lunes, 30 de septiembre de 2013

Capitulo 9

-Buenos días, bella durmiente.
Paula escuchaba esas palabras, que iban acompañadas de pequeños besos. Todavía estaba medio adormilada, pero sabía de quién eran esos besos. Los conocía bastante bien. Mientras abría los ojos, se despedazaba en la cama y escuchó como Pedro soltaba una carcajada.
 
-Buenos días. Parece que te has despertado de buen humor.
-Tú me provocas que esté de buen humor-. Pedro la besó en los labios. Le tendió las manos para ayudarla a levantarse de la cama-. Vamos, arriba pequeña, que te he preparado el desayuno.
 
-¿Me has preparado el desayuno? ¡Dios, eres perfecto!-. Paula lo abrazó.
-Me encargaré de recordártelo-. Le guiñó un ojo-. Te dejo que te vistas y no tardes.
Pedro salió de la habitación y la dejó sola. Paula se levantó de la cama y aunque era algo temprano para estar despierta un sábado, se encontraba descansada. Lo mejor de todo fue que lo primero que vio fue a Pedro. Le encantaría poder levantarse todas las mañanas con él a su lado. ¡Qué mejor manera de empezar el día! Se puso a buscar su ropa por toda la habitación pero no la encontró. ¿Dónde se la había quitado? ¡En el comedor! Y ahora que lo pensaba, ¿cómo había llegado hasta la cama? Lo último que recordaba era que estaba con Pedro, en la bañera. ¿Y luego? No le quedaba más remedio que preguntarle a él. Fue hacia el baño para asearse. Se miró en el espejo y pudo apreciar su rostro iluminado. Tenía una luz nueva, diferente. Estaba radiante. Hacía mucho tiempo que no veía ese brillo en sus ojos, en su piel, en su alma. El culpable estaba en esa casa y le había preparado el desayuno. Salió del baño y fue a su encuentro.
-¡Ni cuando venían los reyes magos a casa me excitaba tanto estar levantado!-.Pedro la miraba sonriendo.
-Mira que eres payaso-.Paula sonrió, se agachó y recogió su ropa, desperdigada por el suelo del comedor.
 
Pedro estaba sentado en el sofá, esperándola para desayunar. Estaba con ropa informal pero le quedaba irresistiblemente sexy. Una vez se puso su ropa, siguió a Pedro hasta la cocina. Allí, sobre la mesa, estaba dispuesto un gran banquete para empezar bien la mañana: café recién hecho, un jugo de naranja recién exprimido, tostadas, croissants pequeñitos de chocolate, embutido, mantequilla y mermelada.
 
-¡Madre mía, esto es mejor que un hotel!
-Sí, pero en este hotel sólo acepto un huésped. Tú-. Pedro cogió una de sus manos, la besó y acercó a Paula hasta la mesa.
-Pepe, a lo mejor te ríes de mí, porqué no lo recuerdo, pero, ¿cómo llegué anoche hasta la cama después del baño?
 
Pedro rió. Esa mañana estaba especialmente contento. Sonreía por cualquier cosa.
-Te quedaste dormida en la bañera. Tuve que sacarte, secarte y meterte en la cama.
-¿Cómo pude quedarme dormida en la bañera? ¡Dios, qué vergüenza!-.Paula se tapó la cara con ambas manos.
-Eh, Pau, no pasa nada-. Le dijo él, quitando las manos de su cara. Por suerte eres pequeña y manejable. No pesas demasiado.
 
-Por eso me llamas pequeña.
-Pero lo hago de una forma cariñosa. Quiero que seas mi pequeña-. Pedro la besó, saboreando el café de sus labios.
-¿No te has dado cuenta de que ya lo soy?-. Le dijo Paula, separándose de sus labios-.Si todavía tienes dudas, es que esta noche no lo he hecho demasiado bien. Voy a tener que emplearme más a fondo-. Le sonrió picarona.
-Creo que claro, lo que se dice muy claro, no me ha quedado. Vas a tener que esmerarte algo más para convencerme-. Le acarició la oreja con un susurro muy sensual.
-Bien, pues podemos empezar por esto…-. Paula buscó sus labios para besarlos intensamente y fundirse en un abrazo.
 
-Ummm......, estoy algo más convencido…-. Le dijo, sin dejar de abrazarla-. Acaba de desayunar que te acerco a la librería.
-Si no te despegas de mí, no podré hacerlo-. Rieron-. Además tengo el coche abajo, no hace falta que me acompañes.
-Quiero acompañarte. Es lo mínimo que puedo hacer después de secuestrarte toda la noche.
Vale, volvía a ganar. Era tan contagioso su buen humor que le era imposible negarle nada. No podía. Disfrutaba viéndolo así, tan dicharachero, feliz. Prefería a ese Pedro matutino que al que se encontró la mañana que durmieron en su casa. Cómo había cambiado todo en una semana. Él, ella, su relación, sus sentimientos. Un chico como él quería estar con ella, ¿cómo era posible? ¿Hasta cuándo querría eso? La angustia porque llegara ese momento se le había instalado de nuevo en el cuerpo, después de pasar la mejor noche de su vida, y no sabía cómo se enfrentaría a ello. Intentó despejar de su cabeza ese pensamiento y dejarse llevar por las cosas maravillosas que Pedro le ofrecía. Acabaron de desayunar, recogieron la cocina y se fueron dirección al parking, donde Pedro tenía aparcado su coche. Se montaron en él y se dirigieron a la librería de María. Paula tuvo que indicarle la dirección a Pedro, ya que él desconocía la ubicación de la tienda. Durante el trayecto, que apenas duró diez minutos, hablaron, rieron, compartieron miradas, caricias. Finalmente llegaron al destino y Pedro aparcó el coche frente a la librería. Cuando la vio, le sonaba el nombre del establecimiento, “Los libros de Martín”, pero no lo ubicaba. Se quedaron sentados el uno frente al otro.
-Así que ésta es la librería de tu madre-. Le dijo, señalándola.
-Sí esa es y por lo que veo todavía no ha llegado-. Dijo Paula al ver que estaba cerrada-. Mi madre ésta muy orgullosa de haberla conseguido. Siempre le ha encantado el mundo de los libros. Puede pasarse las horas perdida entre ellos. Y a mí me pasa lo mismo.
 
En ese momento sonó el teléfono de Pedro. Paula miró la pantalla, ya que tenía puesto el manos libres, y visualizó el nombre, Lorena. Recordó quien era. Su cuñada. Pedro contestó enseguida.
-Buenos días Lorena.
-Buenos días, Pepe. No me puedo creer que estés levantado tan temprano un sábado. ¿O te he despertado?-. Dijo ella con ironía.
-Para tu información, listilla, he madrugado. Tenía cosas que hacer. Pero dime ¿qué pasa?
-Quería que me acompañaras a comprar el regalo a tu hermano. Me gustaría ir a esa librería que van siempre tus padres.
 
-¡No me acordaba del cumpleaños de Bruno!
-No pasa nada, ya te lo he recordado yo. Entonces, ¿puedes acompañarme?-. Preguntó Lorena.
-Sí claro, sin problemas. Paso a buscarte por casa en quince minutos.
-¡Perfecto! Así tendremos tiempo para charlar sobre…. ¿cómo era que se llamaba?..¡Ah, Paula! ¿O ahora hay otra?-. Cotilleó su cuñada.
Paula puso los ojos como platos al oír su nombre en labios de la cuñada de Pedro. Lo miró con expresión de sorpresa y él le guiñó un ojo. No esperaba que le hubiese hablado a nadie de su familia sobre ella.
-Sigue siendo la misma-. Pedro acarició la mano de Paula-. Y ahora mismo está conmigo en el coche, y te ha escuchado.
-¡¿Cómo, que me ha oído?!-. Pedro y Paula rieron-. ¡Me lo podrías haber dicho! ¡Joder! Bueno, ya que estamos, hola Paula.
-Hola Lorena, encantada de oírte-. Volvió a reír.
-Ésta me la pagas Pedro. Luego hablamos. Adiós parejita-. Y Lorena colgó.
Paula se despidió de Pedro con un cálido beso cuando vio llegar a su madre a la librería. Quedaron en que pasaría a recogerla a la hora de comer y luego irían a casa de ella, ya que le habían prometido a Raquel que la ayudarían con el traslado. Comerían allí, con Raquel y Fran. Paula se bajó del coche y se dirigió hacia su madre. La saludó con un beso en las mejillas y ambas entraron en el establecimiento. Pedro se quedó mirándolas. Físicamente eran muy parecidas, de la misma estatura, con el pelo corto y aunque no las podía ver de frente recordó la primera vez que las vio juntas, el día del campeonato, y pudo apreciar que tenían la misma sonrisa, enmarcada en sus rostros redondos. No le cabía ninguna duda de que María había sido una chica muy guapa de joven y con los años, se había convertido en una mujer atractiva. Sólo tenía que mirar a Paula para afirmarlo, pero él sabía que su chica era mucho más guapa, más atractiva y más hermosa que su madre. Pero claro, no era objetivo. Se acordó de algo más, del color de los ojos de Paula. No eran como los de su madre. Pero tenían la misma mirada, la misma expresión. Eran tan transparentes que en ellos se reflejaban todo aquello que no decían con palabras. Pedro era capaz de ver a través de los ojos de Paula cómo se sentía en un momento determinado. Era increíble lo que podían transmitir con sólo mirarla. Y eso la hacía más especial, más misteriosa. Más sexy. Y eso le encantaba. Con esos pensamientos, encendió el coche y se dispuso a marcharse, cuando vio a Paula salir de la librería. Se quedó allí, en la puerta y agitando una de sus manos se despidió de él. Pedro alzó su mano izquierda y se marchó.
-¿Quién era ese?-. Le preguntó su madre en tono pícaro.
-¿Te acuerdas del muchacho bien esculpido?
 
-¡Claro que me acuerdo, con el que te acostaste!
-¡Mamá! ¿Se puede saber qué te pasa últimamente? -.Paula no dejaba de sorprenderse ante esa mujer. Esa no podía ser su madre.
-Simplemente me alegro de que tengas vida sexual hija, no creo que sea para tanto. Además, déjame verte-.María la analizó de arriba abajo-. Vienes con vestido y tacones y te presentas acompañada, de buena mañana, de Pedro. A ver si no me equivoco, pero habéis pasado la noche juntos en su casa. Si hubierais estado en la tuya, te habrías cambiado. ¿Puedo ganarme la vida como vidente?- .María sonrió.
-No se te escapa ni una. Si, hemos estado juntos en su casa. Pero no es sólo sexo. Creo que me he enamorado de él, mamá.
-¡Oh cariño, eso es fantástico!-. María abrazó a su hija-.Tenía ganas de verte sonreír de nuevo.
 
Su madre era una mujer estupenda, la madre más maravillosa del mundo. Nunca se metía en sus relaciones, pero siempre estaba a su lado cuando las cosas no salían bien. Y aunque sabía que se alegraba de que volviera a tener a alguien en su vida, sabía que su madre sentía pánico de que le hicieran daño. Dejaron de hablar de la vida sexual de Paula y cada una se enfrascó en sus tareas. Paula se introdujo dentro del almacén, que daba acceso a través de una puerta que había al final de la librería y que un letrero posado en ella decía privado. Estaba lleno de estanterías y de libros ordenados por autores y títulos de los libros. Cogió el listado del inventario que su madre le había entregado antes. En uno de los estantes había un pequeño reproductor de música, así que pulsó play y el almacén quedó envuelto en notas musicales. María, por su parte, se quedó detrás del mostrador, repasando un listado de libros que le habían llegado el día anterior y que no había tenido tiempo de comprobar. Los sábados sólo abría la librería por la mañana, así que solía ser un día bastante ajetreado. Estaba muy orgullosa de que su pequeño negocio funcionara tan bien. Estaba reciclándose con el tema de los libros electrónicos, poniendo a la venta, a través de la Web, todos los títulos de los libros que tenía disponible, y a un precio algo más asequible.
 
