-Buenos días, bella durmiente.
Paula escuchaba esas palabras, que iban acompañadas de pequeños besos. Todavía estaba medio adormilada, pero sabía de quién eran esos besos. Los conocía bastante bien. Mientras abría los ojos, se despedazaba en la cama y escuchó como Pedro soltaba una carcajada.
-Buenos días. Parece que te has despertado de buen humor.
-Tú me provocas que esté de buen humor-. Pedro la besó en los labios. Le tendió las manos para ayudarla a levantarse de la cama-. Vamos, arriba pequeña, que te he preparado el desayuno.
-¿Me has preparado el desayuno? ¡Dios, eres perfecto!-. Paula lo abrazó.
-Me encargaré de recordártelo-. Le guiñó un ojo-. Te dejo que te vistas y no tardes.
Pedro salió de la habitación y la dejó sola. Paula se levantó de la cama y aunque era algo temprano para estar despierta un sábado, se encontraba descansada. Lo mejor de todo fue que lo primero que vio fue a Pedro. Le encantaría poder levantarse todas las mañanas con él a su lado. ¡Qué mejor manera de empezar el día! Se puso a buscar su ropa por toda la habitación pero no la encontró. ¿Dónde se la había quitado? ¡En el comedor! Y ahora que lo pensaba, ¿cómo había llegado hasta la cama? Lo último que recordaba era que estaba con Pedro, en la bañera. ¿Y luego? No le quedaba más remedio que preguntarle a él. Fue hacia el baño para asearse. Se miró en el espejo y pudo apreciar su rostro iluminado. Tenía una luz nueva, diferente. Estaba radiante. Hacía mucho tiempo que no veía ese brillo en sus ojos, en su piel, en su alma. El culpable estaba en esa casa y le había preparado el desayuno. Salió del baño y fue a su encuentro.
-¡Ni cuando venían los reyes magos a casa me excitaba tanto estar levantado!-.Pedro la miraba sonriendo.
-Mira que eres payaso-.Paula sonrió, se agachó y recogió su ropa, desperdigada por el suelo del comedor.
Pedro estaba sentado en el sofá, esperándola para desayunar. Estaba con ropa informal pero le quedaba irresistiblemente sexy. Una vez se puso su ropa, siguió a Pedro hasta la cocina. Allí, sobre la mesa, estaba dispuesto un gran banquete para empezar bien la mañana: café recién hecho, un jugo de naranja recién exprimido, tostadas, croissants pequeñitos de chocolate, embutido, mantequilla y mermelada.
-¡Madre mía, esto es mejor que un hotel!
-Sí, pero en este hotel sólo acepto un huésped. Tú-. Pedro cogió una de sus manos, la besó y acercó a Paula hasta la mesa.
-Pepe, a lo mejor te ríes de mí, porqué no lo recuerdo, pero, ¿cómo llegué anoche hasta la cama después del baño?
Pedro rió. Esa mañana estaba especialmente contento. Sonreía por cualquier cosa.
-Te quedaste dormida en la bañera. Tuve que sacarte, secarte y meterte en la cama.
-¿Cómo pude quedarme dormida en la bañera? ¡Dios, qué vergüenza!-.Paula se tapó la cara con ambas manos.
-Eh, Pau, no pasa nada-. Le dijo él, quitando las manos de su cara. Por suerte eres pequeña y manejable. No pesas demasiado.
-Por eso me llamas pequeña.
-Pero lo hago de una forma cariñosa. Quiero que seas mi pequeña-. Pedro la besó, saboreando el café de sus labios.
-¿No te has dado cuenta de que ya lo soy?-. Le dijo Paula, separándose de sus labios-.Si todavía tienes dudas, es que esta noche no lo he hecho demasiado bien. Voy a tener que emplearme más a fondo-. Le sonrió picarona.
-Creo que claro, lo que se dice muy claro, no me ha quedado. Vas a tener que esmerarte algo más para convencerme-. Le acarició la oreja con un susurro muy sensual.
-Bien, pues podemos empezar por esto…-. Paula buscó sus labios para besarlos intensamente y fundirse en un abrazo.
-Ummm......, estoy algo más convencido…-. Le dijo, sin dejar de abrazarla-. Acaba de desayunar que te acerco a la librería.
-Si no te despegas de mí, no podré hacerlo-. Rieron-. Además tengo el coche abajo, no hace falta que me acompañes.
-Quiero acompañarte. Es lo mínimo que puedo hacer después de secuestrarte toda la noche.
Vale, volvía a ganar. Era tan contagioso su buen humor que le era imposible negarle nada. No podía. Disfrutaba viéndolo así, tan dicharachero, feliz. Prefería a ese Pedro matutino que al que se encontró la mañana que durmieron en su casa. Cómo había cambiado todo en una semana. Él, ella, su relación, sus sentimientos. Un chico como él quería estar con ella, ¿cómo era posible? ¿Hasta cuándo querría eso? La angustia porque llegara ese momento se le había instalado de nuevo en el cuerpo, después de pasar la mejor noche de su vida, y no sabía cómo se enfrentaría a ello. Intentó despejar de su cabeza ese pensamiento y dejarse llevar por las cosas maravillosas que Pedro le ofrecía. Acabaron de desayunar, recogieron la cocina y se fueron dirección al parking, donde Pedro tenía aparcado su coche. Se montaron en él y se dirigieron a la librería de María. Paula tuvo que indicarle la dirección a Pedro, ya que él desconocía la ubicación de la tienda. Durante el trayecto, que apenas duró diez minutos, hablaron, rieron, compartieron miradas, caricias. Finalmente llegaron al destino y Pedro aparcó el coche frente a la librería. Cuando la vio, le sonaba el nombre del establecimiento, “Los libros de Martín”, pero no lo ubicaba. Se quedaron sentados el uno frente al otro.
-Así que ésta es la librería de tu madre-. Le dijo, señalándola.
-Sí esa es y por lo que veo todavía no ha llegado-. Dijo Paula al ver que estaba cerrada-. Mi madre ésta muy orgullosa de haberla conseguido. Siempre le ha encantado el mundo de los libros. Puede pasarse las horas perdida entre ellos. Y a mí me pasa lo mismo.
En ese momento sonó el teléfono de Pedro. Paula miró la pantalla, ya que tenía puesto el manos libres, y visualizó el nombre, Lorena. Recordó quien era. Su cuñada. Pedro contestó enseguida.
-Buenos días Lorena.
