-¡Paula, Paula, despierta!
-¡¿Qué pasa?!-. Paula notó que su compañera de piso la zarandeabaen la cama. Se despertó alarmada.
-¿Qué, qué pasa?-. Le dijo Raquel-. Pues pasa que te ha sonado el despertador, lo has apagado y te has vuelto a dormir. ¡Llegas tarde!
-¡Mierda!-. Paula vio en el despertador que tenía media hora para vestirse y llegar a su trabajo.
-Qué, mucho ajetreo anoche ¿eh?-. Le guiñó un ojo su compañera.
-¡Raquel no me jodas!, no estoy ahora mismo para bromas.
-¡¿Qué pasa?!-. Paula notó que su compañera de piso la zarandeabaen la cama. Se despertó alarmada.
-¿Qué, qué pasa?-. Le dijo Raquel-. Pues pasa que te ha sonado el despertador, lo has apagado y te has vuelto a dormir. ¡Llegas tarde!
-¡Mierda!-. Paula vio en el despertador que tenía media hora para vestirse y llegar a su trabajo.
-Qué, mucho ajetreo anoche ¿eh?-. Le guiñó un ojo su compañera.
-¡Raquel no me jodas!, no estoy ahora mismo para bromas.
-Vale, vale, lo digo porque como no sueles dormirte, he imaginado que
ayer hubo fiesta en tu cama-. Raquel le sacó la lengua.
-No, no hubo fiesta ni en mi cama ni en ningún sitio-. Paula seguía vistiéndose con prisas.
-¿A no?, joder, y yo que pensaba que sí. Los vi tan bien ahí en el sofá, juntitos.
-Para tu información y para que me dejes tranquila, te comento que no he vuelto a acostarme con Pedro.
-¿Cómo que no? ¡Madre mía! ¿Sólo se han acostado una vez, la vez que se conocieron?-. Raquel estaba algo perpleja.
-Sí sólo esa vez. Esta noche ceno en su casa y espero estar con el en esa cama nueva que ha comprado-. Paula se dirigió al baño para acabar de arreglarse.
-¿Cama nueva? ¿Has estado en su casa y no ha pasado nada?
-Raquel, déjalo por favor, ya te he dicho que no me he vuelto a acostar con él. Oye, te dejo-. Paula le dio un beso en la mejilla y se fue corriendo. ¡Dios, mi jefe me mata!
Corrió hacia su coche, que lo había dejado aparcado en la calle de atrás. Subió y salió pitando en dirección a su trabajo. Mientras esperaba en un semáforo, envió un mensaje a su jefe, que decía que se retrasaría. Llegó quince minutos tarde y cuando lo hizo, Javi la estaba esperando.
-Buenos días, Javi.
-Buenos días Paula. ¿Has dormido bien?-. Dijo socarrón.
-Vaya, ¡veo que se han levantado todos cachondos!-. Paula sabía que su jefe lo decía en broma-. Siento llegar tarde, Javi.
-No importa.
-¿A no? ¿No vas a echarme la bronca?-. Javi negó con la cabeza-. Entonces, ¿por qué estás esperándome en recepción?
-Por esto-. Javi le entregó una caja pequeña, plateada-. Me la ha dado Antonio, el conserje, que se la ha dejado un chico esta mañana. Es para ti-. Paula con los ojos abiertos y una expresión de sorpresa, que embargaba su rostro, cogió la cajita.
-Parece que tienes un admirador-. Javi se acercó a Paula mientras ella abría su regalo. Ya sabía de quien era.
-Es algo más que un admirador-. Paula sacó de su interior una rosa roja, acompañada por una nota manuscrita. “Te espero impaciente esta noche. Un beso. Pedro.” Paula no pudo evitar sonreír y su jefe al lado, la miraba atónito.
-¿Quién es ese Pedro?-. Preguntó con gran curiosidad.
-Es un chico que conocí la noche de tu cumpleaños-. Contestó Paula.
-¡Joder, sí que resultó provechosa esa noche! David y Helena se lían, y tú encuentras a tu príncipe azul. Voy a tener que sacaros más a menudo. ¡Para que luego critiquen a los jefes!-. Javi se fue a su despacho, riendo, dejando a Paula con su obsequio.
No podía dejar de mirar la rosa, no pudo evitar acercársela a la nariz para olerla. No olía como una rosa, pero sí percibió el perfume de Pedro en sus pétalos. Era todo encanto. ¿Cómo podía evitar sentirse atraída por ese hombre? Sencillamente, no podía. Ella también estaba impaciente por que llegase la noche y probar, en primer lugar, esa cena que le había prometido, y en segundo lugar la magnífica cama de su dormitorio. ¡Dios no podía quitarse de la cabeza esa maldita cama! Pensó en no esperar hasta la noche y darle las gracias en ese momento. Agarro su teléfono y lo llamó. Pero no contestó, así que le dejó un mensaje en el contestador. Volvió a meter la flor y la nota en su lugar y se puso a trabajar.
-No, no hubo fiesta ni en mi cama ni en ningún sitio-. Paula seguía vistiéndose con prisas.
-¿A no?, joder, y yo que pensaba que sí. Los vi tan bien ahí en el sofá, juntitos.
-Para tu información y para que me dejes tranquila, te comento que no he vuelto a acostarme con Pedro.
-¿Cómo que no? ¡Madre mía! ¿Sólo se han acostado una vez, la vez que se conocieron?-. Raquel estaba algo perpleja.
-Sí sólo esa vez. Esta noche ceno en su casa y espero estar con el en esa cama nueva que ha comprado-. Paula se dirigió al baño para acabar de arreglarse.
-¿Cama nueva? ¿Has estado en su casa y no ha pasado nada?
-Raquel, déjalo por favor, ya te he dicho que no me he vuelto a acostar con él. Oye, te dejo-. Paula le dio un beso en la mejilla y se fue corriendo. ¡Dios, mi jefe me mata!
Corrió hacia su coche, que lo había dejado aparcado en la calle de atrás. Subió y salió pitando en dirección a su trabajo. Mientras esperaba en un semáforo, envió un mensaje a su jefe, que decía que se retrasaría. Llegó quince minutos tarde y cuando lo hizo, Javi la estaba esperando.
-Buenos días, Javi.
-Buenos días Paula. ¿Has dormido bien?-. Dijo socarrón.
-Vaya, ¡veo que se han levantado todos cachondos!-. Paula sabía que su jefe lo decía en broma-. Siento llegar tarde, Javi.
-No importa.
-¿A no? ¿No vas a echarme la bronca?-. Javi negó con la cabeza-. Entonces, ¿por qué estás esperándome en recepción?