-Hola María-. Le saludó una voz. María estaba colocando unos libros en los estantes cuando se giró.
-Ah, hola Lorena, ¿qué tal estás?-. Le sonrió, y en ese momento se fijó en el chico que la acompañaba-. Tú eres Pedro, ¿verdad?-. Él afirmó con la cabeza.
-Hola María, me alegra volver a verla.
-¿Se conocéis?-. Preguntó Lorena con curiosidad.
-Nos conocimos la semana pasada. Es la mujer del director del colegio-. Comentó Pedro, sin añadir nada más, por si acaso.
-Sí y también es novio de mi hija-. Agregó María, para que no hubiera ninguna duda-. Y no me llames de usted, puedes tutearme.
-¿La famosa Paula es tu hija? ¡Vaya, el mundo es un pañuelo!-. Y ¿dónde está? ¿Cuándo puedo conocerla? Preguntó Lorena, que sabía que Pedro la había acompañado esa mañana.
-¡Claro que puedes conocerla! Pedro ve a buscarla. Está en el almacén, la puerta que hay al final-. Le dijo, señalándole la puerta.
Pedro se fue hacía donde le había indicado María, dejando a las dos mujeres, solas, y seguramente, hablando sobre él y Paula. Llegó a la puerta y la abrió con cuidado. No sabía que podía encontrarse allí, aparte de libros y a su chica. Detrás de esa puerta, había un minúsculo pasillo que moría en un almacén enorme, plagado de hojas llenas de letras. Escuchaba que salía una música de su interior y allí encontró a Paula. Tenía un listado entre las manos, junto a un bolígrafo. Iba descalza y sus pies se movían al ritmo de la melodía que sonaba en ese momento, con un estribillo bastante sugerente y acertado “Cause you sex takes me to paradise...” Se quedó apoyado en un estante, con los brazos y pies cruzados y sonriendo ante tal exhibición de baile. Se podía pasar todo el día allí parado, sin hacer nada, simplemente observándola.
 
-¡Aaahhh! ¡Pedro, qué susto me has dado!-. Gritó Paula cuando se dio la vuelta y lo vio.
-Perdona peque, no quería asustarte-. Pedro se acercó a ella y la besó.
-¿Qué haces aquí?-. Preguntó Paula cuando sus labios se liberaron.
-He venido con Lorena. Ven, quiero presentártela.
-¿Presentarme a tu cuñada?
-Sí, quiere conocerte. Ella ya conoce a tu madre. Venga, vamos.
Pedro la cogió de la mano y la sacó del almacén. Paula estaba como un tomate, ¡madre mía, qué vergüenza! Pedro la llevaba por las estanterías de la librería hasta que se paró delante de una mujer. Paula se quedó mirando a aquella mujer tan espectacular. ¡Qué pedazo tía! Era más alta que Pedro, con el pelo moreno y rizado y los ojos castaños. Tenía un cuerpo increíble, seguramente bastante trabajado en gimnasio, y también su trabajo así lo requeriría.
 
-Lorena, te presento a Paula. Mi novia-. Sonrió Pedro.
-Hola Paula, encantada de conocerte. ¡Por fin!
-Igualmente Lorena-. Paula se acercó a ella y se saludaron con besos en las mejillas.  Vio que la cuñada de Pedro la miraba de forma extraña. Sabía que era policía, y quizás la estaba analizando, intentando recordar si estaba fichada, si era una delincuente o algo así.
 
-Ya sé de qué te conozco. Eres la chica del incendio-.Lorena recordó a Paula.
 
Pedro se quedó perplejo. Su cuñada conocía a Paula. Joder iba a ser verdad eso de que el mundo es un pañuelo. Pero eso del incendio… ¿qué incendio? ¿De qué demonios hablaba?
-¡Claro! Tú eres la agente que me tomó declaración cuando salí del hospital.
-Sí, y mi marido, el hermano de Pedro, fue quien te sacó del edificio.
 
-No recuerdo eso, no sé como salí de allí.
-Normal, cuando te encontró estabas inconsciente en el suelo. Por suerte, pudiste salir de la zona quemada y pudo sacarte. Y ahora mírate, aquí estás. Sé que ha pasado mucho tiempo pero me alegro de que te encuentres bien-. Lorena le sonrió.
-Gracias, yo también.
 
Lorena ya tenía el regalo de Bruno, el último libro de una saga de detectives que a su marido le encantaba. Lorena se despidió de Paula y de su madre cuando marchó del comercio. Pedro también hizo lo propio y quedó en pasar a buscar a Paula un poco más tarde para ir a comer. Acercó a Lorena hasta casa y durante el camino hablaron del aniversario de Bruno. Quedaron para cenar juntos ese día. Por supuesto, Paula estaba invitada. Ninguno de los dos sacó el tema del incendio, pero a Pedro le carcomía no saber más, qué era lo que había pasado. ¿Paula en un incendio? ¿Dónde pasó y cuando? Había visto el cuerpo desnudo de Paula y no había apreciado ninguna quemadura ni ningún otro rastro que le hubiera marcado el cuerpo. Su cuerpo era perfecto. No podía alejar de su mente la imagen de Paula rodeada de llamas, de fuego y tirada en el suelo. Ardiendo. ¡Dios, tenía que sacarse eso de la cabeza! Ella estaba bien, estaba viva, no le había pasado nada y estaba con él. Pero ¿y si ese día le hubiese pasado algo? ¿Y si ese día hubiese muerto? No la habría conocido, no se habría enamorado de ella. ¿Y él? ¿Qué habría sido de él sin Paula en su vida? Pedro empezaba a sentir como se le encogía el pecho. No había pensado nunca así. Pensar en que le podía pasar cualquier cosa a Paula le revolvía las entrañas. Sentía el alma vacía al imaginar su vida sin ella. ¡Joder, sí que le ha dado fuerte! No podía estar sin ella. Necesitaba estar cerca de ella cada minuto del día. Con esos pensamientos, llegó de nuevo a la librería, esperando a que fuera la hora de volver a ver a Paula. Salió del coche y se apoyó en él. Esperando. Ya quedaba menos. Se sentía todavía un poco nervioso y tenía unas ganas terribles de abrazarla. Hasta que no lo hiciera, no se calmaría. Ansiaba tenerla entre sus brazos y los malditos minutos no avanzaban.
 
María y Paula salieron a la hora de la librería. María saludó a Pedro desde la acera de enfrente y él le respondió de igual forma. Paula le dio un abrazo y dos besos a su madre como despedida antes de cruzar la calle y reunirse con su chico. Éste la esperaba ansioso y con una sonrisa en los labios.
-Hola peque-. Le dijo Pedro al acercarse Paula. No pudo contenerse, cogió su cara con las manos y degustó sus labios con un beso extremadamente cariñoso.
-Ummmm, me gusta este beso. Veo que me has echado de menos-. Sonrió Paula.
-Shhh, no digas nada. Sólo quiero sentirte-.Pedro la estrechó fuertemente entre sus brazos.
Paula sabía que algo pasaba. Ese beso tan tierno, ese abrazo que le arropaba todo el cuerpo, no eran normales. Había mucha ternura, e incluso se atrevería a decir que notaba a Pedro algo tembloroso. Por lo general, cuando la besaba y abrazaba, enseguida sentía que su chico se animaba y ahora no lo estaba. Pero no iba a preguntar lo que le pasaba. Estaba tan a gustito en ese abrazo que se dejó llevar por esa sensación de protección que sólo Pedro sabía ofrecerle. Se deshicieron del abrazo y Pedro apoyó su frente contra la de ella.
 
-Eres lo mejor que me ha pasado en la vida-. Pedro volvió a besarla de la misma manera que antes.
 
¿Por qué le decía eso? ¿Qué había pasado? ¿Pretendía que se derritiera allí mismo? porque lo estaba consiguiendo. Paula le separó la cara con las manos y lo miró a los ojos.
 
-Pepe, será mejor que pares, si no quieres que te viole en el coche-. La voz de Paula sonó tentadora, pero él no se dejó tentar.
-Esta noche podrás hacer conmigo lo que quieras, pero ahora hemos de irnos.
Subieron al coche rumbo a casa de Paula. Cuando llegaron tenían la comida preparada y a Raquel y Fran esperándolos. El piso seguía cubierto de cajas que pronto desaparecerían. Paula fue a su cuarto a cambiarse de ropa y fue a almorzar con los demás se contaron cómo les había ido la semana y habían puesto al día a sus amigos a cerca de la progresión de su relación. Paula estaba un poco triste por la marcha de Raquel, pero tenía que ser realista y sabía que tarde o temprano llegaría ese momento. Se alegraba por ella, pero echaría de menos sus charlas nocturnas. Ahora se quedaría sola en su casa. Pero no estaba sola, tenía a Pedro a su lado.
 
-Pau, ¿Te pasa algo?, pareces distraída-. Preguntó Raquel
-No, nada, es que te voy a echar de menos-. Raquel notó que a su amiga se le llenaban los ojos de lágrimas y se levantó para abrazarla.
 
-Yo también te voy a echar mucho de menos, pero te dejo en buenas manos-. Sonrieron, mirando a Pedro.
 
-Sabes que ésta es tu casa y que siempre tendrás las puertas abiertas. Y espero por tu bien-. Dijo Paula señalando a Fran,-. Que no tenga que volver para quedarse.
-Tranquila Paulita, que la voy a cuidar y a querer como si fueras tú-. Fran soltó su habitual tono de humor. Se levantó y también la abrazó, susurrándole algo al oído. -Gracias por cuidar de Raquel todo este tiempo. Eres una buena amiga.
-Ehhh, ¡qué pasa aquí con tanto manosear a mi peque! ¡Las manos quietas!
-¡Mi peque!-. Dijeron al unísono Raquel y Fran, que rieron.
 
Cuando acabaron de comer y después del café, Raquel y Paula se quedaron recogiendo y los chicos bajaban las cajas del traslado hasta los coches. Raquel estaba contenta de ver a su amiga sonreír de nuevo, se la veía radiante. Y Pedro no se quedaba atrás. Estaba hasta más guapo que antes. Eso de enamorarse le sentaba muy bien. Cuando acabaron de recoger, ayudaron a Pedro y a Fran con las cajas. ¡Madre mía no se acababa nunca! Las repartieron entre los dos coches de ellos, pero aún así, tendrían que hacer varios viajes más. Una vez completos los vehículos, hicieron el primer trayecto hasta casa de Fran. Allí descargaron y volvieron dos veces más al piso de Paula, que después de esos viajes, quedó limpio de paquetes. Caía la noche cuando Pedro y Paula se despidieron de sus amigos. Paula le pidió a Pedro que se quedara en su casa a dormir y éste aceptó sin dudarlo. Primero pasaron por su casa a buscar ropa limpia y recoger el coche de Paula. Cuando llegaron a su casa, estaba tan cansada que sin pensarlo, se tiró boca abajo en el sofá.
-¡Estoy muerta!-. Exclamó Paula.
-Si quieres puedo darte un masaje-. Pedro se sentó sobre ella, quedando atrapada entre sus piernas, e introdujo las manos por debajo de la camiseta de Paula.
-¡Oh, Dios! Cómo me gustan tus manos….
 
