Paula se despertó antes de que sonara su despertador. No había dormido
muy bien esa noche. No dejaba de pensar en el día anterior. Y mucho menos en
Pedro. Le había hablado de su familia, le había enseñado su piso y siempre le
llenaba los oídos de palabras bonitas. E inundaba sus labios de besos. Ayer en
su casa podían haberse acostado, pero no lo hicieron. Estaba allí, en su casa,
con él, en su habitación con esa cama enorme que parecía comodísima y que podía
ofrecerle unos momentos inolvidables junto a él. ¡Ufff me estoy poniendo tonta!
Será mejor que vaya a ducharme, todavía llegaré tarde a la oficina.
En el momento en que salió de la ducha, escuchó el sonido de su móvil. Era un Line de Pedro
“Buenos días, pequeña”
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Siempre conseguía arrancarle una sonrisa. Le contestó enseguida.
“Buenos días, guapísimo”
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“¡Otro piropo!, mira que me voy a acostumbrar”
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En el momento en que salió de la ducha, escuchó el sonido de su móvil. Era un Line de Pedro
“Buenos días, pequeña”
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Siempre conseguía arrancarle una sonrisa. Le contestó enseguida.
“Buenos días, guapísimo”
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“¡Otro piropo!, mira que me voy a acostumbrar”
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Paula no pudo evitar reírse
“Pues acostúmbrate. Te dejo que he de vestirme. Besos”
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“¿Estás desnuda? Como me gustaría estar ahí…”
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“Eres incorregible. Venga que llego tarde. Luego hablamos. Te echo de menos”
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“Vale, no te entretengo. Yo también te echo de menos. Besitos”
Paula consiguió vestirse a tiempo y salir hacia su trabajo. Durante todo el camino fue con una sonrisa que le iluminaba la cara. Hacía tiempo que no se sentía así, contenta, feliz. Y quería seguir sintiéndose así. Era genial ese sentimiento. Cuando llegó a la oficina, no había llegado nadie. Hizo como cada mañana, revisar las agendas de sus compañeros, que no tenían nada a primera hora y supuso que no tardarían en llegar. Se acordó del otro día que Helena y David vinieron de la visita de la clínica dental. Pero sobretodo recordó la actitud de ambos.
“Pues acostúmbrate. Te dejo que he de vestirme. Besos”
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“¿Estás desnuda? Como me gustaría estar ahí…”
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“Eres incorregible. Venga que llego tarde. Luego hablamos. Te echo de menos”
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“Vale, no te entretengo. Yo también te echo de menos. Besitos”
Paula consiguió vestirse a tiempo y salir hacia su trabajo. Durante todo el camino fue con una sonrisa que le iluminaba la cara. Hacía tiempo que no se sentía así, contenta, feliz. Y quería seguir sintiéndose así. Era genial ese sentimiento. Cuando llegó a la oficina, no había llegado nadie. Hizo como cada mañana, revisar las agendas de sus compañeros, que no tenían nada a primera hora y supuso que no tardarían en llegar. Se acordó del otro día que Helena y David vinieron de la visita de la clínica dental. Pero sobretodo recordó la actitud de ambos.
Pedro se encontraba en la sala de reuniones, haciendo anotaciones en su calendario, pero sin dejar de pensar en Paula. Cada vez estaba más enganchado a esa chica, a su mirada, a su sonrisa, a sus labios, a tenerla cerca. No sabía realmente que era lo que había entre ellos. No se podía decir que fuesen una pareja normal, que ella se mostraba un tanto distante con él en público, pero sabía que se gustaban, que existía una atracción descontrolada entre ellos y eso era bueno, muy bueno. Lo tenía muy claro, mañana hablaría con ella, durante la cena, le propondría que salieran juntos, que hicieran las cosas que hacían las parejas. Estaba seguro que ella le diría que sí. Tenía que ser así. Ella sentía lo mismo que él. Además, no tenían nada que perder, todo lo contrario, ganarían muchísimo. Se ganarían a ellos mismos. Y sería lo más bonito que hubiese conseguido jamás, porque él quería algo más, necesitaba algo más. Y la necesitaba a ella, a todas horas.
En ese momento llegó Ricardo, lo saludó y se sentó a su lado.
-Pepe, ¿sabemos algo del tema del gimnasio?
-No, no sé nada. Javier quedó en decirnos algo en unos días, en cuanto tuviese el proyecto-. Pedro lo miró extrañado-. ¿Ocurre algo Ricardo con este tema?
-No, con éste no-. Fue la respuesta escueta del director.
-¿Entonces qué problema hay? Si es que quieres contármelo, claro.
-Sí que quiero hablar contigo de algo, Pedro, pero no sé cómo hacerlo. No quiero que te lo tomes a mal-. A Pedro le empezaba a preocupar el camino que estaba tomando esa conversación.
-Me estás asustando Ricardo ¿qué ocurre? ¿Es por alguna cosa que he hecho en el trabajo?-. Preguntó Pedro realmente preocupado.
-Es por mi hija, por Paula. Cuando nos despedimos ayer, los vi hablar en el parking mientras estaba dentro de mi coche. Lo siento, sé que no debí hacerlo, pero no pude evitarlo cuando vi a mi hija contigo. La conozco Pedro y no quiero preguntarle a ella porque me dirá que es mayorcita para saber lo que hace, pero sé que entre ustedes hay algo. No sé qué es pero no me lo niegues, por favor.
