Eran las once de la
noche y hacía algo más de dos horas que había dejado a Paula con su padre. Dos
horas horribles, interminables, las más desesperantes de toda su vida. No sabía
nada y a cada minuto que pasaba, le atenazaba el terror de que algo no iba
bien. Fue su hermano el que se acercó hasta él cuando se sentó en el suelo,
derrotado y completamente roto. Lo abrazó, le decía palabras de ánimo, pero él
estaba sumido en su dolor y apenas lo escuchaba. Ahora, sentado en una de las
sillas de esa sala de espera tan fría, estaba rodeado de todos sus amigos, a
los que agradeció que estuvieran allí, pero estaba agradecido por Paula. Todos
ellos la querían mucho y estaban igual de preocupados por ella que él. Veía
como Marc permanecía todo el tiempo abrazado a Alba, consolándola y sintió
envidia. Quería, necesitaba estar así con Paula, tenerla entre sus brazos y no
soltarla nunca. Era increíble la necesidad, la dependencia que tenía de Paula.
No podía estarse quieto en es ese sitio, los nervios lo estaban consumiendo.
Sentado en la silla, no dejaba de mover las piernas, se levantaba y daba
vueltas alrededor de sus amigos, se mordía las uñas, no dejaba de tocarse el
pelo y no podía fumar. Por dos motivos, uno era porque tenía que salir a la
calle a pegarle caladas a un cigarro y no quería apartarse de esa sala y el
segundo porque no los llevaba encima.
-Pedro, intenta relajarte o acabarás tú también ahí dentro-. Le dijo David
señalando la puerta de urgencias-. Vamos, ya verás como muy pronto estará
dándonos la lata otra vez.
-Eso espero, David, eso espero.
En ese momento aparecieron en la sala los padres de Paula junto a la pequeña
Carla. Alba se deshizo del abrazo eterno al que la tenía sometida Marc y corrió
junto a ellos, a los que se abrazó.
-Alba, ¿qué es lo que ha ocurrido?-. Preguntó su padre con inmensa
preocupación. Su madre la miraba con lágrimas en los ojos.
-Ha sido ese hombre. Víctor la volvió a encontrar-. Explicó su hija mirando
tristemente a María.
La pequeña Carla no acababa de entender qué era lo que estaba pasando allí.
Estaba en un hospital, su hermana Alba hablaba de un tal Víctor y allí había
personas que ella conocía. Pero faltaba una. Fue directa hacia Pedro, que
estaba de pie mirando hacia ellos. Le dio unos golpecitos en el brazo para que
le prestara atención.
-Pepe, ¿dónde está mi hermana?
Pedro se arrodilló delante de ella y le acarició las mejillas. Le recordaba
tanto a Paula, eran tan parecidas. Carla veía que Pedro estaba raro, que le
sonreía de una manera triste y que no era capaz de contestarle. Entonces ella,
se acercó más a él y lo abrazó. Pedro dejó que aquel cuerpecito le transmitiera
un poco de calma y se dejó querer por él.
-A Paula le ha pasado algo malo, ¿a que sí?-. Le preguntó ella al oído.
-Tiene un poco de pupa pero podrás jugar con ella cuando se ponga bien-. Pedro
le contestó de manera que pudiera entender. Agradeció la bonita sonrisa que
Carla le regaló, así como el pequeño beso que le dio en la mejilla.
Las puertas de urgencias se abrieron justo en ese momento y apareció Nicolás
con noticias sobre el estado de Paula.
-Nicolás, ¿cómo está mi hija?-. Se apresuró a preguntar María, que estaba hecha
un manojo de nervios. Todos se acercaron al médico.
-Tranquilos, Paula se encuentra bien-. Dijo Nicolás, agarrando la mano de
María-. Ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza y tiene una conmoción cerebral,
por eso está inconsciente. Le he tenido que dar unos puntos en la herida que
tenía, pero no tiene nada grave. Cuando esté lista, se despertará. También
tiene unos golpes en la espalda y en el torso, pero nada que no se cure con
unos días de descanso. Pronto estará recuperada.
-¡Dios mío!-. Exclamó María tapándose el rostro humedecido por las lágrimas.
Ricardo la abrazó.
-¿Podemos verla?-. Preguntó el padre de Paula.
-Ya la han subido a la habitación, pueden verla, pero de uno en uno, por favor.
Y si quieren, pueden quedaros con ella. Pero solo quiero en la habitación a una
persona.
Nicolás les facilitó el número de habitación en la que descansaba Paula. Antes
de marcharse, Nicolás observó a todos los que había allí. La preocupación era
presente entre ellos y era capaz de sentir el dolor de los padres de Paula. Él
también era padre y no podía soportar que alguien dañara a sus hijos. Sentía
pena por ellos, pero más le producía Paula que era la que había pagado las
consecuencias de ese hombre. Pero no había podido con ella. Nicolás le dio un
beso a su mujer y se perdió dentro de urgencias.
-Pepe, si no te importa nosotros nos vamos. Helena tiene que descansar-. Le
dijo David.
-Sí claro David, no pasa nada. -Cualquier
cosa nos avisas, Pepe, por favor-. Le comentó Helena afligida.
-No se preocupen-. Pedro se despidió de la pareja.
Detrás de David y Helena, fueron desfilando los demás. Ahora que sabían que
Paula no corría ningún peligro, decidieron dejar a su familia con ella, además,
allí había demasiada gente y no podían estar todos con ella. Alba y Marc se
fueron con Carla a su casa. Ricardo los acompañó, pues tenía las maletas en el
coche y la pequeña quería que su padre durmiera con ella. Así que allí solo
quedó María, Pedro y Natalia.
-Pepe, ¿qué es lo que ha pasado?-. Preguntó cariñosamente María cuando llegaron
a la segunda planta del hospital, donde estaba Paula.
-Es culpa mía, María. Lo que le ha pasado a tu hija es solo culpa mía. No he
sabido escucharla, ni protegerla.
Las palabras salieron de la boca de Pedro como un duro castigo, un castigo que
lo martirizaría toda la vida. María y Natalia lo miraban boquiabiertas,
esperando a que se explicara, pues no sabían dónde estaba la culpa de Pedro en
todo lo ocurrido. Se sentó en un asiento que había en el pasillo que daba
acceso a las habitaciones. Les explicó todo lo que sabía. María se quedó de
piedra al comprobar cómo Víctor había vuelto otra vez a por ella, en que no
cesó en su empeño de dañarla. Era mucho más cruel de lo que había imaginado.