-Por esto-. Javi le entregó una caja pequeña, plateada-. Me la ha dado Antonio, el conserje, que se la ha dejado un chico esta mañana. Es para ti-. Paula con los ojos abiertos y una expresión de sorpresa, que embargaba su rostro, cogió la cajita.
-Parece que tienes un admirador-. Javi se acercó a Paula mientras ella abría su regalo. Ya sabía de quien era.
-Es algo más que un admirador-. Paula sacó de su interior una rosa roja, acompañada por una nota manuscrita. “Te espero impaciente esta noche. Un beso. Pedro.” Paula no pudo evitar sonreír y su jefe al lado, la miraba atónito.
-¿Quién es ese Pedro?-. Preguntó con gran curiosidad.
-Es un chico que conocí la noche de tu cumpleaños-. Contestó Paula.
-¡Joder, sí que resultó provechosa esa noche! David y Helena se lían, y tú encuentras a tu príncipe azul. Voy a tener que sacaros más a menudo. ¡Para que luego critiquen a los jefes!-. Javi se fue a su despacho, riendo, dejando a Paula con su obsequio.
No podía dejar de mirar la rosa, no pudo evitar acercársela a la nariz para olerla. No olía como una rosa, pero sí percibió el perfume de Pedro en sus pétalos. Era todo encanto. ¿Cómo podía evitar sentirse atraída por ese hombre? Sencillamente, no podía. Ella también estaba impaciente por que llegase la noche y probar, en primer lugar, esa cena que le había prometido, y en segundo lugar la magnífica cama de su dormitorio. ¡Dios no podía quitarse de la cabeza esa maldita cama! Pensó en no esperar hasta la noche y darle las gracias en ese momento. Agarro su teléfono y lo llamó. Pero no contestó, así que le dejó un mensaje en el contestador. Volvió a meter la flor y la nota en su lugar y se puso a trabajar.
Esa mañana, Pedro tenía tres horas seguidas de clase, las suyas y la de otro compañero que estaba de baja. Cuando acabó, decidió darse una ducha, así que se dirigió a los vestuarios.
Abrió su bolsa de deporte, donde tenía la ropa limpia, y sacó del
bolsillo de sus pantalones el móvil. Vio que tenía una llamada perdida. Era de
Paula. Le había dejado un mensaje. Lo escuchó.
“Hola Pepe, soy Paula. Sólo te llamaba para decirte que he recibido tu nota y tu rosa. Ha sido todo un detalle. Muchas gracias. Yo también estoy impaciente por verte. Un beso.”
Pedro se alegró de oír ese mensaje y sobretodo de saber que el paquete había llegado a su destinatario. Él mismo se lo había entregado en mano al conserje del edificio. Un hombre simpático. Contestó al mensaje de Paula a través de un Line.
“Hola pequeña, acabo de escuchar tu mensaje. Me encanta que te haya gustado. Esta noche te espero. Besos”.
Y se fue a dar una ducha.
“Hola Pepe, soy Paula. Sólo te llamaba para decirte que he recibido tu nota y tu rosa. Ha sido todo un detalle. Muchas gracias. Yo también estoy impaciente por verte. Un beso.”
Pedro se alegró de oír ese mensaje y sobretodo de saber que el paquete había llegado a su destinatario. Él mismo se lo había entregado en mano al conserje del edificio. Un hombre simpático. Contestó al mensaje de Paula a través de un Line.
“Hola pequeña, acabo de escuchar tu mensaje. Me encanta que te haya gustado. Esta noche te espero. Besos”.
Y se fue a dar una ducha.
Paula estaba hablando con Helena en la cocina de la oficina, punto de reuniones informales, pero no por eso menos importantes, sobre lo sucedido el día anterior. Su compañera le dijo que al finalizar la jornada laboral, David y ella se fueron a su casa y allí estuvieron hablando.
-¡Ves tonta! ¡Todo arreglado! ¿Estás más tranquila?-. Preguntó Paula con cariño.
-No sé, creo que sí estoy algo más relajada, sobre todo después de hablar con él y aclarar las cosas. Pero aunque me haya dicho que está enamorado de mí, sigo asustada. No quiero perderlo-. Helena hablaba en un susurro.
-Y no lo harás. Ya verás como todo sale bien. Confía en él-. En ese momento Paula oyó el sonido de su móvil. Vio que tenía un mensaje de Pedro. Lo leyó y se lo enseñó a Helena.
-¡Aquí tenemos a otro que está enamorado! -. Dijo divertida su compañera.
-¡Eso espero! -.Rieron a carcajadas.
-Paula, ¿puedes venir a mi despacho, por favor?-. Apareció por allí David, que al ver a su chica, le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa. Paula se fue con él hacia su despacho.
-Paula, quería pedirte disculpas por lo de ayer.
-David, no tienes que disculparte conmigo-. Le dijo, acariciando sus brazos-. Me alegro de que todo haya quedado claro entre ustedes. Y ahora, si no me necesitas para nada más, me vuelvo a mi rinconcito, que tengo trabajo.
-Espera. El lunes iremos tú y yo al colegio de tu padre a enseñarle el proyecto. Javi me ha puesto al día y he de decir que es estupendo. ¿Puedes encargarte de hablar con tu padre y quedar a una hora?
-Claro, ningún problema, yo lo llamo.
-Gracias Paula. Por todo- . Y ella le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se marchó. Ya de nuevo en su lugar de trabajo, llamó a su padre.
-Buenos días, hija ¿Cómo estás?-. Le preguntó Ricardo alegremente al recibir su llamada.
-Buenos días pa, estoy bien, como siempre. Escucha, el lunes David y yo iremos a enseñarte el proyecto, a ver qué te parece. ¿A qué hora tienes libre?-. Ricardo miró su agenda.
-Cariño, ¿el lunes a mediodía esta va bien?
-Sí, perfecto. Entonces quedamos el lunes. Adiós papi, un beso-. Y se despidieron.
Cuando Ricardo colgó el teléfono, se encontró con Pedro, que salía del vestuario. Le comunicó la reunión del lunes, ya que quería que estuviese presente para ver el diseño del nuevo gimnasio. Pedro tenía clase a última hora de la mañana, pero cuando la acabase, se pasaría a ver el proyecto.