Pedro se quitó su remera y despojó a Paula de la suya. Le desabrochó el sujetador y tuvo su espalda toda descubierta para él. Continuó masajeándola con sus manos, desplazándolas por sus hombros, por su columna, por su cintura, y volviéndolas a subir por sus costados hasta llegar a sus pechos. Pedro se inclinó sobre la espalda de Paula, apoyándose sobre sus antebrazos y así poder acariciarle los pechos. Paula se separó un poco del sofá, para facilitar la maniobra de Pedro. Mientras rozaba con los dedos sus pezones, su boca tenía el trabajo de besarle la espalda. Notaba como Paula se estremecía, como su garganta emitía pequeños gemidos placenteros.
-Sabes tan bien….Te deseo tanto Paula.
Pedro subió sus labios hasta el cuello de su chica, lamiendo el camino que lo separaba de la boca de ella. Paula giró la cabeza para besarlo, pero Pedro la agarro de la cintura y le dio la vuelta para quedar frente a él. Le devoró los labios con un hambre atroz, su lengua buscaba desesperadamente encontrarse con la suya, bañarse en la humedad de su boca, disfrutar de su sabor. No podía desprenderse de esos labios, no tenía suficiente para saciarse y necesitaba besarla. Paula descendió sus manos por el cuerpo de Pedro y le arrebató la ropa que le quedaba puesta. Pedro se quitó las zapatillas en un santiamén y deslizó su ropa hacia abajo. Paula lo miró y pudo ver que su chico estaba empalmado. Ella sonrió y se mordió el labio inferior de manera seductora, haciendo que Pedro se excitara todavía más. Le quitó el calzado, agarró sus pantalones y se los bajó hasta que se deshizo de ellos. Las bragas también le molestaban, ¡así que fuera! Pedro rozó las piernas de Paula con sus dedos a la vez que acercaba sus labios a sus muslos.
Después de terminar el acto de amor entre ellos Pedro abrazaba con ternura. Ese momento post-coital era de lo más íntimo. Pedro rompió el abrazo y le cogió la cara con sus manos. La miró a los ojos.
-Paula, estoy enamorado de ti.
 
Ella permanecía con sus ojos clavados en los de él. No esperaba esa confesión. Sabía que entre ellos había algo más que sexo, sabía que ella le gustaba, creía que estaba enamorado de ella, pero oírselo decir, allí, en su casa, después de hacer el amor hizo que se sintiera perdida. Nadie le había dicho nada parecido, nadie la trataba como lo hacía él, nadie la hablaba como sólo él sabía hacerlo, nadie la había tocado como él. No sabía que decirle, así que ya que no salían palabras de su boca, sus ojos hablaron por ella, llenándose de lágrimas y éstas cayendo por su rostro. Escondió su cara en el pecho de Pedro, sin poder detener los sollozos que salían de su cuerpo.
-Pau, ¿por qué lloras? ¿Es por lo que te he dicho?
Pedro la abrazaba por la cintura con una mano y con la otra le acariciaba el pelo. No le gustaba verla llorar, pero últimamente lo hacía muy a menudo, ayer en la cena y ahora. ¿Por qué siempre se derrumbaba? ¿Qué le había pasado? ¿Qué le habían hecho? Tenía tantas preguntas y ninguna respuesta que estaba dispuesto a averiguarlo. Tenía que hablar con ella, pero sería en otro momento.
-Lo siento, Pepe, perdona.-. Dijo sorbiéndose la nariz.- .Sí, es por lo que has dicho. Es la primera vez que alguien me dice algo así-. Lo volvió a mirar a los ojos-. Yo también estoy enamorada de ti.


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Otro capitulo, espero que les guste! :)

jueves, 26 de septiembre de 2013

Capitulo 8

-¡Paula, Paula, despierta!
-¡¿Qué pasa?!-. Paula notó que su compañera de piso la zarandeabaen la cama. Se despertó alarmada.
-¿Qué, qué pasa?-. Le dijo Raquel-. Pues pasa que te ha sonado el despertador, lo has apagado y te has vuelto a dormir. ¡Llegas tarde!
-¡Mierda!-. Paula vio en el despertador que tenía media hora para vestirse y llegar a su trabajo.
 
-Qué, mucho ajetreo anoche ¿eh?-. Le guiñó un ojo su compañera.
-¡Raquel no me jodas!, no estoy ahora mismo para bromas.
-Vale, vale, lo digo porque como no sueles dormirte, he imaginado que ayer hubo fiesta en tu cama-. Raquel le sacó la lengua.
-No, no hubo fiesta ni en mi cama ni en ningún sitio-. Paula seguía vistiéndose con prisas.
-¿A no?, joder, y yo que pensaba que sí. Los vi tan bien ahí en el sofá, juntitos.
-Para tu información y para que me dejes tranquila, te comento que no he vuelto a acostarme con Pedro.
-¿Cómo que no? ¡Madre mía! ¿Sólo se han acostado una vez, la vez que se conocieron?-. Raquel estaba algo perpleja.
-Sí sólo esa vez. Esta noche ceno en su casa y espero estar con el en esa cama nueva que ha comprado-. Paula se dirigió al baño para acabar de arreglarse.
-¿Cama nueva? ¿Has estado en su casa y no ha pasado nada?
-Raquel, déjalo por favor, ya te he dicho que no me he vuelto a acostar con él. Oye, te dejo-. Paula le dio un beso en la mejilla y se fue corriendo. ¡Dios, mi jefe me mata!
Corrió hacia su coche, que lo había dejado aparcado en la calle de atrás. Subió y salió pitando en dirección a su trabajo. Mientras esperaba en un semáforo, envió un mensaje a su jefe, que decía que se retrasaría. Llegó quince minutos tarde y cuando lo hizo, Javi la estaba esperando.
 
-Buenos días, Javi.
-Buenos días Paula. ¿Has dormido bien?-. Dijo socarrón.
-Vaya, ¡veo que se han levantado todos cachondos!-. Paula sabía que su jefe lo decía en broma-. Siento llegar tarde, Javi.
-No importa.
-¿A no? ¿No vas a echarme la bronca?-. Javi negó con la cabeza-. Entonces, ¿por qué estás esperándome en recepción?
-Por esto-. Javi le entregó una caja pequeña, plateada-. Me la ha dado Antonio, el conserje, que se la ha dejado un chico esta mañana. Es para ti-. Paula con los ojos abiertos y una expresión de sorpresa, que embargaba su rostro, cogió la cajita.
-Parece que tienes un admirador-. Javi se acercó a Paula mientras ella abría su regalo. Ya sabía de quien era.
-Es algo más que un admirador-. Paula sacó de su interior una rosa roja, acompañada por una nota manuscrita. “Te espero impaciente esta noche. Un beso. Pedro.” Paula no pudo evitar sonreír y su jefe al lado, la miraba atónito.
-¿Quién es ese Pedro?-. Preguntó con gran curiosidad.
 
-Es un chico que conocí la noche de tu cumpleaños-. Contestó Paula.
-¡Joder, sí que resultó provechosa esa noche! David y Helena se lían, y tú encuentras a tu príncipe azul. Voy a tener que sacaros más a menudo. ¡Para que luego critiquen a los jefes!-. Javi se fue a su despacho, riendo, dejando a Paula con su obsequio.
No podía dejar de mirar la rosa, no pudo evitar acercársela a la nariz para olerla. No olía como una rosa, pero sí percibió el perfume de Pedro en sus pétalos. Era todo encanto. ¿Cómo podía evitar sentirse atraída por ese hombre? Sencillamente, no podía. Ella también estaba impaciente por que llegase la noche y probar, en primer lugar, esa cena que le había prometido, y en segundo lugar la magnífica cama de su dormitorio. ¡Dios no podía quitarse de la cabeza esa maldita cama! Pensó en no esperar hasta la noche y darle las gracias en ese momento. Agarro su teléfono y lo llamó. Pero no contestó, así que le dejó un mensaje en el contestador. Volvió a meter la flor y la nota en su lugar y se puso a trabajar.
 

Esa mañana, Pedro tenía tres horas seguidas de clase, las suyas y la de otro compañero que estaba de baja. Cuando acabó, decidió darse una ducha, así que se dirigió a los vestuarios.
Abrió su bolsa de deporte, donde tenía la ropa limpia, y sacó del bolsillo de sus pantalones el móvil. Vio que tenía una llamada perdida. Era de Paula. Le había dejado un mensaje. Lo escuchó.
“Hola Pepe, soy Paula. Sólo te llamaba para decirte que he recibido tu nota y tu rosa. Ha sido todo un detalle. Muchas gracias. Yo también estoy impaciente por verte. Un beso.”
Pedro se alegró de oír ese mensaje y sobretodo de saber que el paquete había llegado a su destinatario. Él mismo se lo había entregado en mano al conserje del edificio. Un hombre simpático. Contestó al mensaje de Paula a través de un Line.
“Hola pequeña, acabo de escuchar tu mensaje. Me encanta que te haya gustado. Esta noche te espero. Besos”.
 
Y se fue a dar una ducha.

Paula estaba hablando con Helena en la cocina de la oficina, punto de reuniones informales, pero no por eso menos importantes, sobre lo sucedido el día anterior. Su compañera le dijo que al finalizar la jornada laboral, David y ella se fueron a su casa y allí estuvieron hablando.
 
-¡Ves tonta! ¡Todo arreglado! ¿Estás más tranquila?-. Preguntó Paula con cariño.
-No sé, creo que sí estoy algo más relajada, sobre todo después de hablar con él y aclarar las cosas. Pero aunque me haya dicho que está enamorado de mí, sigo asustada. No quiero perderlo-. Helena hablaba en un susurro.
-Y no lo harás. Ya verás como todo sale bien. Confía en él-. En ese momento Paula oyó el sonido de su móvil. Vio que tenía un mensaje de Pedro. Lo leyó y se lo enseñó a Helena.
-¡Aquí tenemos a otro que está enamorado! -. Dijo divertida su compañera.
 
-¡Eso espero! -.Rieron a carcajadas.
-Paula, ¿puedes venir a mi despacho, por favor?-. Apareció por allí David, que al ver a su chica, le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa. Paula se fue con él hacia su despacho.
-Paula, quería pedirte disculpas por lo de ayer.
-David, no tienes que disculparte conmigo-. Le dijo, acariciando sus brazos-. Me alegro de que todo haya quedado claro entre ustedes. Y ahora, si no me necesitas para nada más, me vuelvo a mi rinconcito, que tengo trabajo.
-Espera. El lunes iremos tú y yo al colegio de tu padre a enseñarle el proyecto. Javi me ha puesto al día y he de decir que es estupendo. ¿Puedes encargarte de hablar con tu padre y quedar a una hora?
-Claro, ningún problema, yo lo llamo.
-Gracias Paula. Por todo- . Y ella le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se marchó. Ya de nuevo en su lugar de trabajo, llamó a su padre.
-Buenos días, hija ¿Cómo estás?-. Le preguntó Ricardo alegremente al recibir su llamada.
-Buenos días pa, estoy bien, como siempre. Escucha, el lunes David y yo iremos a enseñarte el proyecto, a ver qué te parece. ¿A qué hora tienes libre?-. Ricardo miró su agenda.
 