-Pepe, cariño, nada de esto ha sido culpa tuya. No te atormentes. Era imposible
que supieras que ese hombre era quien era-. Le dijo María intentando que sus
palabras hicieran mella en él.
-Debí hacer algo, ese hombre nunca me gustó, había algo que me decía que no era
de fiar, pero no hice caso. Al igual que hice con Paula cuando me contó lo de
los mensajes. No debí permitir que se acercara a ella-. La voz de Pedro era
apenas un susurro-. He estado a punto de perderla por mi estupidez.
-Pedro, deja ya de castigarte. Sabemos cómo es mi hija, cabezota, he de
reconocerlo. Siempre ha sido así, se queda para sí las cosas malas que le
pasan, pero lo hace porque, de esa manera, cree que protege a los que la
queremos, lo hace para no preocuparnos. Es por eso Pedro por lo que no te contó
lo de las notas, no porque no confíe en ti-. María se levantó de su asiento y
lo miró a los ojos, exactamente igual que hacia Paula-. Mi hija te quiere
muchísimo y jamás la había visto tan feliz. Intenten volver a estar juntos. Le
haces mucho bien.
María se alejó de ellos y se fue a ver a su hija. Entró con mucho cuidado en la
habitación y desapareció dentro de ella. Pedro recostó su cabeza en el hombro
de su madre, como cuando era pequeño y necesitaba de sus dulces palabras, de su
tierno abrazo.
-Ay, mamá, ¿qué voy a hacer?
-Creo que María te ha dado un buen consejo, tienes que volver con Paula. Es una
chica estupenda y también te hace mucho bien a ti. Desde que estás con ella,
estás diferente, irradias felicidad, siempre estás con la sonrisa en los labios
y desde que murió la abuela, te había costado sonreír de esa manera-. Le dijo
su madre con ternura-. Y deja de martirizarte con que eres el culpable. El
único causante de lo ocurrido ha sido ese hombre, que por cierto, me ha dicho
Lorena que está muerto.
-¿Está muerto?-. Preguntó Pedro con sorpresa, pues era un dato que desconocía y
del que se había despreocupado por saber-. ¿No va a molestar más a Paula?
-No, mi niño, no va a volver a hacerle daño nunca más.
Pedro suspiró tranquilo. Se había acabado todo, el mal sueño de Paula se había
terminado para siempre. Ese hombre, ahora sí, estaba muerto de verdad. Sintió
un alivio tan grande, que el dolor que se había anclado en su alma, fue
rompiéndose poco a poco. Pero sentía un alivio mucho mayor por su querida Paula.
Ya no tenía que temer por nada. Ya no tenía que tener miedo de que regresara.
Estaba algo más tranquilo, sentía que su corazón palpitaba a un ritmo algo más
pausado y, allí, con su madre rodeándole el cuerpo con sus brazos, cerró sus
cansados ojos y se dejó transportar al mundo de los sueños. “Unos minutos, solo
serán unos minutos.”
Las voces de su madre y de María lo espabilaron de su ensueño. Había otra voz,
que reconoció como la de su padre. Recordó donde estaba y abrió los ojos de
golpe y se incorporó de la agradable sensación que le produjo quedarse dormido
junto a su madre.
-¡Mierda, mamá!, ¿por qué has dejado que me durmiera?-. Le reprendió Pedro a su
madre.
-A mi no me hables así, que soy tu madre-. Dijo Natalia aparentando enfadarse
con él, pero no podía después del día que su hijo había tenido-. Estás agotado
y necesitas dormir un poquito. Solo has dormido una hora, no hay para tanto.
-¿¡Qué me he dormido una hora!?-. Gritó Pedro desconcertado ¿Cómo está Paula?
-Paula está bien, sigue igual. Relájate hijo, por dios-. Le dijo Nicolás al ver
a su hijo alterado.
-Quiero verla, quiero estar con ella.
-Ve hijo, ve, a ver si te quedas más tranquilo-. Suspiró Nicolás.
Pedro se fue directo a la habitación de Paula. Abrió la puerta despacio,
intentando no hacer mucho ruido. Había un pequeño baño a la derecha, nada más
entrar en la habitación. Al fondo, la ventana dejaba ver la oscuridad de la
noche y la lluvia que caía débilmente. Desvió la vista hacia un lado y vio la
cama en la que descansaba Paula. Seguía con los ojos cerrados. Cómo le hubiera
gustado que estuviera despierta y poder ver la luz de esos ojos que tanto
brillaban. Tenía la cabeza vendada para ocultar los puntos que su padre le
había dado en la brecha que se había hecho en esa parte de su cuerpo. Era el
segundo golpe que se llevaba en la sien en poco tiempo. Tenía puesto una de
esas batas de hospital y estaba tapada con la ropa de cama, así que no pudo ver
el golpe de las costillas. Lo que sí observó fue el morado que tenía en el
pómulo. Seguía teniendo un color feo. Pero pese a todas las taras que ahora
tenía su chica, se alegró muchísimo de verla. Y para él, seguía estando
increíblemente hermosa. No podía verla de otra manera. Arrastró con cautela la
butaca que había junto a su cama y se aproximó a ella. El asiento no era lo que
se dice cómodo, pero no le importó demasiado, aunque pensó que el hospital
podía estirarse un poquito y dejar que los familiares de los enfermos pudieran
hacer noche junto a ellos en un sillón algo más confortable. Al volverla a
tener así, tan cerca, todos sus sentidos volvieron a manifestarse. Sus manos
acariciaron lentamente las suyas, tomándolas con delicadeza y besándolas con
ternura. Acarició el dorso de una de sus manos con su cara, con esa barba que
ya no era de dos días, sino de unos cuantos más. Sentirla de nuevo, aunque solo
fuera así, con ese pequeño gesto, le recordaba lo duro que era estar sin ella y
no quería volver a casa solo.