Paula le comunicó la cita a David, que la anotó en su agenda. Llegó la hora de comer y bajaron los cuatro a rellenar el estómago al restaurante de Pietro. Como era viernes, y por la noche no podían quedar para su cita semanal, Helena y David querían pasar la noche juntos y Paula cenaba con Pedro, decidieron cambiarla por la comida. Ya en la oficina, Paula pensaba en lo que tenía que hacer antes de ir a casa de Pedro. Tendría que pasar por casa, ducharse, cambiarse y… ¿llevar algo? Claro, no podía presentarse en casa de Pedro sin nada, con las manos vacías. No era muy propio aparecer sin un detalle. ¿Postre?, sí sería una buena opción. Como iba a cenar pescado, pensó que un sorbete de limón al cava sería perfecto. Lo compraría en la pastelería, camino a casa. Aunque tenía bastantes cosas por hacer, la tarde se le hizo eterna. No veía la hora de marcharse y encontrarse con Pedro. Tenía tantas ganas de verlo, de estar con él que no sabía si sería capaz de contenerse cuando lo tuviese delante
-Paula, ¿qué haces que no recoges?-. Le dijo David delante de su mesa de
trabajo-. Son las siete, la hora de irnos.
-¡Mierda! No me he dado cuenta de la hora que era. ¡Si hoy es el día en que llego tarde a todos lados!-. Exclamó Paula, que guardaba sus cosas con prisas.
-Tranquila, que seguro que tu chico te espera para cenar-. David rió-. Me lo ha contado Helena.
-¡Veo que no trabajo en la agencia secreta!-. Sonrió-. Que lo pases bien el fin de semana-. Paula le dio un beso a David y salió disparada hacia la puerta, pero antes de poner un pie fuera de la oficina, David le hizo un comentario.
-¡Ya nos contarás el lunes!-.
-¡Mierda! No me he dado cuenta de la hora que era. ¡Si hoy es el día en que llego tarde a todos lados!-. Exclamó Paula, que guardaba sus cosas con prisas.
-Tranquila, que seguro que tu chico te espera para cenar-. David rió-. Me lo ha contado Helena.
-¡Veo que no trabajo en la agencia secreta!-. Sonrió-. Que lo pases bien el fin de semana-. Paula le dio un beso a David y salió disparada hacia la puerta, pero antes de poner un pie fuera de la oficina, David le hizo un comentario.
-¡Ya nos contarás el lunes!-.
Aparcó el coche cerca de su domicilio y antes de entrar, se dirigió
hacia la pastelería. Por suerte no había mucha gente y en unos minutos ya tenía
su postre en las manos. Una
vez en su casa se noto algo nerviosa de lo que hubiese imaginado ¡Vamos Paula,
sólo es una cena! Sí, pero una cena con un chico que me gusta demasiado. Salió
del baño en dirección a su dormitorio. Y ahora, ¿qué me pongo? A ver, es una
cena informal, pero romántica. En su casa. Solos él y yo. Abrió su armario.
Miró, buscó y rebuscó hasta que dio con un vestido que le pareció acorde con el
momento. Volvió al lavabo, se maquilló lo justo para camuflar la tez de su
rostro. No podía hacer milagros, pero ¡no había quedado nada mal! Recogió de la
cocina los mousses y salió de su casa. Ya en el coche se sintió más atacada, si
cabía, que en su casa. Miró el reloj, ¡joder las nueve! Definitivamente ese no
era su día de llegar a tiempo a ningún lugar.
Pedro estaba en la cocina. Ya había preparado la mesa, tenía lista la ensalada de frutas, frutos secos y queso de cabra. Y en el horno el salmón con verduritas. Había colocado en la mesa una vela y el marca páginas en el plato de Paula. Las copas de vino estaban vacías sobre el tapete, esperando ser rellenadas con la llegada de la invitada. Pedro miró la hora, las nueve y veinte. Se estaba retrasando. ¿Habrá cambiado de idea? No, lo habría llamado. Venía en coche ¿Le habrá pasado algo? ¿Un accidente? Pedro empezó a preocuparse, cuando escuchó el sonido del interfono. Era ella. Suspiró aliviado. Le abrió la puerta y la esperó allí, con los brazos cruzados sobre su pecho. Paula llegó al primer piso y al verlo en esa postura y el semblante serio, pensó que estaba enfadado. Tenía motivos, no lo había llamado para decirle que llegaría tarde.
-Hola Pepe. Perdona que me haya retrasado, es que no sé qué me pasa hoy, pero no soy capaz de llegar puntual a mis citas. He llegado tarde al trabajo esta mañana, salgo tarde de la oficina y ahora…
-Shhhh, no pasa nada-. Pedro le cogió la cara entre sus manos y la hizo callar con un beso de alivio al ver que no le había pasado nada-. Ya estás aquí, es lo que importa-.Volvió a besarla con mimo-. Pero la próxima vez me avisas si vas a llegar tarde. Me tenías preocupado-.Paula le dio un abrazo a modo de disculpa.
-Ese olor tan bueno ¿sale de tu cocina?-. Preguntó Paula al despegarse de sus brazos.
-Te dije que te gustaría mi cena. Vamos, entra-. Pedro se hizo a un lado para dejarla pasar.
Paula le entregó a Pedro el postre que había traído y lo guardó en la nevera. La volvió a embriagar el olor del pescado que salía del horno. Si la cena estaba igual de buena que cómo olía, definitivamente había perdido la apuesta. Observó la mesa de la cocina, preparada para la ocasión. Pero había algo que no le encajaba. Había, sobre uno de los platos, algo envuelto en papel de regalo.
-Pedro, ¿qué es esto?-. Dijo levantando el regalo.
-Es para ti-. Pedro se acercó hasta ella, la atrajo hasta sí y besó sus labios.
-No tenías por qué hacerlo. Además, está mañana ya me has hecho un regalo. Por cierto, no te lo he agradecido personalmente, así que gracias-. Paula rodeó su cuello con sus brazos y lo besó. Cada vez que sentía sus labios sobre los suyos, se perdía en un inmenso placer. Era tan sencillo olvidarse de todo cuando él estaba a su lado.
-Será mejor que paremos de hacer esto o mucho me temo que hoy no cenamos-. Pedro rió ante el comentario de Paula.
Pedro estaba en la cocina. Ya había preparado la mesa, tenía lista la ensalada de frutas, frutos secos y queso de cabra. Y en el horno el salmón con verduritas. Había colocado en la mesa una vela y el marca páginas en el plato de Paula. Las copas de vino estaban vacías sobre el tapete, esperando ser rellenadas con la llegada de la invitada. Pedro miró la hora, las nueve y veinte. Se estaba retrasando. ¿Habrá cambiado de idea? No, lo habría llamado. Venía en coche ¿Le habrá pasado algo? ¿Un accidente? Pedro empezó a preocuparse, cuando escuchó el sonido del interfono. Era ella. Suspiró aliviado. Le abrió la puerta y la esperó allí, con los brazos cruzados sobre su pecho. Paula llegó al primer piso y al verlo en esa postura y el semblante serio, pensó que estaba enfadado. Tenía motivos, no lo había llamado para decirle que llegaría tarde.