Pedro se quedó helado, la sangre no le corría por las venas. ¿Qué podía
decirle a ese hombre? Sería sincero pero sin mostrarle todas sus cartas. Por si
acaso.
-Ricardo, yo….-. Tragó con mucha dificultad, pero decidió ser sincero-. Paula y yo nos conocemos de hace poco tiempo. Nos hemos hecho amigos y, al conocernos mejor, hemos descubierto que hay algo más que amistad entre nosotros. Me gusta tu hija, Ricardo. Me encanta estar con ella.
-Te agradezco tu franqueza Pedro-. Le dijo Ricardo con una pequeña sonrisa-. ¿Puedo pedirte una cosa?
-Sí, claro.
-Sé que eres un buen chico, lo veo cada día aquí en el colegio, en cómo te comportas con los niños, en la forma que tienes de hablarles, de enseñarles. Y eso no viene en ningún manual.-. Sonrieron los dos-. Si realmente hay algo entre ustedes, algo que vaya más allá de la amistad, te pido que la cuides, que la mimes, que la protejas, que la quieras, que la hagas feliz, pero no la rompas en pedazos.
Las palabras de Ricardo se le clavaron a Pedro en el alma. Le había hablado con la mano en el corazón, con ese amor que un padre siente por su hijo, pero había un cierto deje de tristeza en esa última frase que hizo que se le encogieran las entrañas.
-No pienso separarme de ella y mucho menos hacerle daño.
-Me gusta oír eso. Así lo espero.
-Hola Ricardo, Pedro-. Los saludó Fran, que acababa de entrar en ese momento, dando por finalizada la conversación entre ellos dos.
-Bueno yo los dejo. Pedro, otra vez, gracias por tu sinceridad-. Dijo Ricardo y se alejó de la sala.
-¿Qué ha pasado? ¿He interrumpido algo?
-No, nada importante. Hablábamos de la reforma del gimnasio-. Le mintió.
Pedro no quería comentarle a Fran su charla con el padre de Paula. Lo había dejado tan impresionado que tenía que asimilar lo que le había dicho. Nunca había tenido una conversación como aquella, la de contarle al padre de una chica sus sentimientos hacia ella, aunque claro está que nunca había tenido pareja y no se había enfrentado a nada similar. Pero no se arrepentía de habérselo dicho. Solo esperaba que a Paula no le disgustase lo que le había contado a su padre.
-Oye Pepe, ¿podrás ayudarnos el sábado con la mudanza?-. Le preguntó su amigo.
-Sí claro, cuenta conmigo. ¿Voy a tu casa?
-No, nos vemos en casa de Paula a la hora de comer. Por cierto ¿qué tal te va con ella?
-Mañana hemos quedado para cenar en mi casa. Voy a pedirle que salga conmigo.
-¡Bien! Veo que tienes claro lo que quieres. Espero que te diga que sí -. Pedro sonrió.
-Ricardo, yo….-. Tragó con mucha dificultad, pero decidió ser sincero-. Paula y yo nos conocemos de hace poco tiempo. Nos hemos hecho amigos y, al conocernos mejor, hemos descubierto que hay algo más que amistad entre nosotros. Me gusta tu hija, Ricardo. Me encanta estar con ella.
-Te agradezco tu franqueza Pedro-. Le dijo Ricardo con una pequeña sonrisa-. ¿Puedo pedirte una cosa?
-Sí, claro.
-Sé que eres un buen chico, lo veo cada día aquí en el colegio, en cómo te comportas con los niños, en la forma que tienes de hablarles, de enseñarles. Y eso no viene en ningún manual.-. Sonrieron los dos-. Si realmente hay algo entre ustedes, algo que vaya más allá de la amistad, te pido que la cuides, que la mimes, que la protejas, que la quieras, que la hagas feliz, pero no la rompas en pedazos.
Las palabras de Ricardo se le clavaron a Pedro en el alma. Le había hablado con la mano en el corazón, con ese amor que un padre siente por su hijo, pero había un cierto deje de tristeza en esa última frase que hizo que se le encogieran las entrañas.
-No pienso separarme de ella y mucho menos hacerle daño.
-Me gusta oír eso. Así lo espero.
-Hola Ricardo, Pedro-. Los saludó Fran, que acababa de entrar en ese momento, dando por finalizada la conversación entre ellos dos.
-Bueno yo los dejo. Pedro, otra vez, gracias por tu sinceridad-. Dijo Ricardo y se alejó de la sala.
-¿Qué ha pasado? ¿He interrumpido algo?
-No, nada importante. Hablábamos de la reforma del gimnasio-. Le mintió.
Pedro no quería comentarle a Fran su charla con el padre de Paula. Lo había dejado tan impresionado que tenía que asimilar lo que le había dicho. Nunca había tenido una conversación como aquella, la de contarle al padre de una chica sus sentimientos hacia ella, aunque claro está que nunca había tenido pareja y no se había enfrentado a nada similar. Pero no se arrepentía de habérselo dicho. Solo esperaba que a Paula no le disgustase lo que le había contado a su padre.
-Oye Pepe, ¿podrás ayudarnos el sábado con la mudanza?-. Le preguntó su amigo.
-Sí claro, cuenta conmigo. ¿Voy a tu casa?