-Te echo mucho de menos, peque-. Pedro le besaba la palma de la mano que tenía
sujeta-. Sé que te he hecho daño, que al dejarte fue mi orgullo y mi egoísmo el
que habló por mí y ahora, lo único que quiero es recuperarte. Cada vez que
cierro los ojos te veo a ti, a mi lado y no quiero abrirlos porque sé que la
realidad es diferente. Y quiero cambiar eso, necesito que eso cambie porque te
necesito a ti. No debí dejarte, apartarte de mi lado. Eres una mujer
fantástica, fuerte, preciosa y quiero que vuelvas a ser mía. Déjame que vuelva
a quererte, a cuidarte y yo dejaré que me guíes por ese camino que emprendimos
juntos y del que nunca debí tomar un atajo. Perdóname, Paula, por favor-. Se
levantó de su asiento y se aproximó más a ella, hasta quedar sus labios sobre
su mejilla dolorida y depositar en ella un beso-. Te amo.
Pedro se volvió a reposar en esa silla, sin soltar la mano de Paula y recostó
la cabeza junto a la de ella. Notaba su respiración y ese sonido lo volvió a
transportar al sueño.
-Pepe, cariño, despierta-. Oyó una voz que le hablaba susurrante. Pedro se
despertó de golpe.
-María, ¿qué pasa?
-Nada, no pasa nada, solo que creo que debería irte a casa a descansar.
-No pienso irme de aquí-. Le contestó Pedro frotándose los ojos-. Márchate a
casa María, estás cansada del viaje y tienes a Carla esperándote.
-Carla está en buenas manos, está con Marc, que me parece a mí que lo encuentra
guapo-. Sonrió-. Sal un rato de aquí, Pepe, despéjate, tómate algo en la
cafetería. Tu madre sigue fuera, ve con ella.
Pedro, haciendo caso de María, se levantó del aparatoso sillón y sintió que
tenía todos los huesos rotos. ¡Dios, que incómodo era aquello! Tenía doloridas
hasta las orejas. Fue a darle un beso a la madre de Paula, pero ella lo atrapó
en un afectuoso abrazo. Y aceptó también el beso. Salió de la habitación y fue
junto a su madre que hablaba con su padre. Cuando lo vieron aparecer dejaron de
conversar y Pedro se sentó con ellos. Su padre volvió al trabajo y su madre se
lo llevó a la cafetería del hospital, que habría las veinticuatro horas y lo
obligó a que comiera algo. No se había dado cuenta, pero estaba hambriento.
Todo el asunto de Paula le había hecho olvidar que su estómago necesitaba
alimentarse. Se tomó un bocadillo frío junto con una bebida con cafeína. Al
terminarlo, quiso tomar un café bien cargado, pues quería permanecer despierto
para estar con Paula cuando ella volviera a la realidad. Estaba a punto de
empezar a atacar su café cuando de pronto apareció María a hacerles compañía.
-Mi hija sigue dormida y yo voy por el mismo camino si no me meto algo en el
cuerpo que me espabile un poco-. Dijo con voz cansada.
-Tómate mi café, yo voy a pedirme otro-. Le dijo Pedro ofreciéndole su bebida.
-Gracias cariño.
-Buenas noches, ¿puedo sentarme con ustedes?-. Lorena apareció en la cafetería
y Natalia la invitó a que los acompañara.
-¿Qué haces aquí? Son las dos de la mañana-. Preguntó Pedro volviendo con su
café.
-Sabía que María estaría aquí y quería hablar con ella. O mejor dicho, quería
enseñarle algo-. Lorena le tendió a María un papel doblado por la mitad-. Pedro,
¿puedes pedirme un café, por favor?
-Puedes tomarte el mío-. Dijo resignado. Era la tercera vez que se levantaba a
pedirse un dichoso café-. Mamá ¿tú quieres algo o también me quitarás mi
próximo café?-. Ironizó Pedro.
-Hijo, pues ya que estás, tráeme uno a mí, anda.
Pedro volvió a la barra a pedir los cafés mientras que María desdoblaba el
papel que Lorena le había entregado. Comenzó a leer. A cada palabra que leía,
los músculos de la cara se le tensaban más, las manos le temblaban y la visión
se le nublaba de la rabia y de las lágrimas que se abrían paso para salir y
humedecer esas letras tan dolorosas que había escritas.
-¿Dónde la has encontrado?-. Le preguntó María a Lorena, una vez terminada la
lectura y plegando la nota.
-Hemos descubierto dónde vivía Víctor. Tenía un pequeño piso alquilado en
primera línea de playa. Una de las habitaciones estaba llena de cosas de Paula;
fotos, itinerarios que hacía, listado de personas con las que se relacionaba,
horarios, dónde trabajaba, dónde vivía. Paula estaba en lo cierto, fue él quien
entró en su casa. La tenía controlada. Víctor no era obrero de la empresa que
está llevando a cabo el colegio, sino que se adentraba en el centro para intentar
sacar información a Pedro. Otro de los obreros le ayudaba a pasar
desapercibido. No sabemos a qué se dedicaba laboralmente, no hemos descubierto
nada de bancos, nóminas o similares. La nota que te he entregado estaba con
todo el material de tu hija. Ese hombre estaba completamente obsesionado con
ella.
-¿Puedo leer la nota?-. Le preguntó Pedro a María con delicadeza. Ella se la
dio.
Pedro vio que era una nota con pocas palabras, pero contundentes y llenas de
odio. No podía haber más ira. La leyó en voz alta.
“Yo te quería, María, lo sabías, pero preferiste abandonarme por ese puñetero
bebé, una maldita niña que me quitó lo que tenía y que me arruinó la vida. Pues
bien, ahora voy a hacerle pagar por todo lo malo que me ha hecho y tú, María,
también lo sufrirás. Pienso quitarla de en medio y voy a disfrutar con ello”.
-¡Pedazo hijo de puta! Te dije que vinieras conmigo, que los dos podíamos criar
a Paula, juntos, pero preferiste quedarte en el pueblo, más preocupado por los
cuchicheos que por mí y por tu hija. Me obligaste a levantarla sola, a que no tuviera
una figura paterna. Paula es lo único bueno que has hecho en tu puta vida y
cada día me siento orgullosa de haberla tenido. Tú perdiste una hija y ella ha
ganado mucho con ello. Ahora tiene una familia, un padre que la quiere de
verdad, unas hermanas que la adoran, amigos que se preocupan por ella y un
novio que daría la vida por ella. Por mí, puedes pudrirte en el infierno.
Pedro, Lorena y Natalia se quedaron callados ante la confesión de María.