-Hola Pepe. Perdona que me haya retrasado, es que no sé qué me pasa hoy, pero no soy capaz de llegar puntual a mis citas. He llegado tarde al trabajo esta mañana, salgo tarde de la oficina y ahora…
-Shhhh, no pasa nada-. Pedro le cogió la cara entre sus manos y la hizo callar con un beso de alivio al ver que no le había pasado nada-. Ya estás aquí, es lo que importa-.Volvió a besarla con mimo-. Pero la próxima vez me avisas si vas a llegar tarde. Me tenías preocupado-.Paula le dio un abrazo a modo de disculpa.
-Ese olor tan bueno ¿sale de tu cocina?-. Preguntó Paula al despegarse de sus brazos.
-Te dije que te gustaría mi cena. Vamos, entra-. Pedro se hizo a un lado para dejarla pasar.
Paula le entregó a Pedro el postre que había traído y lo guardó en la nevera. La volvió a embriagar el olor del pescado que salía del horno. Si la cena estaba igual de buena que cómo olía, definitivamente había perdido la apuesta. Observó la mesa de la cocina, preparada para la ocasión. Pero había algo que no le encajaba. Había, sobre uno de los platos, algo envuelto en papel de regalo.
-Pedro, ¿qué es esto?-. Dijo levantando el regalo.
-Es para ti-. Pedro se acercó hasta ella, la atrajo hasta sí y besó sus labios.
-No tenías por qué hacerlo. Además, está mañana ya me has hecho un regalo. Por cierto, no te lo he agradecido personalmente, así que gracias-. Paula rodeó su cuello con sus brazos y lo besó. Cada vez que sentía sus labios sobre los suyos, se perdía en un inmenso placer. Era tan sencillo olvidarse de todo cuando él estaba a su lado.
-Será mejor que paremos de hacer esto o mucho me temo que hoy no cenamos-. Pedro rió ante el comentario de Paula.
Pedro se separó de ella y miró el horno. En diez minutos estaba lista la
cena. Paula se quedó atontada mirándolo. Llevaba una camisa gris, remangada
hasta los codos y con unos botones abiertos que dejaban al descubierto el
inicio de su torso musculoso. Estaba para comérselo.
-¿No piensas abrirlo?-. Pedro se giró y la vio observándolo, con el regalo en la mano
-¿Qué? ¡Ah, si el regalo!-. Se dijo Paula. Con las manos algo torpes por el acaloramiento que sentía, desgarró el papel y pudo ver su interior.
-¡Qué original! ¡Es muy bonito! Gracias Pepe-. Esta vez, le dio un beso en la mejilla, para evitar el calentamiento global de su cuerpo.
Pedro abrió la nevera y sacó el vino que tenía listo para la cena, así como la ensalada. Sirvió la bebida en las dos copas y le entregó una a Paula, que se sentó en la encimera de la cocina, con los pies cruzados.
-Cuéntame, ¿cómo conociste a Raquel?-. Preguntó Pedro frente a ella.
-Fuimos juntas al instituto. Enseguida congeniamos y desde entonces somos amigas.
-Y eso de vivir juntas, ¿cómo surgió?
-Después de que volviera de la universidad, se puso a buscar piso. Yo le propuse que se viniera a vivir conmigo y aceptó. Mi piso era de una mujer que mi madre cuidaba cuando yo era pequeña. Vivíamos las tres juntas. Cuando murió, se lo dejó en herencia a mi madre y ella me lo dejó a mí cuando se casó con Ricardo-. Paula estaba tan relajada que no se dio cuenta de que llamó a su padre por su nombre.
-¿Con Ricardo?, querrás decir con tu padre ¿no?-. Pedro se quedó mirándola fijamente, extrañado. ¿Vivían las tres juntas? Vio que ella cerraba los ojos y tensaba su mandíbula. Cogió su copa y la depositó a su lado. Con los brazos, la rodeó por las caderas, colocando las piernas de ella alrededor de su pecho-. Pau, mírame, por favor-. Ella abrió los ojos, y lo miró. Pedro apreció que los tenía ligeramente humedecidos y que resbalaba una lágrima por su mejilla. Agarró con ambas manos su rostro y besó dulcemente esa lágrima -. Pau, ¿qué ocurre?
Se sentía como una completa idiota por aquel espectáculo tan patético que estaba ofreciendo delante de Pedro. Pero no pudo controlarlo. Se le había ido de las manos y ese tema, ahora, estaba encima de la mesa, las cartas estaban descubiertas. Y notaba que Pedro estaba alarmado.
-Ricardo no es mi padre. No el biológico, me refiero. Mi madre se quedó embarazada de mi cuando tenía diecisiete años. Su novio, es decir, mi padre, la abandonó cuando se enteró. Vivía en un pueblo pequeño y todo el mundo lo supo. Mis abuelos la repudiaron, y la echaron de casa. Pensaban más en el “qué dirán” que en su hija. Con lo poco que tenía, se vino aquí, conoció a Amparo, la mujer que cuidaba y la ayudó en todo lo que pudo. Luego vine yo, y durante muchos años, lo único que mi madre hizo fue cuidarme, quererme. Trabajaba todo el día, incluso algunas noches limpiaba algún club para ganar algo de dinero para que no me faltara de nada. La adoro por eso, por todo lo que hizo por mí. Siempre me anteponía a ella. Siempre ha creído en mí, siempre ha estado a mi lado. Luchó por mí cuando no tenía por qué hacerlo-. Paula comenzaba a sollozar.
-Me alegro de que lo hiciera-. Pedro la cogió entre sus brazos y la abrazó con todo el cariño que pudo-. Se supone que eso es lo que hacen los padres, cuidar de sus hijos. Y si tu padre biológico fue un estúpido, te aseguro que Ricardo es todo lo contrario. Te quiere muchísimo-. Le dijo con dulzura.
En ese momento, sonó un ring procedente del horno. La cena estaba lista.
-¿Te parece que empecemos a cenar y me sigues contando?-. Paula asintió.
Pedro la ayudó a bajar de la encimera, en la que seguía sentada y la puso en el suelo. Acarició sus labios con sus dedos y los besó tiernamente. Se sentaron a la mesa y durante la cena, continuaron hablando de la vida de ella.