-Buenos días, Pepe. No me puedo creer que estés levantado tan temprano un sábado. ¿O te he despertado?-. Dijo ella con ironía.
-Para tu información, listilla, he madrugado. Tenía cosas que hacer. Pero dime ¿qué pasa?
-Quería que me acompañaras a comprar el regalo a tu hermano. Me gustaría ir a esa librería que van siempre tus padres.
-¡No me acordaba del cumpleaños de Bruno!
-No pasa nada, ya te lo he recordado yo. Entonces, ¿puedes acompañarme?-. Preguntó Lorena.
-Sí claro, sin problemas. Paso a buscarte por casa en quince minutos.
-¡Perfecto! Así tendremos tiempo para charlar sobre…. ¿cómo era que se llamaba?..¡Ah, Paula! ¿O ahora hay otra?-. Cotilleó su cuñada.
Paula puso los ojos como platos al oír su nombre en labios de la cuñada de Pedro. Lo miró con expresión de sorpresa y él le guiñó un ojo. No esperaba que le hubiese hablado a nadie de su familia sobre ella.
-Sigue siendo la misma-. Pedro acarició la mano de Paula-. Y ahora mismo está conmigo en el coche, y te ha escuchado.
-¡¿Cómo, que me ha oído?!-. Pedro y Paula rieron-. ¡Me lo podrías haber dicho! ¡Joder! Bueno, ya que estamos, hola Paula.
-Hola Lorena, encantada de oírte-. Volvió a reír.
-Ésta me la pagas Pedro. Luego hablamos. Adiós parejita-. Y Lorena colgó.
Paula se despidió de Pedro con un cálido beso cuando vio llegar a su madre a la librería. Quedaron en que pasaría a recogerla a la hora de comer y luego irían a casa de ella, ya que le habían prometido a Raquel que la ayudarían con el traslado. Comerían allí, con Raquel y Fran. Paula se bajó del coche y se dirigió hacia su madre. La saludó con un beso en las mejillas y ambas entraron en el establecimiento. Pedro se quedó mirándolas. Físicamente eran muy parecidas, de la misma estatura, con el pelo corto y aunque no las podía ver de frente recordó la primera vez que las vio juntas, el día del campeonato, y pudo apreciar que tenían la misma sonrisa, enmarcada en sus rostros redondos. No le cabía ninguna duda de que María había sido una chica muy guapa de joven y con los años, se había convertido en una mujer atractiva. Sólo tenía que mirar a Paula para afirmarlo, pero él sabía que su chica era mucho más guapa, más atractiva y más hermosa que su madre. Pero claro, no era objetivo. Se acordó de algo más, del color de los ojos de Paula. No eran como los de su madre. Pero tenían la misma mirada, la misma expresión. Eran tan transparentes que en ellos se reflejaban todo aquello que no decían con palabras. Pedro era capaz de ver a través de los ojos de Paula cómo se sentía en un momento determinado. Era increíble lo que podían transmitir con sólo mirarla. Y eso la hacía más especial, más misteriosa. Más sexy. Y eso le encantaba. Con esos pensamientos, encendió el coche y se dispuso a marcharse, cuando vio a Paula salir de la librería. Se quedó allí, en la puerta y agitando una de sus manos se despidió de él. Pedro alzó su mano izquierda y se marchó.
-¿Quién era ese?-. Le preguntó su madre en tono pícaro.
-¿Te acuerdas del muchacho bien esculpido?
-¡Claro que me acuerdo, con el que te acostaste!
-¡Mamá! ¿Se puede saber qué te pasa últimamente? -.Paula no dejaba de sorprenderse ante esa mujer. Esa no podía ser su madre.
-Simplemente me alegro de que tengas vida sexual hija, no creo que sea para tanto. Además, déjame verte-.María la analizó de arriba abajo-. Vienes con vestido y tacones y te presentas acompañada, de buena mañana, de Pedro. A ver si no me equivoco, pero habéis pasado la noche juntos en su casa. Si hubierais estado en la tuya, te habrías cambiado. ¿Puedo ganarme la vida como vidente?- .María sonrió.
-No se te escapa ni una. Si, hemos estado juntos en su casa. Pero no es sólo sexo. Creo que me he enamorado de él, mamá.
-¡Oh cariño, eso es fantástico!-. María abrazó a su hija-.Tenía ganas de verte sonreír de nuevo.
Su madre era una mujer estupenda, la madre más maravillosa del mundo. Nunca se metía en sus relaciones, pero siempre estaba a su lado cuando las cosas no salían bien. Y aunque sabía que se alegraba de que volviera a tener a alguien en su vida, sabía que su madre sentía pánico de que le hicieran daño. Dejaron de hablar de la vida sexual de Paula y cada una se enfrascó en sus tareas. Paula se introdujo dentro del almacén, que daba acceso a través de una puerta que había al final de la librería y que un letrero posado en ella decía privado. Estaba lleno de estanterías y de libros ordenados por autores y títulos de los libros. Cogió el listado del inventario que su madre le había entregado antes. En uno de los estantes había un pequeño reproductor de música, así que pulsó play y el almacén quedó envuelto en notas musicales. María, por su parte, se quedó detrás del mostrador, repasando un listado de libros que le habían llegado el día anterior y que no había tenido tiempo de comprobar. Los sábados sólo abría la librería por la mañana, así que solía ser un día bastante ajetreado. Estaba muy orgullosa de que su pequeño negocio funcionara tan bien. Estaba reciclándose con el tema de los libros electrónicos, poniendo a la venta, a través de la Web, todos los títulos de los libros que tenía disponible, y a un precio algo más asequible.
-Hola María-. Le saludó una voz. María estaba colocando unos libros en los estantes cuando se giró.
-Ah, hola Lorena, ¿qué tal estás?-. Le sonrió, y en ese momento se fijó en el chico que la acompañaba-. Tú eres Pedro, ¿verdad?-. Él afirmó con la cabeza.
-Hola María, me alegra volver a verla.
-¿Se conocéis?-. Preguntó Lorena con curiosidad.
-Nos conocimos la semana pasada. Es la mujer del director del colegio-. Comentó Pedro, sin añadir nada más, por si acaso.
-Sí y también es novio de mi hija-. Agregó María, para que no hubiera ninguna duda-. Y no me llames de usted, puedes tutearme.
-¿La famosa Paula es tu hija? ¡Vaya, el mundo es un pañuelo!-. Y ¿dónde está? ¿Cuándo puedo conocerla? Preguntó Lorena, que sabía que Pedro la había acompañado esa mañana.