Ninguno se atrevió a decir nada. María se había quedado mirando la nota y, como
si allí estuviera Víctor, comenzó a hablar de lo que sentía. Ahora Pedro sabía
de dónde había sacado Paula todo el repertorio de tacos que salían de su
hermosa boca.
-Por favor, Pedro, no le cuentes nada a Paula acerca de esta nota-. Le rogó
María.
Pedro le prometió que no contaría nada de eso. Era demasiado horrible para
contárselo. Dejó en la cafetería a las mujeres y se encaminó hacia la
habitación de Paula. Entró y la encontró de la misma manera que cuando la dejó
hacía una hora, durmiendo, ajena a toda preocupación que sentían las personas
que la querían. Tenía muchas ganas de que abriera los ojos, de poder hablar con
ella, de escuchar su voz, de sentir sus caricias, pero no había nada que le
dijera que eso se produciría enseguida. Tenía que seguir esperando. Le regaló
un beso de buenas noches en la mejilla y se acomodó en el sillón extra cómodo que
había junto a la cama de Paula y mirando su bonito rostro, volvió a quedarse
dormido.
Sus oídos ya se habían despertado y captaban un sonido desconocido que lo
desveló de su sueño nada apacible. Abrió los ojos y enseguida recordó donde estaba.
Su mirada se posó en Paula. Todo igual. Suspiró resignado. Al alzarse de su
asiento, comprobó como su cuerpo estaba dolorido, pero sobretodo su cuello. Se
lo masajeó durante unos minutos, pensando en que si tenía que estar muchos días
más así, necesitaría que lo ingresaran porque acabaría con todos los huesos
rotos. Miró la hora en su reloj, eran las ocho de la mañana y el ruido que lo
había despertado había sido el carro del desayuno de los pacientes. Se acercó a
su chica y volvió a darle un beso, esta vez de buenos días. Acarició su pelo,
su rostro, sus manos y un escalofrío le recorrió la espalda, el mismo escalofrío
que sentía cada vez que Paula lo rozaba con sus dedos, con sus labios. Era el
mismo estremecimiento que experimentó la primera vez que hizo el amor con ella,
en la discoteca de su hermana. No tenía ni idea de lo que era enamorarse de
alguien, pero en aquel momento supo que se había enamorado de Paula, que esa
chica había calado muy hondo en él, que se había convertido en esa luz que
iluminaba sus días. Aunque al principio lo negaba, se decía que eso no le podía
pasar a él y, ahora, estaba completamente feliz por no dejarse engañar por sí
mismo.
Se acercó hasta la ventana por donde entraba la luz del sol y se recostó en
ella cruzando los brazos sobre su pecho. Desde luego que las vistas eran
preciosas. Después de la lluvia de la noche, el día se presentaba radiante y
despejado y con el astro rey brillando en el cielo. Al fondo se vislumbraba la
playa. La ubicación del hospital era mucho mejor que la butaca donde había
pasado la noche. Estaba en lo alto de una montaña y el mar se podía contemplar
desde allí en todo su esplendor. Parecía calmado, con ese azul que siempre
había hipnotizado a Pedro. Era uno de los pequeños placeres de los que podía
disfrutar en la ciudad. El mar era su debilidad. Siempre había vivido en la
ciudad, envuelto por el agua del mar y no podía imaginarse vivir lejos de allí,
prescindir de esa infinidad, de sus paseos por la orilla, de su olor. Se
ahogaría sin ella, sin la playa cerca. El mar era Paula.
-Pepe…-. Escuchó su nombre en la habitación y se giró hacia la voz.
-¡Paula!-.Exclamó aliviado y repentinamente se puso a su lado, acariciando su
cabeza-. ¿Cómo te sientes?
-Como si me hubieran dado una paliza-. Y añadió una tímida sonrisa a sus
palabras entrecortadas-¿Puedes darme agua, por favor?-. Pedro llenó de agua un
vaso y se lo acerco a Paula para que bebiera dando sorbos por una cañita.
Cuando terminó, volvió a dejarlo sobre la mesita-. Necesito ir al baño, ¿puedes
llamar a una enfermera?
-Sí claro-. Pedro pulsó un botón que había al lado de la cama de Paula.
-Acabo de despertarme y no hago nada más que pedirte cosas-. Vuelve a sonreír.
-No me importa, estoy acostumbrado-. Le devuelve la sonrisa-. Puedes pedirme lo
que quieras, sabes que te lo ofrezco encantado.
Sus miradas se cruzaron y quedaron fijas la una en la otra. En ambas había
angustia, terror, arrepentimiento, pero sobretodo, había cariño, amor y una
necesidad imperiosa de tenerse el uno al otro.
-Pepe, ¿qué haces aquí?-. La pregunta de Paula le cogió desprevenido y se
sintió afligido al escucharla.
-Buenos días, hijo-. Saludó Nicolás al entrar a la habitación, seguido por
Lorena-. ¡Oh, Paula, qué alegría verte despierta! ¿Cómo estás?
-Dolorida, cómo si me hubiera pasado por encima un tren de mercancías.
Llegó la enfermera para acompañar a Paula al baño, pero antes quiso comprobar
sus constantes. Le tomó la temperatura y la tensión. Todo en orden. La ayudó a
levantarse y con cada gesto, con cada movimiento de su cuerpo, Paula emitía
gruñidos y gestos de dolor. Estaba peor de lo que pensaba cuando estaba
tumbada. Consiguió levantarse con mucho esfuerzo y caminó al servicio. Al cabo
de unos minutos salió del cuarto de baño y Nicolás la acompañó hasta la cama
cuando le dijo a la enfermera que podía encargarse él. Ya recostada en el
colchón, cerró los ojos y suspiró aliviada.
-Pau, ¿sabes por qué estás aquí, en el hospital?-Le preguntó Lorena.
-Sí, lo sé.
-No sé si es un buen momento, pero ¿puedes explicarme qué pasó?-. Le preguntó
Lorena sin querer presionarla.