-¿Y cómo se conocieron tus padres?-.Preguntó Pedro, intentando utilizar las palabras adecuadas para que Paula se relajara.
-Mi madre estuvo trabajando en el colegio como monitora del comedor.
-¡Vaya, veo que colegio forma parte de la historia amorosa de tu familia!-. Rieron a carcajadas.
-Me gusta verte sonreír. Estás preciosa-. Y era cierto, esa noche estaba irresistiblemente hermosa. Paula continuó hablando.
-Cuando mi madre empezó a trabajar en el colegio, mi padre acababa de separarse de su mujer. No sé qué fue lo que pasó entre ellos, pero sé que ella se marchó a Australia, creo que es de allí. Y su hija se quedó aquí, con nosotros.
-¿Te refieres a Carla?-. Preguntó sorprendido.
-No, hablo de Alba. Es hija de Ricardo y su ex mujer. Mi otra hermana. Es dos años mayor que yo y es una chica estupenda. Nos llevamos genial, aunque no nos vemos demasiado por culpa del trabajo. Y luego está Carla, que la conociste el otro día. Ella sí que es hija de Ricardo y de mi madre-. Paula se quedó mirando a Pedro, esperando a que hubiese entendido el puzle familiar.
-Lo único que he sacado en claro de todo lo que me has contado ha sido que tienes un padre, una madre y dos hermanas-. Pedro no quería indagar más en el tema del padre biológico de Paula, veía como le hacía daño hablar de ello.
Al escuchar eso, Paula se levantó de su silla, fue directa hacia Pedro, que lo tenía frente a ella, se sentó en sus rodillas, cogió su cara con las manos y lo besó por todo su rostro. A Pedro le hacían cosquillas aquellos besos, pero le encantaban.
-Gracias, gracias por ser como eres, por estar aquí.
-¿Y a dónde voy a ir? Te recuerdo que ésta es mi casa-. Dijo Pedro divertido. Paula lo abrazó y se sintió feliz de estar allí-. ¿Atacamos el postre que has traído?
-¿No piensas abrirlo?-. Pedro se giró y la vio observándolo, con el regalo en la mano
-¿Qué? ¡Ah, si el regalo!-. Se dijo Paula. Con las manos algo torpes por el acaloramiento que sentía, desgarró el papel y pudo ver su interior.
-¡Qué original! ¡Es muy bonito! Gracias Pepe-. Esta vez, le dio un beso en la mejilla, para evitar el calentamiento global de su cuerpo.
Pedro abrió la nevera y sacó el vino que tenía listo para la cena, así como la ensalada. Sirvió la bebida en las dos copas y le entregó una a Paula, que se sentó en la encimera de la cocina, con los pies cruzados.
-Cuéntame, ¿cómo conociste a Raquel?-. Preguntó Pedro frente a ella.
-Fuimos juntas al instituto. Enseguida congeniamos y desde entonces somos amigas.
-Y eso de vivir juntas, ¿cómo surgió?
-Después de que volviera de la universidad, se puso a buscar piso. Yo le propuse que se viniera a vivir conmigo y aceptó. Mi piso era de una mujer que mi madre cuidaba cuando yo era pequeña. Vivíamos las tres juntas. Cuando murió, se lo dejó en herencia a mi madre y ella me lo dejó a mí cuando se casó con Ricardo-. Paula estaba tan relajada que no se dio cuenta de que llamó a su padre por su nombre.
-¿Con Ricardo?, querrás decir con tu padre ¿no?-. Pedro se quedó mirándola fijamente, extrañado. ¿Vivían las tres juntas? Vio que ella cerraba los ojos y tensaba su mandíbula. Cogió su copa y la depositó a su lado. Con los brazos, la rodeó por las caderas, colocando las piernas de ella alrededor de su pecho-. Pau, mírame, por favor-. Ella abrió los ojos, y lo miró. Pedro apreció que los tenía ligeramente humedecidos y que resbalaba una lágrima por su mejilla. Agarró con ambas manos su rostro y besó dulcemente esa lágrima -. Pau, ¿qué ocurre?
Se sentía como una completa idiota por aquel espectáculo tan patético que estaba ofreciendo delante de Pedro. Pero no pudo controlarlo. Se le había ido de las manos y ese tema, ahora, estaba encima de la mesa, las cartas estaban descubiertas. Y notaba que Pedro estaba alarmado.
-Ricardo no es mi padre. No el biológico, me refiero. Mi madre se quedó embarazada de mi cuando tenía diecisiete años. Su novio, es decir, mi padre, la abandonó cuando se enteró. Vivía en un pueblo pequeño y todo el mundo lo supo. Mis abuelos la repudiaron, y la echaron de casa. Pensaban más en el “qué dirán” que en su hija. Con lo poco que tenía, se vino aquí, conoció a Amparo, la mujer que cuidaba y la ayudó en todo lo que pudo. Luego vine yo, y durante muchos años, lo único que mi madre hizo fue cuidarme, quererme. Trabajaba todo el día, incluso algunas noches limpiaba algún club para ganar algo de dinero para que no me faltara de nada. La adoro por eso, por todo lo que hizo por mí. Siempre me anteponía a ella. Siempre ha creído en mí, siempre ha estado a mi lado. Luchó por mí cuando no tenía por qué hacerlo-. Paula comenzaba a sollozar.
-Me alegro de que lo hiciera-. Pedro la cogió entre sus brazos y la abrazó con todo el cariño que pudo-. Se supone que eso es lo que hacen los padres, cuidar de sus hijos. Y si tu padre biológico fue un estúpido, te aseguro que Ricardo es todo lo contrario. Te quiere muchísimo-. Le dijo con dulzura.
En ese momento, sonó un ring procedente del horno. La cena estaba lista.
-¿Te parece que empecemos a cenar y me sigues contando?-. Paula asintió.
Pedro la ayudó a bajar de la encimera, en la que seguía sentada y la puso en el suelo. Acarició sus labios con sus dedos y los besó tiernamente. Se sentaron a la mesa y durante la cena, continuaron hablando de la vida de ella.
-¿Y cómo se conocieron tus padres?-.Preguntó Pedro, intentando utilizar las palabras adecuadas para que Paula se relajara.
-Mi madre estuvo trabajando en el colegio como monitora del comedor.
-¡Vaya, veo que colegio forma parte de la historia amorosa de tu familia!-. Rieron a carcajadas.
-Me gusta verte sonreír. Estás preciosa-. Y era cierto, esa noche estaba irresistiblemente hermosa. Paula continuó hablando.