-¡Claro que puedes conocerla! Pedro ve a buscarla. Está en el almacén, la puerta que hay al final-. Le dijo, señalándole la puerta.
Pedro se fue hacía donde le había indicado María, dejando a las dos mujeres, solas, y seguramente, hablando sobre él y Paula. Llegó a la puerta y la abrió con cuidado. No sabía que podía encontrarse allí, aparte de libros y a su chica. Detrás de esa puerta, había un minúsculo pasillo que moría en un almacén enorme, plagado de hojas llenas de letras. Escuchaba que salía una música de su interior y allí encontró a Paula. Tenía un listado entre las manos, junto a un bolígrafo. Iba descalza y sus pies se movían al ritmo de la melodía que sonaba en ese momento, con un estribillo bastante sugerente y acertado “Cause you sex takes me to paradise...” Se quedó apoyado en un estante, con los brazos y pies cruzados y sonriendo ante tal exhibición de baile. Se podía pasar todo el día allí parado, sin hacer nada, simplemente observándola.
-¡Aaahhh! ¡Pedro, qué susto me has dado!-. Gritó Paula cuando se dio la vuelta y lo vio.
-Perdona peque, no quería asustarte-. Pedro se acercó a ella y la besó.
-¿Qué haces aquí?-. Preguntó Paula cuando sus labios se liberaron.
-He venido con Lorena. Ven, quiero presentártela.
-¿Presentarme a tu cuñada?
-Sí, quiere conocerte. Ella ya conoce a tu madre. Venga, vamos.
Pedro la cogió de la mano y la sacó del almacén. Paula estaba como un tomate, ¡madre mía, qué vergüenza! Pedro la llevaba por las estanterías de la librería hasta que se paró delante de una mujer. Paula se quedó mirando a aquella mujer tan espectacular. ¡Qué pedazo tía! Era más alta que Pedro, con el pelo moreno y rizado y los ojos castaños. Tenía un cuerpo increíble, seguramente bastante trabajado en gimnasio, y también su trabajo así lo requeriría.
-Lorena, te presento a Paula. Mi novia-. Sonrió Pedro.
-Hola Paula, encantada de conocerte. ¡Por fin!
-Igualmente Lorena-. Paula se acercó a ella y se saludaron con besos en las mejillas. Vio que la cuñada de Pedro la miraba de forma extraña. Sabía que era policía, y quizás la estaba analizando, intentando recordar si estaba fichada, si era una delincuente o algo así.
-Ya sé de qué te conozco. Eres la chica del incendio-.Lorena recordó a Paula.
Pedro se quedó perplejo. Su cuñada conocía a Paula. Joder iba a ser verdad eso de que el mundo es un pañuelo. Pero eso del incendio… ¿qué incendio? ¿De qué demonios hablaba?
-¡Claro! Tú eres la agente que me tomó declaración cuando salí del hospital.
-Sí, y mi marido, el hermano de Pedro, fue quien te sacó del edificio.
-No recuerdo eso, no sé como salí de allí.
-Normal, cuando te encontró estabas inconsciente en el suelo. Por suerte, pudiste salir de la zona quemada y pudo sacarte. Y ahora mírate, aquí estás. Sé que ha pasado mucho tiempo pero me alegro de que te encuentres bien-. Lorena le sonrió.
-Gracias, yo también.
Lorena ya tenía el regalo de Bruno, el último libro de una saga de detectives que a su marido le encantaba. Lorena se despidió de Paula y de su madre cuando marchó del comercio. Pedro también hizo lo propio y quedó en pasar a buscar a Paula un poco más tarde para ir a comer. Acercó a Lorena hasta casa y durante el camino hablaron del aniversario de Bruno. Quedaron para cenar juntos ese día. Por supuesto, Paula estaba invitada. Ninguno de los dos sacó el tema del incendio, pero a Pedro le carcomía no saber más, qué era lo que había pasado. ¿Paula en un incendio? ¿Dónde pasó y cuando? Había visto el cuerpo desnudo de Paula y no había apreciado ninguna quemadura ni ningún otro rastro que le hubiera marcado el cuerpo. Su cuerpo era perfecto. No podía alejar de su mente la imagen de Paula rodeada de llamas, de fuego y tirada en el suelo. Ardiendo. ¡Dios, tenía que sacarse eso de la cabeza! Ella estaba bien, estaba viva, no le había pasado nada y estaba con él. Pero ¿y si ese día le hubiese pasado algo? ¿Y si ese día hubiese muerto? No la habría conocido, no se habría enamorado de ella. ¿Y él? ¿Qué habría sido de él sin Paula en su vida? Pedro empezaba a sentir como se le encogía el pecho. No había pensado nunca así. Pensar en que le podía pasar cualquier cosa a Paula le revolvía las entrañas. Sentía el alma vacía al imaginar su vida sin ella. ¡Joder, sí que le ha dado fuerte! No podía estar sin ella. Necesitaba estar cerca de ella cada minuto del día. Con esos pensamientos, llegó de nuevo a la librería, esperando a que fuera la hora de volver a ver a Paula. Salió del coche y se apoyó en él. Esperando. Ya quedaba menos. Se sentía todavía un poco nervioso y tenía unas ganas terribles de abrazarla. Hasta que no lo hiciera, no se calmaría. Ansiaba tenerla entre sus brazos y los malditos minutos no avanzaban.
María y Paula salieron a la hora de la librería. María saludó a Pedro desde la acera de enfrente y él le respondió de igual forma. Paula le dio un abrazo y dos besos a su madre como despedida antes de cruzar la calle y reunirse con su chico. Éste la esperaba ansioso y con una sonrisa en los labios.
-Hola peque-. Le dijo Pedro al acercarse Paula. No pudo contenerse, cogió su cara con las manos y degustó sus labios con un beso extremadamente cariñoso.
-Ummmm, me gusta este beso. Veo que me has echado de menos-. Sonrió Paula.
-Shhh, no digas nada. Sólo quiero sentirte-.Pedro la estrechó fuertemente entre sus brazos.
Paula sabía que algo pasaba. Ese beso tan tierno, ese abrazo que le arropaba todo el cuerpo, no eran normales. Había mucha ternura, e incluso se atrevería a decir que notaba a Pedro algo tembloroso. Por lo general, cuando la besaba y abrazaba, enseguida sentía que su chico se animaba y ahora no lo estaba. Pero no iba a preguntar lo que le pasaba. Estaba tan a gustito en ese abrazo que se dejó llevar por esa sensación de protección que sólo Pedro sabía ofrecerle. Se deshicieron del abrazo y Pedro apoyó su frente contra la de ella.