-Lo que recuerdo….-. Paula se quedó un instante perdida en su cabeza-. Recuerdo
que fui a casa de Pedro a buscar mis cosas-. Paula lo miró a los ojos con
tristeza.- y cuando me iba a marchar, escuché que alguien entraba. Pensé que
era Pepe, pues había abierto la puerta con la llave, pero me equivoqué. Quien
entró fue Víctor. Cuando lo vi allí, delante de mí supe a lo que había venido y
supe que aquello acabaría allí, en ese momento, ese día-. Las lágrimas se
agolpaban en los ojos de Paula. Pedro le cogió de la mano y se la besó para
calmarla.-Me cogió del cuello y me lanzó hacia la pared. Caí al suelo y me
golpeó la espalda y el estómago con el pie. Me quedé atontada en ese instante,
sin fuerzas y él, me levantó del suelo y volvió a sujetarme, esta vez de los
brazos y me tiró contra el mueble del comedor. Fue ahí donde me golpeé la
cabeza y caí de nuevo. Lo último que recuerdo es que un dolor espantoso se
apoderó de mí, que me caían gotas de sangre por la cara y que la foto cayó
conmigo-. Paula miró a Pedro-.La rompí, lo siento-. Paula se refería a la foto
que Pedro tenía de su abuela e intentó disculparse.
-No te preocupes por eso peque-. Paula no entendía por qué la seguía llamando
peque. ¿Había soñado que ya no estaban juntos?
-¿Cuándo podré irme a… de aquí?-. Preguntó a Nicolás. Paula quiso decir a casa,
pero ¿a qué casa? Una vez le dieran el alta, ¿a dónde iría?
-Tal vez mañana puedas regresar a casa-. Contestó el médico.
-¿Tengo que estar en el hospital hasta mañana?
-Estarás aquí el tiempo que haga falta, así que no intentes precipitar las
cosas.
Paula hizo un mohín de disgusto. Quería salir de allí lo antes posible, no le
gustaba permanecer tirada en una cama de hospital con el cuerpo dolorido y
tener que ver a personas que seguramente no querían estar allí. ¿Por qué
narices Pedro seguía en esa habitación? Necesitaba salir de aquellas cuatro
paredes y sentir el cariño de la única persona que nunca le había fallado.
-¿Mi madre está aquí?
-Sí, está fuera con la mía. ¿Quieres que le diga que entre?-. Le dijo Pedro.
-Sí, por favor, quiero verla.
Los tres abandonaron la habitación, despidiéndose de ella. Pedro le dio un beso
en la cara y acercándose a su oído le susurró bajito un te quiero para que solo
ella lo oyera. Necesitaba decírselo y así lo hizo, a expensas de que Paula le
arreara un buen bofetón. Pero eso no sucedió. Ella se quedó con expresión
sorprendida en sus ojos, con un montón de preguntas ocultas tras ellos,
preguntas que no formuló. Si en ese momento hubiera estado de pie, habría caído
fulminada en el suelo. ¿Todavía la quería? ¿Cómo era eso posible? ¿Habían
vuelto a estar juntos y ella no se había enterado? Pedro le sonrió y le
acarició la mejilla antes de marcharse.
Una vez fuera, en el pasillo, se encontró a María junto con Ricardo y Carla.
Éstos últimos habían llegado hacía unos minutos y estaban deseando ver a Paula,
sobre todo la pequeña que, cuando vio aparecer a Pedro se le echó en los
brazos. Se acercó a los padres de Paula y les dio un breve avance del estado de
su hija. Dejó a Carla en el suelo y los tres fueron a verla.
-Hola Pau-. Gritó Carla al entrar en la habitación, que se subió rauda a la
cama para abrazarla.
-¡Carla, bájate de ahí ahora mismo!-. La regañó su padre.
-No pasa nada, papá, estoy bien-. Dijo Paula, intentando ocultar el dolor que
le había propiciado su hermana al subirse encima de ella como una loca.
La pequeña estaba abrazada a su hermana sin intención de soltarla durante un
rato. Sus padres la besaron en el rostro, el único modo que tuvieron de
saludarla ya que la pequeña la abarcaba por completo.
-¿Cómo estás, cariño?-. Le preguntó con preocupación su madre.
-Estoy bien mamá-. Le contestó aunque sabía que su madre no la creía-. Nicolás
me ha dicho que mañana me dará el alta.
-Cuando salgas de aquí, te vendrás a casa y te cuidaremos-. Dijo su padre serio
pues su mujer le había puesto al día de la no relación entre su hija y Pedro.
-Pedro me dijo que cuando estuvieras bien jugarías conmigo, pero no me dijo que
volverías a vivir con nosotros. ¿Ya no vives con él? ¿Te ha hecho llorar?-.
Soltó su hermana, dejando a todos sorprendidos. Paula la miró y no pudo hacer
nada más que sonreír ante aquella niña que quería con locura. Esta vez fue ella
la que la abrazó, con los ojos empañados.
-Mamá, ¿puedo hablar contigo un momento? A solas-. Paula miró a su padre,
disculpándose por no hacerle partícipe de la conversación que quería mantener
con su madre.
-Vámonos Carla, que no nos quieren-. Dijo su padre irónico, cogiendo a la
pequeña en brazos.
-Papá está enfadado con Pedro?-. Dijo Paula a su madre cuando se quedaron
solas.
-Pedro me contó lo que había pasado entre ustedes y yo, se lo dije a tu padre.
Está algo molesto, ya sabes cómo es, se preocupa por ti, pero no tienes que
darle mayor importancia.
-Mamá, ¿qué ha pasado? Necesito saberlo. Todo.
María observó a su hija detenidamente. En ese momento supo que había crecido,
que era una mujer adulta y que tenía derecho a saber la verdad, pero tenía
miedo de que si le contaba todo, ella se derrumbara y pensara que realmente
tenía la culpa de todo lo que había pasado, del odio que su verdadero padre
sentía por ella. Se prometió a ella misma y le hizo prometer a Pedro que no le
contarían nada de la carta a Paula, pero ya daba igual. Ese hombre había
desaparecido de su vida, no volvería a hacerle daño y se merecía conocer la
historia. Así que María comenzó a relatarle todo lo que sabía, lo que Pedro le
había contado horas atrás sobre cómo había ocurrido todo, de cómo Víctor dio,
de nuevo, con ella, de cómo se las ingenió para acceder al colegio e intentar
sacar información a través de Pedro, de cómo la arrastró hasta el coche e
intentó secuestrarla y matarla hasta que su chico la encontró encerrada en el
maletero, de cómo llegó hasta el centro hospitalario y la nota que dejó en su
casa. Paula había escuchado con atención a su madre pero le costaba asimilar
esas palabras.
-Entonces ¿está muerto?