-Cariño, ¿el lunes a mediodía esta va bien?
-Sí, perfecto. Entonces quedamos el lunes. Adiós papi, un beso-. Y se despidieron.
Cuando Ricardo colgó el teléfono, se encontró con Pedro, que salía del vestuario. Le comunicó la reunión del lunes, ya que quería que estuviese presente para ver el diseño del nuevo gimnasio. Pedro tenía clase a última hora de la mañana, pero cuando la acabase, se pasaría a ver el proyecto.
Paula le comunicó la cita a David, que la anotó en su agenda. Llegó la hora de comer y bajaron los cuatro a rellenar el estómago al restaurante de Pietro. Como era viernes, y por la noche no podían quedar para su cita semanal, Helena y David querían pasar la noche juntos y Paula cenaba con Pedro, decidieron cambiarla por la comida. Ya en la oficina, Paula pensaba en lo que tenía que hacer antes de ir a casa de Pedro. Tendría que pasar por casa, ducharse, cambiarse y… ¿llevar algo? Claro, no podía presentarse en casa de Pedro sin nada, con las manos vacías. No era muy propio aparecer sin un detalle. ¿Postre?, sí sería una buena opción. Como iba a cenar pescado, pensó que un sorbete de limón al cava sería perfecto. Lo compraría en la pastelería, camino a casa. Aunque tenía bastantes cosas por hacer, la tarde se le hizo eterna. No veía la hora de marcharse y encontrarse con Pedro. Tenía tantas ganas de verlo, de estar con él que no sabía si sería capaz de contenerse cuando lo tuviese delante
-Paula, ¿qué haces que no recoges?-. Le dijo David delante de su mesa de trabajo-. Son las siete, la hora de irnos.
-¡Mierda! No me he dado cuenta de la hora que era. ¡Si hoy es el día en que llego tarde a todos lados!-. Exclamó Paula, que guardaba sus cosas con prisas.
 
-Tranquila, que seguro que tu chico te espera para cenar-. David rió-. Me lo ha contado Helena.
-¡Veo que no trabajo en la agencia secreta!-. Sonrió-. Que lo pases bien el fin de semana-. Paula le dio un beso  a David y salió disparada hacia la puerta, pero antes de poner un pie fuera de la oficina, David le hizo un comentario.
-¡Ya nos contarás el lunes!-.
Aparcó el coche cerca de su domicilio y antes de entrar, se dirigió hacia la pastelería. Por suerte no había mucha gente y en unos minutos ya tenía su postre en las manos.  Una vez en su casa se noto algo nerviosa de lo que hubiese imaginado ¡Vamos Paula, sólo es una cena! Sí, pero una cena con un chico que me gusta demasiado. Salió del baño en dirección a su dormitorio. Y ahora, ¿qué me pongo? A ver, es una cena informal, pero romántica. En su casa. Solos él y yo. Abrió su armario. Miró, buscó y rebuscó hasta que dio con un vestido que le pareció acorde con el momento. Volvió al lavabo, se maquilló lo justo para camuflar la tez de su rostro. No podía hacer milagros, pero ¡no había quedado nada mal! Recogió de la cocina los mousses y salió de su casa. Ya en el coche se sintió más atacada, si cabía, que en su casa. Miró el reloj, ¡joder las nueve! Definitivamente ese no era su día de llegar a tiempo a ningún lugar. 
Pedro estaba en la cocina. Ya había preparado la mesa, tenía lista la ensalada de frutas, frutos secos y queso de cabra. Y en el horno el salmón con verduritas. Había colocado en la mesa una vela y el marca páginas en el plato de Paula. Las copas de vino estaban vacías sobre el tapete, esperando ser rellenadas con la llegada de la invitada. Pedro miró la hora, las nueve y veinte. Se estaba retrasando. ¿Habrá cambiado de idea? No, lo habría llamado. Venía en coche ¿Le habrá pasado algo? ¿Un accidente? Pedro empezó a preocuparse, cuando escuchó el sonido del interfono. Era ella. Suspiró aliviado. Le abrió la puerta y la esperó allí, con los brazos cruzados sobre su pecho. Paula llegó al primer piso y al verlo en esa postura y el semblante serio, pensó que estaba enfadado. Tenía motivos, no lo había llamado para decirle que llegaría tarde.
 
-Hola Pepe. Perdona que me haya retrasado, es que no sé qué me pasa hoy, pero no soy capaz de llegar puntual a mis citas. He llegado tarde al trabajo esta mañana, salgo tarde de la oficina y ahora…
-Shhhh, no pasa nada-. Pedro le cogió la cara entre sus manos y la hizo callar con un beso de alivio al ver que no le había pasado nada-. Ya estás aquí, es lo que importa-.Volvió a besarla con mimo-. Pero la próxima vez me avisas si vas a llegar tarde. Me tenías preocupado-.Paula le dio un abrazo a modo de disculpa.
-Ese olor tan bueno ¿sale de tu cocina?-. Preguntó Paula al despegarse de sus brazos.
-Te dije que te gustaría mi cena. Vamos, entra-. Pedro se hizo a un lado para dejarla pasar.
Paula le entregó a Pedro el postre que había traído y lo guardó en la nevera. La volvió a embriagar el olor del pescado que salía del horno. Si la cena estaba igual de buena que cómo olía, definitivamente había perdido la apuesta. Observó la mesa de la cocina, preparada para la ocasión. Pero había algo que no le encajaba. Había, sobre uno de los platos, algo envuelto en papel de regalo.
 
-Pedro, ¿qué es esto?-. Dijo levantando el regalo.
-Es para ti-. Pedro se acercó hasta ella, la atrajo hasta sí y besó sus labios.
-No tenías por qué hacerlo. Además, está mañana ya me has hecho un regalo. Por cierto, no te lo he agradecido personalmente, así que gracias-. Paula rodeó su cuello con sus brazos y lo besó. Cada vez que sentía sus labios sobre los suyos, se perdía en un inmenso placer. Era tan sencillo olvidarse de todo cuando él estaba a su lado.
 
-Será mejor que paremos de hacer esto o mucho me temo que hoy no cenamos-. Pedro rió ante el comentario de Paula.
 

Pedro se separó de ella y miró el horno. En diez minutos estaba lista la cena. Paula se quedó atontada mirándolo. Llevaba una camisa gris, remangada hasta los codos y con unos botones abiertos que dejaban al descubierto el inicio de su torso musculoso. Estaba para comérselo. 
-¿No piensas abrirlo?-. Pedro se giró y la vio observándolo, con el regalo en la mano
-¿Qué? ¡Ah, si el regalo!-. Se dijo Paula. Con las manos algo torpes por el acaloramiento que sentía, desgarró el papel y pudo ver su interior.
 
-¡Qué original! ¡Es muy bonito! Gracias Pepe-. Esta vez, le dio un beso en la mejilla, para evitar el calentamiento global de su cuerpo.
 
Pedro abrió la nevera y sacó el vino que tenía listo para la cena, así como la ensalada. Sirvió la bebida en las dos copas y le entregó una a Paula, que se sentó en la encimera de la cocina, con los pies cruzados.
 
-Cuéntame, ¿cómo conociste a Raquel?-. Preguntó Pedro frente a ella.
 
-Fuimos juntas al instituto. Enseguida congeniamos y desde entonces somos amigas.
-Y eso de vivir juntas, ¿cómo surgió?
-Después de que volviera de la universidad, se puso a buscar piso. Yo le propuse que se viniera a vivir conmigo y aceptó. Mi piso era de una mujer que mi madre cuidaba cuando yo era pequeña. Vivíamos las tres juntas. Cuando murió, se lo dejó en herencia a mi madre y ella me lo dejó a mí cuando se casó con Ricardo-. Paula estaba tan relajada que no se dio cuenta de que llamó a su padre por su nombre.
-¿Con Ricardo?, querrás decir con tu padre ¿no?-. Pedro se quedó mirándola fijamente, extrañado. ¿Vivían las tres juntas? Vio que ella cerraba los ojos y tensaba su mandíbula. Cogió su copa y la depositó a su lado. Con los brazos, la rodeó por las caderas, colocando las piernas de ella alrededor de su pecho-. Pau, mírame, por favor-. Ella abrió los ojos, y lo miró. Pedro apreció que los tenía ligeramente humedecidos y que resbalaba una lágrima por su mejilla. Agarró con ambas manos su rostro y besó dulcemente esa lágrima -. Pau, ¿qué ocurre?
Se sentía como una completa idiota por aquel espectáculo tan patético que estaba ofreciendo delante de Pedro. Pero no pudo controlarlo. Se le había ido de las manos y ese tema, ahora, estaba encima de la mesa, las cartas estaban descubiertas. Y notaba que Pedro estaba alarmado.
-Ricardo no es mi padre. No el biológico, me refiero. Mi madre se quedó embarazada de mi cuando tenía diecisiete años. Su novio, es decir, mi padre, la abandonó cuando se enteró. Vivía en un pueblo pequeño y todo el mundo lo supo. Mis abuelos la repudiaron, y la echaron de casa. Pensaban más en el “qué dirán” que en su hija. Con lo poco que tenía, se vino aquí, conoció a Amparo, la mujer que cuidaba y la ayudó en todo lo que pudo. Luego vine yo, y durante muchos años, lo único que mi madre hizo fue cuidarme, quererme. Trabajaba todo el día, incluso algunas noches limpiaba algún club para ganar algo de dinero para que no me faltara de nada. La adoro por eso, por todo lo que hizo por mí. Siempre me anteponía a ella. Siempre ha creído en mí, siempre ha estado a mi lado. Luchó por mí cuando no tenía por qué hacerlo-. Paula comenzaba a sollozar.
-Me alegro de que lo hiciera-. Pedro la cogió entre sus brazos y la abrazó con todo el cariño que pudo-. Se supone que eso es lo que hacen los padres, cuidar de sus hijos. Y si tu padre biológico fue un estúpido, te aseguro que Ricardo es todo lo contrario. Te quiere muchísimo-. Le dijo con dulzura.
En ese momento, sonó un ring procedente del horno. La cena estaba lista.
-¿Te parece que empecemos a cenar y me sigues contando?-. Paula asintió.
Pedro la ayudó a bajar de la encimera, en la que seguía sentada y la puso en el suelo. Acarició sus labios con sus dedos y los besó tiernamente. Se sentaron a la mesa y durante la cena, continuaron hablando de la vida de ella.
-¿Y cómo se conocieron tus padres?-.Preguntó Pedro, intentando utilizar las palabras adecuadas para que Paula se relajara.
-Mi madre estuvo trabajando en el colegio como monitora del comedor.
-¡Vaya, veo que colegio forma parte de la historia amorosa de tu familia!-. Rieron a carcajadas.
-Me gusta verte sonreír. Estás preciosa-. Y era cierto, esa noche estaba irresistiblemente hermosa. Paula continuó hablando.
-Cuando mi madre empezó a trabajar en el colegio, mi padre acababa de separarse de su mujer. No sé qué fue lo que pasó entre ellos, pero sé que ella se marchó a Australia, creo que es de allí. Y su hija se quedó aquí, con nosotros.
-¿Te refieres a Carla?-. Preguntó sorprendido.
 
-No, hablo de Alba. Es hija de Ricardo y su ex mujer. Mi otra hermana. Es dos años mayor que yo y es una chica estupenda. Nos llevamos genial, aunque no nos vemos demasiado por culpa del trabajo. Y luego está Carla, que la conociste el otro día. Ella sí que es hija de Ricardo y de mi madre-. Paula se quedó mirando a Pedro, esperando a que hubiese entendido el puzle familiar.
 
-Lo único que he sacado en claro de todo lo que me has contado ha sido que tienes un padre, una madre y dos hermanas-. Pedro no quería indagar más en el tema del padre biológico de Paula, veía como le hacía daño hablar de ello.
 