-Eres lo mejor que me ha pasado en la vida-. Pedro volvió a besarla de la misma manera que antes.
¿Por qué le decía eso? ¿Qué había pasado? ¿Pretendía que se derritiera allí mismo? porque lo estaba consiguiendo. Paula le separó la cara con las manos y lo miró a los ojos.
-Pepe, será mejor que pares, si no quieres que te viole en el coche-. La voz de Paula sonó tentadora, pero él no se dejó tentar.
-Esta noche podrás hacer conmigo lo que quieras, pero ahora hemos de irnos.
Subieron al coche rumbo a casa de Paula. Cuando llegaron tenían la comida preparada y a Raquel y Fran esperándolos. El piso seguía cubierto de cajas que pronto desaparecerían. Paula fue a su cuarto a cambiarse de ropa y fue a almorzar con los demás se contaron cómo les había ido la semana y habían puesto al día a sus amigos a cerca de la progresión de su relación. Paula estaba un poco triste por la marcha de Raquel, pero tenía que ser realista y sabía que tarde o temprano llegaría ese momento. Se alegraba por ella, pero echaría de menos sus charlas nocturnas. Ahora se quedaría sola en su casa. Pero no estaba sola, tenía a Pedro a su lado.
-Pau, ¿Te pasa algo?, pareces distraída-. Preguntó Raquel
-No, nada, es que te voy a echar de menos-. Raquel notó que a su amiga se le llenaban los ojos de lágrimas y se levantó para abrazarla.
-Yo también te voy a echar mucho de menos, pero te dejo en buenas manos-. Sonrieron, mirando a Pedro.
-Sabes que ésta es tu casa y que siempre tendrás las puertas abiertas. Y espero por tu bien-. Dijo Paula señalando a Fran,-. Que no tenga que volver para quedarse.
-Tranquila Paulita, que la voy a cuidar y a querer como si fueras tú-. Fran soltó su habitual tono de humor. Se levantó y también la abrazó, susurrándole algo al oído. -Gracias por cuidar de Raquel todo este tiempo. Eres una buena amiga.
-Ehhh, ¡qué pasa aquí con tanto manosear a mi peque! ¡Las manos quietas!
-¡Mi peque!-. Dijeron al unísono Raquel y Fran, que rieron.
Cuando acabaron de comer y después del café, Raquel y Paula se quedaron recogiendo y los chicos bajaban las cajas del traslado hasta los coches. Raquel estaba contenta de ver a su amiga sonreír de nuevo, se la veía radiante. Y Pedro no se quedaba atrás. Estaba hasta más guapo que antes. Eso de enamorarse le sentaba muy bien. Cuando acabaron de recoger, ayudaron a Pedro y a Fran con las cajas. ¡Madre mía no se acababa nunca! Las repartieron entre los dos coches de ellos, pero aún así, tendrían que hacer varios viajes más. Una vez completos los vehículos, hicieron el primer trayecto hasta casa de Fran. Allí descargaron y volvieron dos veces más al piso de Paula, que después de esos viajes, quedó limpio de paquetes. Caía la noche cuando Pedro y Paula se despidieron de sus amigos. Paula le pidió a Pedro que se quedara en su casa a dormir y éste aceptó sin dudarlo. Primero pasaron por su casa a buscar ropa limpia y recoger el coche de Paula. Cuando llegaron a su casa, estaba tan cansada que sin pensarlo, se tiró boca abajo en el sofá.
-¡Estoy muerta!-. Exclamó Paula.
-Si quieres puedo darte un masaje-. Pedro se sentó sobre ella, quedando atrapada entre sus piernas, e introdujo las manos por debajo de la camiseta de Paula.
-¡Oh, Dios! Cómo me gustan tus manos….
Pedro se quitó su remera y despojó a Paula de la suya. Le desabrochó el sujetador y tuvo su espalda toda descubierta para él. Continuó masajeándola con sus manos, desplazándolas por sus hombros, por su columna, por su cintura, y volviéndolas a subir por sus costados hasta llegar a sus pechos. Pedro se inclinó sobre la espalda de Paula, apoyándose sobre sus antebrazos y así poder acariciarle los pechos. Paula se separó un poco del sofá, para facilitar la maniobra de Pedro. Mientras rozaba con los dedos sus pezones, su boca tenía el trabajo de besarle la espalda. Notaba como Paula se estremecía, como su garganta emitía pequeños gemidos placenteros.
-Sabes tan bien….Te deseo tanto Paula.
Pedro subió sus labios hasta el cuello de su chica, lamiendo el camino que lo separaba de la boca de ella. Paula giró la cabeza para besarlo, pero Pedro la agarro de la cintura y le dio la vuelta para quedar frente a él. Le devoró los labios con un hambre atroz, su lengua buscaba desesperadamente encontrarse con la suya, bañarse en la humedad de su boca, disfrutar de su sabor. No podía desprenderse de esos labios, no tenía suficiente para saciarse y necesitaba besarla. Paula descendió sus manos por el cuerpo de Pedro y le arrebató la ropa que le quedaba puesta. Pedro se quitó las zapatillas en un santiamén y deslizó su ropa hacia abajo. Paula lo miró y pudo ver que su chico estaba empalmado. Ella sonrió y se mordió el labio inferior de manera seductora, haciendo que Pedro se excitara todavía más. Le quitó el calzado, agarró sus pantalones y se los bajó hasta que se deshizo de ellos. Las bragas también le molestaban, ¡así que fuera! Pedro rozó las piernas de Paula con sus dedos a la vez que acercaba sus labios a sus muslos.
Después de terminar el acto
de amor entre ellos Pedro abrazaba con ternura. Ese momento post-coital era de
lo más íntimo. Pedro rompió el abrazo y le cogió la cara con sus manos. La miró
a los ojos.Paula escuchaba esas palabras, que iban acompañadas de pequeños besos. Todavía estaba medio adormilada, pero sabía de quién eran esos besos. Los conocía bastante bien. Mientras abría los ojos, se despedazaba en la cama y escuchó como Pedro soltaba una carcajada.
-Buenos días. Parece que te has despertado de buen humor.
-Tú me provocas que esté de buen humor-. Pedro la besó en los labios. Le tendió las manos para ayudarla a levantarse de la cama-. Vamos, arriba pequeña, que te he preparado el desayuno.
-¿Me has preparado el desayuno? ¡Dios, eres perfecto!-. Paula lo abrazó.