-Cuando mi madre empezó a trabajar en el colegio, mi padre acababa de separarse de su mujer. No sé qué fue lo que pasó entre ellos, pero sé que ella se marchó a Australia, creo que es de allí. Y su hija se quedó aquí, con nosotros.
-¿Te refieres a Carla?-. Preguntó sorprendido.
-No, hablo de Alba. Es hija de Ricardo y su ex mujer. Mi otra hermana. Es dos años mayor que yo y es una chica estupenda. Nos llevamos genial, aunque no nos vemos demasiado por culpa del trabajo. Y luego está Carla, que la conociste el otro día. Ella sí que es hija de Ricardo y de mi madre-. Paula se quedó mirando a Pedro, esperando a que hubiese entendido el puzle familiar.
-Lo único que he sacado en claro de todo lo que me has contado ha sido que tienes un padre, una madre y dos hermanas-. Pedro no quería indagar más en el tema del padre biológico de Paula, veía como le hacía daño hablar de ello.
Al escuchar eso, Paula se levantó de su silla, fue directa hacia Pedro, que lo tenía frente a ella, se sentó en sus rodillas, cogió su cara con las manos y lo besó por todo su rostro. A Pedro le hacían cosquillas aquellos besos, pero le encantaban.
-Gracias, gracias por ser como eres, por estar aquí.
-¿Y a dónde voy a ir? Te recuerdo que ésta es mi casa-. Dijo Pedro divertido. Paula lo abrazó y se sintió feliz de estar allí-. ¿Atacamos el postre que has traído?
Pedro recogía la mesa, y no dejaba que Paula lo ayudase. La cogió de las manos y la llevó hasta el sofá del comedor. Le dijo que se quedase allí, hasta que el volviera con los mousses. Mientras permaneció allí, Paula no pudo evitar levantarse y mirar de cerca aquella foto en la que se había fijado anteriormente. Era una foto llena de ternura. La abuela de Pedro tuvo que ser una mujer afortunada, rodeada del amor de sus nietos. Paula escuchó los pasos de Pedro detrás de ella, con el postre en sus manos.
-Es una foto muy dulce-. Se giró hacia Pedro con el retrato en la mano.
-Sí. Es la última que tenemos de mi abuela. Nos la hicimos en primavera. Fuimos a comer a un restaurante de la playa y mi padre nos la hizo. Era su madre.
Paula dejó la foto en su sitio, cogió los postres y los dejó encima de la pequeña mesa que había en el comedor.
-¿Quieres hablarme de ella?-. Paula abrazó sus manos y fue con él hacia el sofá. Allí estuvieron sentados, acabando el postre y Pedro, contándole cosas sobre su abuela.
-Era una mujer increíble. Se podía decir que algo adelantada a su tiempo. ¿Sabes que le gustaban los tatuajes? ¿Y qué se hizo uno?-. Pedro sonrió al recordarlo-. Un día, salió de su casa y cuando regresó se había tatuado un dragón en el tobillo. ¡Dios! creí que mi padre la mataba. Mi abuela siempre hacía lo que le apetecía, le daba igual la opinión de la gente. Decía que ella estaba en el mundo porque tenía que haber de todo. Y que estaba aquí para ser feliz. Y así se fue, murió mientras dormía.
-¿Por eso tienes ese tatuaje, por ella?-.Paula recordó el tatuaje que le vio la noche que estuvieron juntos. Pedro asintió con la cabeza.
-Ojala la hubieses conocido. Te habría caído bien. Siempre nos decía a mi hermano y a mí que no quería morirse sin conocer a las dos mujeres capaces de llegarnos al corazón. A Lorena la conoció, pero a ti….no tuvo tiempo.
Paula se quedó atónita ante las palabras de Pedro. ¿Qué quería decir con eso? ¿Le estaba diciendo que estaba enamorado de ella?
-Veo que ésta es una noche de confidencias-. Logró decir con una tímida sonrisa.
-Sí eso parece.
-Pues voy a confesarte algo, me ha encantado la cena. Tienes buena mano para la cocina-. Rió Paula
-Gracias, me alegro de que te hayan gustado ambas cosas. Todo lo que sé sobre cocina me lo enseñó mi abuela. Le encantaba cocinar. Me pasaba horas y horas con ella entre los fogones..
-Ya que estamos haciéndonos confesiones, ¿puedo revelarte algo?-. Ella asintió-. No sé qué me pasa contigo, pero es algo que no había sentido jamás y me encanta. Quiero que esto que tenemos sea algo más que besos y caricias a escondidas. Quiero algo más Paula, necesito algo más.
-¿Me estás diciendo que quieres tener una relación conmigo?-. Abrió los ojos, sorprendida ante aquella confesión.
-¿Por qué siempre que te pregunto por algo relacionado con nosotros me respondes con otra pregunta?-. Pedro se levantó del sofá irritado y se quedó frente a ella-. Sí, Paula, me gustas y quiero estar contigo, quiero besarte, cogerte de la mano cuando vayamos por la calle y no esconderme de nada ni de nadie. Aunque no lo creas, me fijé en cómo reaccionaste en el centro comercial cuando te di el beso. ¿Qué es lo que pasa, Paula? ¿De qué te escondes? ¿Te avergüenzas de mí?
Paula seguía sentada en el sofá, escuchando las palabras de Pedro. ¿Cómo iba a avergonzarse de él? No, estaba avergonzada de ella misma, de lo que hizo, de lo que era. Se escondía de sí misma, de su vida sin sentido hasta que apareció él. Y del miedo que tenía de perderlo, aún sin ser suyo, porque sabía que eso pasaría. Paula se levantó del sofá, pasó por al lado de Pedro, que permanecía allí parado, observándola caminar hasta el equipo de música que descansaba en el mueble. Lo encendió y la música comenzó a sonar.
-Baila conmigo, Pedro, por favor-. Le dijo Paula, ofreciéndole sus manos.
-¿Quieres bailar? ¿Ahora?-. Paula afirmó con la cabeza.
Pedro la miraba sorprendido, sin acabar de entender lo que pretendía ella. Se sentía confuso con ella, ¿qué era lo que quería? No sabía interpretar las cosas que se le pasaban por la cabeza. Quería más de ella, y si no estaba dispuesta a aceptarlo, no se daría por vencido. Lo conseguiría. Pedro agarro las manos de Paula y se acercaron, mirándose a los ojos. Él la abrazó por la cintura y ella, puso los brazos sobre sus hombros.