-Sí, cariño, está muerto. Y esta vez de verdad-. Dijo su madre dibujando en sus
labios una fina sonrisa.
-No lo entiendo, mamá, si te quería ¿Por qué no se fue contigo? ¿Por qué me
culpaba a mí de su desdicha?
-Porque era un cobarde y necesitaba culpar a alguien de su infelicidad. Pero
cariño, tú no tienes la culpa de nada, todo lo contrario, has sido la que has
pagado las consecuencias de ese maniaco-. María acarició el rostro de su hija-.
Tenerte ha sido lo mejor que he hecho en la vida y lo volvería a hacer una y
mil veces más. No me arrepiento de nada de lo que he hecho y me siento
orgullosa de tener una hija como tú.
-Oh, mamá…-. Exclamó Paula con lágrimas en los ojos, abrazándose a la mujer que
le dio la vida.
-Y ahora, ¿qué pasa entre Pepe y tú?-. Preguntó María al separarse de su hija.
Pedro estaba en la sala de espera, sentado en una de las sillas que eran
incluso más cómodas que la que había en la habitación. Sus padres se habían
marchado, al igual que Lorena, que comenzaba a trabajar. Ricardo y Carla
estaban desayunando en la cafetería. Se fijó en la sutil mirada que el padre de
su chica le había dedicado antes de desaparecer con la pequeña. Con esa mirada,
Ricardo le transmitió que estaba al corriente de lo que había sucedido entre su
hija y él. Una vez le dijo que no iba a lastimarla, pero lo había hecho y
estaba seguro de que su jefe jamás lo perdonaría. Pero realmente, lo único que
le importaba era que Paula lo perdonara.
A los pocos minutos llegó Bruno. Tenía el turno de noche y acababa de salir del
parque de bomberos.
-Vaya Pepe, tienes peor cara que yo-. Fue el saludo de su hermano-. ¿Qué tal
está Paula?
-Se ha despertado hará un par de horas. Está bien, a pesar de los golpes que ha
recibido.
-Es una chica muy fuerte. Y valiente. Me alegra saber que, por fin, ese
desgraciado ha desaparecido.
-Así es, todo se ha acabado-. Dijo Pedro-. Bruno ¿puedes acercarme a casa? Papá
ha dicho que Paula ha de pasar aquí la noche y he pensado en traerle algo de
ropa.
Bruno no puso objeción alguna de llevar a su hermano hasta su piso. Pedro había
dejado su coche aparcado al lado del colegio y la verdad es que no tenía ganas
de conducir. Tenía todos sus sentidos mermados y su cabeza era un hervidero de
pensamientos para recuperar a Paula, de sentimientos encontrados entre el
horror que había vivido al ver que podía perderla y el alivio y el amor que le
sacudieron cuando ella se despertó.
Bruno no le quitaba ojo a su hermano, que subió al coche sin decir nada más que
un simple gracias con un tono de voz apagado y con los ojos tristes. Entendía
como se sentía su hermano. Él estuvo en esa misma situación años atrás, cuando
Lorena tuvo un accidente de coche. Aquella desazón que lo mantuvo en vilo hasta
que pudo comprobar que su mujer estaba bien, fue lo peor que había sentido en
la vida. Así que no podía juzgar el semblante tan serio que tenía su hermano.
Solo podía intentar animarlo.
-Vamos, Pepe alegra esa cara. Paula está bien y volverán a estar juntos-. Bruno
apretó el hombro de su hermano cariñosamente. Pedro se limitó a sonreírle sin
ganas.
Llegaron al piso de Pedro. Sacó sus llaves del bolsillo, las llaves que le
había entregado Lorena y que ese desgraciado le había robado de la taquilla del
vestuario. Las miró por unos segundos, pensando en el daño que ese pequeño
metal le había causado. Cuando entró en su casa, seguido por su hermano,
apreció que todo estaba igual que cómo lo había dejado. Las maletas de Paula
seguían en el comedor, pero a su lado ya no estaba la mancha de sangre. Pedro
agradeció no ver aquella mancha. Le dolió recordar el motivo por el cual esas
maletas estaban allí. Se acercó hasta ellas y acarició el asa lentamente, como
si fuera a Paula a la que estaba rozando. Se la imaginó cargando con esas
bolsas, despidiéndose de todo lo que había significado ese sitio, de su relación,
de él. Se le hizo un nudo en la garganta que difícilmente pudo pasarse.
-La foto se ha roto-. Dijo Bruno al recogerla del suelo.
-Sí lo sé. Paula me lo dijo.
-Pepe, ya que estás aquí, podrías darte una ducha, afeitarte y cambiarte de
ropa.
-No, solo he venido a recoger cosas de Paula. No quiero estar más tiempo del
debido fuera de ese hospital-. Dijo tajante.
-Llevas más de veinticuatro horas sin descansar, con la misma ropa y sin
asearte. Si quieres que Paula te perdone, como mínimo estate presentable,
porque con las pintas que tienes dudo que sepa quién eres-. Bruno se acercó
hasta él y puso sus manos en sus hombros-. Venga Pepe, ¿dónde está mi hermano,
el que remueve cielo y tierra por aquello que quiere, el que nunca se da por
vencido, el que es capaz de conseguir todo lo que se propone, el que está feliz
de la vida porque está completamente enamorado de una mujer que le echa piropos
al hermano de su novio?
-Ahora mismo, no sé dónde está-. Pedro bajó la cabeza,derrotado y cerró los
ojos.
-Vas a ir a ducharte mientras yo cojo algo de ropa y de aseo para Paula. Y-.
Bruno alzó su dedo índice en señal de silencio.- no vas a protestarme o me
obligarás a meterte en el baño y lavarte las pelotas.
Pedro sonrió, esta vez con algo más de alegría y se abrazó a su hermano. Se
metió en el baño, se pegó una relajante ducha que lo espabiló un poco, se
afeitó y ya en su cuarto, cogió unos tejanos limpios y una sudadera. A los
quince minutos, apareció en el salón, con un aspecto bastante mejorado.
-¡Uau! Ahora sí que Paula te perdona hasta lo que no le has hecho.
-¿Has recogido sus cosas?-. Bruno afirmó con la cabeza-. ¿Pijama?-.Si-.
¿Pantalones y camisa?-. Sí-. ¿Calzado?-. Sí-. ¿Toallas, cepillo de dientes,
pasta dentífrica, gel, colonia, champú, peine?-. Bueno, quizás esto último no
podría utilizarlo-. Sí.