-Me encargaré de recordártelo-. Le guiñó un ojo-. Te dejo que te vistas y no tardes.
Pedro salió de la habitación y la dejó sola. Paula se levantó de la cama y aunque era algo temprano para estar despierta un sábado, se encontraba descansada. Lo mejor de todo fue que lo primero que vio fue a Pedro. Le encantaría poder levantarse todas las mañanas con él a su lado. ¡Qué mejor manera de empezar el día! Se puso a buscar su ropa por toda la habitación pero no la encontró. ¿Dónde se la había quitado? ¡En el comedor! Y ahora que lo pensaba, ¿cómo había llegado hasta la cama? Lo último que recordaba era que estaba con Pedro, en la bañera. ¿Y luego? No le quedaba más remedio que preguntarle a él. Fue hacia el baño para asearse. Se miró en el espejo y pudo apreciar su rostro iluminado. Tenía una luz nueva, diferente. Estaba radiante. Hacía mucho tiempo que no veía ese brillo en sus ojos, en su piel, en su alma. El culpable estaba en esa casa y le había preparado el desayuno. Salió del baño y fue a su encuentro.
-¡Ni cuando venían los reyes magos a casa me excitaba tanto estar levantado!-.Pedro la miraba sonriendo.
-Mira que eres payaso-.Paula sonrió, se agachó y recogió su ropa, desperdigada por el suelo del comedor.
Pedro estaba sentado en el sofá, esperándola para desayunar. Estaba con ropa informal pero le quedaba irresistiblemente sexy. Una vez se puso su ropa, siguió a Pedro hasta la cocina. Allí, sobre la mesa, estaba dispuesto un gran banquete para empezar bien la mañana: café recién hecho, un jugo de naranja recién exprimido, tostadas, croissants pequeñitos de chocolate, embutido, mantequilla y mermelada.
-¡Madre mía, esto es mejor que un hotel!
-Sí, pero en este hotel sólo acepto un huésped. Tú-. Pedro cogió una de sus manos, la besó y acercó a Paula hasta la mesa.
-Pepe, a lo mejor te ríes de mí, porqué no lo recuerdo, pero, ¿cómo llegué anoche hasta la cama después del baño?
Pedro rió. Esa mañana estaba especialmente contento. Sonreía por cualquier cosa.
-Te quedaste dormida en la bañera. Tuve que sacarte, secarte y meterte en la cama.
-¿Cómo pude quedarme dormida en la bañera? ¡Dios, qué vergüenza!-.Paula se tapó la cara con ambas manos.
-Eh, Pau, no pasa nada-. Le dijo él, quitando las manos de su cara. Por suerte eres pequeña y manejable. No pesas demasiado.
-Por eso me llamas pequeña.
-Pero lo hago de una forma cariñosa. Quiero que seas mi pequeña-. Pedro la besó, saboreando el café de sus labios.
-¿No te has dado cuenta de que ya lo soy?-. Le dijo Paula, separándose de sus labios-.Si todavía tienes dudas, es que esta noche no lo he hecho demasiado bien. Voy a tener que emplearme más a fondo-. Le sonrió picarona.
-Creo que claro, lo que se dice muy claro, no me ha quedado. Vas a tener que esmerarte algo más para convencerme-. Le acarició la oreja con un susurro muy sensual.
-Bien, pues podemos empezar por esto…-. Paula buscó sus labios para besarlos intensamente y fundirse en un abrazo.
-Ummm......, estoy algo más convencido…-. Le dijo, sin dejar de abrazarla-. Acaba de desayunar que te acerco a la librería.
-Si no te despegas de mí, no podré hacerlo-. Rieron-. Además tengo el coche abajo, no hace falta que me acompañes.
-Quiero acompañarte. Es lo mínimo que puedo hacer después de secuestrarte toda la noche.
Vale, volvía a ganar. Era tan contagioso su buen humor que le era imposible negarle nada. No podía. Disfrutaba viéndolo así, tan dicharachero, feliz. Prefería a ese Pedro matutino que al que se encontró la mañana que durmieron en su casa. Cómo había cambiado todo en una semana. Él, ella, su relación, sus sentimientos. Un chico como él quería estar con ella, ¿cómo era posible? ¿Hasta cuándo querría eso? La angustia porque llegara ese momento se le había instalado de nuevo en el cuerpo, después de pasar la mejor noche de su vida, y no sabía cómo se enfrentaría a ello. Intentó despejar de su cabeza ese pensamiento y dejarse llevar por las cosas maravillosas que Pedro le ofrecía. Acabaron de desayunar, recogieron la cocina y se fueron dirección al parking, donde Pedro tenía aparcado su coche. Se montaron en él y se dirigieron a la librería de María. Paula tuvo que indicarle la dirección a Pedro, ya que él desconocía la ubicación de la tienda. Durante el trayecto, que apenas duró diez minutos, hablaron, rieron, compartieron miradas, caricias. Finalmente llegaron al destino y Pedro aparcó el coche frente a la librería. Cuando la vio, le sonaba el nombre del establecimiento, “Los libros de Martín”, pero no lo ubicaba. Se quedaron sentados el uno frente al otro.
-Así que ésta es la librería de tu madre-. Le dijo, señalándola.
-Sí esa es y por lo que veo todavía no ha llegado-. Dijo Paula al ver que estaba cerrada-. Mi madre ésta muy orgullosa de haberla conseguido. Siempre le ha encantado el mundo de los libros. Puede pasarse las horas perdida entre ellos. Y a mí me pasa lo mismo.
En ese momento sonó el teléfono de Pedro. Paula miró la pantalla, ya que tenía puesto el manos libres, y visualizó el nombre, Lorena. Recordó quien era. Su cuñada. Pedro contestó enseguida.
-Buenos días Lorena.
-Buenos días, Pepe. No me puedo creer que estés levantado tan temprano un sábado. ¿O te he despertado?-. Dijo ella con ironía.
-Para tu información, listilla, he madrugado. Tenía cosas que hacer. Pero dime ¿qué pasa?
-Quería que me acompañaras a comprar el regalo a tu hermano. Me gustaría ir a esa librería que van siempre tus padres.
-¡No me acordaba del cumpleaños de Bruno!
-No pasa nada, ya te lo he recordado yo. Entonces, ¿puedes acompañarme?-. Preguntó Lorena.
-Sí claro, sin problemas. Paso a buscarte por casa en quince minutos.
-¡Perfecto! Así tendremos tiempo para charlar sobre…. ¿cómo era que se llamaba?..¡Ah, Paula! ¿O ahora hay otra?-. Cotilleó su cuñada.