-No, nos vemos en casa de Paula a la hora de comer. Por cierto ¿qué tal te va con ella?
-Mañana hemos quedado para cenar en mi casa. Voy a pedirle que salga conmigo.
-¡Bien! Veo que tienes claro lo que quieres. Espero que te diga que sí -. Pedro sonrió.
Era mediodía. Paula no había dejado de trabajar. Era increíble el trabajo que tenía, señal de que el despacho iba más que bien. Decidió tomarse un pequeño descanso y tomar un café. Se dirigió a la cocina y allí encontró a Helena y David en actitud un tanto cariñosa.
-Ejem….-. Dijo desde la puerta. Ambos se sobresaltaron, se apartaron el uno del otro y se quedaron allí, parados sin decir nada.
-Sólo venía a por un café. Enseguida me marcho. Y no he visto nada.
En ese instante, sonó el móvil de David. Lo descolgó, marchándose de la cocina y dejando a las dos chicas en la habitación.
-Paula, escucha, por favor, no le digas nada a Javi de lo que has visto. Nos despediría-. Le rogó Helena.
-No te preocupes, no le diré nada de algo que no he visto. Pero quiero que me cuentes, ¿desde cuándo están juntos?
-Desde el cumpleaños de Javi. David me acompañó a casa, nos besamos en el portal y acabamos liados en mi casa, en mi cama. No sé cómo pasó, pero pasó. Hace años que nos conocemos y siempre lo había visto como a un compañero de trabajo y buen amigo. Y ahora lo veo como algo más. Me he enamorado de él Paula-. Se sinceró Helena.
-¡Vaya Helena! Nunca me lo habría imaginado, pero la verdad es que el otro día me fijé en ustedes y me vi algo. Pero sabes, me alegro de que estén juntos-. Se acercó a su amiga y le dio un abrazo.
-Gracias Pau.
-¿Porqué hay tanto amor aquí en la cocina?-. Preguntó entusiasmado Javi, que acababa de llegar a la oficina. Las chicas rieron y cuando salieron de la cocina, con sus cafés en mano, oyeron que su jefe les decía algo.
-Eehh, ¿no hay ningún abrazo para mí?
Paula llegó a su mesa y se puso a pensar en Helena y David. Le gustaba verlos juntos, hacían buena pareja y los dos eran unas personas excepcionales. Se merecían ser felices. Y aunque sabía que mantendrían las distancias en el trabajo, estaba segura de que Javi se acabaría enterando. Estas cosas no se pueden mantener en secreto durante mucho tiempo. Pero conocía a su jefe y no los despediría. Agarro su móvil y vio que era casi la hora de comer. Recordó que no sabía nada de Pedro desde esa mañana y le apetecía hablar con él. Marcó su número de teléfono y esperó a que contestara
-Hola Pau.
-Hola Pepe. ¿Te molesto?
-Estoy comiendo con Fran, así que no, no me molestas-. Dijo en tono burlón, dirigiéndose a su amigo-. ¿Cómo estás?
-Bien. Sólo te llamaba porque me apetecía oír tu voz-. A Pedro se le dibujó una sonrisa tontorrona en los labios.
-Espera un segundo, Paula, por favor, que salgo fuera, que tengo aquí a Fran con la oreja puesta en nuestra conversación-. Paula escuchó, a lo lejos, como Fran la saludaba. Una vez fuera, continuaron hablando, ahora sin nadie que pudiera escucharlos.
-Me gusta que me hayas llamado y me alegro de oírte. ¿Qué tal la mañana?
-Con mucho trabajo, pero así estoy ocupada.
-No lo estarás mucho cuando te has acordado de mí-. Dijo Pedro en tono irónico
-Siempre me acuerdo de ti-. Contestó ella con un susurro dulce.
Esa chica lo estaba desmontando por momentos. No podía creer que, con tan solo escuchar su voz, le temblara todo el cuerpo y deseara tanto estar con ella. Escuchó de fondo la voz de Fran, ¡qué pesado!, que lo llamaba.
-Oye Pepe, acaba de comer y tenemos la reunión en media hora-. Pedro se giró y lo miró, alzando su dedo anular hacia arriba, en señal de que lo había escuchado.
-Pau, perdona, pero tengo que dejarte. Si puedo, me paso más tarde por tu casa y te doy un beso de buenas noches. ¿Qué me dices?-. Su tono sugerente no dejaba lugar a una negación.
-Me parece estupendo. Te estaré esperando.
-Perfecto. Luego te llamo. Un beso.
Paula se quedó con el móvil en la mano, mirándolo, como si pudiese ver
el rostro de Pedro a través de él. Sonrió como hacía tiempo que no lo hacía.
Tenía ganas de que llegara la noche para que realmente le diera ese beso.
-Pau ¿vienes a comer?-. La despojó Helena de sus pensamientos.
-¡Sí, voy!
