Con dedos habilidosos fue tocando, poco a poco esa zona tan erógene que la hacía perderse en un mar de placer. Resbalaron un poco más sus dedos, hasta encontrar la apertura perfecta y allí se quedaron dos de ellos. Notaba que su interior estaba húmedo
-Pedro, quiero sentirte dentro de mí-. Le dijo Paula, apartando la mano de su interior.
-Sshhh, tranquila pequeña, eso luego. Tenemos todo el día-. Pedro volvió a meter sus dedos en ella.
 
-Eres cruel conmigo-. Dijo con un gruñido que iba acompañado de una sonrisa muy sensual.
Pedro le devolvió la misma sonrisa, pero tenía algo entre manos que requería toda su atención.
 
Los dedos de Pedro eran torturadores, se movían con gran maestría en su interior y a Paula le proporcionaban un placer enorme.
-No puedo más…. ¡Pedro, Pedro, Pedro….!-. Fue lo último que dijo antes de que los temblores le nublaran la razón.
 
-Me encanta levantarme contigo-. Le susurró al oído al incorporarse del suelo.
-Eres un pervertido-. Dijo ella sonriendo.
-¿Pervertido? ¿Yo? Perdona pequeña, pero has sido tú la que te has desnudado delante de mí, así que no pretendas que ante tal maravilla deje mis manos quietas-. Le dio un beso en el cuello.
Volvía a ganar. Esa mañana había sido ella la que lo había provocado, pero es que ¡era tan fácil provocarlo! Y a ella le encantaba. Le encantaba jugar con él, le encantaba ver como él respondía ante las necesidades de su cuerpo, le encantaba sentirse querida por él. Le encantaba él.
 
-Me debes un café-. Le dijo Pedro mientras estaban en el baño aseándose-. No hay mejor manera de empezar la mañana que con buen sexo y una buena taza de café-. Pedro vio la sonrisa de Paula reflejada en el espejo.
En ese momento sonó el timbre de casa de Paula.
 
-¿Esperas a alguien?-. Ella negó con la cabeza-. Ya abro yo- . Dijo Pedro y salió del baño.
Pedro se dirigió hacia la puerta, sólo con los pantalones puestos. La camiseta seguía en el suelo de la cocina y al verla, sonrió. Paula era una chica sorprendente. Fue a abrir con esa sonrisa tonta en los labios, que se desdibujó al ver a las personas que habían llamado.
 
-Buenos días Pepe.
-Buenos días, Ricardo. Buenos días, María-. Pedro, muerto de vergüenza se hizo a un lado para dejar pasar a los padres de Paula.
 
Carla no los acompañaba, ya que se había quedado a dormir en casa de una compañera de clase y quedaron en pasar a buscarla después de comer.
-¿Dónde está mi hija?-. Preguntó María, que se quedó embelesada mirando el torso de Pedro. Éste que se había dado cuenta, fue hacia la cocina a recoger su camiseta.
 
-¡Mamá, papá! ¿Qué hacen por aquí?-. Salió Paula de su habitación, vestida, ya que los había escuchado llegar. ¿A qué venían? ¡Dios, si llegan unos minutos antes…!
-Buenos días, hija. Habíamos pensado en invitarte a comer, pero no sabíamos que tenías compañía-. Su padre se le acercó y le dio un beso en la mejilla.
- Buenos días, cariño-. Su madre también le dio otro beso-. No pasa nada, tú compañía puede venir a comer con nosotros.
-No, no, ustedes vayan a comer, yo ya me marcho-. Pedro no sabía dónde meterse.
-¡Ni hablar! Si eres capaz de pasar la noche con mi hija, también lo eres para comer con nosotros-. Soltó su madre-. Así que vístete que nos vamos-. Pedro miró a Paula, que le respondió alzando los hombros y una sonrisa.
 
Dejó a sus padres en la cocina, mientras acompañaba a Pedro a la habitación. Lo veía nervioso, casi avergonzado de que sus padres lo hubieran encontrado allí. Esa situación le parecía de lo más cómica.
 