Paula puso los ojos como platos al oír su nombre en labios de la cuñada de Pedro. Lo miró con expresión de sorpresa y él le guiñó un ojo. No esperaba que le hubiese hablado a nadie de su familia sobre ella.
-Sigue siendo la misma-. Pedro acarició la mano de Paula-. Y ahora mismo está conmigo en el coche, y te ha escuchado.
-¡¿Cómo, que me ha oído?!-. Pedro y Paula rieron-. ¡Me lo podrías haber dicho! ¡Joder! Bueno, ya que estamos, hola Paula.
-Hola Lorena, encantada de oírte-. Volvió a reír.
-Ésta me la pagas Pedro. Luego hablamos. Adiós parejita-. Y Lorena colgó.
Paula se despidió de Pedro con un cálido beso cuando vio llegar a su madre a la librería. Quedaron en que pasaría a recogerla a la hora de comer y luego irían a casa de ella, ya que le habían prometido a Raquel que la ayudarían con el traslado. Comerían allí, con Raquel y Fran. Paula se bajó del coche y se dirigió hacia su madre. La saludó con un beso en las mejillas y ambas entraron en el establecimiento. Pedro se quedó mirándolas. Físicamente eran muy parecidas, de la misma estatura, con el pelo corto y aunque no las podía ver de frente recordó la primera vez que las vio juntas, el día del campeonato, y pudo apreciar que tenían la misma sonrisa, enmarcada en sus rostros redondos. No le cabía ninguna duda de que María había sido una chica muy guapa de joven y con los años, se había convertido en una mujer atractiva. Sólo tenía que mirar a Paula para afirmarlo, pero él sabía que su chica era mucho más guapa, más atractiva y más hermosa que su madre. Pero claro, no era objetivo. Se acordó de algo más, del color de los ojos de Paula. No eran como los de su madre. Pero tenían la misma mirada, la misma expresión. Eran tan transparentes que en ellos se reflejaban todo aquello que no decían con palabras. Pedro era capaz de ver a través de los ojos de Paula cómo se sentía en un momento determinado. Era increíble lo que podían transmitir con sólo mirarla. Y eso la hacía más especial, más misteriosa. Más sexy. Y eso le encantaba. Con esos pensamientos, encendió el coche y se dispuso a marcharse, cuando vio a Paula salir de la librería. Se quedó allí, en la puerta y agitando una de sus manos se despidió de él. Pedro alzó su mano izquierda y se marchó.
-¿Quién era ese?-. Le preguntó su madre en tono pícaro.
-¿Te acuerdas del muchacho bien esculpido?
-¡Claro que me acuerdo, con el que te acostaste!
-¡Mamá! ¿Se puede saber qué te pasa últimamente? -.Paula no dejaba de sorprenderse ante esa mujer. Esa no podía ser su madre.
-Simplemente me alegro de que tengas vida sexual hija, no creo que sea para tanto. Además, déjame verte-.María la analizó de arriba abajo-. Vienes con vestido y tacones y te presentas acompañada, de buena mañana, de Pedro. A ver si no me equivoco, pero habéis pasado la noche juntos en su casa. Si hubierais estado en la tuya, te habrías cambiado. ¿Puedo ganarme la vida como vidente?- .María sonrió.
-No se te escapa ni una. Si, hemos estado juntos en su casa. Pero no es sólo sexo. Creo que me he enamorado de él, mamá.
-¡Oh cariño, eso es fantástico!-. María abrazó a su hija-.Tenía ganas de verte sonreír de nuevo.
Su madre era una mujer estupenda, la madre más maravillosa del mundo. Nunca se metía en sus relaciones, pero siempre estaba a su lado cuando las cosas no salían bien. Y aunque sabía que se alegraba de que volviera a tener a alguien en su vida, sabía que su madre sentía pánico de que le hicieran daño. Dejaron de hablar de la vida sexual de Paula y cada una se enfrascó en sus tareas. Paula se introdujo dentro del almacén, que daba acceso a través de una puerta que había al final de la librería y que un letrero posado en ella decía privado. Estaba lleno de estanterías y de libros ordenados por autores y títulos de los libros. Cogió el listado del inventario que su madre le había entregado antes. En uno de los estantes había un pequeño reproductor de música, así que pulsó play y el almacén quedó envuelto en notas musicales. María, por su parte, se quedó detrás del mostrador, repasando un listado de libros que le habían llegado el día anterior y que no había tenido tiempo de comprobar. Los sábados sólo abría la librería por la mañana, así que solía ser un día bastante ajetreado. Estaba muy orgullosa de que su pequeño negocio funcionara tan bien. Estaba reciclándose con el tema de los libros electrónicos, poniendo a la venta, a través de la Web, todos los títulos de los libros que tenía disponible, y a un precio algo más asequible.
-Hola María-. Le saludó una voz. María estaba colocando unos libros en los estantes cuando se giró.
-Ah, hola Lorena, ¿qué tal estás?-. Le sonrió, y en ese momento se fijó en el chico que la acompañaba-. Tú eres Pedro, ¿verdad?-. Él afirmó con la cabeza.
-Hola María, me alegra volver a verla.
-¿Se conocéis?-. Preguntó Lorena con curiosidad.
-Nos conocimos la semana pasada. Es la mujer del director del colegio-. Comentó Pedro, sin añadir nada más, por si acaso.
-Sí y también es novio de mi hija-. Agregó María, para que no hubiera ninguna duda-. Y no me llames de usted, puedes tutearme.
-¿La famosa Paula es tu hija? ¡Vaya, el mundo es un pañuelo!-. Y ¿dónde está? ¿Cuándo puedo conocerla? Preguntó Lorena, que sabía que Pedro la había acompañado esa mañana.
-¡Claro que puedes conocerla! Pedro ve a buscarla. Está en el almacén, la puerta que hay al final-. Le dijo, señalándole la puerta.
Pedro se fue hacía donde le había indicado María, dejando a las dos mujeres, solas, y seguramente, hablando sobre él y Paula. Llegó a la puerta y la abrió con cuidado. No sabía que podía encontrarse allí, aparte de libros y a su chica. Detrás de esa puerta, había un minúsculo pasillo que moría en un almacén enorme, plagado de hojas llenas de letras. Escuchaba que salía una música de su interior y allí encontró a Paula. Tenía un listado entre las manos, junto a un bolígrafo. Iba descalza y sus pies se movían al ritmo de la melodía que sonaba en ese momento, con un estribillo bastante sugerente y acertado “Cause you sex takes me to paradise...” Se quedó apoyado en un estante, con los brazos y pies cruzados y sonriendo ante tal exhibición de baile. Se podía pasar todo el día allí parado, sin hacer nada, simplemente observándola.