Fue hacia la cocina, abrió la nevera y cogió su tupper. La noche anterior se había preparado una ensalada de pollo, así que ahora tocaba comerla. Se sentó en la mesa que había allí, al lado de su compañera. Los chicos habían salido así que se quedaron las dos solas. Se pusieron a charlar. Paula le preguntó otra vez por su relación con David, y Helena le explicó con más detalle. Hacía años que se conocían. Cuando Paula entró a trabajar en el despacho, tanto Helena como David, llevaban tiempo trabajando juntos. Helena y ella enseguida congeniaron y se hicieron amigas. Se lo contaban todo, sobretodo, lo relacionado con chicos. Helena le contó que, aparte de los novios de instituto y de la universidad, había tenido una relación de dos años con un chico. Al final se acabó por que él se fue a trabajar a Londres. De eso hacía un año, y desde entonces no había conocido a nadie que le atrajera como para mantener algo serio. De David, sabía algo menos. Se llevaban bien, eran buenos amigos, se contaban confidencias e incluso él, le había pedido consejo para poder estar con alguna que otra chica. Nunca le había hablado de novias, ni de cuando era adolescente ni de cuando entró en la edad adulta, aunque seguía siendo un crío. Sabía de rollos de una noche, que había tenido bastantes, pero ninguno serio. Así que le sorprendía mucho verlo tan cariñoso con su compañera. No lo había visto nunca así, y esperaba que sus sentimientos fuesen sinceros y que Helena no fuese sólo un capricho. Pero no lo creía, había visto algo en sus ojos, cuando la miraba le brillaban. Igual que cuando Pedro la miraba a ella. De pronto pensó en él. Pedro y David eran muy parecidos en el aspecto de relacionarse con mujeres. Mujeriego, lo había llamado Raquel. Por lo que ésta le había contado, iba de flor en flor, sin ataduras. Pero parecía que ahora quería acabar con los líos de una noche y sentar la cabeza. Con ella. Igual que David con Helena. O al menos eso quería pensar. Cuando Helena acabó de contarle su experiencia con David, le preguntó a su amiga por Pedro. Paula le contó lo que había pasado en esos días, los encuentros casuales, los besos, las pequeñas confidencias. Mientras le contaba su historia, Helena percibía que su amiga estaba muerta por ese chico. Hablaba de él de una manera muy cariñosa y siempre sonriente.
-Te gusta ese chico de verdad-. Le dijo Helena.
-Sí, me gusta muchísimo. Sé que hace poco que nos conocemos, pero no puedo evitarlo. Me hace sentir tan….especial.
-Vaya, veo que no sólo es bueno en la cama, sino también fuera de ella-. Rieron-. Me alegro de verte otra vez feliz, Pau.
-Gracias Helena. Yo también te veo fenomenal con David.
-Espero que esto dure, porque trabajando juntos, no se…-. Sonó un poco triste el tono de voz de su compañera.
-Helena, sabemos cómo es Javi, y no los va a despedir a ninguno. Pero si creo que, tarde o temprano, se enterará de lo de ustedes.
-Lo sé, pero no me preocupa sólo eso. Conozco el historial sentimental de David y me asusta que el hecho de trabajar en el mismo sitio, de vernos todos los días, pues que se canse de mí y….-. Helena comenzó a sollozar.
-Vamos Helena, no llores, no te pongas así. Es normal que tengas miedo, acaban de empezar, pero no te preocupes, todo saldrá bien-. Abrazó a su amiga.
Paula se sentía igual que ella, tenía miedo. Pero cuando recordaba los momentos, los pocos momentos, que había compartido con Pedro, ese miedo se convertía en valentía, en esperanza.
- Helena, escúchame, David es igual que Pedro, unos chicos que han ido de cama en cama. Pero se han topado con nosotras y ahora, en la única cama en la que quieren estar es en la nuestra. Y no creo que sea algo pasajero. He visto como te mira David, y no creo que a sus conquistas las mire de esa forma.
Helena se sintió algo mejor después de hablar con Paula, aunque ésta no las tenía todas consigo sobre lo que le había dicho. Quería animar a su amiga, y ya de paso, a ella misma. Ambas sentían el mismo temor, porque ellas eran mujeres que se enamoraban y se comprometían y sus chicos mujeriegos.
Escucharon el sonido de la puerta al abrirse. Javi y David habían vuelto al despacho. Helena enseguida se enjugó las lágrimas, antes de que alguno de ellos, o especialmente David, la viera.
-¿Qué ocurre aquí?-. Preguntó el jefe, cuando los dos chicos llegaron a la cocina y vieron a Helena con los ojos llorosos.
-¿Helena, estás bien?-. Dijo David, que con semblante serio y preocupado, se acercó hasta ella.
-Estoy bien. No pasa nada.
-No la agobies, David, déjala, ya nos lo contará si quiere-. Dicho esto, Javi se fue hacia su despacho, dejando a los tres solos.
-¿Qué ha pasado Paula?-. David seguía preocupado y no apartaba los ojos de los de Helena.
-David, se lo de ustedes. Me lo ha contado. Y sólo voy a decirte una cosa, trátala bien, porque si no lo haces, te emparedo en uno de esos edificios que haces-. Paula se dirigió a David en un tono suave, pero amenazador.
-Será mejor que volvamos al trabajo-. Helena se levantó de su silla y cuando se disponía a salir de la cocina, David la cogió del brazo y la retuvo. En ese momento, Paula salió hacia la recepción, con paso lento para intentar escuchar lo que sus amigos hablaban.
-Helena, por favor, ¿vas a decirme que te ha pasado? ¿Por qué llorabas?-. David le acarició la mejilla y ella se ruborizó.
-David, aquí no, Javi puede vernos-. Dijo apartándole la mano.