-Lo ves, lo tengo todo.
-¿Ropa interior?-. Preguntó Pedro alzando las cejas- Bruno, afirmó de nuevo-.
¿Has visto la ropa interior de mi novia?-. Exclamó sarcástico. Su hermano tenía
el gesto afirmativo pegado en la cabeza-. Sujetador y bragas, ¿verdad? ¿No te
habrás olvidado las bragas?
-Pedro, está todo, ¡por dios! Sé que las mujeres utilizan dos prendas íntimas.
¿Por qué me has preguntado si me había olvidado las bragas y no el sujetador?
¿Tienes alguna clase de fetichismo con ellas?-. Preguntó irónico Bruno.
-Todo lo contrario, las bragas y yo no nos llevamos bien, pero a Paula parece
que le gustan-. Apareció en los labios de Pedro una risa a la que su hermano
acompañó.
Llegaron de nuevo al hospital. Justo en ese momento salía Javi y al entrar,
vieron que tanto Fran como Raquel estaban en el pasillo hablando. Cuando los
vieron llegar, Raquel se fue directamente hacia Pedro echando humo por la boca.
Éste que la vio, intentó aplacar el golpe.
-¿¡De dónde vienes!? ¿¡Cómo te atreves a dejar sola a Paula!?
-¿Le ha pasado algo?-. Preguntó preocupado.
-¡Claro que le ha pasado algo! ¡Que la has dejado sola!-. Le recriminó. Raquel
intentó serenarse.- ¿Dónde estabas?
-He ido a casa a buscar algo de ropa y cosas de aseo de Paula. Ha de pasar aquí
la noche. Y no la he dejado sola, cuando me he marchado su madre estaba con
ella-. Le contestó Pedro calmado-Raquel, ¿por qué estás tan enfadada conmigo?
-Joder Pedro, pues porque eres un completo idiota por dejar a Paula-. Raquel se
lanzó al cuello de su amigo y lo abrazó. Pedro que no se esperaba aquello, dejó
caer la bolsa que tenía en la mano y la estrechó en su cuerpo-. Quiero mucho a
Paula y no me gusta verla así, tienes que volver con ella. Prométemelo Pepe,
prométeme que vas a estar siempre a su lado-. Le dijo su amiga mirándole.
-Te lo prometo, siempre y cuando quiera perdonarme y volver conmigo-. Pedro
besó la mejilla de Raquel-. Voy a pasar a verla.
Dejó allí a sus amigos y a su hermano, que también marchaba del hospital. Recogió
la bolsa con los enseres de Paula y se dirigió con ella a la habitación de su
chica. Picó a la puerta antes de entrar y se encontró con Paula que estaba de
pie, avanzando despacito hacia el baño.
-Deja que te ayude-. Pedro se puso a su lado y rodeó con uno de sus brazos la
cintura de ella.
-¡Joder! ¡Tengo un aspecto horrible!-. Exclamó Paula cuando se vio en el espejo
del baño.
-Cuando te levantas por las mañanas tienes peor cara-. Dijo en tono divertido
Pedro-. Estás igual que siempre, preciosa.
Pedro se había colocado detrás de ella y acarició suavemente sus brazos. La
piel de Paula respondió temblorosa a ese roce. Sus miradas se encontraron en el
espejo. Ambas reflejaban cansancio pero en la de Paula había algo más,
preguntas, inquietudes, necesidad de saber qué era lo que estaba ocurriendo
entre ellos. No acababa de definir el significado de esa mirada que Pedro le
otorgaba, había algo que no sabía leer en sus ojos.
-¿Te apetece ducharte? Te he traído algo de ropa limpia y tu neceser-. Pedro
puso la mochila sobre la cama y sacó un pijama, una toalla, una braguitas y el
neceser. Volvió hacia el baño y dejó las cosas de Paula sobre el inodoro.
-¿Por qué estás aquí?-. Le preguntó Paula directamente-. Si no recuerdo mal, me
dejaste-. El tono de voz era recriminatorio y cargado de tristeza.
-Tenía la esperanza que ese golpe en tu cabeza te hubiera hecho olvidar la
estupidez que cometí-. Pedro se acercó a ella y tomó sus manos entre las
suyas-. ¿Quieres que me vaya?
No, no quería que se marchara, pero no podía decírselo y exponerse a hacer el
ridículo. No entendía nada y necesitaba aclarar la situación.
-Que importa lo que yo quiera, lo que no quiero es que estés aquí porque te de
pena. No necesito tu compasión.
-¿Eso crees? ¿Crees que estoy aquí, contigo, porque me das pena?-. Paula se
encogió de hombros-. Estoy aquí porque te quiero y necesito pedirte perdón.
- ¿Y qué tengo que perdonarte? ¿Qué me dejaras por teléfono? ¿Qué no confiaras
en mí? ¿Qué me echaras de tu vida sin tan siquiera escucharme?-. Los ojos de
Paula se estaban convirtiendo en pequeños lagos.
-Paula entiendo que estés enfadada y….
-No estoy enfadada, estoy dolida. No entiendo nada, Pedro. Primero me tratas
como si no te importara lo más mínimo y luego te presentas aquí y me dices que
me quieres. No puedo más-. Paula se cubrió el rostro para ocultar su llanto.
-Shhh, no llores por favor.
Pedro la acogió entre sus brazos y besó con delicadeza su cabeza. Podía notar
como temblaba todo su cuerpo, cómo se contraía con cada sollozo y lo peor era,
que sabía que esas lágrimas las causaba él. Tuvo que cerrar los ojos para
detener las suyas propias. Abrió los ojos y se abandonó a la caricia que su
chica le regalaba con su cuerpo. Dejó que Paula llorara todo lo que necesitara,
le vendría bien despojarse de todo lo que le había pasado los últimos días. No
sabía cuantos minutos había estado ella en ese estado, pero en todo ese rato,
ella se refugió en el abrazo cálido que él le ofrecía. Cuando ella dejó de
llorar, Pedro le levantó el rostro y lo alzó hasta que pudo ver sus ojos, tan
apenados como lo estaba su corazón. Le secó las lágrimas con los pulgares.