-¡Aaahhh! ¡Pedro, qué susto me has dado!-. Gritó Paula cuando se dio la vuelta y lo vio.
-Perdona peque, no quería asustarte-. Pedro se acercó a ella y la besó.
-¿Qué haces aquí?-. Preguntó Paula cuando sus labios se liberaron.
-He venido con Lorena. Ven, quiero presentártela.
-¿Presentarme a tu cuñada?
-Sí, quiere conocerte. Ella ya conoce a tu madre. Venga, vamos.
Pedro la cogió de la mano y la sacó del almacén. Paula estaba como un tomate, ¡madre mía, qué vergüenza! Pedro la llevaba por las estanterías de la librería hasta que se paró delante de una mujer. Paula se quedó mirando a aquella mujer tan espectacular. ¡Qué pedazo tía! Era más alta que Pedro, con el pelo moreno y rizado y los ojos castaños. Tenía un cuerpo increíble, seguramente bastante trabajado en gimnasio, y también su trabajo así lo requeriría.
-Lorena, te presento a Paula. Mi novia-. Sonrió Pedro.
-Hola Paula, encantada de conocerte. ¡Por fin!
-Igualmente Lorena-. Paula se acercó a ella y se saludaron con besos en las mejillas. Vio que la cuñada de Pedro la miraba de forma extraña. Sabía que era policía, y quizás la estaba analizando, intentando recordar si estaba fichada, si era una delincuente o algo así.
-Ya sé de qué te conozco. Eres la chica del incendio-.Lorena recordó a Paula.
Pedro se quedó perplejo. Su cuñada conocía a Paula. Joder iba a ser verdad eso de que el mundo es un pañuelo. Pero eso del incendio… ¿qué incendio? ¿De qué demonios hablaba?
-¡Claro! Tú eres la agente que me tomó declaración cuando salí del hospital.
-Sí, y mi marido, el hermano de Pedro, fue quien te sacó del edificio.
-No recuerdo eso, no sé como salí de allí.
-Normal, cuando te encontró estabas inconsciente en el suelo. Por suerte, pudiste salir de la zona quemada y pudo sacarte. Y ahora mírate, aquí estás. Sé que ha pasado mucho tiempo pero me alegro de que te encuentres bien-. Lorena le sonrió.
-Gracias, yo también.
Lorena ya tenía el regalo de Bruno, el último libro de una saga de detectives que a su marido le encantaba. Lorena se despidió de Paula y de su madre cuando marchó del comercio. Pedro también hizo lo propio y quedó en pasar a buscar a Paula un poco más tarde para ir a comer. Acercó a Lorena hasta casa y durante el camino hablaron del aniversario de Bruno. Quedaron para cenar juntos ese día. Por supuesto, Paula estaba invitada. Ninguno de los dos sacó el tema del incendio, pero a Pedro le carcomía no saber más, qué era lo que había pasado. ¿Paula en un incendio? ¿Dónde pasó y cuando? Había visto el cuerpo desnudo de Paula y no había apreciado ninguna quemadura ni ningún otro rastro que le hubiera marcado el cuerpo. Su cuerpo era perfecto. No podía alejar de su mente la imagen de Paula rodeada de llamas, de fuego y tirada en el suelo. Ardiendo. ¡Dios, tenía que sacarse eso de la cabeza! Ella estaba bien, estaba viva, no le había pasado nada y estaba con él. Pero ¿y si ese día le hubiese pasado algo? ¿Y si ese día hubiese muerto? No la habría conocido, no se habría enamorado de ella. ¿Y él? ¿Qué habría sido de él sin Paula en su vida? Pedro empezaba a sentir como se le encogía el pecho. No había pensado nunca así. Pensar en que le podía pasar cualquier cosa a Paula le revolvía las entrañas. Sentía el alma vacía al imaginar su vida sin ella. ¡Joder, sí que le ha dado fuerte! No podía estar sin ella. Necesitaba estar cerca de ella cada minuto del día. Con esos pensamientos, llegó de nuevo a la librería, esperando a que fuera la hora de volver a ver a Paula. Salió del coche y se apoyó en él. Esperando. Ya quedaba menos. Se sentía todavía un poco nervioso y tenía unas ganas terribles de abrazarla. Hasta que no lo hiciera, no se calmaría. Ansiaba tenerla entre sus brazos y los malditos minutos no avanzaban.
María y Paula salieron a la hora de la librería. María saludó a Pedro desde la acera de enfrente y él le respondió de igual forma. Paula le dio un abrazo y dos besos a su madre como despedida antes de cruzar la calle y reunirse con su chico. Éste la esperaba ansioso y con una sonrisa en los labios.
-Hola peque-. Le dijo Pedro al acercarse Paula. No pudo contenerse, cogió su cara con las manos y degustó sus labios con un beso extremadamente cariñoso.
-Ummmm, me gusta este beso. Veo que me has echado de menos-. Sonrió Paula.
-Shhh, no digas nada. Sólo quiero sentirte-.Pedro la estrechó fuertemente entre sus brazos.
Paula sabía que algo pasaba. Ese beso tan tierno, ese abrazo que le arropaba todo el cuerpo, no eran normales. Había mucha ternura, e incluso se atrevería a decir que notaba a Pedro algo tembloroso. Por lo general, cuando la besaba y abrazaba, enseguida sentía que su chico se animaba y ahora no lo estaba. Pero no iba a preguntar lo que le pasaba. Estaba tan a gustito en ese abrazo que se dejó llevar por esa sensación de protección que sólo Pedro sabía ofrecerle. Se deshicieron del abrazo y Pedro apoyó su frente contra la de ella.
-Eres lo mejor que me ha pasado en la vida-. Pedro volvió a besarla de la misma manera que antes.
¿Por qué le decía eso? ¿Qué había pasado? ¿Pretendía que se derritiera allí mismo? porque lo estaba consiguiendo. Paula le separó la cara con las manos y lo miró a los ojos.
-Pepe, será mejor que pares, si no quieres que te viole en el coche-. La voz de Paula sonó tentadora, pero él no se dejó tentar.
-Esta noche podrás hacer conmigo lo que quieras, pero ahora hemos de irnos.
