sábado, 7 de septiembre de 2013

Capitulo 1

Estaba tan absorta en su trabajo que no se dio cuenta del humo que inundaba la oficina. Empezó a toser, de forma aguda y continua. Casi no podía respirar. La alarma de incendios había saltado. No podía pedir ayuda. Estaba sola. ¿Qué era lo que quemaba? ¿Era en su despacho? Se levantó con dificultad de su silla y fue mirando cada una de las salas. Tenía que agarrarse a cualquier cosa que le permitiera seguir en pie. La sala de juntas estaba intacta, al igual que la recepción. Se dirigió a la habitación del material de oficina. Nada. Consiguió llegar a la cocina, de donde no salía aquella espesa humareda. Cogió un paño, lo humedeció bajo el grifo y se lavó la cara. Se lo llevó consigo para intentar respirar mejor. Notaba que los ojos le quemaban, los notaba enrojecidos. En el pequeño baño de la oficina, la ventana estaba abierta. Por ahí se filtraba el humo, que llegaba desde el patio de luces. Pero, ¿dónde estaba el fuego? No lograba ver nada, sólo humo y más humo. Un breve mareo hizo que se deslizara por la pared del pasillo y se sentara en el suelo. Logró no perder el conocimiento y se maldijo. “¡Mierda! ¡No debí hacer esto! Debí largarme de aquí enseguida.” No intentó reincorporarse, así que se arrastró por el suelo. Recordó que una vez, en un simulacro, los bomberos habían dicho que la mejor manera de salir de un incendio era arrastrarse por debajo del humo, cerca del suelo, ya que el fuego tendía a subir, a buscar oxígeno. Logró llegar a la puerta de entrada de la oficina. La tocó, y sintió que estaba fría. Miró por debajo de ella, no vio que el humo se filtrara por ahí. Se levantó un poco, quedando de rodillas frente a la puerta y alcanzando la cerradura. La abrió muy lentamente, esperando no sentir ninguna llamarada sacudiéndola. Cuando comprobó que todo estaba bien, salió al pasillo. Todo estaba cubierto por una espesa humareda y se dio cuenta de que era la oficina que estaba justo al lado de la suya la que ardía. Podía ver el humo por debajo de la puerta y una intensa oleada de calor la recorrió cuando pasó por su lado. Esa puerta estaba conteniendo el fuego dentro, pero no tardaría en ceder y explotar. Al gatear por el suelo, pudo ver a un hombre, o eso creía, ya que le escocían los ojos y no podía ver con claridad. Era Víctor, estaba segura, el propietario de la oficina que se estaba quemando. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no se iba? Estaba inmóvil, aferrado a la pared y mirando como el fuego devoraba todo su trabajo. Intentó hablarle, gritarle que se marchara de allí, pero no salía ningún sonido de su garganta. La tenía llena de un sabor asqueroso, un sabor que le quemaba las entrañas. Sólo conseguiría tragar más humo. Siguió avanzando por la superficie, pero algo la detuvo, una voz. Alguien hablaba, pero no a ella, aunque sí pudo escuchar con claridad lo que decía:
-Se acabó. Todo se acabó.
No entendía a qué se refería, pero no le importaba. Lo único importante era que tenía que salir de allí lo antes posible. En ese preciso momento, oyó un ruido espantoso, un estruendo ensordecedor que hizo, como por instinto, protegerse la cabeza con ambas manos. Se quedó allí tirada un segundo, sin moverse. Tenía un miedo atroz, que la dejó paralizada. Los ojos le seguían escociendo, pero esta vez no solo se debía al fuego, sino también a las lágrimas que le brotaban sin control. Estaba bloqueada. ¡No mierda, ahora no! ¡Tienes que salir de ésta! Siguió avanzando. Sin saber por qué, giró la cabeza y vio que la puerta de la oficina de Víctor había desaparecido y que el revestimiento del rellano había saltado por los aires. No conseguía ver a ese hombre, no sabía si seguía allí o la explosión lo había abatido. ¡Dios! ¿Estará muerto?
 
En ese instante otro ruido la sobresaltó. Era la puerta cortafuegos de la escalera, que se cerró. ¡Había conseguido salir! ¡La había dejado allí tirada!, aunque claro, ella tampoco hizo nada por salvarlo, no consiguió ni siquiera gritarle. Tenía que dejar de pensar en eso y salir de allí cuanto antes. Temía que las llamas que salían de ese despacho la alcanzaran por el descansillo, así que intentaba que el pánico no se apoderase de ella. ¡Cómo si eso fuera posible! Sabía que no podía utilizar el ascensor, así que la escapatoria eran las escaleras. Abrió la puerta cortafuegos y la cruzó. Notó que el aire del rellano de las escaleras estaba limpio. Dio una profunda bocanada. Estaba híper ventilando. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Intentó tranquilizarse, pero no podía quedarse ahí, tenía que bajar y llegar hasta la calle. Empezó a bajar las escaleras, pero cuando llevaba cinco escalones, comenzó a marearse. Notó que las fuerzas la abandonaban, las piernas no respondían a sus órdenes, los brazos le pesaban una tonelada y todo se nubló. Bajó los escalones restantes rodando. Cuando dejó de rodar, y su cuerpo chocó contra el pavimento, volvió a tomar consciencia de donde estaba. Y estaba allí, tirada en el frío piso de la quinta planta de un edificio de oficinas, donde trabajaba desde hacía siete años. No tenía intención de morir allí, sola, pero estaba tan cansada que ya todo le daba igual. No sentía nada, solo el cálido frío del terreno en sus mejillas. Y entonces entendió las palabras que dijo Víctor:
Se acabó, todo se acabó.

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