Estaba tan absorta en su trabajo que no se dio cuenta del humo que
inundaba la oficina. Empezó a toser, de forma aguda y continua. Casi no podía
respirar. La alarma de incendios había saltado. No podía pedir ayuda. Estaba
sola. ¿Qué era lo que quemaba? ¿Era en su despacho? Se levantó con dificultad
de su silla y fue mirando cada una de las salas. Tenía que agarrarse a
cualquier cosa que le permitiera seguir en pie. La sala de juntas estaba
intacta, al igual que la recepción. Se dirigió a la habitación del material de
oficina. Nada. Consiguió llegar a la cocina, de donde no salía aquella espesa
humareda. Cogió un paño, lo humedeció bajo el grifo y se lavó la cara. Se lo
llevó consigo para intentar respirar mejor. Notaba que los ojos le quemaban,
los notaba enrojecidos. En el pequeño baño de la oficina, la ventana estaba
abierta. Por ahí se filtraba el humo, que llegaba desde el patio de luces.
Pero, ¿dónde estaba el fuego? No lograba ver nada, sólo humo y más humo. Un
breve mareo hizo que se deslizara por la pared del pasillo y se sentara en el
suelo. Logró no perder el conocimiento y se maldijo. “¡Mierda! ¡No debí hacer
esto! Debí largarme de aquí enseguida.” No intentó reincorporarse, así que se
arrastró por el suelo. Recordó que una vez, en un simulacro, los bomberos
habían dicho que la mejor manera de salir de un incendio era arrastrarse por
debajo del humo, cerca del suelo, ya que el fuego tendía a subir, a buscar
oxígeno. Logró llegar a la puerta de entrada de la oficina. La tocó, y sintió que
estaba fría. Miró por debajo de ella, no vio que el humo se filtrara por ahí.
Se levantó un poco, quedando de rodillas frente a la puerta y alcanzando la
cerradura. La abrió muy lentamente, esperando no sentir ninguna llamarada
sacudiéndola. Cuando comprobó que todo estaba bien, salió al pasillo. Todo
estaba cubierto por una espesa humareda y se dio cuenta de que era la oficina
que estaba justo al lado de la suya la que ardía. Podía ver el humo por debajo
de la puerta y una intensa oleada de calor la recorrió cuando pasó por su lado.
Esa puerta estaba conteniendo el fuego dentro, pero no tardaría en ceder y
explotar. Al gatear por el suelo, pudo ver a un hombre, o eso creía, ya que le
escocían los ojos y no podía ver con claridad. Era Víctor, estaba segura, el
propietario de la oficina que se estaba quemando. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no
se iba? Estaba inmóvil, aferrado a la pared y mirando como el fuego devoraba
todo su trabajo. Intentó hablarle, gritarle que se marchara de allí, pero no
salía ningún sonido de su garganta. La tenía llena de un sabor asqueroso, un
sabor que le quemaba las entrañas. Sólo conseguiría tragar más humo. Siguió
avanzando por la superficie, pero algo la detuvo, una voz. Alguien hablaba,
pero no a ella, aunque sí pudo escuchar con claridad lo que decía:
-Se acabó. Todo se acabó.
No entendía a qué se refería, pero no le importaba. Lo único importante era que
tenía que salir de allí lo antes posible. En ese preciso momento, oyó un ruido
espantoso, un estruendo ensordecedor que hizo, como por instinto, protegerse la
cabeza con ambas manos. Se quedó allí tirada un segundo, sin moverse. Tenía un
miedo atroz, que la dejó paralizada. Los ojos le seguían escociendo, pero esta
vez no solo se debía al fuego, sino también a las lágrimas que le brotaban sin
control. Estaba bloqueada. ¡No mierda, ahora no! ¡Tienes que salir de ésta!
Siguió avanzando. Sin saber por qué, giró la cabeza y vio que la puerta de la
oficina de Víctor había desaparecido y que el revestimiento del rellano había
saltado por los aires. No conseguía ver a ese hombre, no sabía si seguía allí o
la explosión lo había abatido. ¡Dios! ¿Estará muerto?
En ese instante otro ruido la sobresaltó. Era la puerta cortafuegos de la
escalera, que se cerró. ¡Había conseguido salir! ¡La había dejado allí tirada!,
aunque claro, ella tampoco hizo nada por salvarlo, no consiguió ni siquiera
gritarle. Tenía que dejar de pensar en eso y salir de allí cuanto antes. Temía
que las llamas que salían de ese despacho la alcanzaran por el descansillo, así
que intentaba que el pánico no se apoderase de ella. ¡Cómo si eso fuera
posible! Sabía que no podía utilizar el ascensor, así que la escapatoria eran
las escaleras. Abrió la puerta cortafuegos y la cruzó. Notó que el aire del
rellano de las escaleras estaba limpio. Dio una profunda bocanada. Estaba híper
ventilando. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Intentó
tranquilizarse, pero no podía quedarse ahí, tenía que bajar y llegar hasta la
calle. Empezó a bajar las escaleras, pero cuando llevaba cinco escalones,
comenzó a marearse. Notó que las fuerzas la abandonaban, las piernas no
respondían a sus órdenes, los brazos le pesaban una tonelada y todo se nubló.
Bajó los escalones restantes rodando. Cuando dejó de rodar, y su cuerpo chocó
contra el pavimento, volvió a tomar consciencia de donde estaba. Y estaba allí,
tirada en el frío piso de la quinta planta de un edificio de oficinas, donde
trabajaba desde hacía siete años. No tenía intención de morir allí, sola, pero
estaba tan cansada que ya todo le daba igual. No sentía nada, solo el cálido
frío del terreno en sus mejillas. Y entonces entendió las palabras que dijo
Víctor:
Se acabó, todo se acabó.
me encanta la novela cuando subis un nuevo cap
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