-¿Cómo sabe tu madre que he pasado la noche aquí?- . Preguntó intrigado.
-Creo que es un sexto sentido que tienes las madres-. Paula le cogió la cara entre las manos-. Pepe, tranquilízate, mis padres saben que estamos juntos-. Le dio un beso en los labios para calmarlo.
-Peque, se que lo saben, pero una cosa es eso y la otra es que me encuentren en tu casa y encima, medio desnudo. Además tu padre es mi jefe-. Pedro estaba sofocado.
-¿Medio desnudo? ¡Dios, habría pagado por ver la cara de mi madre al verte!-. Rió Paula.
 
-¡Muy graciosa!-. Dijo Pedro sentándose en la cama.
-Pepe, no pasa nada, de verdad. Te prometo que al restaurante al que vamos sirven comida. Mis padres no van a comerte-. Volvió a reír.
-Así que esto te hace gracia… ¡Pues ahora verás!- .Pedro la cogió de la cintura y la tiró a la cama. Se colocó encima de ella y comenzó a hacerle cosquillas. Paula se revolvía entre las manos de Pedro, entre risas y gritándole que parara.
 
-¡Cariño!, ¿puedo prepararme un café?- . Escucharon la voz de María desde el salón.
-¡Ahora voy, mamá!-. Gritó riendo Paula.
Pedro dejó de hacerle cosquillas y se incorporó de la cama. Ayudó a Paula a levantarse, cogiéndola de las manos y quedando ambos frente a frente. Pedro le acarició el cuello con los pulgares y besó sus labios.
-Te dejo que te vistas mientras voy a prepararte ese café-. Paula se marchó hacia el encuentro con sus padres y la cafetera.
Pedro vio como Paula lo dejaba solo en su habitación. Cogió su mochila y la depositó encima de la cama. La abrió y sacó la ropa que iba a ponerse para salir a comer con ella y sus padres. Sabía que tarde o temprano tenía que pasar por esa fase, pero había sido demasiado pronto. Pero es que todo iba muy rápido entre Paula y él y si lo pensaba fríamente, no le importaba que fuera así. Era una persona adulta y tenía que actuar como tal. Estaba enamorado de ella como jamás lo había estado y ella valía la pena.
 
-Cariño, me gusta que tomes precauciones-. Le susurró su madre bebiendo el café.
-¿A qué te refieres?-. Preguntó Paula con curiosidad.
- A esto- . Su madre abrió el contenedor de la basura y le señaló el envoltorio del preservativo utilizado la noche anterior. Paula miró a su madre con los mofletes sonrojados.
-Mamá, ¿estás viendo mi basura?-. Ricardo, que estaba en el sofá, leyendo el periódico, giró la cabeza para ver a madre e hija.
 
-María, ¿qué has hecho?
 
-¡Yo, nada!, sólo he abierto el cubo de la basura para tirar el pañuelo de papel y….-. Se calló, pensando que era mejor no decirle nada a su marido-. Hija, solo digo que me gusta que tengas sexo seguro. No te sulfures, ¡por Dios! Además, no hablas conmigo de este tema y seguro que a tus amigas les cuentas todos los pormenores-. María sabía que el tono lastimero que había utilizado con su hija surtiría efecto.
-Puedes conmigo, mamá-. Dijo Paula derrotada-. Muy bien, ¿quieres que te cuente?, pues escucha, me encanta hacer el amor con él, cómo me hace sentir, cómo me toca. Y ayer por la noche lo hicimos y esta mañana también hemos tenido sexo, aquí, en la cocina, unos minutos antes de que llegarais. ¿Contenta?
-¿Aquí, en la cocina, en la encimera…?-. No terminó la frase, pues la mente de María fue recreando una imagen-. Tendré que proponérselo a tu padre-. Dijo, que rió junto con Paula.
 
Se dieron media vuelta y vieron que tanto Ricardo como Pedro estaban observándolas atónitos, tras escuchar las palabras de las dos mujeres que dejaron de reír enseguida.
 
-Es bueno saber que sólo nos quieren para el sexo-. Concluyó su padre.
 