Al escuchar eso, Paula se levantó de su silla, fue directa hacia Pedro, que lo tenía frente a ella, se sentó en sus rodillas, cogió su cara con las manos y lo besó por todo su rostro. A Pedro le hacían cosquillas aquellos besos, pero le encantaban.
-Gracias, gracias por ser como eres, por estar aquí.
-¿Y a dónde voy a ir? Te recuerdo que ésta es mi casa-. Dijo Pedro divertido. Paula lo abrazó y se sintió feliz de estar allí-. ¿Atacamos el postre que has traído?

Pedro recogía la mesa, y no dejaba que Paula lo ayudase. La cogió de las manos y la llevó hasta el sofá del comedor. Le dijo que se quedase allí, hasta que el volviera con los mousses. Mientras permaneció allí, Paula no pudo evitar levantarse y mirar de cerca aquella foto en la que se había fijado anteriormente. Era una foto llena de ternura. La abuela de Pedro tuvo que ser una mujer afortunada, rodeada del amor de sus nietos. Paula escuchó los pasos de Pedro detrás de ella, con el postre en sus manos.
-Es una foto muy dulce-. Se giró hacia Pedro con el retrato en la mano.
-Sí. Es la última que tenemos de mi abuela. Nos la hicimos en primavera. Fuimos a comer a un restaurante de la playa y mi padre nos la hizo. Era su madre.
Paula dejó la foto en su sitio, cogió los postres y los dejó encima de la pequeña mesa que había en el comedor.
 
-¿Quieres hablarme de ella?-. Paula abrazó sus manos y fue con él hacia el sofá. Allí estuvieron sentados, acabando el postre y Pedro, contándole cosas sobre su abuela.
-Era una mujer increíble. Se podía decir que algo adelantada a su tiempo. ¿Sabes que le gustaban los tatuajes? ¿Y qué se hizo uno?-. Pedro sonrió al recordarlo-. Un día, salió de su casa y cuando regresó se había tatuado un dragón en el tobillo. ¡Dios! creí que mi padre la mataba. Mi abuela siempre hacía lo que le apetecía, le daba igual la opinión de la gente. Decía que ella estaba en el mundo porque tenía que haber de todo. Y que estaba aquí para ser feliz. Y así se fue, murió mientras dormía.
-¿Por eso tienes ese tatuaje, por ella?-.Paula recordó el tatuaje que le vio la noche que estuvieron juntos. Pedro asintió con la cabeza.
-Ojala la hubieses conocido. Te habría caído bien. Siempre nos decía a mi hermano y a mí que no quería morirse sin conocer a las dos mujeres capaces de llegarnos al corazón. A Lorena la conoció, pero a ti….no tuvo tiempo.
Paula se quedó atónita ante las palabras de Pedro. ¿Qué quería decir con eso? ¿Le estaba diciendo que estaba enamorado de ella?
 
-Veo que ésta es una noche de confidencias-. Logró decir con una tímida sonrisa.
-Sí eso parece.
-Pues voy a confesarte algo, me ha encantado la cena. Tienes buena mano para la cocina-. Rió Paula
-Gracias, me alegro de que te hayan gustado ambas cosas. Todo lo que sé sobre cocina me lo enseñó mi abuela. Le encantaba cocinar. Me pasaba horas y horas con ella entre los fogones..
-Ya que estamos haciéndonos confesiones, ¿puedo revelarte algo?-. Ella asintió-. No sé qué me pasa contigo, pero es algo que no había sentido jamás y me encanta. Quiero que esto que tenemos sea algo más que besos y caricias a escondidas. Quiero algo más Paula, necesito algo más.
-¿Me estás diciendo que quieres tener una relación conmigo?-. Abrió los ojos, sorprendida ante aquella confesión.
-¿Por qué siempre que te pregunto por algo relacionado con nosotros me respondes con otra pregunta?-. Pedro se levantó del sofá irritado y se quedó frente a ella-. Sí, Paula, me gustas y quiero estar contigo, quiero besarte, cogerte de la mano cuando vayamos por la calle y no esconderme de nada ni de nadie. Aunque no lo creas, me fijé en cómo reaccionaste en el centro comercial cuando te di el beso. ¿Qué es lo que pasa, Paula? ¿De qué te escondes? ¿Te avergüenzas de mí?
Paula seguía sentada en el sofá, escuchando las palabras de Pedro. ¿Cómo iba a avergonzarse de él? No, estaba avergonzada de ella misma, de lo que hizo, de lo que era. Se escondía de sí misma, de su vida sin sentido hasta que apareció él. Y del miedo que tenía de perderlo, aún sin ser suyo, porque sabía que eso pasaría. Paula se levantó del sofá, pasó por al lado de Pedro, que permanecía allí parado, observándola caminar hasta el equipo de música que descansaba en el mueble. Lo encendió y la música comenzó a sonar.
-Baila conmigo, Pedro, por favor-. Le dijo Paula, ofreciéndole sus manos.
-¿Quieres bailar? ¿Ahora?-. Paula afirmó con la cabeza.
 
Pedro la miraba sorprendido, sin acabar de entender lo que pretendía ella. Se sentía confuso con ella, ¿qué era lo que quería? No sabía interpretar las cosas que se le pasaban por la cabeza. Quería más de ella, y si no estaba dispuesta a aceptarlo, no se daría por vencido. Lo conseguiría. Pedro agarro las manos de Paula y se acercaron, mirándose a los ojos. Él la abrazó por la cintura y ella, puso los brazos sobre sus hombros.
 
Paula dejaba descansar su cabeza sobre el pecho de Pedro. Podía oler su cuerpo, acariciarlo, sentir su calor. Entre sus brazos se encontraba en el mejor lugar del mundo. Un lugar en el que se permitía soñar, imaginando que siempre sería así, que siempre estaría con él, que siempre la abrazaría y la protegería. Que siempre la querría. Pero el temor a perderlo le impedía dar un paso más allá. Si lo daba, estaba segura que se caería. Y esta vez, no tendría las fuerzas suficientes para levantarse. Pero necesitaba intentarlo de nuevo. Con él. Empezó a acariciarle el cuello con la nariz. Siguió con su boca, regalándole pequeños y dulces besos. Notó como la piel de Pedro respondía a sus besos, como sus dedos se aferraban más a su espalda.
-Paula, ¿qué estás haciendo?-. Preguntó susurrando, con la respiración entrecortada, pero sin separarse de ella.
 
Ella seguía besando su cuello. Le tiró suavemente del pelo de la nuca, dejando la cabeza de Pedro ligeramente inclinada hacia atrás y ofreciéndole a ella toda su garganta para seguir besándola. Deslizó los labios por su alrededor, dejando un reguero de besos a su paso. Pasó las manos por su pecho, acercando sus dedos a los botones de la camisa, con la intención de deshacerse de ellos. Pedro se quedó inmovilizado ante ese gesto de Paula. Desabrochó uno por uno, con delicadeza, sin prisas. Una vez despojados sus botones, su torso quedó abierto ante ella, que lo acarició  lentamente con las yemas de sus dedos, sintiendo a cada paso el roce de la piel de aquel chico que sólo quería formar parte de su vida. Lo miró a los ojos.
-Tengo miedo de enamorarme de ti. Tengo miedo de estropear esto que tenemos. Tengo miedo de que te canses de mí. Tengo miedo de perderte. Tengo miedo de decirte quién soy realmente. Tengo miedo de que, cuando lo sepas, me odies y me desprecies. Tengo miedo de no volver a verte.
 
Pedro se quedó asombrado y espantado a la vez ante la confesión de Paula. Le había expresado sus miedos, o más bien su miedo, que se centraba en que él pudiera abandonarla. ¿Por qué debería hacer eso? Le cogió la cara entre las manos, apoyó su frente contra la suya.
-¿Porqué tanto miedo? No sé qué has querido decir con quién eres realmente, pero no pienso abandonarte, ni odiarte y mucho menos vas a dejar de gustarme.
Pedro la besó. Saboreó sus labios despacio, invitando a que sus lenguas dan                               danzaran juntas, abrazándose por el calor de sus bocas. El beso, poco a poco, se volvió algo más intenso, más salvaje. Paula se separó de él y deslizó la lengua por su cuello, por su pecho descubierto, degustando sus pezones, para después bajar por todo su abdomen, hasta la cintura de su pantalón. Subió con su lengua, arrastrándola de nuevo, esta vez, hasta llegar a su cuello.
 
A Pedro se le hacía cada vez más difícil soportar estar allí, de pie, frente a ella y no poder tocarla, ya que Paula lo había sujetado por las muñecas para que permaneciera quieto. Sabía lo que le estaba pidiendo y él estaba encantado de poder dárselo. Llevaba toda la semana deseándolo.
 
Paula se puso detrás de él, arrastrando las manos por sus hombros, y haciendo que la camisa de Pedro resbalara entre sus brazos, hasta caer al suelo. Quedó deslumbrada ante su espalda, ante aquella maravilla que tenía delante de sus ojos. La acarició, la besó, la humedeció con su lengua. Aquella piel era toda deliciosa. Un estremecimiento escalofrió recorrió a Pedro de pies a cabeza y jadeó levemente. A Paula eso la excitó. Permaneció allí, pegada a su espalda y con ambas manos, palpó los botones del pantalón de Pedro y, tal y como hizo con los de la camisa, uno a uno, fue soltándolos, hasta que todos quedaron libres. Entonces Paula metió sus manos por debajo del pantalón, del calzoncillo. Pedro se tambaleaba a cada segundo que notaba las manos de Paula por su cuerpo.
 
-Paula…por favor…
Pedro no podía pensar con claridad. Se estaba desmoronando ante ella, ante su contacto y ante todo lo que le estaba haciendo. Cada vez jadeaba con mayor deseo, su cuerpo iba perdiendo el control y se notaba que estaba en manos de ella, que podía hacer lo que quisiera con él. Ya sin pantalones y sin calzoncillos, quedó desnudo ante aquella mujer tan irresistible. No le importaba estar así, ya que eso era él, era lo que podía ofrecerle.
 
Paula volvió a ponerse frente a él. Pedro estaba desnudo y ella vestida. Pero no por mucho tiempo. Entendió que había agotado el tiempo del precalentamiento y que necesitaba sentir su piel con la suya, así que no dudo ni un instante más en quitarse la ropa. Las botas, las medias, el vestido, sujetador y bragas. En ese momento ambos quedaron desnudos frente a frente. Y sin más preámbulos, Paula se acercó al cuerpo de Pedro hasta quedar tan cerca de él que el aire que pasaba entre los dos se había quedado atrapado. Éste la acogió con desesperación en sus brazos y en sus labios. Deseaban perderse el uno en el otro.
Entrando en su habitación con Paula en sus brazos y depositándola, con mucho cuidado, sobre la cama. La tenía allí, debajo de él y estaba en su interior. Le devoró los labios, a la vez que entraba y salía de ella con movimientos lentos y cuidadosos, para disfrutar de aquel momento tan íntimo, tan especial que lo llenaba por completo.
-Espera un momento pequeña-. Pedro salió de ella y buscó en uno de los cajones de su mesita de noche. Sacó un preservativo, se lo colocó y volvió al trabajo.
Otra vez estaba dentro de Paula. Ella lo abrazaba con fuerza, como si tuviera miedo de que se escapara. Sintió una y otra vez las penetraciones de Pedro. Eran una dulce agonía. Poder sentirlo así, tan pegado a ella, tan dentro de ella le producía unas oleadas de placer que eran imposibles de controlar. Su sexo disfrutaba de aquello y el orgasmo estaba cada vez más cerca.
-Pepe…-. Tragó con dificultad-. No puedo aguantar más, es demasiado bueno…
-A mí me estás volviendo loco-. Susurró jadeando.
 