-¿Sabes qué? ¡Me importa una mierda si Javi se entera! ¡Me da igual! ¡No pienso esconderme! -. David gritó e hizo que Paula y Javi salieran de sus sillas y se dirigieran hacia donde se encontraban ellos.
-David, ¿a qué vienen esos gritos?-. Javi estaba alterado ante tal espectáculo.
-Helena y yo estamos juntos. Ya lo sabes, así que si tienes que despedir a alguien, ya me voy yo-. David no dejaba de mirar a su chica.
-David, no voy a despedirte por que estés saliendo con una compañera, pero si puedo hacerlo por tus gritos y por no saber comportarte. Así que contrólate y que sea la última vez que empleas ese tono aquí-. Dijo el jefe, autoritario.
-Lo siento, perdona Javi, no volverá a pasar-. David estaba avergonzado por su actitud.
-Eso espero, pero decime ¿porqué tendría que despedir a alguien? Si están juntos, me parece muy bien siempre y cuando no interfiera en su trabajo.-. Dijo Javi sonriendo, intentando quitar hierro al asunto. Volvió a su despacho.
Paula también volvió sus pasos hacia su sitio, pero pudo escuchar que David seguía preocupado por Helena y le pidió que le contara lo sucedido cuando salieran de trabajar. Vio como le dedicaba una caricia en el rostro y besaba sus labios. ¡Ay, que el ligón de la oficina se había enamorado! Y volvió a enfrascarse en sus tareas.
-Pau ¿vienes a comer?-. La despojó Helena de sus pensamientos.
-¡Sí, voy!
Fue hacia la cocina, abrió la nevera y cogió su tupper. La noche anterior se había preparado una ensalada de pollo, así que ahora tocaba comerla. Se sentó en la mesa que había allí, al lado de su compañera. Los chicos habían salido así que se quedaron las dos solas. Se pusieron a charlar. Paula le preguntó otra vez por su relación con David, y Helena le explicó con más detalle. Hacía años que se conocían. Cuando Paula entró a trabajar en el despacho, tanto Helena como David, llevaban tiempo trabajando juntos. Helena y ella enseguida congeniaron y se hicieron amigas. Se lo contaban todo, sobretodo, lo relacionado con chicos. Helena le contó que, aparte de los novios de instituto y de la universidad, había tenido una relación de dos años con un chico. Al final se acabó por que él se fue a trabajar a Londres. De eso hacía un año, y desde entonces no había conocido a nadie que le atrajera como para mantener algo serio. De David, sabía algo menos. Se llevaban bien, eran buenos amigos, se contaban confidencias e incluso él, le había pedido consejo para poder estar con alguna que otra chica. Nunca le había hablado de novias, ni de cuando era adolescente ni de cuando entró en la edad adulta, aunque seguía siendo un crío. Sabía de rollos de una noche, que había tenido bastantes, pero ninguno serio. Así que le sorprendía mucho verlo tan cariñoso con su compañera. No lo había visto nunca así, y esperaba que sus sentimientos fuesen sinceros y que Helena no fuese sólo un capricho. Pero no lo creía, había visto algo en sus ojos, cuando la miraba le brillaban. Igual que cuando Pedro la miraba a ella. De pronto pensó en él. Pedro y David eran muy parecidos en el aspecto de relacionarse con mujeres. Mujeriego, lo había llamado Raquel. Por lo que ésta le había contado, iba de flor en flor, sin ataduras. Pero parecía que ahora quería acabar con los líos de una noche y sentar la cabeza. Con ella. Igual que David con Helena. O al menos eso quería pensar. Cuando Helena acabó de contarle su experiencia con David, le preguntó a su amiga por Pedro. Paula le contó lo que había pasado en esos días, los encuentros casuales, los besos, las pequeñas confidencias. Mientras le contaba su historia, Helena percibía que su amiga estaba muerta por ese chico. Hablaba de él de una manera muy cariñosa y siempre sonriente.
-Te gusta ese chico de verdad-. Le dijo Helena.
-Sí, me gusta muchísimo. Sé que hace poco que nos conocemos, pero no puedo evitarlo. Me hace sentir tan….especial.
-Vaya, veo que no sólo es bueno en la cama, sino también fuera de ella-. Rieron-. Me alegro de verte otra vez feliz, Pau.
-Gracias Helena. Yo también te veo fenomenal con David.
-Espero que esto dure, porque trabajando juntos, no se…-. Sonó un poco triste el tono de voz de su compañera.
-Helena, sabemos cómo es Javi, y no los va a despedir a ninguno. Pero si creo que, tarde o temprano, se enterará de lo de ustedes.
-Lo sé, pero no me preocupa sólo eso. Conozco el historial sentimental de David y me asusta que el hecho de trabajar en el mismo sitio, de vernos todos los días, pues que se canse de mí y….-. Helena comenzó a sollozar.
-Vamos Helena, no llores, no te pongas así. Es normal que tengas miedo, acaban de empezar, pero no te preocupes, todo saldrá bien-. Abrazó a su amiga.
Paula se sentía igual que ella, tenía miedo. Pero cuando recordaba los momentos, los pocos momentos, que había compartido con Pedro, ese miedo se convertía en valentía, en esperanza.
- Helena, escúchame, David es igual que Pedro, unos chicos que han ido de cama en cama. Pero se han topado con nosotras y ahora, en la única cama en la que quieren estar es en la nuestra. Y no creo que sea algo pasajero. He visto como te mira David, y no creo que a sus conquistas las mire de esa forma.