María fue hacia su marido y le regaló un beso en los labios, con el cuál le quiso demostrar que no sólo lo quería para eso. Pedro fue en busca de ese café que esa mañana había demorado demasiado. Paula se lo ofreció, con una mirada de disculpa y una sonrisa contenida. Pedro la miraba perplejo y con semblante serio, no dejaba de pensar que estaba enamorado de una chica que era una fuente inagotable de sorpresas. Estaba tan preciosa cuando se sentía arropada por los suyos, cuando se relajaba, que no pudo contenerse y, dejando su café en la famosa encimera, besó a Paula con dulzura en los labios. No le importó que sus padres lo vieran, total, ya sabían que follaban, así que para qué esconder sus sentimientos.
 
Salieron los cuatro del piso de Paula en dirección al restaurante. Ricardo había hecho una reserva para tres, así que había tenido que llamar al encargado para comentarle que serían uno más. No había problema, ya que el restaurante al que se dirigían era regentado por un amigo de su padre. Quedaba un poco lejos de su casa, pero el día acompañaba a salir a pasear, y que mejor manera que hacerlo de la mano de Pedro, que cuando se la cogió no la apartó, sino todo lo contrario, la agarró con fuerza y la besó. Paula no podía sentirse mejor. Estaba completa con él, contenta, feliz. ¿Era un sueño lo que estaba viviendo o era real? ¿Podría romperse esa felicidad? Probablemente.
 
Llegaron al restaurante y se sentaron en la mesa que tenían preparada. El restaurante ofrecía todas las noches cena con espectáculo, magia, monólogos y los fines de semana, a la hora de comer, actuaba un grupo de jazz. Por eso el local, estaba dividido en varios comedores, uno con espectáculo y el otro algo más íntimo. Ellos estaban colocados junto al grupo de música. Llegó el camarero y les entregó la carta con el menú. Pidieron los platos; una ensalada de queso parmesano con nueces y vinagre de modena de ternera con salsa de setas. Y para beber, un vino de la casa. Durante la comida, la charla que mantuvieron fue bastante correcta y cordial. Hablaron del proyecto del gimnasio, que al día siguiente Paula tenía que enseñárselo a su padre para que diera el visto bueno, o no, de cómo Pedro decidió hacerse profesor, de cómo sus padres se conocieron, revelando que Ricardo no era el padre biológico de Paula. Pedro dejó que María le explicara prácticamente todo lo que su chica le había contado días antes, pero no pregunto nada, no hizo ningún comentario al respecto. No quería que ninguno de allí se sintiera incómodo por una confesión como aquella. Actuó igual que cuando Paula se sinceró, sólo estaba allí como un espectador. Terminaron de comer y pasaron al postre, a un delicioso pastel de chocolate. Cuando dejaron de saborearlo y antes del café, Paula se levantó para ir al baño, dejándolos a los tres en la mesa y esperando que Pedro no se sintiera molesto por su escapada. Para llegar hasta el baño, tenía que pasar por el pasillo que daba al otro comedor. Vio a una pareja que creyó conocer, al menos a la chica. Ésta la vio, y se levantó de la silla para saludarla.
-¡Hola Pau!-. Le dijo Alba al abrazarla.
-¡Hola Albi! ¿Qué haces aquí? Y ¿quién es ese? –. Señaló Paula al acompañante de su hermana.
-Se llama Marc y bueno, estamos saliendo. ¿Y tú, con quién has venido?
-¡Mala hermana, no me lo has contado! Pero ya me darás detalles. Estoy aquí con papá y mamá…..y con Pedro.
-¿Pedro? ¿Ahora quien es la mala hermana?-. Rieron. Alba le hizo una señal a su chico para que se acercara a ellas. Le presentó a Paula y mientras ésta iba al baño, Alba y Marc se fueron al otro comedor a saludar a sus padres.
 
-¡Hola pa, hola María!
-¡Hola hija, qué sorpresa!- . Dijo Ricardo besándola en ambas mejillas.
 