-Necesito que me perdones por todo lo que has dicho y por mucho más. Te dije
muchas veces que cuidaría de ti, que te protegería, que no iba a permitir que
nadie te hiciera daño y no he cumplido mi palabra. Yo he sido el primero en
hacerte daño, te he lastimado y he dejado que ese hombre se acercara a ti.
Nunca podré perdonarme lo que te he hecho, porque te quiero demasiado como para
no darme cuenta de que he estado a punto de perderte. Y esta vez para siempre-.
Pedro no pudo contenerse y besó sus labios, pero ella no le devolvió el beso.
Se separó de ella al ver que su boca estaba cerrada-. Creí que la confianza era
lo más importante en una relación, pero me equivoqué. El respeto es igual de
valioso y yo no te tuve ese respeto. No respeté tu decisión de contarme o no tu
vida, te lo impuse, te obligué a que me explicaras ciertas cosas, que, a lo mejor,
no querías contarme. Te pedía explicaciones sin importarme cómo te sentías.
Sólo pensaba en mí, en que quería conocer cada rincón de tu pasado, mientras
yo, me callaba el mío. Y por eso te dejé, porque creí que no confiabas en mí
cuando, justamente, ha sido lo único que has hecho-. Aguardó unos segundos para
ver la reacción de Paula a sus palabras, pero su expresión era de vacío. No le
estaba gustando nada lo que veía en ella. Pedro cogió su rostro con las manos-.
Nunca me había enamorado. Pensé que lo que quería, lo que necesitaba era solo
sexo y durante años me conformé con eso, porque no necesitaba nada más. Pero
ahora si necesito más y te necesito a ti. No supe lo que era ese sentimiento de
estar enamorado hasta que te conocí. Me lo has dado todo, Paula, absolutamente
todo de ti y te echo de menos. Añoro tu risa, tus besos, tus bromas y necesito
besarte a cada segundo, abrazarte cada hora, hacerte el amor cada día, porque
eres cada minuto de mis días y te quiero con toda mi alma. Te has convertido en
el motivo de mis sonrisas. Cada día que me levanto y te veo a mi lado, no puedo
evitar pensar en lo afortunado que soy por tenerte junto a mí. No quiero
perderte. Eres todo lo que tengo, todo lo que tiene significado para mí, eres
lo que necesito para ser feliz y créeme cuando te digo que en ningún momento he
querido hacerte daño, es lo último que deseo y sería capaz de quitarme la vida
antes que verte sufrir por mi culpa.
Paula se quedó sin palabras al oír decir a Pedro que la seguía queriendo.
Sintió un alivio inmenso en su interior, era como si todos sus miedos ya no
existieran. Y era verdad, ya no sentía ningún temor por nada. Víctor había desaparecido,
Pedro la amaba y ella se sentía poderosa, sentía que podía avanzar sin
obstáculos.
Se puso de puntillas y acercó sus labios, ahora abiertos, hasta rozar,
suavemente los de Pedro. Cuando se separó, Paula notó que el cuerpo de Pedro
temblaba y enrolló sus brazos alrededor de su cuello. Pedro se fundió en ese
abrazo.
-¿Esto significa que me perdonas?-. Preguntó tímido.
-¿Me quieres?
-Con todas mis fuerzas-. Le susurró al oído.
-Entonces, te perdono.
-¿En serio? ¿Me perdonas?-. Le preguntó nervioso, mirando sus ojos.
-Sí, te perdono, pero no pienses que soy una blandengue, mereces un castigo-.
Paul utilizó las mismas palabras que Pedro dijo cuando éste la perdonó por
haberlo dejado.
-¿Y cuál será la tortura a la que me someterás?-. Pedro estaba algo más
tranquilo y su voz sonó igual pero con un tono socarrón.
-Creo que te ataré a la cama, desnudo y te seduciré de tal manera que me
rogarás, me suplicarás, que te haga el amor, que te haga mío para siempre-. La
voz de Paula tenía un sonido tan erótico, que Pedro sintió un placentero dolor
en su entrepierna.
-Ummm, tomaré mi penitencia con agrado-. Pedro le mordió el labio inferior para
luego acariciarlo con sus dedos. Ella gimió y él atrapó su rostro-. Pau ¿me
sigues queriendo?
-Nunca he dejado de hacerlo.
Pedro volvió a besarla, pero esta vez tomó sus labios apasionadamente. Aquello
era el verdadero paraíso, los labios de su chica, la boca de la persona que
amaba con locura. Su lengua la invadió sin permiso y ambas se unieron en la
fogosidad de aquel beso, se fundían entre sus labios, se habían vuelto
inseparables y se embebían la una a la otra. -Necesito
ayuda para ducharme-. Le insinuó Paula.
Pedro terminó de quitarle la bata y al observar su cuerpo, pudo ver, por
primera vez, los moratones causados por los golpes. Tenía todo el costado
izquierdo herido. Se quedó helado, sin aliento, como si ver esas contusiones en
su cuerpo le doliera más que verlas en el suyo. Su cabeza no paraba de
repetirle cómo había sido capaz de dejar que le ocurriera algo así. Tenía el
gesto contraído, estaba furioso consigo mismo y Paula lo supo. Con sus dedos,
le levantó la barbilla y le habló dulcemente.
-Pepe, tú no tienes la culpa de esto.
-Sí, sí que la tengo, no debí permitir que…-. Paula tapó sus labios con el dedo
índice.
-Basta, Pepe, por favor. Estos golpes son los últimos que ese hombre me ha
hecho y no va a volver a tocarme nunca más. No volverá a hacerme daño, jamás,
así que no te atribuyas méritos que no son tuyos-. Dijo con una sonrisa.
Pedro la acompañó hasta la
cama, para que descansara, pero ella prefirió sentarse en el sillón, en el
regazo de Pedro. Con ella allí, ese asiento parecía algo más cómodo. Paula
tenía la cabeza apoyada en el hombro de su chico y él, no dejaba de acariciarle
una de sus manos, sus dedos, en especial uno de ellos.
-Estás muy callado, ¿en qué piensas?-. Le preguntó Paula medio adormilada.
-Pensaba que en este dedo te quedaría muy bien un anillo.
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Hola, hola!! Bueno, mañana subo el epilogo, chan, chan!
Espero que les guste, GRACIAS por leer!
PD: Si leyeron la nove comenten o pasen su nombre por twitter (@NoveAdaptada_), es importante...
Hasta mañana! ♥