No podía hablar, se le hacía difícil y las pocas fuerzas que le quedaban tenía que emplearlas en ella, en hacerla llegar al orgasmo y a él, llegar con ella. Pedro siguió balanceándose sobre Paula con mayor rapidez. Ambos estaban a punto de estallar. Primero fue él quien se dejó llevar por el placer de hacer el amor con la chica más asombrosa del mundo. En varios segundos, le siguió ella, que sintió por todo su cuerpo un orgasmo arrollador. El mejor orgasmo de toda su vida. Se quedaron allí, con sus respiraciones entrecortadas, sus pulsos acelerados, y sus cuerpos llenos del otro.
Pedro se incorporó sobre sus antebrazos cuando notó que había recuperado algo de sus fuerzas, así estaba seguro de no aplastar a Paula. La miró a la cara, pero no pudo ver sus ojos. Los tenía cerrados.
-Pau, ¿estás bien?- . Acarició sus pómulos con los pulgares.
-De maravilla-. En ese momento, abrió los ojos y le sonrió. Aquella sonrisa se le contagió a Pedro.
-¿Te apetece un baño calentito?
-¿Un baño?-. Paula miró el despertador que Pedro tenía en su habitación-. Pero si son más de las doce.
-¿Tienes prisa? –. Pedro arqueó las cejas.
-Tengo que irme a casa. Mañana tengo de estar en la librería a las nueve-. Paula hizo el intento de levantarse, pero él se lo impidió.
-Paula, no voy a dejar que te marches tan tarde a casa. Quédate conmigo, por favor. Pasa aquí la noche. Conmigo-. Pedro la besó despacio en los labios-. Te prometo que te dejo dormir y que mañana estarás en la librería a las nueve.
Paula lo miró, pensando en que le encantaría pasar la noche con él. Sería la segunda noche que pasarían juntos, pero esta vez en su casa. No podía salir peor que la vez anterior. Se lo había pedido él, así que, ¿por qué no?
-Vale, tú ganas-. Paula le regaló una amplia sonrisa.
-Quédate aquí, no te muevas. Voy a preparar el baño y a quitar la música-. Le dio un beso en la mejilla y se levantó de la cama.
Paula se quedó allí, sin moverse, como le había dicho. Desde la cama, tenía una perspectiva fascinante del hombre con el que había hecho el amor. Se había enamorado de Pedro de pies a cabeza. No había poro de su piel que no se revelara cuando estaba junto a él.
Pedro volvió a la habitación, completamente desnudo, contorneando su cuerpo a cada paso que daba en dirección a Paula. Estaba increíblemente bueno. Era un pecado peor que la lujuria. Llegó hasta ella, la cogió en brazos y se la llevó al baño. La depositó en el suelo y cerró el grifo de la bañera. Se metió primero él y le tendió sus manos para ayudarla a entrar. El agua estaba calentita. Pedro se apoyó en un extremo de la bañera y Paula se colocó delante de él, quedando la espalda en contacto con su pecho y sentada entre sus piernas. Recostó la cabeza, y Pedro comenzó a acariciarle el pelo, a besarle la sien con mimo.
-¿Estás cómoda?-.Paula afirmó con la cabeza y cerró los ojos.


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Hola, hola!! He aquí otro capitulo. Ah

También les quería preguntar si les gusta mas los capítulos "hot" o mas tranqui, porque la nove tiene muchos "subidos de tono" y si no les gusta los puedo cambiar para que queden menos zarpados jaja... Es importante saber asique les pido que POR FAVOR comente aca o en @NoveAdaptada_

lunes, 23 de septiembre de 2013

Capitulo 7

Paula se despertó antes de que sonara su despertador. No había dormido muy bien esa noche. No dejaba de pensar en el día anterior. Y mucho menos en Pedro. Le había hablado de su familia, le había enseñado su piso y siempre le llenaba los oídos de palabras bonitas. E inundaba sus labios de besos. Ayer en su casa podían haberse acostado, pero no lo hicieron. Estaba allí, en su casa, con él, en su habitación con esa cama enorme que parecía comodísima y que podía ofrecerle unos momentos inolvidables junto a él. ¡Ufff me estoy poniendo tonta! Será mejor que vaya a ducharme, todavía llegaré tarde a la oficina.
En el momento en que salió de la ducha, escuchó el sonido de su móvil. Era un Line de Pedro
“Buenos días, pequeña”
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Siempre conseguía arrancarle una sonrisa. Le contestó enseguida.
“Buenos días, guapísimo”
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“¡Otro piropo!, mira que me voy a acostumbrar”
 
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Paula no pudo evitar reírse
“Pues acostúmbrate. Te dejo que he de vestirme. Besos”
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“¿Estás desnuda? Como me gustaría estar ahí…”
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“Eres incorregible. Venga que llego tarde. Luego hablamos. Te echo de menos”
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“Vale, no te entretengo. Yo también te echo de menos. Besitos”
Paula consiguió vestirse a tiempo y salir hacia su trabajo. Durante todo el camino fue con una sonrisa que le iluminaba la cara. Hacía tiempo que no se sentía así, contenta, feliz. Y quería seguir sintiéndose así. Era genial ese sentimiento. Cuando llegó a la oficina, no había llegado nadie. Hizo como cada mañana, revisar las agendas de sus compañeros, que no tenían nada a primera hora y supuso que no tardarían en llegar. Se acordó del otro día que Helena y David vinieron de la visita de la clínica dental. Pero sobretodo recordó la actitud de ambos.
 

Pedro se encontraba en la sala de reuniones, haciendo anotaciones en su calendario, pero sin dejar de pensar en Paula. Cada vez estaba más enganchado a esa chica, a su mirada, a su sonrisa, a sus labios, a tenerla cerca. No sabía realmente que era lo que había entre ellos. No se podía decir que fuesen una pareja normal, que ella se mostraba un tanto distante con él en público, pero sabía que se gustaban, que existía una atracción descontrolada entre ellos y eso era bueno, muy bueno. Lo tenía muy claro, mañana hablaría con ella, durante la cena, le propondría que salieran juntos, que hicieran las cosas que hacían las parejas. Estaba seguro que ella le diría que sí. Tenía que ser así. Ella sentía lo mismo que él. Además, no tenían nada que perder, todo lo contrario, ganarían muchísimo. Se ganarían a ellos mismos. Y sería lo más bonito que hubiese conseguido jamás, porque él quería algo más, necesitaba algo más. Y la necesitaba a ella, a todas horas.
 
En ese momento llegó Ricardo, lo saludó y se sentó a su lado.
 
-Pepe, ¿sabemos algo del tema del gimnasio?
-No, no sé nada. Javier quedó en decirnos algo en unos días, en cuanto tuviese el proyecto-. Pedro lo miró extrañado-. ¿Ocurre algo Ricardo con este tema?
-No, con éste no-. Fue la respuesta escueta del director.
-¿Entonces qué problema hay? Si es que quieres contármelo, claro.
-Sí que quiero hablar contigo de algo, Pedro, pero no sé cómo hacerlo. No quiero que te lo tomes a mal-. A Pedro le empezaba a preocupar el camino que estaba tomando esa conversación.
 
-Me estás asustando Ricardo ¿qué ocurre? ¿Es por alguna cosa que he hecho en el trabajo?-. Preguntó Pedro realmente preocupado.
-Es por mi hija, por Paula. Cuando nos despedimos ayer, los vi hablar en el parking mientras estaba dentro de mi coche. Lo siento, sé que no debí hacerlo, pero no pude evitarlo cuando vi a mi hija contigo. La conozco Pedro y no quiero preguntarle a ella porque me dirá que es mayorcita para saber lo que hace, pero sé que entre ustedes hay algo. No sé qué es pero no me lo niegues, por favor.
Pedro se quedó helado, la sangre no le corría por las venas. ¿Qué podía decirle a ese hombre? Sería sincero pero sin mostrarle todas sus cartas. Por si acaso.
-Ricardo, yo….-. Tragó con mucha dificultad, pero decidió ser sincero-. Paula y yo nos conocemos de hace poco tiempo. Nos hemos hecho amigos y, al conocernos mejor, hemos descubierto que hay algo más que amistad entre nosotros. Me gusta tu hija, Ricardo. Me encanta estar con ella.
-Te agradezco tu franqueza Pedro-. Le dijo Ricardo con una pequeña sonrisa-. ¿Puedo pedirte una cosa?
-Sí, claro.
-Sé que eres un buen chico, lo veo cada día aquí en el colegio, en cómo te comportas con los niños, en la forma que tienes de hablarles, de enseñarles. Y eso no viene en ningún manual.-. Sonrieron los dos-. Si realmente hay algo entre ustedes, algo que vaya más allá de la amistad, te pido que la cuides, que la mimes, que la protejas, que la quieras, que la hagas feliz, pero no la rompas en pedazos.
Las palabras de Ricardo se le clavaron a Pedro en el alma. Le había hablado con la mano en el corazón, con ese amor que un padre siente por su hijo, pero había un cierto deje de tristeza en esa última frase que hizo que se le encogieran las entrañas.
 
-No pienso separarme de ella y mucho menos hacerle daño.
-Me gusta oír eso. Así lo espero.
-Hola Ricardo, Pedro-. Los saludó Fran, que acababa de entrar en ese momento, dando por finalizada la conversación entre ellos dos.
 
-Bueno yo los dejo. Pedro, otra vez, gracias por tu sinceridad-. Dijo Ricardo y se alejó de la sala.
-¿Qué ha pasado? ¿He interrumpido algo?
-No, nada importante. Hablábamos de la reforma del gimnasio-. Le mintió.
Pedro no quería comentarle a Fran su charla con el padre de Paula. Lo había dejado tan impresionado que tenía que asimilar lo que le había dicho. Nunca había tenido una conversación como aquella, la de contarle al padre de una chica sus sentimientos hacia ella, aunque claro está que nunca había tenido pareja y no se había enfrentado a nada similar. Pero no se arrepentía de habérselo dicho. Solo esperaba que a Paula no le disgustase lo que le había contado a su padre.
 
-Oye Pepe, ¿podrás ayudarnos el sábado con la mudanza?-. Le preguntó su amigo.
-Sí claro, cuenta conmigo. ¿Voy a tu casa?
-No, nos vemos en casa de Paula a la hora de comer. Por cierto ¿qué tal te va con ella?
 
-Mañana hemos quedado para cenar en mi casa. Voy a pedirle que salga conmigo.
-¡Bien! Veo que tienes claro lo que quieres. Espero que te diga que sí -. Pedro sonrió.

Era mediodía. Paula no había dejado de trabajar. Era increíble el trabajo que tenía, señal de que el despacho iba más que bien. Decidió tomarse un pequeño descanso y tomar un café. Se dirigió a la cocina y allí encontró a Helena y David en actitud un tanto cariñosa.
-Ejem….-. Dijo desde la puerta. Ambos se sobresaltaron, se apartaron el uno del otro y se quedaron allí, parados sin decir nada.
 