Subieron al coche rumbo a casa de Paula. Cuando llegaron tenían la comida preparada y a Raquel y Fran esperándolos. El piso seguía cubierto de cajas que pronto desaparecerían. Paula fue a su cuarto a cambiarse de ropa y fue a almorzar con los demás se contaron cómo les había ido la semana y habían puesto al día a sus amigos a cerca de la progresión de su relación. Paula estaba un poco triste por la marcha de Raquel, pero tenía que ser realista y sabía que tarde o temprano llegaría ese momento. Se alegraba por ella, pero echaría de menos sus charlas nocturnas. Ahora se quedaría sola en su casa. Pero no estaba sola, tenía a Pedro a su lado.
-Pau, ¿Te pasa algo?, pareces distraída-. Preguntó Raquel
-No, nada, es que te voy a echar de menos-. Raquel notó que a su amiga se le llenaban los ojos de lágrimas y se levantó para abrazarla.
-Yo también te voy a echar mucho de menos, pero te dejo en buenas manos-. Sonrieron, mirando a Pedro.
-Sabes que ésta es tu casa y que siempre tendrás las puertas abiertas. Y espero por tu bien-. Dijo Paula señalando a Fran,-. Que no tenga que volver para quedarse.
-Tranquila Paulita, que la voy a cuidar y a querer como si fueras tú-. Fran soltó su habitual tono de humor. Se levantó y también la abrazó, susurrándole algo al oído. -Gracias por cuidar de Raquel todo este tiempo. Eres una buena amiga.
-Ehhh, ¡qué pasa aquí con tanto manosear a mi peque! ¡Las manos quietas!
-¡Mi peque!-. Dijeron al unísono Raquel y Fran, que rieron.
Cuando acabaron de comer y después del café, Raquel y Paula se quedaron recogiendo y los chicos bajaban las cajas del traslado hasta los coches. Raquel estaba contenta de ver a su amiga sonreír de nuevo, se la veía radiante. Y Pedro no se quedaba atrás. Estaba hasta más guapo que antes. Eso de enamorarse le sentaba muy bien. Cuando acabaron de recoger, ayudaron a Pedro y a Fran con las cajas. ¡Madre mía no se acababa nunca! Las repartieron entre los dos coches de ellos, pero aún así, tendrían que hacer varios viajes más. Una vez completos los vehículos, hicieron el primer trayecto hasta casa de Fran. Allí descargaron y volvieron dos veces más al piso de Paula, que después de esos viajes, quedó limpio de paquetes. Caía la noche cuando Pedro y Paula se despidieron de sus amigos. Paula le pidió a Pedro que se quedara en su casa a dormir y éste aceptó sin dudarlo. Primero pasaron por su casa a buscar ropa limpia y recoger el coche de Paula. Cuando llegaron a su casa, estaba tan cansada que sin pensarlo, se tiró boca abajo en el sofá.
-¡Estoy muerta!-. Exclamó Paula.
-Si quieres puedo darte un masaje-. Pedro se sentó sobre ella, quedando atrapada entre sus piernas, e introdujo las manos por debajo de la camiseta de Paula.
-¡Oh, Dios! Cómo me gustan tus manos….
Pedro se quitó su remera y despojó a Paula de la suya. Le desabrochó el sujetador y tuvo su espalda toda descubierta para él. Continuó masajeándola con sus manos, desplazándolas por sus hombros, por su columna, por su cintura, y volviéndolas a subir por sus costados hasta llegar a sus pechos. Pedro se inclinó sobre la espalda de Paula, apoyándose sobre sus antebrazos y así poder acariciarle los pechos. Paula se separó un poco del sofá, para facilitar la maniobra de Pedro. Mientras rozaba con los dedos sus pezones, su boca tenía el trabajo de besarle la espalda. Notaba como Paula se estremecía, como su garganta emitía pequeños gemidos placenteros.
-Sabes tan bien….Te deseo tanto Paula.
Pedro subió sus labios hasta el cuello de su chica, lamiendo el camino que lo separaba de la boca de ella. Paula giró la cabeza para besarlo, pero Pedro la agarro de la cintura y le dio la vuelta para quedar frente a él. Le devoró los labios con un hambre atroz, su lengua buscaba desesperadamente encontrarse con la suya, bañarse en la humedad de su boca, disfrutar de su sabor. No podía desprenderse de esos labios, no tenía suficiente para saciarse y necesitaba besarla. Paula descendió sus manos por el cuerpo de Pedro y le arrebató la ropa que le quedaba puesta. Pedro se quitó las zapatillas en un santiamén y deslizó su ropa hacia abajo. Paula lo miró y pudo ver que su chico estaba empalmado. Ella sonrió y se mordió el labio inferior de manera seductora, haciendo que Pedro se excitara todavía más. Le quitó el calzado, agarró sus pantalones y se los bajó hasta que se deshizo de ellos. Las bragas también le molestaban, ¡así que fuera! Pedro rozó las piernas de Paula con sus dedos a la vez que acercaba sus labios a sus muslos.
-Paula, estoy enamorado de ti.
Ella permanecía con sus ojos clavados en los de él. No esperaba esa confesión. Sabía que entre ellos había algo más que sexo, sabía que ella le gustaba, creía que estaba enamorado de ella, pero oírselo decir, allí, en su casa, después de hacer el amor hizo que se sintiera perdida. Nadie le había dicho nada parecido, nadie la trataba como lo hacía él, nadie la hablaba como sólo él sabía hacerlo, nadie la había tocado como él. No sabía que decirle, así que ya que no salían palabras de su boca, sus ojos hablaron por ella, llenándose de lágrimas y éstas cayendo por su rostro. Escondió su cara en el pecho de Pedro, sin poder detener los sollozos que salían de su cuerpo.
-Pau, ¿por qué lloras? ¿Es por lo que te he dicho?
Pedro la abrazaba por la cintura con una mano y con la otra le acariciaba el pelo. No le gustaba verla llorar, pero últimamente lo hacía muy a menudo, ayer en la cena y ahora. ¿Por qué siempre se derrumbaba? ¿Qué le había pasado? ¿Qué le habían hecho? Tenía tantas preguntas y ninguna respuesta que estaba dispuesto a averiguarlo. Tenía que hablar con ella, pero sería en otro momento.
-Lo siento, Pepe, perdona.-. Dijo sorbiéndose la nariz.- .Sí, es por lo que has dicho. Es la primera vez que alguien me dice algo así-. Lo volvió a mirar a los ojos-. Yo también estoy enamorada de ti.
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Otro capitulo, espero que les guste! :)