Helena se sintió algo mejor después de hablar con Paula, aunque ésta no las tenía todas consigo sobre lo que le había dicho. Quería animar a su amiga, y ya de paso, a ella misma. Ambas sentían el mismo temor, porque ellas eran mujeres que se enamoraban y se comprometían y sus chicos mujeriegos.
Escucharon el sonido de la puerta al abrirse. Javi y David habían vuelto al despacho. Helena enseguida se enjugó las lágrimas, antes de que alguno de ellos, o especialmente David, la viera.
-¿Qué ocurre aquí?-. Preguntó el jefe, cuando los dos chicos llegaron a la cocina y vieron a Helena con los ojos llorosos.
-¿Helena, estás bien?-. Dijo David, que con semblante serio y preocupado, se acercó hasta ella.
-Estoy bien. No pasa nada.
-No la agobies, David, déjala, ya nos lo contará si quiere-. Dicho esto, Javi se fue hacia su despacho, dejando a los tres solos.
-¿Qué ha pasado Paula?-. David seguía preocupado y no apartaba los ojos de los de Helena.
-David, se lo de ustedes. Me lo ha contado. Y sólo voy a decirte una cosa, trátala bien, porque si no lo haces, te emparedo en uno de esos edificios que haces-. Paula se dirigió a David en un tono suave, pero amenazador.
-Será mejor que volvamos al trabajo-. Helena se levantó de su silla y cuando se disponía a salir de la cocina, David la cogió del brazo y la retuvo. En ese momento, Paula salió hacia la recepción, con paso lento para intentar escuchar lo que sus amigos hablaban.
-Helena, por favor, ¿vas a decirme que te ha pasado? ¿Por qué llorabas?-. David le acarició la mejilla y ella se ruborizó.
-David, aquí no, Javi puede vernos-. Dijo apartándole la mano.
-¿Sabes qué? ¡Me importa una mierda si Javi se entera! ¡Me da igual! ¡No pienso esconderme! -. David gritó e hizo que Paula y Javi salieran de sus sillas y se dirigieran hacia donde se encontraban ellos.
-David, ¿a qué vienen esos gritos?-. Javi estaba alterado ante tal espectáculo.
-Helena y yo estamos juntos. Ya lo sabes, así que si tienes que despedir a alguien, ya me voy yo-. David no dejaba de mirar a su chica.
-David, no voy a despedirte por que estés saliendo con una compañera, pero si puedo hacerlo por tus gritos y por no saber comportarte. Así que contrólate y que sea la última vez que empleas ese tono aquí-. Dijo el jefe, autoritario.
-Lo siento, perdona Javi, no volverá a pasar-. David estaba avergonzado por su actitud.
-Eso espero, pero decime ¿porqué tendría que despedir a alguien? Si están juntos, me parece muy bien siempre y cuando no interfiera en su trabajo.-. Dijo Javi sonriendo, intentando quitar hierro al asunto. Volvió a su despacho.
Paula también volvió sus pasos hacia su sitio, pero pudo escuchar que David seguía preocupado por Helena y le pidió que le contara lo sucedido cuando salieran de trabajar. Vio como le dedicaba una caricia en el rostro y besaba sus labios. ¡Ay, que el ligón de la oficina se había enamorado! Y volvió a enfrascarse en sus tareas.
Pedro acabó con su jornada laboral y se dirigió hacia el aeropuerto a recoger a sus padres. Aunque no llegaban hasta dentro de un par de horas, decidió ir con tiempo, ya que el tráfico a esa hora era muy denso. Durante el camino, pensó en Paula, como no, últimamente no tenía otra cosa en la cabeza que no fuese ella. Pensó en que al día siguiente cenarían juntos y podrían hablar con tranquilidad. Quería hablar con ella sobre ellos, aclarar lo que había entre ellos, ya que él estaba hecho un lío. Se llevaban bien, se gustaban, se besaban y se acariciaban en un entorno íntimo, sin que nadie los viera. Le vino a la cabeza el momento en que fueron al centro comercial y cómo ella rehusó su beso. ¿Era una chica tímida?, no, no lo creía. ¿No le gustaba mostrar sus sentimientos en público? No, eso tampoco. La había visto con sus padres y su hermana, y no encajaba. Entonces, ¿por qué se mostraba reservada con él en público? Le preguntaría durante la cena. Llegó al aeropuerto y se dirigió al parking de la terminal 1. Estacionó el coche allí y se dirigió hacia el edificio. Tenía una hora y media por delante antes de que aterrizaran sus padres. Decidió entrar en una cafetería a merendar. Cuando acabó, decidió llamar a Paula. Estaba aburrido y la echaba de menos.
-Hola Pepe, ¡qué sorpresa!-. Contestó alegremente.
-Hola Pau ¿porqué es una sorpresa?
-Porque me dijiste que me llamarías y has cumplido tu promesa. ¿Dónde estás?-. Paula escuchaba de fondo una megafonía que no conseguía entender.
-Estoy en el aeropuerto, esperando a mis padres. Me queda una hora hasta que lleguen, así que estoy dando vueltas por la terminal.
-O sea que estás aburrido y yo soy tu distracción-. Paula bromeó.
-Eres mucho más que una simple distracción. Me paso el día pensando en ti-. La voz de Pedro era un dulce susurro y a Paula se le encogió el corazón.