Paula dejaba descansar su cabeza sobre el pecho de Pedro. Podía oler su cuerpo, acariciarlo, sentir su calor. Entre sus brazos se encontraba en el mejor lugar del mundo. Un lugar en el que se permitía soñar, imaginando que siempre sería así, que siempre estaría con él, que siempre la abrazaría y la protegería. Que siempre la querría. Pero el temor a perderlo le impedía dar un paso más allá. Si lo daba, estaba segura que se caería. Y esta vez, no tendría las fuerzas suficientes para levantarse. Pero necesitaba intentarlo de nuevo. Con él. Empezó a acariciarle el cuello con la nariz. Siguió con su boca, regalándole pequeños y dulces besos. Notó como la piel de Pedro respondía a sus besos, como sus dedos se aferraban más a su espalda.
-Paula, ¿qué estás haciendo?-. Preguntó susurrando, con la respiración entrecortada, pero sin separarse de ella.
Ella seguía besando su cuello. Le tiró suavemente del pelo de la nuca, dejando la cabeza de Pedro ligeramente inclinada hacia atrás y ofreciéndole a ella toda su garganta para seguir besándola. Deslizó los labios por su alrededor, dejando un reguero de besos a su paso. Pasó las manos por su pecho, acercando sus dedos a los botones de la camisa, con la intención de deshacerse de ellos. Pedro se quedó inmovilizado ante ese gesto de Paula. Desabrochó uno por uno, con delicadeza, sin prisas. Una vez despojados sus botones, su torso quedó abierto ante ella, que lo acarició lentamente con las yemas de sus dedos, sintiendo a cada paso el roce de la piel de aquel chico que sólo quería formar parte de su vida. Lo miró a los ojos.
-Tengo miedo de enamorarme de ti. Tengo miedo de estropear esto que tenemos. Tengo miedo de que te canses de mí. Tengo miedo de perderte. Tengo miedo de decirte quién soy realmente. Tengo miedo de que, cuando lo sepas, me odies y me desprecies. Tengo miedo de no volver a verte.
Pedro se quedó asombrado y espantado a la vez ante la confesión de Paula. Le había expresado sus miedos, o más bien su miedo, que se centraba en que él pudiera abandonarla. ¿Por qué debería hacer eso? Le cogió la cara entre las manos, apoyó su frente contra la suya.
-¿Porqué tanto miedo? No sé qué has querido decir con quién eres realmente, pero no pienso abandonarte, ni odiarte y mucho menos vas a dejar de gustarme.
Pedro la besó. Saboreó sus labios despacio, invitando a que sus lenguas dan danzaran juntas, abrazándose por el calor de sus bocas. El beso, poco a poco, se volvió algo más intenso, más salvaje. Paula se separó de él y deslizó la lengua por su cuello, por su pecho descubierto, degustando sus pezones, para después bajar por todo su abdomen, hasta la cintura de su pantalón. Subió con su lengua, arrastrándola de nuevo, esta vez, hasta llegar a su cuello.
A Pedro se le hacía cada vez más difícil soportar estar allí, de pie, frente a ella y no poder tocarla, ya que Paula lo había sujetado por las muñecas para que permaneciera quieto. Sabía lo que le estaba pidiendo y él estaba encantado de poder dárselo. Llevaba toda la semana deseándolo.
Paula se puso detrás de él, arrastrando las manos por sus hombros, y haciendo que la camisa de Pedro resbalara entre sus brazos, hasta caer al suelo. Quedó deslumbrada ante su espalda, ante aquella maravilla que tenía delante de sus ojos. La acarició, la besó, la humedeció con su lengua. Aquella piel era toda deliciosa. Un estremecimiento escalofrió recorrió a Pedro de pies a cabeza y jadeó levemente. A Paula eso la excitó. Permaneció allí, pegada a su espalda y con ambas manos, palpó los botones del pantalón de Pedro y, tal y como hizo con los de la camisa, uno a uno, fue soltándolos, hasta que todos quedaron libres. Entonces Paula metió sus manos por debajo del pantalón, del calzoncillo. Pedro se tambaleaba a cada segundo que notaba las manos de Paula por su cuerpo.
-Paula…por favor…
Pedro no podía pensar con claridad. Se estaba desmoronando ante ella, ante su contacto y ante todo lo que le estaba haciendo. Cada vez jadeaba con mayor deseo, su cuerpo iba perdiendo el control y se notaba que estaba en manos de ella, que podía hacer lo que quisiera con él. Ya sin pantalones y sin calzoncillos, quedó desnudo ante aquella mujer tan irresistible. No le importaba estar así, ya que eso era él, era lo que podía ofrecerle.
Paula volvió a ponerse frente a él. Pedro estaba desnudo y ella vestida. Pero no por mucho tiempo. Entendió que había agotado el tiempo del precalentamiento y que necesitaba sentir su piel con la suya, así que no dudo ni un instante más en quitarse la ropa. Las botas, las medias, el vestido, sujetador y bragas. En ese momento ambos quedaron desnudos frente a frente. Y sin más preámbulos, Paula se acercó al cuerpo de Pedro hasta quedar tan cerca de él que el aire que pasaba entre los dos se había quedado atrapado. Éste la acogió con desesperación en sus brazos y en sus labios. Deseaban perderse el uno en el otro.
Entrando en su habitación con Paula en sus brazos y depositándola, con
mucho cuidado, sobre la cama. La tenía allí, debajo de él y estaba en su
interior. Le devoró los labios, a la vez que entraba y salía de ella con
movimientos lentos y cuidadosos, para disfrutar de aquel momento tan íntimo,
tan especial que lo llenaba por completo.
-Espera un momento pequeña-. Pedro salió de ella y buscó en uno de los cajones de su mesita de noche. Sacó un preservativo, se lo colocó y volvió al trabajo.
Otra vez estaba dentro de Paula. Ella lo abrazaba con fuerza, como si tuviera miedo de que se escapara. Sintió una y otra vez las penetraciones de Pedro. Eran una dulce agonía. Poder sentirlo así, tan pegado a ella, tan dentro de ella le producía unas oleadas de placer que eran imposibles de controlar. Su sexo disfrutaba de aquello y el orgasmo estaba cada vez más cerca.
-Pepe…-. Tragó con dificultad-. No puedo aguantar más, es demasiado bueno…
-A mí me estás volviendo loco-. Susurró jadeando.
No podía hablar, se le hacía difícil y las pocas fuerzas que le quedaban tenía que emplearlas en ella, en hacerla llegar al orgasmo y a él, llegar con ella. Pedro siguió balanceándose sobre Paula con mayor rapidez. Ambos estaban a punto de estallar. Primero fue él quien se dejó llevar por el placer de hacer el amor con la chica más asombrosa del mundo. En varios segundos, le siguió ella, que sintió por todo su cuerpo un orgasmo arrollador. El mejor orgasmo de toda su vida. Se quedaron allí, con sus respiraciones entrecortadas, sus pulsos acelerados, y sus cuerpos llenos del otro.