-Sólo venía a por un café. Enseguida me marcho. Y no he visto nada.
En ese instante, sonó el móvil de David. Lo descolgó, marchándose de la cocina y dejando a las dos chicas en la habitación.
-Paula, escucha, por favor, no le digas nada a Javi de lo que has visto. Nos despediría-. Le rogó Helena.
-No te preocupes, no le diré nada de algo que no he visto. Pero quiero que me cuentes, ¿desde cuándo están juntos?
-Desde el cumpleaños de Javi. David me acompañó a casa, nos besamos en el portal y acabamos liados en mi casa, en mi cama. No sé cómo pasó, pero pasó. Hace años que nos conocemos y siempre lo había visto como a un compañero de trabajo y buen amigo. Y ahora lo veo como algo más. Me he enamorado de él Paula-. Se sinceró Helena.
-¡Vaya Helena! Nunca me lo habría imaginado, pero la verdad es que el otro día me fijé en ustedes y me vi algo. Pero sabes, me alegro de que estén juntos-. Se acercó a su amiga y le dio un abrazo.
-Gracias Pau.
-¿Porqué hay tanto amor aquí en la cocina?-. Preguntó entusiasmado Javi, que acababa de llegar a la oficina. Las chicas rieron y cuando salieron de la cocina, con sus cafés en mano, oyeron que su jefe les decía algo.
-Eehh, ¿no hay ningún abrazo para mí?
Paula llegó a su mesa y se puso a pensar en Helena y David. Le gustaba verlos juntos, hacían buena pareja y los dos eran unas personas excepcionales. Se merecían ser felices. Y aunque sabía que mantendrían las distancias en el trabajo, estaba segura de que Javi se acabaría enterando. Estas cosas no se pueden mantener en secreto durante mucho tiempo. Pero conocía a su jefe y no los despediría. Agarro su móvil y vio que era casi la hora de comer. Recordó que no sabía nada de Pedro desde esa mañana y le apetecía hablar con él. Marcó su número de teléfono y esperó a que contestara
-Hola Pau.
-Hola Pepe. ¿Te molesto?
 
-Estoy comiendo con Fran, así que no, no me molestas-. Dijo en tono burlón, dirigiéndose a su amigo-. ¿Cómo estás?
-Bien. Sólo te llamaba porque me apetecía oír tu voz-. A Pedro se le dibujó una sonrisa tontorrona en los labios.
-Espera un segundo, Paula, por favor, que salgo fuera, que tengo aquí a Fran con la oreja puesta en nuestra conversación-. Paula escuchó, a lo lejos, como Fran la saludaba. Una vez fuera, continuaron hablando, ahora sin nadie que pudiera escucharlos.
-Me gusta que me hayas llamado y me alegro de oírte. ¿Qué tal la mañana?
-Con mucho trabajo, pero así estoy ocupada.
 
-No lo estarás mucho cuando te has acordado de mí-. Dijo Pedro en tono irónico
 
-Siempre me acuerdo de ti-. Contestó ella con un susurro dulce.
Esa chica lo estaba desmontando por momentos. No podía creer que, con tan solo escuchar su voz, le temblara todo el cuerpo y deseara tanto estar con ella. Escuchó de fondo la voz de Fran, ¡qué pesado!, que lo llamaba.
-Oye Pepe, acaba de comer y tenemos la reunión en media hora-. Pedro se giró y lo miró, alzando su dedo anular hacia arriba, en señal de que lo había escuchado.
-Pau, perdona, pero tengo que dejarte. Si puedo, me paso más tarde por tu casa y te doy un beso de buenas noches. ¿Qué me dices?-. Su tono sugerente no dejaba lugar a una negación.
-Me parece estupendo. Te estaré esperando.
-Perfecto. Luego te llamo. Un beso.
Paula se quedó con el móvil en la mano, mirándolo, como si pudiese ver el rostro de Pedro a través de él. Sonrió como hacía tiempo que no lo hacía. Tenía ganas de que llegara la noche para que realmente le diera ese beso. 
-Pau ¿vienes a comer?-. La despojó Helena de sus pensamientos.
-¡Sí, voy!
Fue hacia la cocina, abrió la nevera y cogió su tupper. La noche anterior se había preparado una ensalada de pollo, así que ahora tocaba comerla. Se sentó en la mesa que había allí, al lado de su compañera. Los chicos habían salido así que se quedaron las dos solas. Se pusieron a charlar. Paula le preguntó otra vez por su relación con David, y Helena le explicó con más detalle. Hacía años que se conocían. Cuando Paula entró a trabajar en el despacho, tanto Helena como David, llevaban tiempo trabajando juntos. Helena y ella enseguida congeniaron y se hicieron amigas. Se lo contaban todo, sobretodo, lo relacionado con chicos. Helena le contó que, aparte de los novios de instituto y de la universidad, había tenido una relación de dos años con un chico. Al final se acabó por que él se fue a trabajar a Londres. De eso hacía un año, y desde entonces no había conocido a nadie que le atrajera como para mantener algo serio. De David, sabía algo menos. Se llevaban bien, eran buenos amigos, se contaban confidencias e incluso él, le había pedido consejo para poder estar  con alguna que otra chica. Nunca le había hablado de novias, ni de cuando era adolescente ni de cuando entró en la edad adulta, aunque seguía siendo un crío. Sabía de rollos de una noche, que había tenido bastantes, pero ninguno serio. Así que le sorprendía mucho verlo tan cariñoso con su compañera. No lo había visto nunca así, y esperaba que sus sentimientos fuesen sinceros y que Helena no fuese sólo un capricho. Pero no lo creía, había visto algo en sus ojos, cuando la miraba le brillaban. Igual que cuando Pedro la miraba a ella. De pronto pensó en él. Pedro y David eran muy parecidos en el aspecto de relacionarse con mujeres. Mujeriego, lo había llamado Raquel. Por lo que ésta le había contado, iba de flor en flor, sin ataduras. Pero parecía que ahora quería acabar con los líos de una noche y sentar la cabeza. Con ella. Igual que David con Helena. O al menos eso quería pensar. Cuando Helena acabó de contarle su experiencia con David, le preguntó a su amiga por Pedro. Paula le contó lo que había pasado en esos días, los encuentros casuales, los besos, las pequeñas confidencias. Mientras le contaba su historia, Helena percibía que su amiga estaba muerta por ese chico. Hablaba de él de una manera muy cariñosa y siempre sonriente.
-Te gusta ese chico de verdad-. Le dijo Helena.
-Sí, me gusta muchísimo. Sé que hace poco que nos conocemos, pero no puedo evitarlo. Me hace sentir tan….especial.
-Vaya, veo que no sólo es bueno en la cama, sino también fuera de ella-. Rieron-. Me alegro de verte otra vez feliz, Pau.
-Gracias Helena. Yo también te veo fenomenal con David.
 
-Espero que esto dure, porque trabajando juntos, no se…-. Sonó un poco triste el tono de voz de su compañera.
-Helena, sabemos cómo es Javi, y no los va a despedir a ninguno. Pero si creo que, tarde o temprano, se enterará de lo de ustedes.
 
-Lo sé, pero no me preocupa sólo eso. Conozco el historial sentimental de David y me asusta que el hecho de trabajar en el mismo sitio, de vernos todos los días, pues que se canse de mí y….-. Helena comenzó a sollozar.
-Vamos Helena, no llores, no te pongas así. Es normal que tengas miedo, acaban de empezar, pero no te preocupes, todo saldrá bien-. Abrazó a su amiga.
 
Paula se sentía igual que ella, tenía miedo. Pero cuando recordaba los momentos, los pocos momentos, que había compartido con Pedro, ese miedo se convertía en valentía, en esperanza.
- Helena, escúchame, David es igual que Pedro, unos chicos que han ido de cama en cama. Pero se han topado con nosotras y ahora, en la única cama en la que quieren estar es en la nuestra. Y no creo que sea algo pasajero. He visto como te mira David, y no creo que a sus conquistas las mire de esa forma.
Helena se sintió algo mejor después de hablar con Paula, aunque ésta no las tenía todas consigo sobre lo que le había dicho. Quería animar a su amiga, y ya de paso, a ella misma. Ambas sentían el mismo temor, porque ellas eran mujeres que se enamoraban y se comprometían y sus chicos mujeriegos.
Escucharon el sonido de la puerta al abrirse. Javi y David habían vuelto al despacho. Helena enseguida se enjugó las lágrimas, antes de que alguno de ellos, o especialmente David, la viera.
 
-¿Qué ocurre aquí?-. Preguntó el jefe, cuando los dos chicos llegaron a la cocina y vieron a Helena con los ojos llorosos.
-¿Helena, estás bien?-. Dijo David, que con semblante serio y preocupado, se acercó hasta ella.
-Estoy bien. No pasa nada.
-No la agobies, David, déjala, ya nos lo contará si quiere-. Dicho esto, Javi se fue hacia su despacho, dejando a los tres solos.
 
-¿Qué ha pasado Paula?-. David seguía preocupado y no apartaba los ojos de los de Helena.
-David, se lo de ustedes. Me lo ha contado. Y sólo voy a decirte una cosa, trátala bien, porque si no lo haces, te emparedo en uno de esos edificios que haces-. Paula se dirigió a David en un tono suave, pero amenazador.
-Será mejor que volvamos al trabajo-. Helena se levantó de su silla y cuando se disponía a salir de la cocina, David la cogió del brazo y la retuvo. En ese momento, Paula salió hacia la recepción, con paso lento para intentar escuchar lo que sus amigos hablaban.
-Helena, por favor, ¿vas a decirme que te ha pasado? ¿Por qué llorabas?-. David le acarició la mejilla y ella se ruborizó.
-David, aquí no, Javi puede vernos-. Dijo apartándole la mano.
-¿Sabes qué? ¡Me importa una mierda si Javi se entera! ¡Me da igual! ¡No pienso esconderme! -. David gritó e hizo que Paula y Javi salieran de sus sillas y se dirigieran hacia donde se encontraban ellos.
-David, ¿a qué vienen esos gritos?-. Javi estaba alterado ante tal espectáculo.
-Helena y yo estamos juntos. Ya lo sabes, así que si tienes que despedir a alguien, ya me voy yo-. David no dejaba de mirar a su chica.
-David, no voy a despedirte por que estés saliendo con una compañera, pero si puedo hacerlo por tus gritos y por no saber comportarte. Así que contrólate y que sea la última vez que empleas ese tono aquí-. Dijo el jefe, autoritario.
-Lo siento, perdona Javi, no volverá a pasar-. David estaba avergonzado por su actitud.
-Eso espero, pero decime ¿porqué tendría que despedir a alguien? Si están juntos, me parece muy bien siempre y cuando no interfiera en su trabajo.-. Dijo Javi sonriendo, intentando quitar hierro al asunto. Volvió a su despacho.
 
Paula también volvió sus pasos hacia su sitio, pero pudo escuchar que David seguía preocupado por Helena y le pidió que le contara lo sucedido cuando salieran de trabajar. Vio como le dedicaba una caricia en el rostro y besaba sus labios. ¡Ay, que el ligón de la oficina se había enamorado! Y volvió a enfrascarse en sus tareas.


Pedro acabó con su jornada laboral y se dirigió hacia el aeropuerto a recoger a sus padres. Aunque no llegaban hasta dentro de un par de horas, decidió ir con tiempo, ya que el tráfico a esa hora era muy denso. Durante el camino, pensó en Paula, como no, últimamente no tenía otra cosa en la cabeza que no fuese ella. Pensó en que al día siguiente cenarían juntos y podrían hablar con tranquilidad. Quería hablar con ella sobre ellos, aclarar lo que había entre ellos, ya que él estaba hecho un lío. Se llevaban bien, se gustaban, se besaban y se acariciaban en un entorno íntimo, sin que nadie los viera. Le vino a la cabeza el momento en que fueron al centro comercial y cómo ella rehusó su beso. ¿Era una chica tímida?, no, no lo creía. ¿No le gustaba mostrar sus sentimientos en público? No, eso tampoco. La había visto con sus padres y su hermana, y no encajaba. Entonces, ¿por qué se mostraba reservada con él en público? Le preguntaría durante la cena. Llegó al aeropuerto y se dirigió al parking de la terminal 1. Estacionó el coche allí y se dirigió hacia el edificio. Tenía una hora y media por delante antes de que aterrizaran sus padres. Decidió entrar en una cafetería a merendar. Cuando acabó, decidió llamar a Paula. Estaba aburrido y la echaba de menos.
 