-A mí me pasa lo mismo. Tengo muchas ganas de verte y te echo de menos.
-Ojala pudiera estar ahora contigo. Pero como hombre que cumple sus promesas, esta noche paso a verte. No podría dormir sin ver tu sonrisa, sin besarte.
-¿Sabes que eres muy besucón? Y ¿sabes que me encanta que lo seas?
-Más te vale que te guste, porque pienso colmarte de besos siempre que estés conmigo-. Pedro era toda una delicia y ella se moría por todos esos mimos.
-Espero que me des todos y cada uno de esos besos-. Paula suspiró-. Pedro, tengo que dejarte, todavía estoy en la oficina y he de acabar unas cosas antes de irme. Luego no vemos. Un beso. Adiós
-Adiós Paula-. Cortaron la comunicación.
Pedro guardó su móvil y siguió paseando. De pronto encontró una tienda y se paró delante de ella. Era una tienda en la que vendían artículos de papelería y librería. No había dejado de pensar en Paula, y al ver aquel comercio, no dudó un instante en entrar y hacerle un regalo. Uno de los pasillos estaba lleno de marca páginas de todo tipo, tamaños, colores, con inscripciones. Todos esos marca páginas eran artículos hechos por los alumnos de varias escuelas de la ciudad, que los ponían a la venta para recaudar fondos. Pedro se paseó por ese pasillo, mirando, buscando uno que ajustara a Paula. Se paró a pensar, ¿qué le gustaba? Llegó a una estantería y lo encontró. Un marca páginas de fieltro, de color tostado, con una taza de café en un extremo, al menos sabía que le gustaba el café, y en el centro, aparecía su nombre en letras negras y plastificadas. Lo agarro, lo llevó a caja donde lo pagó y se lo envolvieron para regalo. Mañana durante la cena se lo daría. Casi sin darse cuenta, había pasado la hora que le quedaba por ver a sus padres. La megafonía así lo indicaba. Se acercó hacia la puerta de llegada de su avión. Allí esperó un rato hasta que aparecieron sus padres con las maletas.
-¡Hola hijo, como me alegro de verte!-. Le dijo su madre, dándole un abrazo.
-¡Hola mamá! ¡Hola papá!-. Los saludó
-Hola hijo, ¿qué tal estás?-. Preguntó su padre, que le dio un abrazo cuando su mujer lo dejó libre.
-Muy bien y ustedes ¿qué tal el vuelo y el viaje?
-Ay hijo, ¡Nueva York es precioso! A ver si vas algún día, pero acompañado-. Su madre le sonrió.
-¡Mujer! ¿Otra vez con eso?, acabas de venir de viaje y ya estás atosigando a tu hijo-. Exclamó su marido, Nicolás-. ¿Cómo está tu hermano?
-No pasa nada, papá, déjala. Bruno y Lorena están estupendos. Vinieron encantados de la luna de miel. Bueno, ¿no van a contarme nada del viaje?-. Pedro quiso cambiar de conversación lo antes posible.
De camino al coche, Nicolás y Natalia le contaron a su hijo cómo había sido el viaje. Mientras Pedro conducía, su padre iba de copiloto y su madre iba sentada atrás, junto con la chaqueta de Pedro, que había dejado allí y con el obsequio de Paula asomando por uno de sus bolsillos. Natalia no pudo evitar ver el regalo y como no, le preguntó a su hijo.
-Pepe, este regalo que tienes aquí ¿para quién es?-. Pedro la miró por el retrovisor.
-Mamá, ¿no puedes dejar mis cosas?
-Ay, hijo, es que estaba aquí y se ha salido del bolsillo.
-¿Se ha salido o lo has sacado tú?-. Pedro conocía a su madre de sobras.
-Bueno, he visto que sobresalía algo de tu bolsillo y lo he sacado un poquito para ver qué era-. Su madre lo dijo en un tono lastimero.
-No puedes estarte quieta. Deja tranquilo a tu hijo, por Dios-. Su padre se exasperaba con su madre.
-Sí mamá, es un regalo para una chica-. Sentenció Pedro que les explicó, más o menos la historia de Paula, pero sin entrar mucho en detalles, como que se había acostado con ella la misma noche de conocerla.
-Pues si hace poco que la conoces y ya le haces regalos, creo que esto va más allá de un simple “nos estamos conociendo”-. Su padre hizo el gesto de comillas con sus dedos para recalcar esa última frase.
-Sabía que no les tenía que haber contado nada. Y sí, nos estamos conociendo-. Con ello puso punto y final al relato.
Pedro aparcó el coche en la calle de sus padres y les ayudó a subir las maletas. Su madre le entregó una taza de desayuno y varias camisetas que habían comprado en el viaje para él. Se le había hecho tarde, y quería ver a Paula antes de irse a casa. Se despidió de sus padres, con la promesa de que el domingo iría a comer con ellos. Bajó en el ascensor y corriendo se dirigió a su coche y condujo hasta el piso de Paula. Eran más de las once de la noche cuando llegó. Antes de subir, quiso llamarla, por si estaba durmiendo.
-Hola Pau, soy yo. ¿Te he despertado?
-Hola Pepe. No, estaba leyendo. Creí que ya no me llamarías.
-Estoy debajo de tu casa, en el coche. ¿Es muy tarde para subir?-. Pedro quería que le dijera que no, deseaba verla.