María se levantó para darle un abrazo y poder tener mejor vista del chico que la acompañaba. También era muy guapo, con el pelo algo largo para su gusto, rubio, con los ojos azules y una sonrisa preciosa. Era bastante alto y se veía musculoso. Sus padres lo saludaron. Pedro se había levantado de la silla sin poder creer lo que veía. Esas dos personas, la hermana de Paula y su novio. No podía ser verdad.
-¡Pedro, amigo, no esperaba verte aquí!-. Lo saludó Marc estrechando su mano.
-¡Pedro, cuánto tiempo!-. A Alba le había costado un poco reconocerlo, pero cuando lo hizo, lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.
-¿Se conocen?-. Preguntó Paula que había vuelto del baño y había visto toda la escena.
-Si, Pedro y yo somos amigos desde hace muchos años-. Aclaró Marc.
-Marc, te presento a Paula-. Dijo Paula.
-Nos ha presentado Alba. Así que tú eres la famosa Paula. Pedro me ha hablado muchísimo de ti-. Marc le dio dos besos de nuevo.
-Alba ¿de qué lo conoces tú?-. Preguntó María muerta de curiosidad
-Eeee, pues…..de nuestra época universitaria. Marc, será mejor que nos vayamos-. Alba no sabía cómo salir de aquello, así que optó por despedirse y marcharse de allí.
Ricardo, María y Paula se quedaron asombrados ante las prisas de su hija y hermana respectivamente. Esa respuesta que les había dado era un tanto escueta y a la vez sospechosa. A Paula no le gustó nada y sabía que ahí había algo escondido. Las universidades en las que ambos habían estudiado no estaban precisamente en el mismo campus. Y recordó que Raquel le había hablado de relaciones que su chico tuvo durante los años universitarios. Miró a Pedro de reojo, parecía contrariado y bastante sorprendido por saber que Alba era su hermana. Aunque hacía poco que se conocían, sabía muy bien cuando algo lo torturaba. Sus ojos se encontraron los de Paula y ésta le acarició su mano por debajo de la mesa, con un gesto tranquilizador. Su mente iba a mil por hora, pensando, imaginando de qué se conocían realmente. ¿Era tan malo como para que su hermana contestara así? Salieron del restaurante, no sin antes su padre abonar la cuenta. Fueron los cuatro hasta el piso de Paula, donde sus padres tenían el coche aparcado. Se despidieron de ellos y se marcharon a buscar a Carla. Ella y Pedro subieron a su casa. Durante todo el camino él no abrió la boca, a no ser que alguien le hubiera preguntado alguna cosa.
 
-Pedro, ¿qué te pasa?-. Preguntó Paula preocupada.
Pedro se sentó en el sofá y se tapó la cara con las manos. Paula se arrodilló delante de él y se las separó. Las apoyó sobre sus rodillas, mientras Pedro tenía la cabeza agachada y los ojos cerrados. Paula cogió su barbilla con una mano y lo obligó a mirarla.
-Mírame Pedro, por favor-. Alzó la cabeza, abrió los ojos y la miró-. Dime, que es lo que ocurre. ¿Qué ha pasado entre mi hermana y tú?
Tenía que decirle la verdad, no podía ocultárselo y qué mejor que se enterara por él y no por terceras personas. Él siempre decía que para que una relación funcionara tenía que haber respeto y sinceridad, aunque nunca había tenido nada serio, lo creía así. Y si quería empezar bien con Paula tenía que ser honesto con ella, al igual que ella lo fue con él.
-Paula-. Carraspeó-. Tu hermana y yo estuvimos juntos hace años-. Soltó de carrerilla.
-¿Qué quieres decir exactamente con estuvimos juntos?- . La voz de Paula era temblorosa.
-Nos conocimos en una fiesta universitaria cuando todavía estudiábamos. Y a partir de esa noche pues….
-¿Pues qué?, continúa.
-¡Joder Paula!-. Dijo Pedro levantándose del sofá alterado-. ¿De verdad quieres saberlo?-. Ella afirmó con la cabeza, pero con un nudo que le oprimía el estómago-. Vale, está bien, quieres saber más, pues ahí va. Esa misma noche nos acostamos. En principio sólo tenía que ser eso, sexo, pero un día por casualidad nos volvimos a encontrar en otra fiesta y volvimos a acostarnos. A partir de ahí, nos fuimos viendo más a menudo, nos fuimos conociendo mejor y quedábamos para ir a cenar, ir a las fiestas juntos y todo eso. Duró unos meses, hasta que nos dimos cuenta de que éramos más bien amigos que otra cosa. Amigos con derecho a roce, si quieres llamarlo así. Después llegó la época de exámenes y entre unas cosas y otras, dejamos de vernos y perdimos el contacto. Y no he vuelto a verla hasta hoy.
Ambos se quedaron en silencio. Pedro miraba a Paula, quería interpretar la expresión de su cara. Ella se había quedado sin saber qué decir.
 