Pedro se incorporó sobre sus antebrazos cuando notó que había recuperado algo de sus fuerzas, así estaba seguro de no aplastar a Paula. La miró a la cara, pero no pudo ver sus ojos. Los tenía cerrados.
-Pau, ¿estás bien?- . Acarició sus pómulos con los pulgares.
-De maravilla-. En ese momento, abrió los ojos y le sonrió. Aquella sonrisa se le contagió a Pedro.
-¿Te apetece un baño calentito?
-¿Un baño?-. Paula miró el despertador que Pedro tenía en su habitación-. Pero si son más de las doce.
-¿Tienes prisa? –. Pedro arqueó las cejas.
-Tengo que irme a casa. Mañana tengo de estar en la librería a las nueve-. Paula hizo el intento de levantarse, pero él se lo impidió.
-Paula, no voy a dejar que te marches tan tarde a casa. Quédate conmigo, por favor. Pasa aquí la noche. Conmigo-. Pedro la besó despacio en los labios-. Te prometo que te dejo dormir y que mañana estarás en la librería a las nueve.
Paula lo miró, pensando en que le encantaría pasar la noche con él. Sería la segunda noche que pasarían juntos, pero esta vez en su casa. No podía salir peor que la vez anterior. Se lo había pedido él, así que, ¿por qué no?
-Vale, tú ganas-. Paula le regaló una amplia sonrisa.
-Quédate aquí, no te muevas. Voy a preparar el baño y a quitar la música-. Le dio un beso en la mejilla y se levantó de la cama.
Paula se quedó allí, sin moverse, como le había dicho. Desde la cama, tenía una perspectiva fascinante del hombre con el que había hecho el amor. Se había enamorado de Pedro de pies a cabeza. No había poro de su piel que no se revelara cuando estaba junto a él.
Pedro volvió a la
habitación, completamente desnudo, contorneando su cuerpo a cada paso que daba
en dirección a Paula. Estaba increíblemente bueno. Era un pecado peor que la
lujuria. Llegó hasta ella, la cogió en brazos y se la llevó al baño. La
depositó en el suelo y cerró el grifo de la bañera. Se metió primero él y le
tendió sus manos para ayudarla a entrar. El agua estaba calentita. Pedro se
apoyó en un extremo de la bañera y Paula se colocó delante de él, quedando la
espalda en contacto con su pecho y sentada entre sus piernas. Recostó la cabeza,
y Pedro comenzó a acariciarle el pelo, a besarle la sien con mimo.-Espera un momento pequeña-. Pedro salió de ella y buscó en uno de los cajones de su mesita de noche. Sacó un preservativo, se lo colocó y volvió al trabajo.
Otra vez estaba dentro de Paula. Ella lo abrazaba con fuerza, como si tuviera miedo de que se escapara. Sintió una y otra vez las penetraciones de Pedro. Eran una dulce agonía. Poder sentirlo así, tan pegado a ella, tan dentro de ella le producía unas oleadas de placer que eran imposibles de controlar. Su sexo disfrutaba de aquello y el orgasmo estaba cada vez más cerca.
-Pepe…-. Tragó con dificultad-. No puedo aguantar más, es demasiado bueno…
-A mí me estás volviendo loco-. Susurró jadeando.
No podía hablar, se le hacía difícil y las pocas fuerzas que le quedaban tenía que emplearlas en ella, en hacerla llegar al orgasmo y a él, llegar con ella. Pedro siguió balanceándose sobre Paula con mayor rapidez. Ambos estaban a punto de estallar. Primero fue él quien se dejó llevar por el placer de hacer el amor con la chica más asombrosa del mundo. En varios segundos, le siguió ella, que sintió por todo su cuerpo un orgasmo arrollador. El mejor orgasmo de toda su vida. Se quedaron allí, con sus respiraciones entrecortadas, sus pulsos acelerados, y sus cuerpos llenos del otro.
Pedro se incorporó sobre sus antebrazos cuando notó que había recuperado algo de sus fuerzas, así estaba seguro de no aplastar a Paula. La miró a la cara, pero no pudo ver sus ojos. Los tenía cerrados.
-Pau, ¿estás bien?- . Acarició sus pómulos con los pulgares.
-De maravilla-. En ese momento, abrió los ojos y le sonrió. Aquella sonrisa se le contagió a Pedro.
-¿Te apetece un baño calentito?
-¿Un baño?-. Paula miró el despertador que Pedro tenía en su habitación-. Pero si son más de las doce.
-¿Tienes prisa? –. Pedro arqueó las cejas.
-Tengo que irme a casa. Mañana tengo de estar en la librería a las nueve-. Paula hizo el intento de levantarse, pero él se lo impidió.
-Paula, no voy a dejar que te marches tan tarde a casa. Quédate conmigo, por favor. Pasa aquí la noche. Conmigo-. Pedro la besó despacio en los labios-. Te prometo que te dejo dormir y que mañana estarás en la librería a las nueve.
Paula lo miró, pensando en que le encantaría pasar la noche con él. Sería la segunda noche que pasarían juntos, pero esta vez en su casa. No podía salir peor que la vez anterior. Se lo había pedido él, así que, ¿por qué no?
-Vale, tú ganas-. Paula le regaló una amplia sonrisa.
-Quédate aquí, no te muevas. Voy a preparar el baño y a quitar la música-. Le dio un beso en la mejilla y se levantó de la cama.
Paula se quedó allí, sin moverse, como le había dicho. Desde la cama, tenía una perspectiva fascinante del hombre con el que había hecho el amor. Se había enamorado de Pedro de pies a cabeza. No había poro de su piel que no se revelara cuando estaba junto a él.
-¿Estás cómoda?-.Paula afirmó con la cabeza y cerró los ojos.
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Hola, hola!! He aquí otro capitulo. Ah
También les quería preguntar si les gusta mas los capítulos "hot" o mas tranqui, porque la nove tiene muchos "subidos de tono" y si no les gusta los puedo cambiar para que queden menos zarpados jaja... Es importante saber asique les pido que POR FAVOR comente aca o en @NoveAdaptada_
A MI GUSTA LA HISTORIA ASI COMO ESTA ;)
ResponderBorrarMUY BUEN CAPITULO
la historia como esta
ResponderBorrarHoy descubrí esta novela y me leí los 8 caps de una. Está buenísima!!!!
ResponderBorrar