-No, para nada. Sube-. Al oír la contestación de Paula, Pedro salió disparado del coche para ir a su encuentro. Paula le abrió la puerta del portal y subió por las escaleras. Le daba igual los cinco pisos que tenía por delante, lo único que quería era llegar a su casa y abrazarla. Cuando llegó arriba, se encontró con ella apoyada en la puerta de su casa, esperándolo. Él se quedó parado delante de ella, mirándola. Llevaba un pijama gris con un dibujo de Mickey y Minie en la camiseta. Sonrió y la estrechó en sus brazos.
-Cómo te he echado de menos -. Dijo Pedro, besándole el pelo y con sus brazos alrededor de su cuerpo.
-Esto es lo mejor de todo el día-. Ella se apartó un poco de ese abrazo y alzó la cabeza para mirarlo. Acercó sus labios a los suyos y los besó. Durante el día había pensado mucho en ese beso de buenas noches, en cómo sería, pero tenía que reconocer que ése era mucho mejor que el que se había imaginado. Un ruido distrajo a Paula de ese beso. Sabía de dónde provenía. Se separó de la boca de Pedro, lo miró y sonrió.
-¿Tienes hambre?
-No he cenado nada. Siento que mi estómago haya hecho el comentario.
-Anda pasa, te preparo algo.
Entraron en casa de Paula, y Pedro pudo ver que el piso estaba lleno de cajas de cartón. Supuso que serían de Raquel, ya que ese fin de semana se trasladaba al piso de Fran. Paula estaba en la cocina, preparando un bocadillo de jamón para su hambriento chico. Se lo dio junto con un vaso de jugo y se sentaron en el sofá. Mientras Pedro comía, Paula lo miraba ensimismada. Devoraba el bocadillo y ella no podía hacer más que sonreír. Le preguntó por sus padres y hablaron durante el poco tiempo que la cena duró en manos de su chico.
-Estaba delicioso. Gracias-. Le dio un beso en los labios.
-Pedro, sólo es un bocadillo.
-Sí, pero el mejor bocadillo que he comido nunca y en la mejor compañía-. Pedro se levantó y dejó el plato y el vaso en la cocina.- Creo que será mejor que me marche, es tarde.
Le tendió una mano a Paula para levantarla del sofá. Ella la agarró y se incorporó. Lo acompañó hasta la puerta, y allí, antes de abrirla, se paró, apoyando su espalda en ella y lo atrajo hacia sí para besarlo. Necesitaba besarlo y lo hizo de una manera desesperada. Cogió sus labios con deseo, los mordió, los lamió. Encontró su humedecida lengua, que pedía desesperadamente sus caricias. Y ella la acarició. Sus manos estaban sujetas a su cuello, sus piernas le temblaban y tenía miedo de caerse, sobre todo cuando las manos de Pedro se posaron en su trasero. Lo acariciaba, lo apretaba y hacía que su cuerpo se juntara más al suyo, notando la erección de él bajo sus pantalones. Su cuerpo se calentaba aún más. Seguían besándose ferozmente. No podía permanecer de pie, así que se subió encima de él, rodeando su cintura con las piernas. Pedro se sorprendió ante aquel gesto y perdió el equilibrio. Se echó hacia atrás, tropezó con una de las cajas de Raquel y cayó en el sofá, con Paula encima. Paula emitió un gritó y ambos rieron. En ese momento, apareció Raquel, adormilada y con preocupación en su voz.
-¡Paula! ¿Qué te pasa?-. Vio que su amiga estaba sobre el sofá...y sobre alguien-. ¡Pedro, no sabía que estabas aquí!
-Hola Raquel, yo tampoco sabía que estabas aquí-. Pedro miró a Paula, sorprendido de que no le hubiera dicho que su compañera estaba allí.
-Siento si te hemos despertado-. Paula se disculpó.
-No pasa nada, pero haceme el favor de irse a tu habitación… -. Rio y con esas palabras se volvió a su cuarto.
Pedro y Paula se miraron, todavía tumbados en el sofá y sonrientes. Ella se inclinó hacia él y le acarició el pelo.
-Creo que será mejor que te marches. Para mañana ya tengo problemas con Raquel.
-Mejor me voy-. Pedro le cogió la cara entre las manos y la besó, lentamente, de forma cariñosa. Se levantaron del sofá y Paula siguió a Pedro hasta la puerta. Antes de marcharse, se giró hacia ella y volvió a besarla.
-Mañana nos vemos. No te olvides de la cena.
-No me la perdería por nada del mundo-. Paula le dio un breve beso en la nariz. Y Pedro se marchó.
Se quedó apoyada en el marco de la puerta, viendo como Pedro esperaba el ascensor y se introducía en él. Cuando desapareció, cerró la puerta de su casa, fue hacia su dormitorio y se metió en la cama. Hacía una semana que se había acostado con él, y su cuerpo necesitaba sentirlo de nuevo. Todos esos días atrás, se habían visto y no habían pasado más allá de los besos, abrazos y caricias. Y eso que habían tenido la oportunidad, como en casa de Pedro, pero había quedado en eso, en una oportunidad perdida.
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Espero que les guste, si pueden comenten acá o en @NoveAdaptada_
¡Gracias! :)
me intriga que va a pasar en la cena.muy buen capitulo
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