¡Para qué he preguntado!
 
La cabeza le daba vueltas, imaginándose a su novio y a su hermana acostados, compartiendo cama, teniendo sexo juntos, desnudos, tocándose, él dentro de ella, haciéndole las cosas que le hacía a ella…. ¡Sácate toda esa mierda de la cabeza o te volverás loca! Paula no pudo evitar dejar brotar una lágrima.
-No pienses esas cosas, peque, por favor-. Le dijo Pedro que sabía lo que estaba pensando. Se sentó junto a ella y secó esa lágrima con un beso. La abrazó por los hombros y la atrajo hacia sí.
-¿Nunca te enamoraste de ella? ¿No hubo nada más que amistad, sexo?
-Ni yo me enamoré de Alba ni ella de mí. Nos llevábamos muy bien, teníamos cosas en común y nos agradaba estar el uno con el otro. Pero sólo como amigos, aun habiendo sexo de por medio. No te voy a negar que tu hermana es una chica muy atractiva, y seguro que más de uno ha perdido la cabeza por ella, pero yo no soy uno de ellos. De la única mujer de la que me he enamorado es de ti-. Paula enterró la cara entre su hombro y su cuello, sollozando.
-Pedro, ¿te importaría dejarme sola?-. Le dijo con los ojos clavados en él.
A Pedro le sorprendió aquella pregunta, y temió al oírla. Si dejaba sola a Paula sería capaz de comerse la cabeza con ideas absurdas que sólo servirían para atormentarla y alejarla de él. Pero era lo que ella le había pedido, así que no iba a oponerse. Se levantó del sofá y fue hacia la habitación de Paula a recoger su mochila. Antes de irse, rodeó a Paula con sus brazos para que supiera que él estaba allí, con ella. Y salió de su casa. Al encontrarse sola, Paula se derrumbó en el sofá y empezó a llorar. Sus lágrimas resbalaban por su rostro, ahogando sus sollozos entre los cojines. No sabía cómo se sentía ni qué sentía en ese momento. Cierto era que Pedro no la había engañado, que eso ocurrió hacía muchos años y además le había explicado cómo fue, pero ella se sentía dolida. ¿Dolida? ¿Por qué? ¡Dios, estaba hecha un lío! ¿Por qué se comía la cabeza de aquella manera? Su mente volvía otra vez a las imágenes anteriores…de ellos dos, ahí, dale que te pego… ¿Y si pensaba en su hermana cuando hacía el amor con ella? Le había molestado más saber que Pedro había estado con Alba que enterarse de que había sido todo un ligón. ¿Es que no podía tener una relación normal? Claro que la tenía, con Pedro. Él era un chico increíble, excepcional y no podía permitirse el lujo de perderlo por algo que pasó hacía mucho tiempo. El problema era ella, que tenía que asimilarlo e iba a hacerlo, pero con él a su lado. Decidida, cogió su móvil para llamarlo, pero antes sonó el timbre de la puerta. Se secó las lágrimas con la manga de la camiseta y se sorbió la nariz antes de abrir.
-Hola Pau, ¿podemos pasar?-. Preguntó Alba, que venía acompañada por Marc. Paula los invitó a entrar.
-¿No está Pedro contigo?-. Paula negó con la cabeza-. ¿Estás bien?-. Paula afirmó con la cabeza. Alba vio que su hermana había estado llorando.
-Quería hablar contigo de lo que ha pasado hoy.
-No tienes que explicarme nada. Pedro me lo ha contado.
-Pero, tenía la necesidad de venir y contarte lo que pasó. Marc también lo sabe, así que he preferido venir con él y hablar claro. No sé bien que es lo que te ha dicho Pedro, pero aquello pasó hace mucho y créeme cuando te digo que nunca estuvimos enamorados, que no nos rompimos el corazón ni nada parecido. Quizás suene mal, pero sólo fue sexo con un gran amigo, nada más. Pero no podía decirlo allí, delante de todos, y menos de papá y mamá. Tenía que respetaros a ustedes dos. Y mírate Paula como estás, hecha un paño de lágrimas-. Alba abrazó a su hermana-. ¿Qué ha pasado entre Pepe y tú cuando lo has sabido?
-Él me ha dicho lo mismo que tú. ¿Y qué ha pasado?, pues que he sido una tarada, como siempre. Al saberlo, mi imaginación ha ido a su rollo y ha empezado a…bueno, a eso….ya sabes…
-¡¿Te has estado imaginando a Pedro y a mí en plena faena?!-. Alba no pudo contener la risa y comenzó a estallar en carcajadas.
 