-Hola Pepe, ¡qué sorpresa!-. Contestó alegremente.
-Hola Pau ¿porqué es una sorpresa?
-Porque me dijiste que me llamarías y has cumplido tu promesa. ¿Dónde estás?-. Paula escuchaba de fondo una megafonía que no conseguía entender.
-Estoy en el aeropuerto, esperando a mis padres. Me queda una hora hasta que lleguen, así que estoy dando vueltas por la terminal.
-O sea que estás aburrido y yo soy tu distracción-. Paula bromeó.
-Eres mucho más que una simple distracción. Me paso el día pensando en ti-. La voz de Pedro era un dulce susurro y a Paula se le encogió el corazón.
 
-A mí me pasa lo mismo. Tengo muchas ganas de verte y te echo de menos.
 
-Ojala pudiera estar ahora contigo. Pero como hombre que cumple sus promesas, esta noche paso a verte. No podría dormir sin ver tu sonrisa, sin besarte.
-¿Sabes que eres muy besucón? Y ¿sabes que me encanta que lo seas?
-Más te vale que te guste, porque pienso colmarte de besos siempre que estés conmigo-. Pedro era toda una delicia y ella se moría por todos esos mimos.
-Espero que me des todos y cada uno de esos besos-. Paula suspiró-. Pedro, tengo que dejarte, todavía estoy en la oficina y he de acabar unas cosas antes de irme. Luego no vemos. Un beso. Adiós
-Adiós Paula-. Cortaron la comunicación.
 
 Pedro guardó su móvil y siguió paseando. De pronto encontró una tienda y se paró delante de ella. Era una tienda en la que vendían artículos de papelería y librería. No había dejado de pensar en Paula, y al ver aquel comercio, no dudó un instante en entrar y hacerle un regalo. Uno de los pasillos estaba lleno de marca páginas de todo tipo, tamaños, colores, con inscripciones. Todos esos marca páginas eran artículos hechos por los alumnos de varias escuelas de la ciudad, que los ponían a la venta para recaudar fondos. Pedro se paseó por ese pasillo, mirando, buscando uno que ajustara a Paula. Se paró a pensar, ¿qué le gustaba? Llegó a una estantería y lo encontró. Un marca páginas de fieltro, de color tostado, con una taza de café en un extremo, al menos sabía que le gustaba el café, y en el centro, aparecía su nombre en letras negras y plastificadas. Lo agarro, lo llevó a caja donde lo pagó y se lo envolvieron para regalo. Mañana durante la cena se lo daría. Casi sin darse cuenta, había pasado la hora que le quedaba por ver a sus padres. La megafonía así lo indicaba. Se acercó hacia la puerta de llegada de su avión. Allí esperó un rato hasta que aparecieron sus padres con las maletas.
-¡Hola hijo, como me alegro de verte!-. Le dijo su madre, dándole un abrazo.
-¡Hola mamá! ¡Hola papá!-. Los saludó
-Hola hijo, ¿qué tal estás?-. Preguntó su padre, que le dio un abrazo cuando su mujer lo dejó libre.
-Muy bien y ustedes ¿qué tal el vuelo y el viaje?
-Ay hijo, ¡Nueva York es precioso! A ver si vas algún día, pero acompañado-. Su madre le sonrió.
-¡Mujer! ¿Otra vez con eso?, acabas de venir de viaje y ya estás atosigando a tu hijo-. Exclamó su marido, Nicolás-. ¿Cómo está tu hermano?
-No pasa nada, papá, déjala. Bruno y Lorena están estupendos. Vinieron encantados de la luna de miel. Bueno, ¿no van a contarme nada del viaje?-. Pedro quiso cambiar de conversación lo antes posible.
De camino al coche, Nicolás y Natalia le contaron a su hijo cómo había sido el viaje. Mientras Pedro conducía, su padre iba de copiloto y su madre iba sentada atrás, junto con la chaqueta de Pedro, que había dejado allí y con el obsequio de Paula asomando por uno de sus bolsillos. Natalia no pudo evitar ver el regalo y como no, le preguntó a su hijo.
-Pepe, este regalo que tienes aquí ¿para quién es?-. Pedro la miró por el retrovisor.
-Mamá, ¿no puedes dejar mis cosas?
-Ay, hijo, es que estaba aquí y se ha salido del bolsillo.
-¿Se ha salido o lo has sacado tú?-. Pedro conocía a su madre de sobras.
-Bueno, he visto que sobresalía algo de tu bolsillo y lo he sacado un poquito para ver qué era-. Su madre lo dijo en un tono lastimero.
-No puedes estarte quieta. Deja tranquilo a tu hijo, por Dios-. Su padre se exasperaba con su madre.
 
-Sí mamá, es un regalo para una chica-. Sentenció Pedro que les explicó, más o menos la historia de Paula, pero sin entrar mucho en detalles, como que se había acostado con ella la misma noche de conocerla.
-Pues si hace poco que la conoces y ya le haces regalos, creo que esto va más allá de un simple “nos estamos conociendo”-. Su padre hizo el gesto de comillas con sus dedos para recalcar esa última frase.
 
-Sabía que no les tenía que haber contado nada. Y sí, nos estamos conociendo-. Con ello puso punto y final al relato.
Pedro aparcó el coche en la calle de sus padres y les ayudó a subir las maletas. Su madre le entregó una taza de desayuno y varias camisetas que habían comprado en el viaje para él. Se le había hecho tarde, y quería ver a Paula antes de irse a casa. Se despidió de sus padres, con la promesa de que el domingo iría a comer con ellos. Bajó en el ascensor y corriendo se dirigió a su coche y condujo hasta el piso de Paula. Eran más de las once de la noche cuando llegó. Antes de subir, quiso llamarla, por si estaba durmiendo.
-Hola Pau, soy yo. ¿Te he despertado?
-Hola Pepe. No, estaba leyendo. Creí que ya no me llamarías.
 
-Estoy debajo de tu casa, en el coche. ¿Es muy tarde para subir?-. Pedro quería que le dijera que no, deseaba verla.
-No, para nada. Sube-. Al oír la contestación de Paula, Pedro salió disparado del coche para ir a su encuentro. Paula le abrió la puerta del portal y subió por las escaleras. Le daba igual los cinco pisos que tenía por delante, lo único que quería era llegar a su casa y abrazarla. Cuando llegó arriba, se encontró con ella apoyada en la puerta de su casa, esperándolo. Él se quedó parado delante de ella, mirándola. Llevaba un pijama gris con un dibujo de Mickey y Minie en la camiseta. Sonrió y la estrechó en sus brazos.
 
-Cómo te he echado de menos -. Dijo Pedro, besándole el pelo y con sus brazos alrededor de su cuerpo.
-Esto es lo mejor de todo el día-. Ella se apartó un poco de ese abrazo y alzó la cabeza para mirarlo. Acercó sus labios a los suyos y los besó. Durante el día había pensado mucho en ese beso de buenas noches, en cómo sería, pero tenía que reconocer que ése era mucho mejor que el que se había imaginado. Un ruido distrajo a Paula de ese beso. Sabía de dónde provenía. Se separó de la boca de Pedro, lo miró y sonrió.
-¿Tienes hambre?
-No he cenado nada. Siento que mi estómago haya hecho el comentario.
-Anda pasa, te preparo algo.
Entraron en casa de Paula, y Pedro pudo ver que el piso estaba lleno de cajas de cartón. Supuso que serían de Raquel, ya que ese fin de semana se trasladaba al piso de Fran. Paula estaba en la cocina, preparando un bocadillo de jamón para su hambriento chico. Se lo dio junto con un vaso de jugo y se sentaron en el sofá. Mientras Pedro comía, Paula lo miraba ensimismada. Devoraba el bocadillo y ella no podía hacer más que sonreír. Le preguntó por sus padres y hablaron durante el poco tiempo que la cena duró en manos de su chico.
-Estaba delicioso. Gracias-. Le dio un beso en los labios.
-Pedro, sólo es un bocadillo.
-Sí, pero el mejor bocadillo que he comido nunca y en la mejor compañía-. Pedro se levantó y dejó el plato y el vaso en la cocina.- Creo que será mejor que me marche, es tarde.
Le tendió una mano a Paula para levantarla del sofá. Ella la agarró y se incorporó. Lo acompañó hasta la puerta, y allí, antes de abrirla, se paró, apoyando su espalda en ella y lo atrajo hacia sí para besarlo. Necesitaba besarlo y lo hizo de una manera desesperada. Cogió sus labios con deseo, los mordió, los lamió. Encontró su humedecida lengua, que pedía desesperadamente sus caricias. Y ella la acarició. Sus manos estaban sujetas a su cuello, sus piernas le temblaban y tenía miedo de caerse, sobre todo cuando las manos de Pedro se posaron en su trasero. Lo acariciaba, lo apretaba y hacía que su cuerpo se juntara más al suyo, notando la erección de él bajo sus pantalones. Su cuerpo se calentaba aún más. Seguían besándose ferozmente. No podía permanecer de pie, así que se subió encima de él, rodeando su cintura con las piernas. Pedro se sorprendió ante aquel gesto y perdió el equilibrio. Se echó hacia atrás, tropezó con una de las cajas de Raquel y cayó en el sofá, con Paula encima. Paula emitió un gritó y ambos rieron. En ese momento, apareció Raquel, adormilada y con preocupación en su voz.
-¡Paula! ¿Qué te pasa?-. Vio que su amiga estaba sobre el sofá...y sobre alguien-. ¡Pedro, no sabía que estabas aquí!
-Hola Raquel, yo tampoco sabía que estabas aquí-. Pedro miró a Paula, sorprendido de que no le hubiera dicho que su compañera estaba allí.
-Siento si te hemos despertado-. Paula se disculpó.
-No pasa nada, pero haceme el favor de irse a tu habitación… -. Rio y con esas palabras se volvió a su cuarto.
 
Pedro y Paula se miraron, todavía tumbados en el sofá y sonrientes. Ella se inclinó hacia él y le acarició el pelo.
 
-Creo que será mejor que te marches. Para mañana ya tengo problemas con Raquel.
-Mejor me voy-. Pedro le cogió la cara entre las manos y la besó, lentamente, de forma cariñosa. Se levantaron del sofá y Paula siguió a Pedro hasta la puerta. Antes de marcharse, se giró hacia ella y volvió a besarla.
-Mañana nos vemos. No te olvides de la cena.
-No me la perdería por nada del mundo-. Paula le dio un breve beso en la nariz. Y Pedro se marchó.
 
Se quedó apoyada en el marco de la puerta, viendo como Pedro esperaba el ascensor y se introducía en él. Cuando desapareció, cerró la puerta de su casa, fue hacia su dormitorio y se metió en la cama. Hacía una semana que se había acostado con él, y su cuerpo necesitaba sentirlo de nuevo. Todos esos días atrás, se habían visto y no habían pasado más allá de los besos, abrazos y caricias. Y eso que habían tenido la oportunidad, como en casa de Pedro, pero había quedado en eso, en una oportunidad perdida.
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