Marc y Paula se miraron con cara de no entender nada. Alba seguía riendo, pero cuando los miró a ambos, serios, su sonrisa se fue cerrando hasta que finalmente su boca se selló.
-No tiene gracia, nena-. Le dijo Marc-. Pau, ¿puedo decirte una cosa?-Paula le dijo que sí-. Sé que no nos conocemos, pero intenta quitarte esa imagen de la cabeza, no es sano. Pedro es la mejor persona que he conocido nunca y no sabes hasta qué punto está enamorado de ti. Así que si quieres un consejo, olvida lo que ha pasado entre ellos y vive la vida a su lado-. A Paula no le extrañaba nada que Marc fuera amigo de Pedro, hablaban igual, con esa serenidad que ella encontraba encantadora.
-Será mejor que nos vayamos-. Dijo Alba a su chico-. Paula, arregla las cosas con Pedro y haz el favor de no pensar en cosas que no tienen sentido.
Alba abrazó de nuevo a su hermana y besó sus mejillas para despedirse. Marc también la besó y ambos abandonaron el piso. Cogió de nuevo su móvil y marcó el número de Pedro. Esperó hasta cinco tonos y cuando salió el buzón de voz, colgó. Pensó en enviarle un Line, resumiendo lo que quería decirle.
“Siento haberte pedido que te marcharas. Te echo de menos. Me he acostumbrado a ti, a dormir contigo y me siento vacía sin ti”.
Ya está, ya lo había enviado y ahora tocaba esperar a que él contestara. Pasaron varios minutos, y otros más y nada, no había respuesta de Pedro. No había contestado a su llamada, ni a su mensaje.
 
¡Mierda, mierda, mierda! ¡Joder, he metido la pata pero bien!
Sin respuestas de Pedro, entendía que se había enfadado con ella y que no quería hablar. Paula se estaba poniendo nerviosa y respiraba con dificultad. Volvieron a bajar lágrimas por sus mejillas cuando el timbre de su casa sonó. Paula fue hacia la puerta, importándole bien poco que quien estuviera detrás la viese con ese aspecto.
-Hola peque.
-Pepe-. Paula se abalanzó sobre él, abrazándolo por el cuello. Pedro la acogió en sus brazos, entrando en su casa y cerrando la puerta con un golpe de pie.
 
-Lo siento Pepe, lo siento muchísimo-. Paula seguía llorando, pero esta vez sus lágrimas eran de alivio.
-No tienes que pedirme perdón por nada, sólo deja de llorar, por favor, me estás poniendo perdido- .Dijo Pedro sonriendo, contagiando a Paula. Cogió su cara con las manos para mirarla-. ¿Me prometes que queda zanjado este tema y que no vas a volver a pensar cosas raras?-. Paula afirmó. Pedro cubrió sus labios con un beso tierno y se fundieron en un cálido abrazo. Paula estaba completamente relajada y notó que él también lo estaba.
 
-¿Te quedas a dormir conmigo?-. Preguntó Paula sin separarse del abrazo.
-Es lo que me has pedido, ¿no? Además no pienso irme a ningún sitio sin ti-. Pedro la cogió en brazos y se la llevó a la cama.

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Espero que les guste! :)